Sertorio, el elegido de la diosa blanca 53
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La escalera que utilizaba Sertorio cuando quería arrancar hojas para su colección tenía nombre propio: Dagulfo.

Solía encaramarse a sus hombros o, si necesitaba llegar más alto, le pedía que le pusiera las manos en su pequeño trasero a modo de asiento y estirara los brazos todo lo que dieran de sí.

Que, en el caso del joven bárbaro, era mucho.

Esto último solo lo hacían los dos si no estaba delante Rea, que se ponía mala si veía a su hijo a tanta altura, aunque a Sertorio las manos del teutón le parecían un asiento más seguro que cualquier otra cabalgadura imaginable.

En general, Dagulfo era su compañero preferido de juegos. Casi el único, porque en el hogar de los Sertorio, a diferencia de otras mansiones de la clase alta, no había niños. Ni de condición esclava ni libertos.

Que no hubiera críos en la casa —salvo por las visitas de Adonis, que además ya apuntaba bozo— no significaba que Sertorio no conociera la existencia de esos especímenes bajitos de la raza humana. No solo por comentarios o lecturas, sino por propia observación.

Una observación que llevaba a cabo, sobre todo, desde el balcón exterior de la segunda planta.

Asomándose entre los barrotes de la balaustrada —aún no era lo bastante alto para hacerlo por encima del barandal—, podía contemplar la calle y también espiar el jardín de la morada vecina, donde vivían los Rupilios con su abundante prole.

Un día, interrumpiendo la lectura de una tablilla que le había escrito su madre para que practicara, le preguntó de sopetón:

—¿Por qué no tengo hermanos?

—¿Tú querrías tener hermanos?

¿Querría él tener hermanos?

En verdad, no era eso lo que había preguntado. Pero su madre tenía un don particular para salirse por la tangente.

—No lo sé —contestó Sertorio pasado un rato.

La verdad era que no estaba muy seguro de si le convenía tener hermanos.

Por lo que veía cuando se asomaba desde su atalaya particular, los niños de la familia Rupilia jugaban unos con otros casi todo el tiempo y parecían pasárselo en grande.

Pero también reñían entre sí y muchas veces acababan llorando y castigados contra la pared o llevándose de propina una azotaina de su madre o, por delegación de esta, de algún esclavo.

Sertorio solo se peleaba con el gato, que con él tenía buen cuidado de no sacar las uñas y de mordisquearle sin llegar a apretar los dientes.

Algo que suponía una excepción, y que para Tifilnia no era sino otra muestra de la magia animal que le atribuía al niño.

Pues cuando Thot consideraba que las atenciones de cualquier otro ser humano le suponían un fastidio —algo que sucedía de cuando en cuando, obedeciendo a inescrutables motivos gatunos—, bufaba, mordía y arañaba sin contemplaciones.

Bueno, a decir verdad, Sertorio también se peleaba con Dagulfo.

Si bien este, más que un rival, era un enorme saco de entrenamiento: se arrodillaba y ponía las manos para que Sertorio las golpeara, «¡izquierda, derecha, izquierda!

», y también le dejaba que le aporreara el torso.

Para él, los puñitos del niño no eran ni picaduras de mosquito.

Mientras Sertorio representaba esas escenas en su imaginación, primero revolcándose con Thot y luego alternando los puños («izquierda, derecha, izquierda»), Rea tuvo a bien responderle por fin.

—Pues me temo que no vas a tener hermanos.

—¿Por qué?

—¿Sabes quién lo pasó muy mal aquella noche?

¡Ah, illa nox ! La noche por antonomasia.

Sertorio no contestó. Había aprendido pronto a detectar las pausas que señalaban cuándo una pregunta era retórica.

—Pues quien lo pasó muy mal fue tu madre. Que soy yo, por si no lo recuerdas.

—Sí lo recuerdo. ¿Cómo se me va a olvidar que eres mi madre?

Rea le revolvió un poco el pelo, que era de color pajizo, pero que seguramente con los años se oscurecería como el trigo maduro, igual que el de ella.

—¡Qué se te puede olvidar a ti, con esa cabeza que tienes!

Él se volvió a colocar el flequillo, que le había caído sobre los ojos.

—A veces sí se me olvidan cosas.

—¡Sí, obedecerme!

El argumento de la desmemoria no convencía a Rea, que de vez en cuando tomaba represalias por lo que el niño llamaba «aventuras» y ella consideraba trastadas.

Las represalias físicas —las morales eran otro asunto, ya que Rea llegaba al virtuosismo en el arte de hacer sentir culpabilidad a otros— nunca iban más allá de un par de azotes en el trasero, que propinaba con ligereza, casi con elegancia.

No era mujer que permitiera que nada le hiciese descomponer el gesto ni la postura.

Al menos en público. Otra cosa era lo que hiciera en su alcoba, aunque nunca con su marido.

Pero Sertorio estaba todavía a unos cuantos años de ser consciente de los escarceos de su madre.

—Sobre lo que me preguntabas, no —dijo Rea—. Me temo que de este árbol ya no van a salir más frutos.

El niño entendía de sobra a qué se refería su madre, pero prefería fingir que su mente era más infantil.

—Entonces, ¿no puedo tener un hermano?

—Poder, podrías. Pero no vas a tenerlo.

—¿Y no puede tenerlo mi padre?

Ella sofocó una carcajada.

