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Para satisfacción de Sertorio, deseoso de novedades aun a riesgo de que le provocaran ansiedad, no regresaron de la Villa Pública por el mismo camino, sino por la cuesta Argentaria.
El sol seguía trepando por el cielo. La propia cuesta, sin ser muy empinada, les oponía una pendiente constante que se iba agarrando a las pantorrillas.
Sertorio hijo se notaba cada vez más pegajoso bajo la ropa.
Sertorio padre llevaba el pelo tan aplastado como si le hubieran volcado un balde de agua sobre la cabeza, mientras que de la nariz le iban cayendo gotas de sudor a un ritmo tan regular que podrían haber marcado el tiempo a modo de clepsidra, plip-plip-plip .
Una vez cumplido el trámite de registrarse ante el censor, ambos se despojaron de las togas.
Tito se la quitó de cualquier manera, sin dejar de caminar, entre resoplidos, enmarañándose en ella como si fuera una gruesa perdiz debatiéndose dentro de una red.
Cuando por fin consiguió librarse de la prenda, la arrojó sobre los brazos de Titipor.
El joven esclavo no pudo evitar que los faldones arrastraran por el suelo y se cubrieran de polvo.
—¡A ver si prestas atención! Para una cosa que tienes que hacer…
—Sí, dómine —respondió el joven, agachando la mirada.
Sertorio, más cuidadoso, se detuvo a un lado de la calle, dejó que Dagulfo le quitara la toga y después lo ayudó a plegarla de forma minuciosa, reconstruyendo a la inversa los pasos que había visto hacer a las esclavas cuando la sacaron del arcón.
Una vez terminaron —observados por su padre, que tenía las manos apoyadas en las caderas en un gesto ostensible de impaciencia—, la aparatosa prenda apenas abultaba y Dagulfo pudo guardarla con facilidad en la bolsa de piel que traía para esos menesteres.
Meter el gurruño en que quedó convertida la de Tito resultó bastante más complicado.
Si el teutón llevaba las togas, la carga de Titipor era un odre de piel de cabra lleno de agua.
No la que les llegaba del Anio, el viejo acueducto cuyo ramal norte abastecía a la colina del Quirinal, sino la que sacaban del pozo excavado en la bodega de la parte norte de la casa, que salía fresca incluso en verano.
—Tengo sed —dijo Sertorio, extendiendo los brazos para reclamar el odre.
—¿Te ayudo, joven amo? —preguntó Titipor.
—No, yo solo.
Como era de esperar dado el tamaño del pellejo, en el que cabía más de un congio, Sertorio no atinó a la primera y se derramó encima un buen chorro de líquido.
No le importó. El agua ya estaba casi tibia y, en todo caso, no tardaría en secarse.
Además, no andaba cerca su madre para regañarlo por descuidado.
—Mucha agua, luego hay que orinar —dijo Dagulfo.
—No tengo ganas —contestó Sertorio. No era de extrañar que todavía no necesitara vaciar la vejiga. Debía de haber sudado casi el doble de lo que llevaba bebido desde que salieran de casa.
Ahora que había saciado la sed, se dio cuenta de que también tenía hambre. Normal, porque a media mañana solía comer algo. Queso, aceitunas, pan. Lo que fuera.
«Qué tragón eres —solía decirle su madre—. No has salido a mí». «Los hombres comemos más. Eso dice padre», respondía él. «Menos mal que tampoco has salido a él en lo de engordar. Todavía —subrayaba Rea. Luego parecía quedarse pensativa y añadía—: Aunque no creo que vayas a heredar eso de él».
(Curiosamente, al decir esto último se ruborizaba levemente, algo poco habitual en ella).
Ahora mismo, a Sertorio le daba igual acabar engordando o no. El futuro era un lugar muy remoto. Lo que le urgía era comer, para que sus tripas dejaran de sonar como los ronroneos de Thot.
—¿No volvemos a casa, padre? —preguntó, pensando en que lo primero que haría en cuanto llegaran iba a ser colarse en la cocina y pedirle a Amaltea una torta con miel y nueces, un trozo de queso o cualquier cosa que estuviera preparando para el prandium o la cena.
—¿Por qué lo preguntas?
—No estamos volviendo por el mismo camino.
—No.
—¿Y adónde vamos?
—Al Foro.
—¿Por qué?
—Tengo personas a las que ver.
—¿Amigos?
—Algunos sí. También tengo asuntos que tratar, negocios que resolver…
—¿Y comer?
—Algo comeremos allí.
Sertorio aplaudió, entusiasmado. ¡La excursión continuaba! Lo mejor de todo, iba a ver el Foro, ese lugar que salía tanto a colación en las conversaciones de los adultos.
Cruzaron la muralla esta vez por la puerta Fontinal, cuyo arco se le antojó a Sertorio más imponente que el de la Sancual.
Al instante apareció a su derecha el Arx, el espolón oriental del monte Capitolio.
Los ojos de Sertorio se alzaron hacia un edificio de ladrillo rojo y líneas austeras, coronado por un frontón triangular en el que se veían estatuas pintadas con colores un tanto apagados.
—¿Ese sí es el templo de Júpiter? —preguntó, señalando con el dedo hacia las alturas.
