56
Mientras el niño permanecía en trance, Marta, con una mano sobre el pecho de Sertorio, le había colocado la otra en la frente. Entrecerrando los ojos, como si ella misma entrara en su propio arrebato místico, comenzó a entonar una profecía en griego, su voz apenas un susurro que flotaba en el aire.
—Mégas ései, ô paî, allá megálai kaì hai adikíai…
«Grande serás, muchacho, pero grandes serán también las injusticias que cometerá contigo la fortuna. De esos ojos asombrosos que tienes, solo uno…».
Rea no quiso seguir escuchando. Agarrándola del hombro, la interrumpió.
—Deja de augurarle desgracias, mujer —le dijo, también en griego—. Lo único que necesito de ti es que le cures el mal del pecho.
Marta asintió en silencio, apartándose sin mostrarse ofendida. El niño comenzó a parpadear, despertando lentamente.
Rea notó enseguida algo distinto en su mirada.
Sertorio siempre emergía de sus breves periodos de éxtasis con una dulce calma, sonriendo como un filósofo epicúreo que hubiera alcanzado la serenidad de espíritu que los suyos llaman ataraxia.
(Un concepto en el que Rea, por cierto, no creía. Estaba convencida de que no existía filosofía capaz de enfrentarse a los dolores de un parto ni superar la muerte de un hijo).
Pero esta vez había algo diferente. Era como si el niño estuviera asustado. La forma tan exagerada de abrir los ojos, incluso de parpadear, con pestañeos más lentos pero más bruscos…
No era igual que otras veces.
—¿Qué le has hecho a mi hijo?
—Nada. ¿No has dicho tú misma que es algo que le pasa a veces?
Sertorio se estremeció.
—Tengo frío.
Rea se apresuró a cerrarle la túnica y le echó una manta que tenía preparada sobre el triclinio. Al hacerlo, invadió el espacio de Marta, quien se apartó sin mostrar molestia alguna.
Mientras Rea abrazaba a su hijo para transmitirle un calor que ella misma no sentía del todo, la curandera extendió la mano y su criado celta le entregó una tablilla. Sobre la cera había unas líneas que parecían un galimatías incomprensible, aunque escrito en caracteres latinos.
Marta escribió por debajo de esas líneas, añadiendo nuevas instrucciones.
—Es una mezcla de vino y castóreo, con asfalto extraído del mar de Judea, el que los griegos llaman Asfaltites —explicó, mientras seguía escribiendo.
Su esclavo le entregó a Rea un frasquito de vidrio de Fenicia que contenía un líquido negruzco—.
Os he traído un poco de esta mezcla para que podáis dárselo mientras reunís los ingredientes. Diez gotas de cada vez.
A continuación, apuntó una receta para hacer aceite de almendra.
—Untadlo en su pecho antes de dormir. Además, alzad las patas del cabecero de su cama y dadle una cocción de llantén cuando se levante por la mañana.
Rea asintió, ahora más convencida. Prefería las recetas claras, sin toda esa faramalla sobre los humores que les encantaba a los médicos.
—¿Cuánto te debo?
—No te preocupes.
—No estoy preocupada. Salvo por la salud de mi hijo.
—Ese es un asunto que trataré con Mario.
—¿Crees que no puedo pagarte?
—Todavía sí —respondió Marta, con una media sonrisa que dejaba entrever un misterio mayor—. Pero Gayo Mario lo ha dispuesto así, y no querremos llevarle la contraria a un magistrado que pronto tendrá imperium , ¿verdad?
Sin ofrecer ni pedir más aclaraciones, tras dar un sorbo a la copa de vino caliente que le trajo Metilia, otra de las esclavas, la adivina siria se despidió y salió de la casa.
Pese a la desconfianza de Rea, las cocciones que Marta les recetó, junto con los ensalmos anotados en la tablilla —Rea tenía que recitarlos a diario, por mucho que se sintiera ridícula al hacerlo—, mostraron más efecto que los nauseabundos emplastos de Hermógenes.
La vieja Tifilnia, por supuesto, no tardó en poner objeciones.
—Esa mujer ha dejado una miasma maligna flotando en el aire. ¡Es una bruja! —afirmaba, con el ceño fruncido.
Pero incluso ella tuvo que reconocer que el asma del niño empezaba a mejorar y acabó acallando sus protestas.
El asma desaparecería por completo cuando Sertorio cumpliera siete años.
Siete años que, según los registros oficiales de la tribu Suburana, eran diez.
La diferencia era una cifra pequeña, solo tres trazos verticales. Pero su traducción en el tiempo lo cambiaría todo en la vida de Quinto Sertorio.
Para eso, primero tendría que producirse el error.