—No creo, pero quién sabe. ¡Con la barriga que está echando, cualquier día nos sorprende y da a luz gemelos!

El niño entendió la broma —desde su mirador había visto embarazadas a una vecina y a una de sus esclavas, y después las volvió a ver sin tripa y con bebés en los brazos, una sucesión de observaciones de la que extrajo sus propias inferencias— y se rio con ella.

A Catón el Viejo no le habría hecho ninguna gracia ver que una esposa socavaba de aquel modo la dignidad y la autoridad de su marido.

A Rea le daban exactamente igual tanto la posible opinión del célebre político como casi cualquier otra.

Aquella noche.

Siempre aquella noche.

La causa de que su madre no quisiera darle hermanos.

Y de que su padre ya no fuera tan rico como lo había sido en el pasado.

Aunque nadie quería hablarle de lo ocurrido illa nocte , el pequeño Sertorio tenía los oídos lo bastante finos como para captar retazos de conversación no destinados a ellos.

Y, por otra parte, era lo bastante avispado como para coser o al menos hilvanar unos con otros y obtener el germen de un relato.

Aquella noche, la de los idus de enero, alguien entró en la casa.

Alguien que no pertenecía a ella. Un intruso.

Al parecer, el hogar de los Sertorio se hallaba casi desierto en aquel momento. No estaba su padre, ni tampoco muchos de los esclavos Dagulfo sí.

Sertorio estaba casi seguro de que el intruso era el causante de la marca en la frente del joven teutón, una hondonada en la que cabían tres denarios.

No se trataba de una forma de hablar. Sertorio lo había comprobado haciendo que Dagulfo, que tenía más paciencia que el pobre Prometeo encadenado a la roca, se tumbara en el suelo y se sometiera a aquel sencillo experimento con las tres monedas.

Pero, aunque el esclavo le hacía caso prácticamente en todo, Sertorio no conseguía que le dijera cómo lo habían golpeado ni con qué para abollarle de esa forma un hueso tan duro.

No porque Dagulfo no quisiera contárselo, sino porque no recordaba nada de lo ocurrido la noche del suceso ni de los diez días posteriores.

Según comentaban los demás habitantes de la casa, el teutón nunca había sido la vela más luminosa del candelabro. Si bien no podía decirse que fuera retardado, su nobleza, que lindaba con la ingenuidad, hacía que la gente le tomara el pelo a menudo.

Pero desde la lesión, algo se había descolocado dentro de su cabeza.

El razonamiento de Sertorio era que eso se debía a que le quedaba menos sitio en el cráneo que antes del golpe.

Después de llamarlo pedante por utilizar el término heleno kránion (a lo que él respondió que era ella quien le había empezado a enseñar griego), su madre le preguntó a qué se refería con lo de que tenía menos espacio.

—A que tiene la cabeza abollada por delante, pero que no tiene ningún bulto por los lados o por detrás.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Si un caldero se abolla, le cabe menos agua, ¿no?

Rea nunca lo había contemplado desde ese punto de vista. Si un caldero se abollaba, se le sacaba el bollo a martillazos, o se llenaba con más agua, o qué más daba.

—Pues entonces es igual —concluyó Sertorio, con un gesto tan concluyente como si fuera un maestro de retórica rematando un argumento ante sus discípulos—, Dagulfo no puede tener tantos sesos como tenía.

Rea sacudió la cabeza, pasmada. ¿Habría más críos de seis años recién cumplidos —era su edad cuando le saltó con aquella ocurrencia— que razonaran así?

—Y lo que ya no le cabe en la cabeza —concluía Sertorio— es el sitio donde guardaba el «yo».

El niño se refería a uno de los efectos más desconcertantes que la lesión le había dejado a Dagulfo.

Su forma de hablar.

Aunque los demás moradores de la casa ya estaban acostumbrados, quienes trataban al bárbaro norteño por primera vez se quedaban perplejos.

En lugar de referirse a sí mismo como ego , «yo», se había convertido en ille , «aquel» o «él».

Usaba siempre la tercera persona y no había forma de corregirlo para que utilizara la primera como todo el mundo.

Era como si se observase a sí mismo desde algún lugar exterior, fuera de su cabeza.

Sería, razonaba Sertorio, que a lo mejor el golpe había sacado de la cabeza de Dagulfo a ese pequeño «yo» que habita en la de todo el mundo y que el niño concebía como una minúscula versión de sí mismo aposentada justo detrás de sus ojos como si se asomara al mundo a través de una ventana.

Él lo sabía, porque cuando caía en uno de sus trances se veía durante un instante como un duplicado de sí mismo que abandonaba su cuerpo para enseguida aparecer en otro lugar que no compartía con nadie y que solo le pertenecía a él.

Pero siempre era capaz de encontrar el camino de vuelta.

A lo mejor era que Dagulfo no sabía regresar, y por eso se había quedado dando vueltas alrededor de su propio ser, igual que hace la luna alrededor de la tierra.

—¿El sitio donde guardaba el yo? —preguntó Rea—. Qué ocurrencias tienes, hijo. Vas a acabar tan chiflado como Sócrates.

Ella lo decía porque su fuente para conocer al filósofo ateniense no era Platón, sino Las nubes de Aristófanes, donde Sócrates se columpiaba en un gran cesto colgado de unas vigas para alejarse así de lo terrenal y elevar su razonamiento a las alturas celestes.