Sertorio, el elegido de la diosa blanca 59 #2
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Por supuesto, se fijaba en la gente. Los hombres y mujeres —libres, esclavos, extranjeros, humildes, pudientes— pasaban a su lado, unos con ropas raídas y de un grisáceo indefinible, otros envueltos en tejidos de colores rutilantes.

Se cruzó con niños que a veces lo miraban y a veces no; alguno incluso le sacaba la lengua.

El tintineo de las herramientas y el murmullo de las conversaciones flotaban en el aire, mezclándose con los gritos de quienes se saludaban de un lado a otro de la calle.

Los sonidos se entrelazaban con los olores: la comida de los puestos callejeros, el sudor revenido bajo las túnicas, a veces mezclado con perfumes que no lograban disimularlo, el hedor de los excrementos reciente de caballo y buey que había que sortear para no mancharse los zapatos.

Todo tejía un embrollado tapiz que asaltaba sus sentidos.

También llamaban su atención los animales.

Perros bien alimentados con sus dueños, chuchos callejeros flacos y sucios.

Gallinas, ovejas, unos cerdos hozando en un montón de basura.

Gorriones brincando en el suelo, jilgueros cantando en las ramas, gansos graznando mientras caminaban anadeando guiados por el cayado de una anciana.

Alguna que otra rata deslizándose a toda prisa de un escondrijo a otro.

Que Sertorio percibiera a la vez tantos detalles no tenía ningún mérito para él.

De hecho, no podía evitar hacerlo y mirar a un lado y a otro constantemente.

Cuando hacía eso en sus paseos, que nunca se alejaban de la colina de la Salud, su madre lo regañaba. «Pareces un abanico —le decía—. La gente puede pensar que eres tonto. Y no lo eres, ¿verdad?».

«No, madre».

No era tan fácil seguir sus instrucciones.

Por más que Sertorio intentaba mantener la vista al frente, era como si el mundo entero tirara de él, agarrándolo por las orejas para obligarlo a mirar en todas direcciones.

Hoy, al menos, cada vez que ladeaba la cabeza para observar algo nuevo, trataba de hacerlo sin brusquedad.

No, no quería que la gente pensara que era tonto.

Al dejar atrás una pequeña arboleda que rodeaba otro templete, el panorama se abrió más.

¡Ah, esa sí que era una buena vista! Ante él se desplegaba todo el Campo de Marte.

Había algunos edificios, pero la mayor parte consistía en una llanura sembrada de hierba y de grupitos de árboles.

Todo se veía pintado en matices de verde: el sol de verano no había tenido tiempo de agostar la vegetación.

El río serpenteaba a lo lejos, una larga cinta gris con reflejos de plata.

¡Y más allá, el mundo seguía, con colinas, y bosquecillos, y aldeas hasta perderse en la distancia!

—Mira, pequeño amo, esa es la Villa Pública, adonde vamos —le informó Titipor, señalando con un dedo de uñas mordisqueadas.

Normalmente, Titipor no le hacía tanto caso, ya que estaba al servicio casi exclusivo de su padre.

Desde el punto de vista de Sertorio era «un mayor», pese a que no debía de pasar de veinte años.

(Como ocurría con tantos esclavos, nadie conocía su edad exacta).

Tenía la piel atezada, aunque no tan negra como un nubio.

Provenía de Libia, de las tierras que se extendían entre Cirene y Numidia.

Lo habían vendido como esclavo cuando era muy niño. Después de pasar por otros amos, llevaba en la casa desde dos años antes de que naciera Sertorio. ¡Más tiempo que él!

En realidad, eso pasaba con casi todos los criados menos con Dido la peluquera, a la que compraron hacía tres años para sustituir a otra que había muerto de una pleuresía.

Y también con Amaltea, pero como a ella la habían contratado en un principio para amamantar a Sertorio, este era tan pequeño que no recordaba en qué momento la supuesta tarentina entró a formar parte del servicio de la casa.

En cuanto a Titipor, era un antojo de su padre. Al menos, eso decía su madre. «No nos hacía falta para nada, pero lo vio tan guapo y se encaprichó».

Realmente era guapo. Tenía la piel suave, la nariz fina, con un ligero caballete que le daba personalidad, los labios carnosos y unos ojos enormes y brillantes.

Y sonreía mucho, y cuando lo hacía lucía unos dientes muy blancos y tan bien alineados como las dovelas de un acueducto. Algo más raro de encontrar en una boca, decía su padre con cierto ingenio, que un político honrado en los bancos del Senado.

Titipor no sabía leer, pero poseía una memoria excelente y, a fuerza de hacer recados para su amo, se conocía las calles de la urbe mejor que él, y también sus historias y sus leyendas.

Realmente, Roma era su ciudad, del mismo modo que el latín era la lengua en la que se había criado.

No conservaba ningún recuerdo del escaso tiempo que había vivido en el norte de África.

Un día, Sertorio le preguntó a su madre si le caía mal Titipor.

—¿Caerme mal? No. Pobre. Bastante tiene con lo que tiene.

—¿Y qué es lo que tiene?

—Lo que tendría yo con tu padre si no fuera por Titipor y por otras y otros.

Ahí lo había dejado. A Rea le gustaba insinuar cosas sobre su marido cuando hablaba con el niño. Pero se quedaba siempre en eso: sugerencias, alusiones.

¿Qué tenía Titipor con su padre que, de otra manera, habría tenido su madre?

Sertorio todavía tardaría en averiguarlo. Ni sus lecturas ni lo que asimilaba de ellas llegaban a revelarle ciertos pormenores de la vida de los adultos.

Hacía un par de meses, encontró en la mesita junto al sillón de mimbre un libro que su madre había dejado allí.

Sin encomendarse a Júpiter, Hécate ni a ningún otro dios, Sertorio lo desenrolló y empezó a leerlo.

«Querido lector, para tu distracción traigo aquí ensartados una serie de cuentos milesios. Había en Sardes una mujer casada con un tonelero que no cumplía sus deberes de marido más que cuando…».

No había podido avanzar más. Edetana, que estaba arrodillada en el otro rincón de la sala fregando el suelo, lo vio y se apresuró a levantarse para quitárselo.

—Este libro no es para ti.

—¿Cómo lo sabes, si no sabes leer?

En su sinceridad, Sertorio podía ser a veces un poco insolente. Pero, al fin y al cabo, ella era una esclava.

—Lo sé, porque tu madre, la domina, me ha hablado de él —dijo Edetana sonriendo de una manera peculiar, con una picardía que Sertorio captaba, pero que aún no acertaba a interpretar—. Ya podrás leerlo cuando sea el momento.

—¿Y cuándo será? —preguntó Sertorio, que se resistió a soltar el papiro, pero al final tuvo que hacerlo.

—Cuando te pongas la toga viril.

Eran idénticas palabras a las que había dicho su madre cuando él encontró esa palabra rara leyendo delante del maestro al que despidieron, «catamito».

Qué curioso, pensó ahora. Le había escuchado esa palabra a la misma Edetana en una conversación con otra esclava, refiriéndose a Titipor. «No sé por qué se da tantos aires si no es más que un catamito».

¿Era algo bueno, era algo malo? Si su madre no le quería explicar qué era, si las criadas usaban esa palabra para criticar a Titipor, Sertorio sospechaba que debía de tratarse de lo segundo.