Sertorio, el elegido de la diosa blanca 55
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Sertorio caminaba por la pradera.

Su pradera.

El lugar al que escapaba cuando el mundo exterior se volvía demasiado intenso, agresivo.

Aquel enclave privado aparecía de repente y lo envolvía, expulsando al resto del universo a las tinieblas de la nada.

Durante mucho tiempo había ocurrido de forma ajena a su voluntad y a su razón. De hecho, la pradera ya existía antes de que Sertorio tuviera uso de razón, lo que para él equivalía a considerar que era eterna.

En los últimos meses, sin embargo, empezaba a ser capaz de refugiarse conscientemente en aquel santuario. Todavía no dominaba lo que los demás llamaban «trances», una palabra que captaba en conversaciones susurradas cuando creían que no estaba escuchando.

Pero tampoco era algo que se hallara del todo fuera de su control.

Esta vez, sin embargo, le volvió a suceder sin que él lo pretendiera. De pronto se encontró en la pradera, arrastrado allí por una fuerza exterior. Lo último que recordaba antes de que el mundo se esfumara y él, de repente, apareciera aquí era el rombo rojo en la frente de aquella mujer.

Estaba desnudo. Como ocurría siempre en aquel lugar.

En el mundo exterior, hasta las costuras más finas y los pliegues más imperceptibles de la ropa llegaban a molestarle, llamando la atención con su roce sobre aquellas zonas de la piel que tocaban, como si gritaran «¡Estamos aquí!

». Era una sensación tan irritante y obsesiva como cuando le invadía una picazón irresistible —«Cuando estés de pie en formación militar no te podrás rascar así», le decía tío Mario—, o cuando la carraspera le subía por la garganta y le hacía toser.

En la pradera nunca llevaba ropa, pero eso no suponía ningún problema. Allí no existían ni el frío ni el calor. No había rayos de sol que quemaran —no había sol, de hecho— y el viento jamás soplaba.

Por alguna razón, Sertorio llamaba a aquel lugar «Limenia». O tal vez, era el propio lugar el que se había nombrado a sí mismo. No podía estar seguro.

Limenia era un espacio recóndito y acogedor, pero también vasto e infinito, sin escondites ni sombras tras los cuales ocultarse.

Una extensión sin límites, alfombrada por una hierba formada por innumerables briznas que tenían todas el mismo tamaño, el mismo tono de verde.

Se doblaban bajo sus pies con tal suavidad que el tacto de todas ellas se fundía en uno solo, sin que Sertorio pudiera descomponer y analizar la sensación en miles de puntitos como hacía con tantas otras.

El aire era tibio. El único sonido era el del tenue silbido de su propia respiración, pues la brisa, que soplaba siempre a la misma velocidad y con la misma temperatura, lo hacía en silencio.

El cielo, de un azul suave, sin cambios ni matices, sin sol ni nubes, se fundía con el horizonte en una niebla vaga y distante.

Y él, en el centro de aquel mundo, era el único punto de referencia posible. No había puertas, ni túneles, ni caminos.

Nadie más podía entrar en Limenia.

O eso creía hasta ahora.

Algo era distinto esta vez.

Una figura caminaba hacia él.

Al principio era una silueta vaga, fluctuante, como si se disolviera y volviera a formarse con cada paso.

A medida que se acercaba, la imagen se fue definiendo.

Era Marta, la curandera y adivina. Sertorio conocía su nombre y su oficio, porque había pillado una conversación entre su madre y Mario cuando creían que él no escuchaba.

El caso es que no era exactamente la misma Marta que había visto momentos antes. Su rostro parecía más joven, su piel más suave. Su cabello flotaba a su alrededor como si estuviera suspendido en el agua.

Luego la figura empezó a desdoblarse, a triplicarse, para enseguida fundirse en una sola forma y después disgregarse de nuevo. Como si tres mujeres coexistieran en ella. Una de ojos oscuros, otra de ojos de ámbar y la última, de ojos azules pero ciegos.

Aquella oscilación visual le provocaba náuseas.

—No, por favor —gimió, sin saber exactamente qué estaba pidiendo.

Obedeciendo a aquel ruego no del todo expresado, la visión se estabilizó en una sola forma. La de la mujer siria. Los cabellos negros dejaron de flotar y cayeron sobre sus hombros, inmóviles en aquella atmósfera sin viento.

—Lo siento —dijo Marta.

Su voz llegaba en tonos puros, casi etéreos, sin apenas armónicos.

Sonaba extraña. Como si proviniera de la vibración de un metal que no era de este mundo.

Era la primera vez que Sertorio oía un sonido en aquel lugar.

—¿Qué haces aquí?

Ella sonrió.

No era una sonrisa cariñosa. Tampoco cruel, ni irónica.

