59
La propia Rea comprendió que en aquel caso no podía imponer su voluntad dando topetazos de frente como un carnero, así que cedió. Estaba casi segura de que su marido se habría olvidado de sus planes al día siguiente.
Pero no fue así. Para empezar, por la mañana Tito salió temprano de su cubículo.
Dormía solo: en los diez años de su matrimonio no habían compartido lecho excepto para los momentos escasos, pero inevitables, de coyunda que ya eran parte del pasado y que Rea recordaba con tantos escalofríos como cuando de niña la obligaban a comer morcillas de cebolla y sangre.
Mientras Titipor lo ayudaba a afeitarse y vestirse y Dido lo peinaba, el propio Tito ordenó a Edetana y Metilia que ataviaran a su hijo con la toga pretexta que él había llevado en su momento.
Al oír las voces, Rea salió de su alcoba, y no tardó en comprobar que las franjas púrpura estaban tan descoloridas que parecían amarillas. Lo que era aún peor, la toga tenía unos cuantos agujeros que, si bien no eran muy grandes, se apreciaban a simple vista.
—No se puede esperar que los hombres guarden bien estas cosas —murmuró Edetana. Acaso por su supuesto origen noble, solía ser más lenguaraz de lo aconsejable en una esclava.
A Rea no le importaba demasiado mientras la hispana no levantara la voz y siempre que las críticas fueran contra su esposo.
De hecho, no ponía pegas a que la autoridad del paterfamilias —de aquel en concreto— se viera menoscabada cuanto más a menudo mejor.
Aunque ese menoscabo consistiera en agujeritos de polilla como los que plagaban aquella prenda de la infancia de Tito que, obviamente, él había guardado hecha un gurruño. La única forma en que sabía tratar su ropa.
Por suerte, Rea conservaba la pretexta de su padre, un regalo de Valerio Tapón, de una de las pocas ocasiones en que se había dignado venir desde Veyes para visitar a su nieto.
Rea había tenido buen cuidado de meterla limpia, planchada y cuidadosamente doblada en un baúl con saquitos de ajenjo seco en su interior y bien untado por fuera con alpechín hervido.
Aunque Sertorio estaba más alto de lo que correspondía a sus seis años y medio, seguía siendo pequeño para la prenda que había llevado su abuelo ya casi adolescente. Hubo que hilvanarla por debajo y recogérsela bien en el hombro izquierdo.
—¿Qué tal te ves? —le preguntó Edetana.
El espejo que sostenía la esclava ante el niño era una pieza de bronce pulido, ovalada como un escudo, aunque no tan grande.
Con todo, pesaba lo suyo. La criada hispana resoplaba un poco mientras lo agarraba por las correas interiores y lo movía arriba y abajo y lo giraba a los lados de modo que él pudiera contemplarse por partes.
Durante un instante, a Sertorio le asaltó la imagen que había visto reflejada en la charca de su pradera.
Lo malo de tener una fantasía y una memoria tan intensas, capaces de evocar perfiles, colores y volúmenes tan nítidos como las pinturas de Zeuxis —aquel artista cuyos cuadros engañaban a los pájaros—, era que a veces las visiones elaboradas por su mente se superponían a las que le mostraban los ojos y le hacían dudar entre lo real y lo fantaseado.
Pero cuando Edetana volvió a girar el espejo, la imagen del hombre tuerto desapareció y solo se vio a sí mismo.
—Pareces todo un magistrado, pequeño amo —dijo Edetana.
Sertorio sonrió, complacido. Más tarde acabaría agobiado de calor y deseando quitarse ropa de encima. Por ahora, estaba tan contento de verse con aquella prenda nueva como un general con la toga picta el día de su triunfo.
—Parezco el tío Mario —dijo.
Meses antes, Mario había aparecido ataviado de forma parecida, aunque a escala, con las franjas púrpura que lo distinguían como pretor.
Sertorio lo echaba de menos. Desde que Mario desempeñaba aquella magistratura tan importante —«¿Es verdad que solo los cónsules mandan más que tú?», le preguntó el niño, lo que provocó una carcajada del flamante pretor, seguida de un gesto de asentimiento—, sus visitas eran más esporádicas.
Sertorio había captado algunos fragmentos de conversación entre su madre y Edetana, y tenía la impresión de que ella estaba un poco enfadada con Mario. «¿Es que se avergüenza de mí ahora?».
Aunque se hubiera convertido en un hombre tan importante, pensaba Sertorio, era mejor para tío Mario no enojar demasiado a madre.
Él sabía bien cómo se las gastaba si la contrariaban. Lo que más le dolía a Sertorio no era cuando le propinaba un azote, sino los silencios que venían después. A veces, incluso sin el azote.
Lo peor era que ella dejara de mirarlo cuando él le preguntaba algo, o que se limitara a ponerle la mejilla de lado para que le diera un beso si él quería un abrazo. Cuando sucedía eso, el rostro de su madre se volvía tan frío e inexpresivo como el de la estatua de Minerva que adornaba el atrio.
Esa misma mañana, Sertorio percibió enseguida que su madre no estaba demasiado contenta con él. Antes de salir de casa, en lugar de agacharse para besarle, Rea se limitó a pasarle la mano por la cabeza como quien acaricia a una mascota.
