57 #2
Cuando este, después de una larga siesta, se levantó muy decidido y ordenó a las esclavas que al día siguiente tuvieran al niño bañado a primera hora y vestido con la toga pretexta para acompañarlo hasta el Campo de Marte, Rea enarcó una ceja y preguntó:
—¿Ahora te preocupas por llevar contigo a tu hijo? ¿Por qué no lo has hecho hasta hoy?
—Bueno, esto, es justo lo que estoy haciendo, ¿no?
—A buenas horas. Ya podrías haberlo hecho antes.
Tito se rascó la cabeza.
Como era poco de cuidar al aspecto de su cuerpo ejercitándolo, procuraba hacerlo dejando que los esclavos se ocuparan de él. Dido, la peluquera, no hacía más que lavarle la cabeza, con el resultado contraproducente de que Tito tenía siempre el cuero cabelludo irritado.
—Eso es, bueno, es imposible. Ya no puedo hacerlo «antes».
—Eso es evidente.
—Si tan mal te parece…
—Tú sabrás si me parece mal. Yo no lo he dicho.
Ric, ric, ric . Las uñas rascando.
—… pues entonces será mejor que lo haga ahora que no dentro de un año, ¿no?
—Si tú lo dices.
De haber sido una mujer más tradicional, Rea habría estado tejiendo y habría aprovechado su labor para concentrarse en ella y de esa manera no mirar a su marido a la cara.
Como no lo era, donde siguió enfocando los ojos fue en la tablilla en la que estaba escribiendo una carta a su amiga Antiodemis, que llevaba un par de meses en Masaba.
—Yo no digo nada —se defendió Tito.
—¿No? ¿Seguro?
—Lo dice la ley.
—¡Ahora es eso! Con la ley hemos topado.
—Mañana le toca a nuestra tribu el turno de censarse. Tengo que inscribir al crío conmigo.
—«Tienes».
—Es lo que ordena la ley.
—Ya, la ley. Te he oído.
Tito estaba empezando a enfadarse, pero no se atrevía a demostrarlo demasiado a las claras. La experiencia le decía que en los certámenes de gritos siempre terminaba perdiendo.
Lo que habría debido hacer, lo que cualquier día acabaría haciendo, era pegarle un buen par de bofetadas a esa arpía que tenía por esposa.
Pero, por el momento, se tragó la réplica que le acababa de venir a la cabeza.
«¿Qué sabrás tú de las leyes de la República, si eres una mujer?».
Rea se dignó, por fin, a dejar de escribir en la tablilla y mirarlo a la cara.
—¿No fue el último censo hace cinco años? ¿No inscribiste entonces al niño?
Tito no lo recordaba.
Ric, ric, ric.
Qué picor.
—No —se aventuró. Al decirlo, se sintió más seguro de que, en efecto, no lo había hecho y añadió—: No estaba seguro de que fuera a vivir.
Los ojos de ella se abrieron mucho por un instante, tanto que sus iris verdosos —nada comparable con el verde intenso de los de su hijo— se vieron rodeados de blanco.
También se le dilataron las aletas de la nariz, que su marido encontraba irritantemente perfectas.
La tempestad pasó y amainó en un instante. En tono frío, Rea replicó:
—En lugar de llevarte a Quinto, puedes declarar su nombre y su edad y que lo inscriban en el registro, aunque él no esté presente.
—Eso no se puede hacer.
«La ley no lo permite», iba a añadir Tito. Pero no estaba nada seguro de ello, así que se calló.
—¿Crees que todo el mundo va con sus hijos? ¿Que Régulo se va a llevar a sus cinco criaturas colgadas del brazo?
Rea se refería a un vecino tan fecundo como ruidosa era su prole.
Tito se encogió de hombros mientras buscaba una respuesta.
Lo cierto era que tampoco tenía tanto empeño en llevar consigo al niño. En breve encontraría otros motivos de índole pecuniaria para hacerlo, pero aún no se le había ocurrido que pudiera sacarle a su hijo un provecho económico.
