60 #2
Pese al calor, Sertorio estornudaba cada poco rato.
Sus ojos eran muy sensibles a la luz y los rayos de sol directos le causaban un cosquilleo en el puente de la nariz del que solo se libraba con dos sonoros estornudos —ni uno ni tres, siempre eran dos— que después le dejaban unos segundos con la piel de gallina.
A cambio de esa incomodidad, de noche veía como un búho. De ello obtendría ventajas en aquel futuro que, a su edad, se le antojaba más lejano que la décima era de la que hablaba Tifilnia.
Padre, hijo y esclavos procuraban buscar el resguardo de las higueras que crecían en el patio o el de la propia columnata. Pero, conforme el sol subía, las sombras eran cada vez más exiguas y cotizadas.
La gente competía por ellas.
Si hubiera sido por Tito, ambos se habrían quedado fermentando al sol como tripas de pescado en una artesa de garum .
Pero para eso estaba Dagulfo.
Algunos que, como Tito, pertenecían a la clase ecuestre, traían cortejos de criados y clientes a los que recurrían para apartar a los ciudadanos humildes y acogerse a la sombra, lo que provocaba más de una discusión.
A Tito solo lo acompañaban dos sirvientes, pero, aunque no hubiera venido Titipor, con Dagulfo habría bastado.
Ante su estatura, su corpulencia y la abolladura en la frente que le confería un aspecto entre siniestro y amenazador, la gente tendía a apartarse.
Aunque no era de natural agresivo, al teutón se le daba muy bien hacerse sitio como quien no quiere la cosa, metiendo aquellos hombros que no cabían por muchas puertas. Gracias a eso pudieron cobijarse en las sombras una parte razonable del tiempo.
Tras una espera de más o menos media hora de clepsidra, que a Sertorio se le hicieron seis horas completas, llegaron por fin ante la mesa de campaña desplegada ante el censor.
Entre los treinta y los cuarenta años, Gneo Domicio Ahenobarbo había mostrado cierta tendencia a entrar en carnes.
Ahora que se acercaba a los cincuenta estaba gordo, sin ambages.
Había cogido tanto peso que, según algunas lenguas pérfidas, ni el elefante Brontes estaría dispuesto a cargar con él de nuevo.
Le había crecido una doble papada que temblaba de forma gelatinosa cada vez que hablaba o movía la cabeza a los lados.
Sudaba aún más que Lito y no solo lo rodeaba el olor dulzón de la transpiración, sino que irradiaba calor como un brasero.
Un criado lo abanicaba con un flabelo para refrescarlo y espantarle las moscas, con más éxito en lo segundo que en lo primero.
Sertorio se quedó absorto contemplando cómo las plumas de cola de avestruz del abanico se agitaban con el movimiento.
Sin querer, su mentón se acompasó a aquel balanceo y sus ojos trataron de contar las barbas de una de las plumas.
Y después empezaron a dibujarles contornos.
Patrones.
Desde mucho antes de entender tan siquiera ese concepto, el de patrones, sus ojos, como avanzadilla de su mente, buscaban y encontraban diseños ocultos en todo lo que lo rodeaba. Especialmente, en aquello que a primera vista podía parecer confuso, abigarrado. Incluso caótico.
Las estructuras ocultas en la copa de un árbol, que de pronto se revelaban ante él como planos en relieve.
La forma en que los rescoldos del hogar se avivaban, se apagaban y se volvían a reavivar como si respirasen cuando Dagulfo o algún otro esclavo los removían con la badila.
Las volutas de humo que ascendían cuando el fuego era más fuerte, las propias llamas en las que intuía rostros que se deshacían al instante.
Las nubes.
Sus favoritas eran las que se veían en los cielos de primavera o de otoño, con su relieve invertido de bulbosas protuberancias que se le antojaban montañas boca abajo y que, cuando rompían, descargaban aguaceros.
Le fascinaban porque encontraba en ellas estructuras complejas, infinitos detalles cambiantes.
No le gustaban tanto, en cambio, los cielos grisáceos de invierno, planos, opacos, difuminados, que dejaban caer lloviznas frías y deprimentes que daban la impresión de desprenderse ya sucias desde las alturas.
Le parecían aburridos.
Por supuesto, veía patrones en las estrellas.
Constelaciones que no se correspondían con las tradicionales, y para las que inventaba sus propios nombres. Había un gato que, como no podía ser menos, se llamaba Thot, y dos perros que eran Briareo y Coto, como los molosos. Y un laurel, y un triclinio, y…
—Mis ojos son mágicos —le dijo un día a su madre, cuando no tenía más que tres o cuatro años.
—Claro que son mágicos. Nadie los tiene como tú.
No se entendieron. Ella pensaba en el verde de sus iris, tan puro como la esmeralda o la malaquita.
Él se refería a que de repente se formaban unas líneas brillantes en su visión que dibujaban contornos y guiaban su mirada para que resiguiera aquellos diseños ocultos en las estrellas, las nubes, las hojas, el agua, el fuego, las vetas de un árbol, los pliegues de una cortina.
