61 #2
Según contaban las Historias de Gelio, después de que los sabinos pasaran ante la joven y la aplastaran bajo una lluvia de escudos, se lanzaron a la refriega contra los defensores romanos.
En la batalla no hubo vencedores ni vencidos.
Las mismas mujeres sabinas a las que Rómulo y sus hombres habían raptado se interpusieron entre los contendientes, diciendo que no querían convertirse ni en huérfanas ni en viudas.
Acordada la paz, los romanos recogieron el cadáver de la traidora Tarpeya.
En lugar de enterrarlo, lo subieron hasta el Capitolio, lo llevaron al peñasco más escarpado de la colina y lo arrojaron desde lo alto para que se hiciera pedazos ochenta pies más abajo.
A partir de entonces, le dieron a aquel cantil el nombre de la muchacha y lo usaron para ejecutar a los traidores a la patria.
(Para enojo de Sertorio, el mismo Gneo Gelio ofrecía otra versión, según la cual simplemente habían enterrado a la joven allá arriba y por eso le pusieron su nombre a la roca. Él prefería la historia en la que la despeñaban por el barranco. ¡Mucho más truculenta y dramática, dónde iba a parar!).
Por encima de la roca Tarpeya se levantaba un enorme edificio. Sobre el tejado rojo se veía una cuadriga de bronce a la que el sol inmisericorde de aquel día sin nubes arrancaba destellos dorados.
—Ahora sí —dijo su padre—. ¡Ese sí es el templo de Júpiter Óptimo Máximo!
«Júpiter Óptimo Máximo», repitió Sertorio entre dientes. ¡Qué poderío resonaba en esas tres esdrújulas seguidas!
Lo que se veía desde allí era el lado nordeste del templo. Metódico, Sertorio empezó a contar las columnas del lateral, pero le impidió llegar hasta la parte posterior otro templo más pequeño que se interponía en la línea de su mirada.
—Y ese otro —le explicó su padre— es el templo de Júpiter Feretrio.
—¿Es que hay más de un Júpiter? —preguntó Sertorio.
Del mismo modo que no le gustaba que Gneo Gelio ofreciera variantes distintas de las historias, también le desconcertaba que coexistieran versiones diferentes de las mismas divinidades.
A su padre, sin embargo, esa cuestión no debía de conturbarle en lo más mínimo, a juzgar por el encogimiento de hombros que ofreció por toda respuesta.
Olvidando por el momento sus dudas sobre el intrincado panteón de los dioses que gobernaban el mundo, Sertorio dirigió su atención ahora al otro lado de la calle. De allí le llegaba una mezcolanza de voces que parecían provenir de diversas alturas, lo que avivó su curiosidad.
A la izquierda de la cuesta Argentaria se alzaba un gran edificio. ¡Cinco pisos nada menos! Eran tres más de los que tenía su casa.
—¿Eso también es un templo?
En cuanto la pregunta salió de su boca, supo que no era así. En los templos no vivía gente, ¿verdad? ¿Pensaría su padre por ello que era tonto?
—No, no es ningún templo —respondió su padre, como había anticipado—. Es una ínsula. Por si lo vas a preguntar, la llaman la Torre Argentaria.
Como si la respuesta le hubiera dado sed, Tito soltó la mano de su hijo y la extendió para que Titipor le pasara el odre de agua.
Sertorio aprovechó el momento para remangarse un poco la túnica con la mano izquierda y secarse la derecha contra la piel del muslo con un gesto de repugnancia. Cuando notaba los dedos pegajosos se obsesionaba.
Obsesionarse con todo tipo de cosas era un estado natural en él.
—¿Una isla? —preguntó—. Pero si aquí no hay mar.
—Así se llaman también estos bloques. Vete a saber por qué —dijo Tito. Quizá, de haber tenido más imaginación, se habría dado cuenta de que esa ínsula tan alta, como otras, se alzaba como una isla en el mar, separada de los demás edificios por calles empedradas en lugar de por extensiones de agua.
Sertorio se detuvo para estudiar con más atención el edificio.
En una ventana del tercer piso, una mujer sacudía un manto contra la pared, levantando nubecillas de polvo.
Viéndolas desde abajo, aunque estuvieran tan lejos, Sertorio sintió que le volvía a picar la garganta y tuvo que toser varias veces.
—¿No decías que no tenías tos? —preguntó su padre, agarrándole de nuevo la mano para tirar de él.
Sertorio negó con la cabeza, sin decir nada por mantener la boca cerrada, como si así pudiera sofocar un nuevo acceso.
Titipor le acercó el odre. Él se dejó ayudar esta vez y el agua le alivió la picazón.
De paso, la pausa para beber le sirvió para soltarse de su padre, detenerse otro poco y seguir estudiando la enorme fachada de la ínsula.
—¿Ves las ventanas? —preguntó Tito, volviendo a cogerlo de la mano para tirar de él.
—¡Hay muchas!
—Pues cada ventana es una vivienda.
Sertorio, que ya dominaba las tablas de sumar, restar y multiplicar, enumeró balcones y ventanas y echó la cuenta sin necesidad de usar los dedos.
—¡Hala! ¡Hay treinta y dos familias viviendo en esa casa!
—Eso es —respondió Tito—. Treinta y dos.
Sertorio arrugó un poco la nariz. Algo le decía que su padre no se había molestado en hacer el cálculo como él.
¿Se fiaba de sus cuentas o le estaba siguiendo la corriente?
A sus seis años y medio —desde hoy, nueve oficiales según el censo—, se daba perfecta cuenta de que a los adultos les costaba muchas veces prestarle toda la atención que sus variados intereses y aficiones demandaban.
Se desconcentraban antes. Le ocurría a su madre, les ocurría a los esclavos.
Y a su padre el que más.
En cualquier caso, la equivalencia directa que establecía Tito entre ventanas y viviendas no era correcta. Sertorio lo descubriría cuando él mismo se convirtiera en inquilino de una ínsula en la Subura.
En aquel edificio en particular, la Torre Argentaria, cada apartamento tenía varias ventanas.
Había que contar, asimismo, con las que asomaban por la otra fachada.
Por otra parte, para complicar la posible cuenta, los ocupantes de algunos de esos pisos subarrendaban habitaciones a terceras personas.
Algunas de las cuales, a su vez, subsubarrendaban la mitad de sus cubículos a cuartas personas para poder pagar el alquiler.
Calcular cuántos inquilinos moraban en un edificio como aquel no resultaba tarea fácil.
Ni siquiera para el dueño, Licinio Craso Agelasto, que poseía varios inmuebles de aquel tipo repartidos por toda la ciudad.
Sertorio alzó la vista hacia el tejado de la ínsula, hasta que el sol le hizo lagrimear y estornudar de nuevo. ¡Qué divertido sería vivir en el último piso, e incluso subir a la azotea para divisar el panorama desde lo alto!
En su ignorancia del mundo real fuera de su domus, otro de los detalles que desconocía era que, cuanto más alejados del suelo, más hacinados vivían los vecinos, más sucio estaba todo y con más bichos de todo tipo se encontraba uno.
Sobre todo, bichos reptantes, ya que a los voladores se los comían los murciélagos. A cambio de esta benéfica tarea, regalaban a los inquilinos sus diminutos y malolientes excrementos.