Sertorio, el elegido de la diosa blanca 54
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Las aprensiones de Rea sobre su hijo no eran del todo infundadas.

A los cuatro años, Sertorio empezó a sufrir ataques de asma.

Algunos, tan agudos que resollaba como un fuelle roto y daba la impresión de que podía asfixiarse en lo que uno desviaba la atención para abrir los postigos y que corriera el aire.

Rea era muy consciente de que un niño de la edad de su hijo tenía menos probabilidades de llegar a la adolescencia que un legionario de sobrevivir a una batalla en primera línea de combate.

Pero no estaba dispuesta a perderlo.

El primer médico al que consultó sobre el asma, un griego de Cirene llamado Hermógenes, dictaminó sin dudar:

—Son los humores.

—¡Ah! ¡Los humores! —respondió Rea, recordando al supuesto discípulo de Erasístrato que había examinado al niño cuando apenas tenía un año y empezaba con sus trances.

Unos trances que prefirió no mencionarle a Hermógenes. Quería que el médico se concentrara en los pulmones y la garganta del niño, no en lo que pudiera estar ocurriendo dentro de su cabeza.

—La sangre, la bilis, la bilis negra y la flema —enumeró el griego con aire de experto.

—Sé perfectamente cuáles son los cuatro humores.

El médico miró de reojo a Tito Sertorio, quien respondió con uno de sus consabidos encogimientos de hombros, como diciendo: «No se lo tengas en cuenta, mi mujer es así».

—A veces los cálidos predominan sobre los fríos y a veces los fríos sobre los cálidos, y provocan estos accesos violentos —explicó Hermógenes. Mientras tanto, el niño no dejaba de toser y estornudar, y esputaba tantas flemas que amenazaba con vaciarse de este humor en concreto.

Rea había observado que los estornudos del niño muchas veces se agravaban en presencia del gato. Pese a lo cual, se empeñaba en acariciarlo y jugar con él.

Se lo mencionó al médico.

—Eso no tiene nada que ver. —El médico despachó la información con un gesto displicente—. Los animales no influyen en los humores del cuerpo humano. Los lugares sí. En ciudades donde predomina el viento del sur, los niños suelen tener asma y también ataques de la enfermedad sagrada.

Al oír la mención a la enfermedad sagrada, pensando en los misteriosos trances de su hijo, Rea cruzó los dedos por detrás de la espalda para alejar el mal.

—Aquí en Roma es más común el viento del oeste —intervino Tito.

«Por una vez, dices algo constructivo», pensó su esposa.

El médico, que parecía tener salidas para todo, no perdió la compostura.

—El poniente es aún peor. En lugares con viento de poniente es donde más se da la pleuritis.

Se inclinó sobre el niño, que estaba sentado sobre un triclinio con los pies colgando, y le acercó el oído al pecho.

—Ajá. —El médico asintió con gravedad, dándose la razón a sí mismo—. Se nota un silbido al respirar.

Tras enderezarse, dijo:

—Con el tiempo, los humores se reequilibrarán. Es algo común.

—¿Y si no se le reequilibran? —preguntó Rea, con cierto retintín en la última palabra.

Hermógenes alzó las cejas en silencio. «Entonces morirá», sugería su expresión.

Como remedio provisional mientras los humores se «reequilibraban», el médico le recetó zumo de manzana y cataplasmas de semillas de lino mezcladas con hojas de acelga y repollo cocidas en agua con aceite.

El niño no mejoró. Lejos de ello, el olor de aquellos emplastos le producía tales náuseas que vomitaba ya no solo flemas, sino todo lo que tuviera en el estómago.

Rea decidió recurrir a una curandera, una siria de Palmira llamada Marta que le recomendó Mario.

No sin cierta reserva.

—Esa mujer me pone nervioso —le reconoció a Rea—. Pero sus poderes son auténticos. Sé que ha curado casos como el de tu hijo.

Marta no se limitaba a ejercer de curandera. Además, formulaba profecías, interpretaba sueños y fabricaba encantamientos. Y —aunque esto era ilegal— también confeccionaba maldiciones.

La mujer, por algún motivo que no aclaró, se empeñó en visitar al niño de noche.

—Es bastante teatral —le dijo Mario a Rea—. Siempre le gusta mantener un aire de misterio.

Si de teatralidad se trataba, la curandera debió de sentirse satisfecha, porque su llegada a casa de los Sertorio, una noche de noviembre, no pasó desapercibida.

En el mismo momento en que llamaban a la puerta, la vieja Tifilnia empezó a balancearse sobre su asiento como un tentetieso mientras salmodiaba frases en etrusco.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Rea—. ¿Te ha picado alguna pulga o es que tienes lombrices?

—Hay alguien en la entrada, domina. Siento su presencia —respondió Tifilnia con ese tono susurrante, casi oracular, del que tanto gustaba usar cuando se trataba de hablar de asuntos sobrenaturales y que se veía reforzado por la falta de incisivos y algún que otro diente más.

—¿Cómo no la vas a sentir, si acaban de pegar en la aldaba? —dijo Edetana, que disfrutaba siempre chinchando a la anciana.

