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Un error que ocurrió, o al menos esa fue la explicación que se quedó grabada en la memoria de Sertorio, porque su padre decidió que había llegado el momento de empezar a ejercer como tal.
O, en todo caso, que era hora de dar cierta impresión de que pretendía desempeñar ese papel.
El primer paso para llevarlo a cabo era nombrar a dos censores, seleccionándolos de entre aquellos senadores que aposentaban sus augustos traseros en los bancos de la Curia, con la condición de que hubieran sido cónsules en el pasado.
Los elegidos por los votantes de los comicios centuriados fueron Lucio Cecilio Metelo Dalmático y Gneo Domicio Ahenobarbo.
La ley imponía que al menos uno de los dos fuera de origen plebeyo, pero no prohibía que lo fuesen ambos.
Como así sucedió aquel año.
Dalmático —que había obtenido tanto ese cognomen como un desfile triunfal tras una campaña contra los dálmatas «más falsa que las tetas de un histrión», en palabras de Mario— pertenecía al poderoso linaje de los Cecilios Metelos.
Hijo, nieto y bisnieto de cónsules, él mismo lo había sido dos años antes, uno de sus primos desempeñaba el puesto en aquel momento y se esperaba que su hermano pequeño, que ya había sido tribuno militar y cuestor, no tardara en seguir sus pasos.
Cuando se hablaba de familias como los Cecilios Metelos, el término tradicional «plebeyo» —que los patricios más rancios seguían identificando con «chusma» y que pronunciaban con tanto desdén que tras soltar la última sílaba tenían que enjugarse la saliva de las comisuras de la boca— perdía buena parte de su significado.
Plebeyos o no, a nadie en Roma se le ocultaba que Dalmático y su familia estaban más que instalados desde hacía tiempo en la todopoderosa élite senatorial.
El otro censor, Ahenobarbo, era todo un personaje.
Digno representante de una gens no tan abundante en cónsules como los Metelos, pero más dada a llamar la atención con alardes y excesos.
Tras derrotar a los galos alóbroges el año posterior al nacimiento de Sertorio, Ahenobarbo se dedicó a recorrer la provincia recién pacificada a lomos de un elefante, como si fuera Aníbal redivivo.
Según él, lo hacía para celebrar que había vencido a aquellos bárbaros celtas gracias a una unidad de estos paquidermos.
Todo el mundo comentaba que lo que quería Ahenobarbo en realidad era exhibirse. Por eso eligió al ejemplar más grande del escuadrón de elefantes, un macho llamado Brontes de diez pies de alzada y colmillos de tres codos de largo.
Ahenobarbo estaba celoso porque Fabio Máximo, que también había derrotado a los alóbroges, pero en una batalla posterior, no solo celebró el triunfo antes que él, sino que recibió el cognomen honorífico de Alobrógico que a él le habían escamoteado —decía— las envidias del Senado.
Una conducta tan ostentosa no era lo que se esperaba, teóricamente, de un censor, el magistrado que debía controlar las costumbres de los demás ciudadanos y defender el mos romanus .
Una combinación específicamente autóctona de frugalidad, templanza, austeridad, dureza, sacrificio, valor y piedad religiosa.
Una larga lista de virtudes que no se les caía de la boca a los oradores, pero que en los últimos tiempos se estaban contaminando. ¿De quién o de qué era la culpa?
¡Es por dejarnos contagiar por otros pueblos corruptos y afeminados como los griegos, los asiáticos o los egipcios!
, bramaban los oradores más puritanos. Pero también le imputaban aquel envilecimiento a las riquezas que llegaban a la urbe desde las tierras conquistadas.
Entre tributos, donaciones, botín de guerra saqueado a los pueblos vencidos y rapiña arrancada a los aliados, entraba en Roma tanto oro, plata, joyas, marfil y otros productos de lujo que incluso los más exhibicionistas de entre los ricos no daban abasto a ostentarlos.
A decir verdad, ese llevaba siendo el relato oficial desde antes incluso de los tiempos de Catón el Viejo.
Los más ancianos aseguraban que las acendradas virtudes en las que ellos se criaron se estaban pervirtiendo por culpa de «los jóvenes de ahora».
Olvidaban que, en los años ya lejanos en que ellos eran los «jóvenes de ahora», sus propios mayores los acusaban de la misma degeneración de costumbres, de igual modo que esos mayores habían recibido idénticos reproches, y así sucesivamente hasta la remota época de los reyes e incluso más atrás en el tiempo.
Obedeciendo a ese discurso que rezumaba una mezcla de moralina y nostalgia de un pasado más fantaseado que real, un personaje tan vividor y amante de la ostentación como Domicio Ahenobarbo, al convertirse en censor, sufrió una metamorfosis repentina y sorprendente.
Fue como si una espectacular mariposa de alas multicolores se hubiera envuelto en la crisálida para después brotar de ella transformada en una oruga anodina y gris.
¡Maravillas de una naturaleza que invertía su curso!
De la noche a la mañana, Ahenobarbo se había convertido —o había aparentado que se convertía— en un individuo tan morigerado y austero que podría haber pasado por un filósofo estoico.
