54 #2
Algo que era parte del pasado. De hecho, ya tampoco utilizaban demasiado el comedor pequeño. Rea y su esposo cenaban juntos en ocasiones más esporádicas que el mes de mercedonio que los pontífices intercalaban en el calendario con el fin de ajustarlo a las estaciones.
Lo que no resultaba tan infrecuente era que Tito se ausentara por la noche, como ahora.
Bien fuera para cenar en casa de algún conocido —«Esos que crees que son tus amigos», solía puntualizar Rea— o, lo que últimamente era más habitual, para beber, fornicar o perder dinero a los dados en algún antro lóbrego y maloliente.
Ella —que sabía lo primero, sospechaba lo segundo e ignoraba lo tercero— no lo echaba de menos. Al contrario, prefería hablar con la siria sin el estorbo de su marido.
Cuando la propia Rea tendió al niño sobre el diván, Marta murmuró, como si hablara más para sí misma que para los demás:
—Ya estaba tardando en conocerte, joven Sertorio.
Pese al significado literal de sus palabras, el tono de la adivina implicaba que conocía al niño de antes.
Lo cual era, obviamente, imposible.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Rea.
Marta no contestó. En su lugar, abrió la túnica del niño para examinarlo. Era una noche de finales de otoño, pero la sala estaba ya bien caldeada por los braseros que Rea había hecho traer de otras estancias para evitar que su hijo pillara un enfriamiento.
Tres de las paredes del comedor estaban decoradas con frescos que representaban escenas de banquetes, enmarcadas entre falsas columnas que, según el jefe de los pintores, «harán que la estancia parezca tres veces más grande».
A Rea nunca le había parecido que aquel trampantojo funcionara.
Pero ahora, bien fuera porque tanto los braseros como las antorchas que ardían sobre los tederos de bronce arrojaban una iluminación que no era la acostumbrada, más trémula y rojiza, o bien por el extraño influjo de la adivina, le daba la impresión de que aquellas columnas planas adquirían relieve y textura reales, y de que entre ellas se abrían espacios auténticos, oquedades donde anidaban sombras misteriosas y amenazantes.
Incluso las muchachas que amenizaban el banquete del fresco con su danza y sus velos transparentes se le antojaban ménades a punto de cobrar vida y, poseídas por la locura de Dioniso Omófago, dejar caer los velos y arrojarse sobre los comensales para despedazarlos.
Demasiada imaginación, se dijo. Quizá debería renunciar a ciertas lecturas más fantasiosas en las horas nocturnas, cuando se relajan las ataduras de la mente y esta se deja llevar al país de lo irreal.
Y prescindir del vino a esas horas.
Esto último se lo recomendó una vocecilla que apenas logró hacerse oír.
Sí, le gustaba disfrutar de un buen vino, ¿y qué? Lo hacía despacio, a sorbitos. Paladeándolo. Nada parecido a la manera de trasegar de su esposo, al que solo le faltaba incrustar los morros en la crátera como un asno en un abrevadero.
El niño seguía tosiendo. Sin ser uno de sus ataques más fuertes, cada poco rato carraspeaba y volvía a toser, dos, tres, hasta cuatro veces sin respiro entre medias.
Cuando Marta colocó su mano izquierda sobre el pecho del niño, tan estrecho todavía que entre el pulgar y el meñique lo abarcaba por completo, una corriente gélida recorrió la espalda de Rea.
No había nada particularmente incorrecto ni extraño en ese gesto.
Salvo quizá el hecho de que no lo hubiera hecho con la diestra.
Pero algo, una intuición que ni ella misma sabría explicar, la hizo estremecerse.
Como si aquella mano no tuviera intención de sanar, sino de escarbar en el pecho de su hijo y extraer algo más profundo.
—¿Qué estás haciendo?
Marta la ignoró de nuevo, concentrada en el niño, igual que si las preguntas no fueran más que un murmullo distante. Eso solo acrecentó la incomodidad de Rea, que cruzó los brazos y se frotó los hombros, como si tapando y protegiendo su propio pecho pudiera proteger el de su hijo.
Se dio cuenta de que tenía las manos heladas.
Se las puso en la cara, abriéndolas hasta que le dolió de tanto separar los dedos, esperando que el frío de las palmas aliviara el calor de las mejillas, y a la recíproca.
En cuanto al niño, al sentir el contacto de Marta dejó de toser.
Pero también de parpadear.
Su respiración se volvió inaudible, su pequeño cuerpo quedó inmóvil, las costillas detenidas a media respiración marcándose bajo la piel. Los ojos, abiertos pero vacíos, no parecían mirar nada en particular.
Rea conocía aquella expresión.
Su hijo había vuelto a desaparecer en aquel lugar lejano al que solo él sabía acceder.
Marta volvió la mirada hacia Rea. A la luz de la antorcha que sostenía Dagulfo junto a ella, la nariz de la siria proyectaba una sombra extrañamente picuda sobre la mitad derecha de su rostro.
Por un instante, Rea tuvo la sensación de que esa sombra no pertenecía a la mujer, sino a otra figura oculta tras ella, una presencia que las llamas revelaban fugazmente.
Reprimió un escalofrío.
—¿Qué le ocurre a tu hijo? —preguntó Marta.
—Es algo que le pasa a veces —respondió Rea—. Es como si se quedara dormido con los ojos abiertos.
—Pero despierta enseguida —terció Edetana, sin que nadie pidiera su opinión.
Marta la miró de soslayo y después clavó los ojos en Rea, como diciendo: «¿Consientes que tus esclavas hablen sin tu permiso?».
Rea enarcó la ceja izquierda, transmitiendo un mensaje de vuelta. «Dedícate a lo tuyo y deja que yo me dedique a lo mío».
La siria devolvió su atención al niño.
—¿Quieres escapar de mí, pequeño? No deberías tenerme miedo.
Al oír aquello, Rea recordó las agoreras advertencias de Tifilnia. Esta vez, el escalofrío recorrió toda su espalda hasta erizarle el vello de la nuca.
—¡Qué ojos! No se verán otros iguales —dijo Marta en tono admirativo. Pero le pasó la mano por encima y se los cerró, mientras musitaba algo que a Rea le sonó como tibbura nuhrá . Después añadió en voz alta—: No es bueno que esté sin parpadear, se le pueden secar.