—Noooo —respondió su padre—. Es el de su esposa, Juno Moneta.
—Juno Moneta significa «la que aconseja» —amplió Titipor, de nuevo didáctico.
—Igual que hacen todas las mujeres —apostilló Tito—. Aunque no les pidas sus consejos.
—Aaaaaah —dijo Sertorio.
Un segundo después, volvió a detenerse. En esta ocasión, su índice apuntó hacia otra construcción menor que se levantaba delante del templo, poco más que una cabaña con arbolillos a ambos lados.
—¿Y eso qué es?
—Venga, vamos —se impacientó su padre.
Sertorio quería pararse para observarlo todo, aunque a ratos, cuando levantaba la mirada, el sol le daba en los ojos y le hacía estornudar.
Su padre, para el que todos aquellos edificios eran un decorado que se daba por supuesto y al que nunca había prestado demasiada atención, lo agarró de la mano para tirar de él.
Tenía la palma tan sudada que, al primer intento, los dedos del niño se le resbalaron.
Al segundo, lo aferró con tanta fuerza que el crío soltó un gruñido de dolor.
Fue de nuevo Titipor quien respondió a la pregunta de Sertorio, mientras los cuatro seguían caminando.
—Esa cabaña es el Auguráculo, joven amo.
—Aaaaaah.
Sertorio conocía aquel nombre. No solo porque se mencionaba en las Historias de Gneo Gelio —¿qué no salía en aquel libro?
—, sino por los relatos de Tifilnia. La anciana, tan orgullosa de la sabiduría de su pueblo, le había contado que era allí, en el Auguráculo, donde se alojaban desde tiempos inmemoriales los adivinos etruscos que escudriñaban los cielos en busca de relámpagos, águilas, buitres, bandadas de pájaros y cualesquiera señales de la voluntad de los dioses.
Sertorio se giró de nuevo para mirar, pese a que su padre no dejaba de tironear de él como un criado que paseara a un cachorro remolón. Al dejar atrás el Arx, el ángulo de visión había cambiado y esta vez no le molestó tanto el resol y se ahorró los dos estornudos.
Un hombre salió de la cabaña y se quedó plantado delante de la puerta.
Aunque estaba a sesenta o setenta pies sobre ellos —una altura que para un niño con tan poco mundo como Sertorio equivalía a la de las cumbres del mismísimo Olimpo—, gracias a su aguda vista distinguió que se trataba de un viejo algo encorvado y que tenía ambas manos apoyadas en un báculo.
Se había levantado aire. Caliente, como si brotara del horno de una panadería. Hacía ondear el manto gris del viejo en las alturas y le revolvía los largos cabellos blancos a modo de estandarte.
—¿Por qué no se echa más atrás? Está casi al borde del precipicio.
—Él sabrá —contestó su padre.
—¿Y si se cae?
—Buscarán a otro. Hay más augures etruscos que salchichas salen de un cerdo.
«Huy, si Tifilnia oyera esto», pensó Sertorio.
—¿Por qué lleva manto, con el calor que hace? ¿Es que allí arriba hace frío?
—Los ancianos siempre tienen frío —contestó Titipor, más respetuoso que su amo—. ¿No ves cómo Tifilnia siempre se sienta junto al brasero, aunque sea verano?
—¿Y por qué tienen frío?
—No es frío —intervino Tito—. Es miedo. Los viejos tienen miedo porque saben que están cerca de la muerte.
—¿Y el miedo da frío?
—¡Es lo que más frío da!
Entre la muralla y la entrada noroeste del Foro había como mucho doscientos pasos, pero para Sertorio, empeñado en verlo y asimilarlo todo, aquella distancia parecía dilatarse hasta el infinito.
Aunque a su izquierda también se alzaban varias construcciones, lo que más llamaba su atención se encontraba a su derecha, en las alturas del Arx y del Capitolio propiamente dicho.
En puridad, no era la primera vez que veía aquellas elevaciones.
Desde el mirador de la colina de la Salud —el mismo lugar desde el que había contemplado el cometa con dos años y medio, un acontecimiento que recordaba perfectamente pese a que, según su madre, eso era imposible— se alcanzaban a divisar tanto el Capitolio como el Palatino, el Aventino o incluso el Circo Máximo.
Pero en la distancia, los templos y las demás construcciones se fundían en una imagen colectiva en la que unos edificios tapaban los detalles de otros.
Ahora, por primera vez, Sertorio podía observar de cerca los lugares sobre los que leía y de los que había oído hablar.
¡Era muy emocionante!
—Mira, amo Quinto —le dijo Titipor, agachándose un poco a su lado y señalando hacia el frente.
Todavía a quinientos pasos de donde se hallaban, el perfil del Capitolio se recortaba como una línea casi vertical antes de perderse tras un templo, que enseguida averiguaría que era el de Saturno. Donde se guardaba el tesoro público.
—¿Qué es eso?
—La roca Tarpeya.
—Tarpeya… —murmuró Sertorio.
El nombre le trajo a la memoria la primera lectura que compartió con su madre, cuando las letras dejaron de ser diminutos dibujos abstractos y empezaron a cobrar significado.
Tarpeya. La chica que les abrió las puertas de la muralla a los sitiadores sabinos.