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El lugar donde se realizaba la inscripción para el censo era, tal como le había dicho Titipor, la Villa Pública.
El edificio en sí tenía dos pórticos que lo guarnecían a ambos lados trazando una especie de C.
Aunque, por lo recto de sus ángulos, parecía más propiamente una pi griega.
(Aun siendo tan pequeño, Sertorio no podía evitar esas precisiones).
Mientras esperaban a que les llegara el turno de pasar ante los censores, el niño se dedicó a examinar las pinturas que decoraban las paredes interiores de los pórticos.
Pese a que estaban bien protegidas por la techumbre y el sol no llegaba a alcanzarlas con sus rayos, se notaban desvaídas por el tiempo.
La imagen que más le gustó fue una que representaba a un guerrero con los pies bien separados sobre las tablas de un puente, conteniendo espada en mano a decenas de enemigos.
—¿Quién es? —preguntó Sertorio.
Su padre estaba conversando con otro hombre. Titipor lo miró un momento, como dudando si pedir su consentimiento. Después, al ver que su amo no les hacía caso, respondió.
—Es Horacio Cocles.
—¿Y los otros hombres?
—Son etruscos.
—¿Como Tifilnia?
—Como Tifilnia.
Sertorio recordaba la hazaña de Horacio Cocles. La había leído en las Historias de Gneo Gelio, el libro con el que empezó a deletrear con su madre hacía mucho mucho tiempo.
(En realidad, poco más de año y medio. Un lapso que para Sertorio, a su edad, era tan largo como un saeculum , una de las diez edades del mundo en las que dividían el tiempo los arúspices etruscos y de las que le había hablado Tifilnia, añadiendo que estaban viviendo en la octava era, «ya cerca del fin de los días»).
—Yo sé quién era Horacio Cocles —dijo Sertorio.
Impedir que demostrase sus conocimientos era como pedirle a un gladiador que no exhibiera los músculos untados de aceite al pasear por el Foro, o a una cortesana que se cubriera los pechos con un manto de lana.
—Él no lo sabe, amo. ¿Se lo cuentas? —dijo Dagulfo. No se refería a Titipor, sino a sí mismo.
Sertorio se lo expuso, recitándolo casi de memoria.
Horacio Cocles fue el héroe que se plantó solo en el puente Sublicio, el más antiguo de Roma, para detener a los enemigos mandados por Larte Porsena, el soberano etrusco que quería tomar la ciudad.
—Lo que no sé… No, lo que no se sabe —se corrigió Sertorio— es si quería conquistar Roma para reinstable… reinstau… para poner de rey otra vez a Tarquinio el Soberbio o para quedarse él.
A Sertorio le fastidiaba un poco la costumbre del tal Gelio de dar varias interpretaciones de los mismos hechos.
Las cosas no podían suceder ni de dos ni de tres maneras, pensaba él, solo de una.
¿Por qué no podían contar la correcta y ya está?
Pero él se había aprendido las dos versiones y era incapaz de no contarlas ambas.
El caso era, prosiguió, que el héroe consiguió contener a todos los enemigos mientras sus amigos talaban los pilares que sujetaban el puente. Cuando este se vino abajo, por fin, Cocles se tiró al agua y fue capaz de llegar nadando a la otra orilla con todo su equipo. ¡Incluida la armadura!
Por algún motivo, la primera vez que leyó este pasaje, Sertorio, a quien habían bañado suficientes veces para saber que debajo del agua no se podía respirar, contuvo el aliento como si fuese él quien cruzara el Tíber cargado con todo aquel peso.
Ahora le volvió a ocurrir. Era una sensación muy extraña, como si una voz casi inaudible le avisara de algo de su futuro lejano.
No pudo evitar estremecerse, igual que le ocurrió cuando Marta, esa mujer que se había entrometido en Limenia, le enseñó el reflejo en el que le faltaba un ojo.
Titipor tiró del brazo de Dagulfo por un lado y de Sertorio por el otro para estrechar más el pequeño corrillo que formaban y, bajando la voz, dijo:
—Eso que has narrado, pequeño amo, fue hace mucho tiempo. Pero hay algo que sucedió en ese mismo puente, y hace mucho menos.
—¿Qué pasó, qué pasó? —preguntó Sertorio.
Titipor le contó que dos héroes llamados Lectorio y Numerio se habían plantado en mitad del puente igual que Horacio Cocles. Lo hicieron por defender a un amigo, a Gayo Sempronio Graco, que huía de los adversarios que lo querían asesinar.
—Lograron contenerlos hasta que llegó un asesino, un gladiador llamado Stígmata, que acabó con los dos. Pero gracias a que sus amigos ganaron tiempo para él, Graco logró cruzar el río y, antes de que lo capturaran, hizo que su esclavo Filócrates le diera muerte con un puñal.
—¿Y qué le pasó al esclavo? —preguntó Sertorio—. ¿Lo crucificaron por matar a su amo?
—No, porque le había obedecido. Y, sobre todo, porque él también se mató.
Esa era una de las versiones que se contaba en Roma sobre la muerte de Gayo Graco.
Se acercaba a la verdad hasta cierto punto, como todas ellas.
Con el tiempo, Sertorio averiguaría que las cosas no habían ocurrido exactamente así.
«El hombre que me quitó la vida fue el mismo que te la dio a ti».
«El hombre de las cicatrices».
