Sertorio, el elegido de la diosa blanca 58
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Sertorio estaba en su habitación, tumbado en el suelo y jugando con la colección de piedrecillas que él y Dagulfo llevaban días reuniendo, hasta sumar un contingente más que considerable.

Los guijarros más oscuros, que formaban una larga y sinuosa ringlera, eran los legionarios romanos.

Estaban atravesando un desfiladero de laderas boscosas, simulado por hojas que representaban los árboles a ambos lados del sendero.

Las piedras claras, que eran las tropas cartaginesas, se hallaban emboscadas entre la vegetación, a punto de lanzar su celada sobre el enemigo.

Todo sugería que los pérfidos púnicos iban a propinar una buena paliza a los romanos, igual que históricamente hicieron en una situación similar en el lago Trasimeno.

Sertorio, que había leído ya acerca de las batallas más importantes libradas por el ejército romano, no entendía todavía demasiado de patriotismo y en más de una ocasión jugaba a que el enemigo venciera en la refriega. A veces obedeciendo los dictados de la historia y a veces contradiciéndola.

Cuando estaba a punto de ordenar a los cornetas que dieran la señal de atacar, su fino oído captó que sus padres estaban hablando de él en el piso de abajo.

Dejando en suspenso momentáneo el desenlace de la emboscada, gateó hasta la piel de ciervo que tenía al pie de la cama y la apartó.

En una de las tablas del suelo había un nudo podrido en el que se había abierto un agujero.

Él, al descubrir que le brindaba una mirilla a la estancia justo debajo de su alcoba, lo había agrandado.

Para evitar que las esclavas se dieran cuenta al barrer, lo tapaba con un trozo de corcho, sacado de un ánfora de la despensa, que había ajustado recortándole trozos con las uñas.

Las mismas que utilizó ahora para extraer el tapón del agujero y asomar un ojo.

Sus padres estaban hablando de él, como sospechaba.

Cambiando el ojo por la oreja, pudo enterarse perfectamente de lo que decían.

Así que decidió tomar parte en aquella discusión y se apresuró a bajar las escaleras sin tan siquiera calzarse.

—Yo quiero ir con padre —repitió, acercándose a Tito y tendiéndole la mano.

Había comprobado que los adultos rara vez se resistían a ese gesto cuando era un niño quien lo hacía, y respondían agarrando la manita ofrecida.

Así hizo su padre, casi sin mirarlo. Con más fuerza de lo habitual.

Tanto que le hacía un poco de daño.

Debía de estar enojado con su madre. Por eso apretaba tanto.

Sertorio no se quejó.

Lo que le estaba costando más trabajo era reprimir la tos. Esa que acababa de decir que ya no tenía.

Le ocurría siempre que pensaba: «No quiero toser, no quiero toser». Era repetírselo a sí mismo y notar cómo le empezaba a subir una carraspera insoportable.

Aunque había mejorado mucho del asma desde que tomaba los fármacos de Marta la curandera, de vez en cuando le volvían a sobrevenir ataques de tos.

Los peores eran por la noche, cuando la habitación se hallaba a oscuras y la casa en silencio —para él, siempre relativo—, y parecía que en el mundo solo existían él y ese picor.

Una presencia tan material como una oruga que se dedicaba a subir y bajar por su garganta rascándole por dentro con sus patitas velludas.

Y que no lograba expulsar por más que tosiera y tosiera.

Ahora, no obstante, hizo un esfuerzo y, dándose la razón a sí mismo, «No quiero toser, no quiero toser», consiguió aguantar.

Su madre lo miró fijamente y enarcó una ceja, como diciendo: «¿Qué estás tramando, que te conozco?».

—Quiero ir —insistió Sertorio—. Quiero que me inscriban en el censo como a padre.

—¿Ves, mujer?

—Quiero que me inscriban para ser un soldado.

—¿Como tu padre, también? —preguntó Rea, sin bajar la ceja.

—No, eso no. Padre no ha sido soldado nunca.

La mano de Tito apretó más fuerte por un instante. Al parecer, no le había gustado el comentario.

Aunque Sertorio lo sospechaba, no había podido callárselo. Era capaz de mantener la boca cerrada más de lo normal en críos de su edad, pero eso no significaba que a veces no pecara de excesivamente sincero.

Como rezaba aquel refrán griego, οἶνος καὶ παῖδες ἀληθεῖς , «El vino y los niños dicen la verdad».

Cuando su padre lo soltó, Sertorio comprobó que le había dejado los dedos blancos. También pringosos de sudor, pero eso ocurría siempre.

Enseguida empezaron a enrojecer.

El dolor era suficiente para justificar unas lágrimas. Pero hacía ya por lo menos un año que Sertorio no lloraba.

«Los hombres no lloran», solía decir tío Mario, y lo que salía de su boca era ley para él.

Sobre todo cuando añadía, contundente: «Así he hablado».