62
Tito se preguntó si la curiosidad de su hijo habría quedado saciada de una vez.
La respuesta no tardó en llegar. Paradójicamente, en forma de pregunta.
—¿Y en cada casa de cada ventana hay veinte personas?
—¿Veinte? ¿Por qué tienen que ser veinte?
—Porque en nuestra casa vivimos veinte.
Tito se rascó la cabeza, que le picaba endiabladamente por culpa del sudor. Ric, ric, ric . ¿Veinte? ¿De verdad habitaban tantas personas en su domus? Si se lo hubieran preguntado de sopetón, habría respondido que catorce o quince.
Que, seguramente, para el trabajo que realizaban, ya habrían sido demasiadas.
Empezó a echar la cuenta, pero a la mitad se perdió y se ofuscó. Renunció a intentarlo de nuevo. Conociendo la precisión que se gastaba el dichoso crío, seguro que llevaba razón.
Al pensar en aquel número —«Veinte, veinte»—, empezó a subirle calor desde el estómago.
Más del que ya sentía. El sudor se redobló, un sudor que ya conocía.
Olía aún peor que la transpiración normal, tanto que él mismo lo captaba, y enseguida se helaba sobre su piel.
A veces venía acompañado de un agudo pinchazo en el pecho, como si le clavaran un espetón.
Por no hablar de los retortijones que más de una vez lo hacían salir corriendo a la letrina más próxima.
Veinte bocas que alimentar. ¡Veinte bocas que comían dos y hasta tres veces al día!
Así no había manera de aligerar las deudas.
«Hay que desprenderse de algún esclavo».
Podía empezar largando a la anciana ciega. Aunque por ella no le iban a dar ni medio cobre. Pero, por lo menos, si la despachaba fuera de casa se libraría de su ración, por magra que fuera, y de su molesta presencia.
Sí, estaba bien pensado. Cualquier día le iba a dar una sorpresa a su mujer. Para cuando quisiera darse cuenta, la vieja agorera estaría ya en la isla Tiberina, en el moridero de los esclavos inútiles.
«No le des más vueltas a eso», se dijo, refrenando un poco el paso y tratando de respirar hondo. No era cuestión de quebrarse la cabeza ahora ni de ponerse de mal humor. No iba a solucionar su economía justo hoy.
Había que pensar en las cosas buenas del momento. Hacía un buen día, pese al calor, y por esa calle corría un mínimo de brisa que le refrescaba la cara.
Por otra parte, el fastidioso trámite del censo ya estaba resuelto. Con suerte, no volvería a ponerse la dichosa toga hasta pasado el verano.
Y ahora le aguardaba la agradable perspectiva de compartir unos vinos con los parroquianos de la taberna de Fulvio. Dentro del local o fuera, a la sombra de los toldos. Donde se estuviera más fresquito.
Superado el momento de pánico financiero —pensar en beber o, mejor todavía, beber era un remedio infalible—, respondió a la curiosidad del crío.
—¡Noooo! Veinte no.
—¿Por qué?
—Porque la gente que vive en estos bloques no tiene esclavos.
(A lo mejor algunos sí los tenían, aunque fueran uno o dos, pero a Tito ni le incumbía ni le apetecía entrar en detalles tan nimios).
—¿Y cómo hacen las cosas? —preguntó el niño.
—¿Qué cosas?
—Las que hacen los esclavos.
—Se lo tienen que hacer todo ellos mismos. Acarrear agua, subir la compra del mercado, barrer, fregar… Esa gente vive peor que tú, Titipor, ¿verdad?
Al decir esto, pellizcó la mejilla del joven esclavo, que caminaba a su otro costado.
Titipor asintió con una sonrisa lánguida.
Casi desganada.
¿Desganada?
¡El muy desagradecido! Apenas se ocupaba de tareas menestrales.
Aunque ayudaba a vestirse a Tito, no era él quien tenía que frotar su ropa para después cargarla mojada y tenderla al sol o junto a la lumbre.
Y los recados que hacía para él por las calles de Roma nunca implicaban acarrear fardos pesados.
¡De modo que ya podía sonreír de verdad, y no de la manera tan falsa en que lo había hecho! Para demostrarle que se daba cuenta, Tito volvió a pellizcarle, esta vez con más fuerza, hasta que le dejó bien marcados los dedos en la mejilla.
Ya se los marcaría después en otro sitio.
Cuando volvieran a casa.
