Sertorio, el elegido de la diosa blanca 52
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Eso estaba en el futuro aún lejano del pequeño Sertorio. Antes de la mudanza forzosa a la Subura, mientras siguieron viviendo en la colina de la Salud, Rea no dejó de mostrarse exageradamente protectora con su hijo.

El sitio más alejado en el que le permitía jugar era el pequeño jardín que se extendía entre la tapia exterior y las paredes meridional y oriental de la domus.

Y eso siempre que estuvieran bien encadenados y encerrados en sus casetas los dos molosos.

Mario se había empeñado en regalárselos a la familia para sustituir a la pareja original de perros que él mismo les había obsequiado unos años atrás y que murieron —«en acto de servicio», como señalaba el propio Mario— la famosa noche de los idus de enero.

A Rea no la tranquilizaba ni siquiera el que su hijo pareciera poseer un don con los animales, como se manifestaba en el hecho de que, desde que era un bebé, Thot y él se comunicaran de aquella manera particular que dejaba fuera a todos los demás.

Otra demostración de lo que Tifilnia denominaba en su lengua etrusca velvinie makhatr —«magia animal»— tuvo que ver, precisamente, con los dos molosos.

Con apenas tres años, el crío se escapó de Dagulfo, que con su estatura tenía problemas para agacharse y llevarlo de la mano tanto rato.

Después corrió con una rapidez insospechada en unas piernecillas tan cortas hasta una de las casetas, la del más grande y fiero de los dos perros, Briareo.

El portero Polión, que ejercía también de perrero y que en aquel momento estaba echando carne picada en la escudilla de Coto, el otro moloso, se apresuró a levantarse y correr al rescate de su pequeño amo.

Mientras lo hacía, toda su vida pasaba por delante de sus ojos y se veía ya picoteado por los cuervos en una cruz clavada en el Esquilino.

Para su sorpresa, Briareo no solo no ladró al niño, sino que cuando este se le acercó, aquel perrazo, que normalmente se comportaba como una fiera surgida del Averno, agachó las orejas y, meneando el muñón que le quedaba del rabo, primero se sentó y después se tumbó panza arriba para que Sertorio le acariciara la tripa, la única parte de su cuerpo que no era negra como el carbón.

Dagulfo llegó casi a la vez que el portero y cogió al crío en brazos para apartarlo del supuesto peligro.

—Mejor será que no se entere el ama, ¿lo has entendido? —dijo Polión, pasándose la lengua por el labio leporino, gesto que solía hacer cuando se ponía nervioso.

El teutón asintió.

Rea, en efecto, no llegaría a enterarse de aquella precoz escapada, pero sí comprobaría el ascendiente que su hijo poseía sobre ambos canes.

No obstante, mientras ella estaba delante no había forma de que le permitiera acercarse a ellos.

Y cuando se fueron a vivir a la Subura, una de las escasas ventajas que le encontró a la mudanza fue la de desprenderse de los dos perros regalándoselos a Antiodemis.

La casa contaba con otro jardín interior, un coqueto peristilo de estilo corintio rodeado por columnas de estuco que imitaban al mármol.

(El mármol auténtico en pilares, frontones y otros elementos arquitectónicos de gran tamaño era un lujo que solo nobles tan ostentosos como Servilio Cepión empezaban a permitirse).

En el centro del patio había un estanque en el que hacía tiempo que habían renunciado a criar peces, una vez comprobado que acababan todos flotando panza arriba.

Ninguno de los dos jardines era demasiado extenso. Aun así, para el pequeño Sertorio constituían sendos universos que ofrecían infinitos rincones para explorar en los que siempre encontraba algún cambio, algún detalle nuevo. O, por el contrario, alguna regularidad que lo tranquilizaba.

Mientras los demás atravesaban el jardín exterior como un lugar de paso que dejaban atrás en cinco zancadas sin prestarle atención, o se sentaban a tomar un refrigerio en el patio sin reparar en la vegetación que los rodeaba, él se quedaba extasiado contemplando cómo la luz del sol, combinada con el soplo del aire, cambiaba los matices de color de las hojas del laurel al mismo tiempo que creaba intrincadas celosías de sombras y luces entre las ramas del sauce.

Cada planta y cada flor exhalaban un aroma diferente no solo según las estaciones, sino también según la hora del día.

Como la madreselva, cuyo olor se volvía más dulce y penetrante al caer el sol.

Incluso ya mayor, cuando se le permitía permanecer levantado de noche —o cuando se escapaba—, Sertorio relacionaría siempre la fragancia de la madreselva, una mezcla entre el jazmín y la miel, con la hora de irse a la cama.