—No te burles de lo que no entiendes —replicó Tifilnia—. No hay nada bueno en esa puerta. Para los que todavía veis pero sois ciegos por dentro, puede parecer una mujer sin más. Pero yo noto que la envuelve el aliento de los perros de Culsu [18] y el aleteo de las estriges.

Rea prefirió ignorar las agoreras advertencias de la anciana.

Si le hiciera caso cada vez que predecía calamidades, habrían tenido que pasar al menos cuatro horas al día entregándose a rituales apotropaicos.

No obstante, ordenó a otra esclava que acompañara a Tifilnia al rincón más alejado de la casa para que no sintiera cerca los efluvios de la hechicera siria.

Cuando abrieron la puerta de la tapia exterior, vieron que Marta había llegado en una litera de cedro acarreada por cuatro porteadores que, por lo robusto de su complexión y lo envarado de su pose, podrían haber pasado por lictores de un magistrado con imperium .

Las cortinas de cuero repujado y pintado de rojo del vehículo, los largueros rematados con mangos de marfil y el intrincado relieve de las patas de bronce sugerían que a la adivina no le iban mal los negocios.

Los clientes adinerados como el propio Mario debían de pagar bien por sus profecías.

Rea había tratado de sonsacar a Mario para averiguar qué le vaticinaba aquella mujer acerca de su futuro, pero apenas consiguió arrancarle una vaga alusión.

Más rezongada que articulada.

Aun así, Rea captó claramente una palabra.

Consulados.

En plural.

Que Mario, un homo novus nacido en Arpino, sin antepasados ilustres en Roma, alcanzara la máxima magistratura era un logro que se presumía difícil, pero no imposible.

Que consiguiera llevar las insignias de cónsul no una vez, sino varias, a Rea se le antojaba una quimera.

Según una ley cuyo nombre nunca se había molestado en aprender, el máximo de consulados que podía desempeñar un ciudadano romano era de dos, y separados por cinco o por diez años (este último detalle no lo recordaba ni le importaba demasiado).

¿De verdad aquella mujer le había augurado eso a Mario? ¿Varios consulados? ¿Era de esas adivinas que regalan los oídos de sus clientes con las profecías que desean escuchar?

Los dos criados que escoltaban la litera con antorchas ayudaron a Marta a bajarse de ella.

Uno de ellos le entregó la tea a su compañero y entró con su ama a la casa como única escolta.

Era alto y ancho de espaldas, más incluso que los que cargaban la litera, y tenía aspecto de celta, aunque llevaba el cabello corto y las mejillas afeitadas.

Al pasar, cruzó una mirada con Dagulfo, como si se midiese con él.

Medirse con el esclavo teutón siempre significaba salir perdiendo.

En este caso, por más de un palmo de altura y otro palmo de hombros.

Dagulfo ni siquiera pareció reparar en el fugaz examen al que había sido sometido.

Desde muy joven debía de estar acostumbrado a sentirse un gigante navegando entre un mar de cabezas y no prestaba atención a esos tontos desafíos.

Rea, por su parte, estudió a Marta a la luz de las velas que ardían en el atrio.

De edad indefinida —aparentaba ser mayor que la propia Rea, aunque no vieja—, poseía unas facciones acusadas.

No del todo angulosas, pero tampoco suaves.

Parecían haber sido esculpidas a base de pequeños planos hexagonales que se encontraban y rompían en aristas apenas perceptibles y que de lejos, al difuminarse el detalle como ocurre cuando uno retrocede unos pasos para examinar una escultura, podían parecer curvas, pero que producían una vaga sensación de dureza.

La nariz, aguileña sin ser desagradable a la vista, se aproximaba a los tópicos acerca de los semitas.

Sobre los ojos, oscuros y rasgados, tenía un rombo rojo que no parecía pintado, sino parte de la propia piel.

Una figura geométrica simple, como una joya incrustada que atrapaba la mirada con el hechizo de una piedra de Magnesia.

Casi prefería que fuese así. Rea no habría sabido razonar por qué, pero le daba la impresión de que los ojos de la adivina pasaban a través de ella.

Como si lo vieran todo en su interior y, al mismo tiempo, les fuera indiferente.

Era como si estuvieran fijos en un horizonte invisible a incontables millas de distancia.

«Hay algo inquietante en ella», le había dicho Mario al describírsela. Lo que no añadió, porque no lo vio así o porque no le pareció apropiado decírselo a Rea, era que también resultaba extrañamente atractiva.

—¿Te satisface lo que ves, señora? —preguntó la mujer con una leve sonrisa al darse cuenta del escrutinio al que la estaban sometiendo.

Rea notó que las mejillas le ardían de repente. Se acababa de ruborizar. No era algo que le sucediera con frecuencia.

Murmurando algo ininteligible, condujo a la siria al comedor pequeño para que examinara allí al niño.

Lo llamaban así porque disponían de otro salón más amplio en el que cabían más comensales y al que Tito recurría cuando organizaba cenas con sus amigos.