¡Pero un filósofo estoico romano, no griego, Edepol!
En todo caso, su mutación habría resultado más convincente si hubiese perdido al menos la mitad de las cien libras de grasa que le sobraban.
Para demostrar que nadie lo ganaba en su defensa del mos romanus , Ahenobarbo convenció a su colega Dalmático de que era necesario —qué diantres necesario, ¡perentorio, acuciante!— revisar cuanto antes las listas del Senado para depurarlas de elementos podridos.
Hasta treinta y dos senadores fueron señalados con la tinta roja de las infamantes notas censorias y expulsados de la provecta institución.
Bien por acusaciones de conducta impropia —cometer cohecho o adulterio, dedicarse al comercio o a la usura o incluso apostar a los dados con la chusma tabernaria—, bien porque les caían antipáticos o por los motivos que fuesen.
—Pero a ese hijo de la grandísima puta de Cepión no lo echarán, no —se lamentó el padre de Sertorio al enterarse, mientras revolvía con el dedo los posos de su copa de vino.
Un gesto que siempre antecedía al de levantar el brazo para que el joven esclavo Titipor se la rellenara—. Ladrón, corrupto. ¡Mentiroso!
Como bien decía la difunta madre de Tito, su hijo no era hombre de llevarse malos tragos si estaba en su mano evitarlo. Pero, ¡ay!, en lo que se refería a Cepión, con el dinero había topado, y se ponía enfermo cada vez que pensaba en ello.
—No hables así en casa —dijo su esposa—. Luego te preguntarás de dónde saca el niño las cosas que dice.
La recriminación de Rea brotó de sus labios de forma casi mecánica, sin demasiada convicción. Ni el pequeño Sertorio soltaba palabrotas ni a su padre, con su natural pachorra, le habría escandalizado demasiado que las pronunciara.
Lo cierto era que no se podía negar que los tres cargos que Tito imputaba a aquel individuo estaban más que fundados.
Quinto Servilio Cepión ya era un ladrón y un corrupto desde los tiempos en que acompañó a Asia al gobernador Manio Aquilio, maestro suyo en esas lides.
No podía decirse que su estancia no hubiera sido fructífera.
Ambos la habían aprovechado para desvalijar a conciencia, desde Halicarnaso en el sur hasta Cízico en el norte, obras de arte, muebles valiosos y ropas bordadas en oro, plata e incluso seda del Oriente más lejano.
Sin que faltaran monedas, perlas y joyas como para llenar un estanque y bañarse en él.
En cuanto a la tercera acusación, la de mentiroso, Cepión lo era tanto por naturaleza como por necesidad.
Esto último se debía a que tenía que ocultar sus astronómicos gastos al avaro de su padre, que habría sufrido un síncope de conocer las deudas de su vástago.
También le ocultaba sus vicios e infidelidades a su esposa Metela Tercia, hasta que esta murió y le ahorró el esfuerzo.
En vida de ella, sin embargo, no siempre había tenido éxito.
Cuando, como se contaba en los mentideros, Tercia lo sorprendió en la cama con la actriz Antiodemis, Cepión tuvo que sudar sangre para convencerla de que no se divorciara de él.
Sobre aquel asunto, Tito Pomponio opinaba: «Si en el Foro exhibiera la mitad de elocuencia de la que demostró para convencer a Metela de que volviera a casa con él, nadie le ganaría un caso ni aunque tuviera un pico de oro como el del joven Marco Antonio».
A los cargos que vertía su marido contra Cepión, Rea podía añadir otro mucho más grave.
El de asesino.
En potencia, al menos. Había intentado quemarlos vivos a ella y a su bebé recién nacido en el mismo dormitorio donde acababa de parir.
(También lo era en acto, pero Rea ignoraba que Cepión era el culpable de la muerte de Urania, la amante de Artemidoro. Antiodemis, que sí lo sabía, nunca había querido revelárselo).
En su momento, Rea no le habló a su marido del incendio frustrado, y en lo sucesivo se lo siguió callando siempre que el nombre de Servilio Cepión salía a colación.
Comentar algo habría supuesto el pretexto para que Tito entablara una conversación con ella.
Algo que en la escala de placeres y aficiones de Rea se hallaba dos peldaños por debajo de depilarse las ingles con alquitrán y piedra pómez.
Los escasos cruces de palabras del matrimonio no tomaban nunca la forma de diálogo, sino más bien la del intercambio de proyectiles con que la infantería ligera escaramuceaba en los prolegómenos de las grandes batallas.
Sin llegar más que en contadas ocasiones a la siguiente fase, el ruidoso y violento choque cuerpo a cuerpo.
No obstante, un choque de esa índole estuvo a punto de producirse a mediados de junio de aquel año.
Por causa, precisamente, del censo.
Una gestión burocrática que difícilmente podría calificarse de acontecimiento y que, sin embargo, sería decisiva en el futuro militar de Quinto Sertorio.
Todo por una combinación de la picardía de aquel crío de seis años y la dejadez de su padre.