Pero aquel sueño, una visión en que el mismísimo Graco se dirigía a él, todavía estaba lejos en su futuro.
Como su padre continuaba enfrascado en su conversación, Sertorio aprovechó para seguir examinando el pórtico.
Le llamó la atención un fresco que plasmaba otra escena relacionada con Larte Porsena y el asedio de Roma.
Una mujer, que debía de ser joven —el artista que la pintó no era demasiado hábil con los rostros y aquella mujer bien podría haber sido una matrona o incluso un senador con el pelo largo—, estaba a punto de arrojarse al río, perseguida por los enemigos.
La historia también se hallaba en el libro de Gneo Gelio.
Se trataba de Clelia, una doncella romana que había sido entregada a Porsena como rehén y que huyó de él atravesando a nado el Tíber.
El rostro de Clelia se veía de perfil.
Pero había algo en sus rasgos que no cuadraba y que, de algún modo, molestaba a Sertorio.
¿Qué era?
—Ponte de lado, Dagulfo —ordenó al esclavo.
—¿Cómo?
Sertorio trató de girar al teutón de la forma en que quería, pero le habría sido más fácil desplazar una pared. De modo que fue él quien se movió hasta encontrar el ángulo que buscaba.
—Quédate quieto ahora.
—Él está quieto —respondió Dagulfo.
Sertorio comparó el rostro de perfil de su esclavo, que miraba a su izquierda, con el de la doncella pintada, que apuntaba a la derecha.
—Los ojos no son así. Están mal.
—¿Qué quieres decir, amo? —preguntó Titipor, acercándose a él.
—El ojo de la chica se ve entero. El de Dagulfo no.
—¿Cómo que no se ve entero? Yo lo veo entero.
Impaciente, Sertorio se agachó y dibujó en el suelo un óvalo completo, tal como aparecía el ojo de Clelia en el fresco, y al lado un triángulo con un lado redondeado, que era como veía el de Dagulfo.
Titipor se dio cuenta.
—¡Es verdad! El ojo de la mujer está pintado como si estuviera de frente, pero ella está de perfil.
La verdad es que notaba algo raro en estas pinturas, pero no me había fijado hasta ahora.
—El esclavo meneó la cabeza—. Es increíble, joven amo.
Si te das cuenta de estas cosas ahora, ¿qué no harás cuando seas como tu padre?
Sertorio entendió aquello como un halago y sonrió, aunque la expresión «qué no harás» lo desconcertaba un poco. ¿Se refería Titipor a las cosas que haría o a las que no haría?
A veces las palabras no tenían mucho sentido.
Alternándose con los frescos, entre pintura y pintura, se alzaban pedestales sobre los cuales figuras de romanos ilustres del pasado, tallados en mármol o en madera pintada, contemplaban a los visitantes con severidad.
Mientras Sertorio les devolvía la contemplación, entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño para parecer tan serio como aquellos proceres y levantando el brazo que sujetaba la toga en ademán de orador, su padre se acercó por fin a él.
—¿Qué haces? ¿Por qué pones muecas?
—Estoy mirando las estatuas. —Aunque sabía que a su padre no le gustaba que le mentaran a Mario, no pudo evitarlo y añadió—: Dice el tío Mario que un día me harán una estatua y la pondrán al lado de otra suya.
—Mario dice muchas tonterías —respondió su padre, agarrándolo de la mano—. Ni él ni tú tendréis nunca una estatua, ni aquí ni en ninguna otra parte. Eres un advenedizo, como lo es él y como lo soy yo.
—Pero si ahora es pretor…
—Bah, pretor, pretor. Ahí se quedará y no hará nada más.
¡Como si ser la segunda autoridad de la República y después mandar un ejército en una provincia no fuera nada! Aunque no consiguiera llegar a cónsul.
Que, conociendo al tío Mario, seguro que llegaría.
Pero, en esta ocasión, Sertorio comprendió que era mejor no decir nada.
—Los verdaderos romanos nunca nos aceptarán —prosiguió Tito, mientras tiraba de él—. Asúmelo cuanto antes y no te amargues la vida.
«No te amargues la vida».
Y lo decía él, pensó Sertorio, que ya era lo bastante espabilado para darse cuenta de que su padre rezumaba amargura.
Aunque lo que en aquella calurosa mañana se desprendía más de su castigado cuerpo era un sudor en el que flotaban efluvios de vino.
Sudor que empapaba también la mano con la que agarraba la de su hijo.
Pasados los años, Sertorio recordaría las palmas de su progenitor siempre húmedas. Cuando se soltaban, si él no lo advertía, se apresuraba a secarse con el borde de la túnica o del manto.
Hoy Tito tenía las manos aún más resbaladizas, porque hacía mucho calor, más incluso del que correspondía al mes de junio.
Y, para mayor agobio, ambos llevaban la toga. Sertorio, pasada la novedad de la prenda, intentó un par de veces quitársela y dársela a Dagulfo para que cargara con ella, pero Titipor le advirtió:
—No, el amo se puede enfadar.
—¿Por qué?
—Porque sí.
Si Sertorio hubiera sido unos años mayor y hubiese estado más picardeado, habría podido pensar que Titipor, vestido tan solo con una túnica, disfrutaba de la pequeña revancha del esclavo que veía a sus amos cocerse bajo aquellas prendas tan aparatosas.