Incluso en el relieve de una hogaza de pan.
Líneas que solo él parecía ver.
Si cerraba los ojos, esos contornos se quedaban durante unos instantes fosforesciendo en la negrura, como la imagen residual del sol o de una hoguera.
Ahora, momentáneamente extasiado mientras contemplaba el balanceo de las plumas de avestruz —blancas, grandes, con aspecto de suave vellón como nubes esponjosas de un cielo de verano— y trataba en vano de contar sus barbas, al cerrar los párpados, sin apenas transición, sin tan siquiera ver su cuerpo desde fuera como le ocurría otras veces, se encontró sentado en la pradera.
En su pradera.
Volvía a ser suya. Solo suya.
Marta no había vuelto a presentarse en Limenia.
Ni nadie más.
Sin embargo, quedaba una prueba de que la intrusión de aquella mujer había sido real, o de que al menos no había sido un sueño dentro de otro sueño.
La charca.
Como hacía siempre desde que apareció aquel estanque circular, Sertorio se asomó a él, temiendo encontrar el rostro del hombre tuerto.
Para su alivio, solo se vio a sí mismo.
Sin la pesada toga. Con la túnica inconsútil y casi transparente que había vestido por primera vez la noche en que Marta apareció en el prado.
Resultaba tranquilizador estar un rato así. Solo. Tranquilo, tras una mañana de tantas emociones. Sin olores ni ruidos, sin colores estridentes.
Sin calor, sin notar las axilas y la entrepierna pegajosas de sudor.
Aunque echaba de menos algo.
Que para él era un alguien .
La cierva blanca.
¿Era la misma que tenía marcada en la espalda, de la que siempre hablaba Tifilnia? ¿La favorita de la diosa Arutimi?
¡Era tan bonita! Quería volver a verla.
Pero le daba miedo que eso implicara ver también al hombre del parche.
Le daba miedo averiguar cómo, algún día, acabaría perdiendo un ojo.
Porque de una cosa estaba seguro, aunque no quisiera reconocerlo.
El hombre tuerto no era otro que él mismo.
La voz del censor lo sacó de aquel ensimismamiento, que no llegó a durar apenas.
Nadie se dio cuenta.
Ahenobarbo estaba preguntando a su padre, según la fórmula tradicional:
—En lo que eres consciente, ¿tienes esposa?
—Esposa tengo, pero porque no fui consciente cuando acepté la carga de casarme.
Se oyó alguna risita en la cola de ciudadanos. El censor hizo un rictus de desaprobación con la boca, lo que arrugó su mejilla mofletuda y brillante de transpiración.
A Sertorio tampoco le hizo gracia el comentario. Con su sentido de la justicia, que todavía no se había visto ensuciado ni desportillado por los compromisos de la vida, se daba perfecta cuenta de que, si alguien suponía una carga para alguien en el matrimonio de los Sertorio, era su padre.
—¿Cuántos hijos tienes, ciudadano? —preguntó Ahenobarbo.
—Este que ves aquí.
—¿Cuántos años tiene?
Tito Sertorio se volvió hacia su hijo. Acariciándose un mentón cada vez más escondido bajo la grasa, aunque no llegara al nivel de la papada de Ahenobarbo, vaciló:
—Eeeeeeh… Nueve años tiene. No… Ocho. Siete. Ocho. Casi seguro, ocho.
¿Así que su padre pretendía inscribirlo en el censo sin saber tan siquiera en qué fecha había nacido?
«Tengo seis años y medio», estuvo a punto de contestar Sertorio. El disparo de su padre no había acertado en el blanco en ningún momento.
Pero un impulso extraño le hizo responder sin pensárselo un segundo:
—Tengo nueve años.
—Ah, es verdad. Nueve años —corroboró Tito.
Dagulfo y Titipor, que conocían su verdadera edad, se habían quedado demasiado apartados para escuchar sus palabras y contradecirlas.
Como Sertorio era alto para sus años y, sobre todo, como hablaba con un aplomo impropio en un crío, el censor aceptó su palabra y ordenó al escriba sentado junto a él que tomara nota.
De ese modo, quedó apuntado en los registros que Quinto Sertorio, hijo de Tito Sertorio, de la tribu Suburana, había nacido durante el consulado de Casio Longino y Sextio Calvino, y no durante el de Lucio Opimio y Fabio Máximo.
¿Por qué había mentido Sertorio?
Él mismo se contestaría que se trataba de una pequeña venganza contra su padre por el comentario que hizo sobre su madre.
En realidad, tenía poca justificación. A lo largo de su vida, más de una vez sentiría que una especie de genio impulsivo y travieso se apoderaba de él y lo empujaba a actuar de una forma entre aventurera, intrépida e insensata.
Aunque era inteligente para su edad, no podía ni sospechar qué consecuencias acarrearía aquel engaño.