Era la sonrisa con la que podría sonreír la realidad si tuviera rostro.

—Este lugar no es solo tuyo, joven Sertorio.

—Pero tampoco es tuyo.

Sertorio, que iba a cumplir seis años en un par de meses, todavía estaba acostumbrado a que lo vieran desnudo sin sentir vergüenza.

Ahora experimentó un extraño pudor, como si su desnudez fuera inapropiada ante la mirada de Marta. El impulso de cubrirse con las manos lo que los versos de la Odisea que había leído con su madre llamaban tà aidoîa , «las partes pudendas».

Claro. Pudendas, pudor.

Parecía lógico.

No llegó a taparse. Obedeciendo a su deseo, o simplemente a su sensación, una túnica nacarada y casi intangible se materializó cubriendo su cuerpo hasta las rodillas.

—Hay aquí cosas que aún no conoces —dijo la mujer—. Cosas que ni siquiera tú has visto.

Sertorio frunció el ceño. ¿Cómo era posible? En Limenia no había nada .

Ella le hizo un gesto con la mano, invitándolo a mirar a su alrededor.

Sertorio se dio la vuelta. A pocos pasos de donde estaba, vio algo que antes no estaba allí.

Una charca.

Era un círculo de unos diez pies de radio. Perfecto, como si hubiera sido trazado con compás.

Aunque la charca acababa de aparecer, daba la impresión de haber existido desde siempre. Aquel lugar sin referencias, sin hitos por los que orientarse salvo el propio Sertorio, de pronto poseía un nuevo punto fijo.

Un nuevo centro.

«Como el Ónfalos, el ombligo de Delfos», pensó, sin saber de dónde había brotado aquella idea.

Se acercó a la charca, porque parecía lo más lógico, lo único que podía hacer.

El agua estaba tan quieta y el fondo era tan liso —si es que tenía fondo y no era un agujero infinito— que la superficie reflejaba el cielo como un espejo pulido.

—Un espejo, eso es —dijo Marta—. ¿Quieres mirarte?

—Sí. No. No sé. Sertorio se acercó, tan dubitativo como sus palabras, y se inclinó sobre el borde.

Al principio, solo vio su propio reflejo. Con detalles y colores mucho más vivos y precisos que en los espejos de metal que había en su casa.

Después, algo cambió en la superficie del agua.

La imagen de un hombre emergió lentamente, difuminada al principio y luego cada vez más nítida.

Sustituyendo a la suya.

El hombre que lo miraba desde abajo, ¿desde dentro del agua?, era adulto. Tenía los pómulos marcados, barba de tres o cuatro días, el cabello trigueño.

Uno de sus ojos, el izquierdo, no se veía. Estaba tapado con un parche de cuero, sujeto por una fina tira de piel que era doble alrededor de la oreja derecha. Quizá así se movía menos, pensó Sertorio.

El otro ojo era verde, muy verde. Brillante como una luciérnaga encendida debajo del agua.

—¿Quién es? —preguntó Sertorio, incapaz de apartar la mirada del hombre sumergido. ¿O reflejado?

—¿Quién puede ser?

—No lo sé.

—¿A quién ves cuando te miras en un espejo?

Sertorio se rascó la oreja derecha.

El hombre se rascó la oreja izquierda.

El corazón del niño comenzó a latir más rápido.

—¿Por qué lleva un parche en el ojo? —preguntó con un hilo de voz, entre el temor y la curiosidad.

—Levántalo y mira debajo —susurró Marta.

—¿Tengo que meter la mano en el agua?

—No es necesario.

Sertorio se dio cuenta de que ahora también él sentía algo sobre su ojo derecho —claro, los espejos muestran el mundo al revés—. Alzó la mano y palpó el parche que no había estado allí antes, las tiras que lo rodeaban sujetándolo con firmeza.

Comprendía lo que quería decir la curandera. Pero…

—No me atrevo —musitó—. ¿Y si no tengo ojo?

No hubo respuesta.

En el reflejo apareció algo más.

Por encima del hombro del desconocido del parche asomaba una cabeza.

No era la de Marta.

No era ni siquiera humana.

Era la cabeza de una cierva.

Blanca. De ojos enormes, que lo observaban tan calmados, tan serenos como la superficie de la charca donde habían aparecido.

¿Estaba en el agua? ¿O era un reflejo lo que veía, y la auténtica cierva se hallaba detrás de él?

Sertorio notaba en la nuca una respiración suave y cálida, casi húmeda. Si se daba la vuelta, ¿qué vería? ¿A Marta? ¿A la cierva?

Lo que hizo fue estirar la mano para tocar el agua. Unas ondas rodearon sus dedos. La superficie se volvió negra, el hechizo se rompió.

Y la pradera entera desapareció.