Él no se rindió —no tenía costumbre— y le tiró de la túnica hasta que consiguió que ella se inclinara sobre él y le diera un beso en la mejilla.
Tan maquinal como había sido la caricia.
—Hala, vete con tu padre. Tan contento que vas.
Sertorio sintió un nudo en la garganta.
—Yo te quiero más a ti.
—Ya, ya.
Por fin, salieron de la casa. Su padre y él, acompañados por el joven y delgado Titipor y el algo menos joven y mucho más voluminoso —en todos los ejes geométricos— Dagulfo.
Durante la primera parte del camino, Sertorio —que durante la noche se había despertado varias veces, nervioso ante la perspectiva de lo que para él, más que una excursión, era una expedición en busca del río Océano o de las fuentes del Nilo— notaba un peso en el estómago.
El gesto de su madre, que se las arreglaba para demostrar que intentaba no parecer decepcionada y al mismo tiempo insinuar su decepción, y la carencia de inflexiones en su voz al despedirse de él le dolían.
Con el tiempo, se endurecería ante los intentos de su madre por hacerlo sentir culpable.
En cualquier caso, conforme se alejaban de la casa, el dolor se fue convirtiendo en una desazón que lo incomodaba solo de una manera difusa, una especie de nube que flotaba alrededor de su cuerpo.
E incluso esa nube se deshilachó poco a poco, para acabar evaporándose como un charco bajo el sol de aquella mañana de junio.
Al llegar ante la muralla, contuvo el aliento. Más allá de esa enorme pared de sillares —a su edad, todo parecía más alto, más grande, más impresionante— debía de empezar un universo nuevo.
No un universo: el universo. Todo aquello que no era Roma. Bosques frondosos, montañas lejanas, un mundo salvaje y lleno de maravillas.
Sin embargo, al cruzar la puerta Sancual, su desencanto fue inmediato. En lugar del paisaje exótico que imaginaba, se encontró con más construcciones iguales a las que habían ido dejando atrás al bajar por la calle del Lago Fundano.
Por lo visto, no había forma de evitar que aquella ciudad incontrolable siguiera creciendo y se desbordara por encima del muro destinado a contenerla.
A la derecha del camino se alzaba un templo con cuatro vistosas columnas pintadas de rojo que sostenían el frontón.
Sertorio volvió a emocionarse por un instante.
—¿Es el templo de Júpiter Optimo Máximo?
—¿Cómo va a ser este? —respondió su padre—. ¿No ves lo pequeño que es?
«Qué tonto soy», se dijo Sertorio. El gran templo de Júpiter, eso lo sabía de sobra, se hallaba en el monte Capitolio. Pero estaba tan deseoso de contemplar maravillas que las expectativas le habían hecho confundirse.
Ciertamente, muy grande no era aquel templo. Como mucho, igual que su propia domus o que otros edificios de su calle.
—Pero entonces, ¿qué templo es?
Todavía conservaba aquella muletilla de cuando era más pequeño, «Pero entonces», aunque no tardaría en dejarla abandonada.
Su padre, que le había soltado la mano hacía un rato —Dagulfo le tendió la suya, pero Sertorio la rechazó, «No, voy solo»—, se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. No me había fijado nunca en él.
Titipor se inclinó junto a Sertorio y le dijo sin levantar apenas la voz:
—Es el templo del Santo Semón.
—¿Un dios?
—De los juramentos, sí. Es el que hace que tengas que cumplir tu palabra.
—¿Y si no lo haces? ¿Te castiga?
Titipor asintió vigorosamente y se enderezó.
—¿Y qué te hace?
—Cosas horribles.
—¿Qué cosas horribles?
—Deja en paz a Titipor —intervino su padre—. Es un criado, no un oráculo.
Era evidente que Tito se esforzaba por hablar con su hijo y por mirarlo a la cara.
Pero no lo conseguía.
No ocurría como con su madre, que cuando se enfadaba apartaba la vista a propósito. En el caso de Tito, era porque le costaba prestar atención a su hijo. Se distraía.
Se aburría.
Sertorio se daba cuenta de ello. No por ello se sentía demasiado frustrado. Le dolía verse privado de la mirada de su madre. La de su padre, en cambio, nunca la había tenido.
Pero ahora le venía muy bien estar con él.
Aunque eso pusiera de mal humor a su madre.
Merecía la pena. ¡Al fin conseguía salir lejos de casa!
No podía evitar fijarse en todo lo que iba viendo.
No solo en lo más llamativo, como el arco que coronaba la puerta en la muralla, los templos, las estatuas de los frontones, las fuentes o los pilares con inscripciones que se alzaban a los lados de la calle.
Todo reclamaba su atención a la vez, «Mírame, mírame».
Los árboles, las escalinatas, los colores de las paredes de las casas, unos vivos y otros ya desvaídos y descascarillados, la forma de los postigos, el entramado de las celosías.
Incluso el modo en que encajaban las losas del pavimento, como si ocultaran mensajes secretos entre sus junturas.
Las pintadas, con palabras que no había encontrado en sus lecturas. Aunque ignoraba qué significaban los verbos irrumare y pedicare , sospechaba que eran de los que harían fruncir el ceño a su madre.