La razón del interés que mostraba ahora era que la víspera, en la cantina de Fulvio, su local favorito en las Tabernas Viejas del Foro, había mantenido una conversación al respecto con sus camaradas de vino. (De milicia no los tenía, ya que no había empuñado un pilum en su vida).
Algunos de ellos se burlaban de él, llamándolo braccatus , «bragazas», por permitir que su mujer le dictara cómo educar a su hijo.
—¡Tu vástago! ¡Un varón! ¡Tu primonégito nada menos! —le había dicho Espurio Icilio, palmeándole la espalda. Después se tuvo que agarrar a la túnica de Tito para no caer al suelo llevado por el impulso, por la emoción de la amistad y por la trompa que llevaba.
—¡Lleváis razón! —respondió Tito—. ¡Es mi primogénito! ¡Mi único hijo! ¡El heredero de mis…!
En ese punto, incluso borracho como estaba, se dio cuenta a tiempo y cerró la boca.
Por no completar la frase.
«El heredero de mis deudas».
Unas deudas que, entre sus últimos fracasos con los negocios, sus viejas aficiones —las putas y el vino, sobre todo— y las nuevas —los dados y apostar en las carreras del Circo Máximo y los combates del Foro Boario—, estaban acumulándose como el estiércol en los establos de aquel famoso rey de no sé dónde.
En aquel momento, Tito había decidido que lo mejor para olvidar sus apuros financieros era ordenar a Fulvio, el tabernero, que sirviera otra ronda a todos los parroquianos que en ese momento estaban acodados en la barra.
Una gran idea.
Como todas las que inspira el vino.
«Cojonuda», la juzgó en la exaltación del instante.
Al menos, no había invitado a los de las mesas del entoldado exterior.
«Maldita sea, ¿cuánto dinero gasté ayer?
». Al preguntárselo, sintió cómo le subía desde el estómago un acaloramiento que, en cuestión de segundos, le perló el rostro de sudor e hizo que las gotitas de transpiración de la cabeza ascendieran por sus cabellos como pulgones transparentes trepando por tallos de hierba.
Lo que, a su vez, provocó que le volviera a picar el cuero cabelludo.
Ric, ric, ric.
Podría haber comparado lo que le sucedía con los sofocos de una mujer menopáusica.
Si hubiera tenido alguna idea sobre las inconveniencias que afectaban al cuerpo femenino a ciertas edades.
Lo cual no era el caso.
Su esposa, que observó el sofoco de Tito, sí poseía ese conocimiento, aunque todavía no fuera por experiencia propia. Además, tenía bien observada aquella reacción del orondo cuerpo de su marido, que solía venir acompañada de cierto olor a bebida.
Según calculaba Rea, con una mezcla de repugnancia y malicia, el vino debía de suponer una proporción del sudor de su marido comparable a la que los simposiarcas menos estrictos ordenaban mezclar con el agua de las cráteras en los banquetes que presidían.
—Régulo puede hacer, ejem, lo que quiera. Yo soy el, esto… ¡El paterfamilias!
¡Ah, los buenos tiempos en que un padre poseía el derecho de vida y muerte sobre todo lo que habitaba en su domus! Con gusto habría empezado ejerciendo esa prerrogativa con el gato.
El dichoso gato.
¡El puto gato!
Acababa de encaramarse de un salto a un triclinio y estaba mirando a Tito con tanto descaro como si fuera el amo de la casa.
Rea respondió con la típica pirueta dialéctica que tanto desconcertaba y frustraba a su marido.
Cambiando de argumentos sin transición ninguna.
—Además, ¿has visto cómo está del asma?
—Yo quiero ir con padre. Ya no tengo tos.
Ambos se volvieron para mirar al niño, que parecía haberse materializado en la sala, tan sigiloso como el propio Thot.