O en el reservado de la taberna de Fulvio, ¿por qué no? No sería la primera vez que se desahogaba allí con su esclavo o con alguna furcia.
El crío, que por alguna razón había arrugado la nariz al ver cómo Tito pellizcaba a Titipor, seguía preguntón.
—¿Se lavan ellos la ropa?
—Eso o la llevan a la lavandería.
—¿Y se hacen la comida?
—O la compran en la calle.
—¿Se puede comprar comida en la calle?
—Míralo tú mismo —dijo Tito, señalando a un puesto ambulante en el que una mujer vendía salchichas, garbanzos tostados, rábanos picantes, aceitunas y carne en salazón.
—¿Podemos comprar algo, padre? Yo tengo hambre.
—Espera un poco, enseguida llegamos a las Tabernas Viejas.
—¿Y allí compraremos comida?
—Sííííí, la compraremos.
Casi sin darse cuenta, pese a lo atosigador que podía ser el niño, Tito le sonrió al responder.
Su hijo levantó la mirada hacia él y le correspondió con otra sonrisa.
Auténtica, no como la de Titipor.
A cambio, más desigual, porque el jodido Titipor tenía unos dientes tan perfectos que parecían pintados en un cuadro, mientras que al niño se le había caído hacía poco uno de los dos incisivos del medio.
El nuevo todavía no había crecido lo suficiente para igualarse con su mellizo de leche, que, por su parte, no tardaría mucho en desprenderse.
Obedeciendo a un impulso que lo sorprendió a él mismo, Tito acarició la cabeza del crío y le revolvió el pelo.
Por un instante olvidó el agobio que le asaltaba cada vez que pensaba en sus deudas y le subió de dentro otro calorcillo muy diferente.
No sofocante, sino vagamente placentero.
En lugar de retorcerle las tripas como el otro ardor, este lo reconfortaba por dentro.
Era como un ladrillo caliente en el lecho en un día de enero.
Era un paterfamilias, se recordó. El paterfamilias. Y aquel niño era sangre de su sangre.
La satisfactoria sensación de paternidad le duró poco. Pese a que su hijo seguía sonriéndole, Tito apartó la mirada de él con un escalofrío.
Los ojos. Esos putos ojos.
Incluso a plena luz de un día de junio, le daba la impresión de que brillaban con la fosforescencia fantasmal de dos gusanos de luz en una ciénaga.
A Sertorio no le hizo demasiada gracia que su padre le pasara la mano por la cabeza. ¡No era una mascota! Además, la palma de su padre estaba caliente y, sobre todo, pegajosa.
Aun así, no pudo evitar que la sonrisa de su padre provocara la suya como en un espejo.
«Estoy contento», pensó.
Y eso le hizo sonreír más.
A pesar del número casi infinito de estímulos que, más que llegar a sus sentidos, los inundaban en aluvión, no se sentía abrumado.
El brevísimo trance cuando estaban ante la mesa del censor lo había tranquilizado mucho.
«Padre también está contento», se dijo, observando a su progenitor.
Era muy raro verlo así.
¿A qué se debía?
A lo mejor era porque, ahora que no llevaba puesta la toga, ya no tenía tanto calor.
O, simplemente, porque iba paseando con él fuera de casa, y eso lo hacía feliz.
¡Ingenuo Sertorio!
Si su espíritu se hubiera despegado de su cuerpo, pero no para volar a su pradera privada, sino para colarse como una presencia fantasmal en la cabeza de su padre, habría descubierto la verdadera causa de que su humor estuviera mejorando.
A estas horas, Tito empezaba a recuperarse de la resaca de la víspera y a animarse ante la perspectiva de empezar a beber de nuevo.
Lo cual era también el motivo de sus prisas.
Algunos filósofos aseguran que además de los cuatro elementos naturales y evidentes, la tierra, el agua, el aire y el fuego, existe un quinto elemento, el denominado éter.
En el caso de Tito, el vino se había convertido en el quinto humor de su cuerpo.
Por encima de la bilis, de la sangre, de la bilis negra o de la flema, era el jugo de Dioniso el que determinaba su estado de ánimo. Fuera para bien o para mal.
En aquel momento era para bien.
¡Qué ganas tenía de pedir una jarra de vino!
Y no cualquiera, sino el que Fulvio guardaba en su bodega de gruesas paredes de tierra encalada. Fresco, el mejor para un día de calor.
Acompañado con aceitunas sazonadas, trocitos de pescado en salazón y nueces tostadas con miel.
Pensando en ello, Tito se relamía literalmente.