Mientras que el jardín de la parte delantera no recibía atenciones especiales, el hortus del peristilo estaba al cuidado de una mujer llamada Mirra, una liberta que trabajaba en varias casas y que acudía a la de los Sertorio cada tres días.

La ayudaba su hijo, un muchacho cinco años mayor que Quinto al que, en una broma mitológica un tanto cruel considerando su estrabismo, sus orejas de soplillo y su barbilla huidiza, llamaban Adonis, sin que nadie supiera su verdadero nombre.

Adonis era lo más parecido a un niño de verdad que Sertorio conocía.

No podía decirse que fuera su compañero de juegos, porque Mirra siempre lo tenía ocupado con la podadora, la paleta, la azada o el rastrillo.

Pero la liberta sí permitía que Sertorio se acercara a ellos mientras trabajaban, y en lugar de impacientarse con sus constantes preguntas le decía cuál era el nombre de cada planta y le explicaba sus propiedades.

Una información que el crío retenía con la misma voracidad con que absorbía todos los estímulos de su mundo exterior.

Un mundo muy reducido, en verdad, pero en el que no había ningún rincón que no le mereciera la pena explorar, ningún detalle tan nimio que no justificara su atención.

Hojas, flores, pájaros, insectos. Los gorriones, con sus diminutos y, sin embargo, atléticos saltos con las dos patitas juntas —saltos que Sertorio trataba de imitar hasta que caía de bruces—.

Los herrerillos de lomo cerúleo que anidaban en los huecos de la tapia.

Las urracas, con sus largas colas que al niño se le antojaban forjadas en metal de la fragua de Vulcano y que cambiaban de azul a verde y de verde a azul bajo los rayos del sol.

Las mariposas, con estampados tan vivos que parecían tejidos en un duelo entre Minerva y Aracne.

Las libélulas, con aquellas alas transparentes, siempre desplegadas, a las que la luz arrancaba irisaciones cambiantes.

Ante algo aparentemente tan sencillo como el diseño radial de una tela de araña había llegado a entrar en uno de sus trances.

En otras ocasiones, cuando se quedaba quieto más tiempo del que un niño suele aguantar sin moverse, una mariposa se posaba en su mano, o una de esas hermosas urracas se acercaba a él sin recelo, ladeando la cabeza como si quisiera entenderlo. En cualquier caso, nunca huían de él.

— Velvinie makhatr —habría dicho Tifilnia si lo hubiera visto.

Aunque no fueran los insectos de aspecto más llamativo, las hormigas, en particular, lo fascinaban.

A las del patio, rojizas y doradas, las llamaba «dagulfas» por el esclavo rubio.

Las del jardín exterior, negras, empezaron llamándose «molosas» como los perros, pero cuando descubrió que la palabra para hormigas en griego, mýrmekes , era similar al nombre de los guerreros de Aquiles, las rebautizó como «mirmidones».

No había visto triunfos militares —su madre lo consideraba demasiado pequeño para las aglomeraciones—, pero no dejaba de acosar a tío Mario con preguntas sobre espadas, jabalinas, escudos y centurias.

Hasta cuántos clavos tenía una caliga. A falta de legionarios reales, observaba el orden marcial de las columnas de hormigas, hechizado por su precisión al cargar migajas o trozos de hojas.

Intrigado, Sertorio decidió hacer un experimento.

Con extremo cuidado para no aplastarla, atrapó a una de las dagulfas entre sus dedos y, con la respiración contenida, subió los escalones que llevaban del peristilo al interior de la casa, atravesó el atrio, salió al jardín exterior y colocó a su cautiva en la boca de una de las madrigueras de hormigas mirmidones.

Después se sentó en cuclillas, aguardando a ver qué sucedía.

Tal como había sospechado, los mirmidones no tardaron en atacar a la intrusa, tomándola por enemiga. En esa primera ocasión, Sertorio se compadeció de la dagulfa y la transportó de regreso al peristilo [17] .

Más adelante llevó a cabo experimentos más despiadados.

No por crueldad, sino por pura curiosidad —que a veces puede resultar incluso más dañina—.

Así organizó pequeñas batallas entre manípulos de dagulfas y mirmidones, y también combates entre hormigas y saltamontes.

Estos, después de resistir un rato a fuerza de patadas que enviaban a sus enemigas por los aires, acababan agotados y llegaba un momento en que las más audaces y poderosas de las hormigas les arrancaban las patas traseras, que se llevaban a sus guaridas como si fueran trofeos.

Desde los dos años también coleccionaba hojas, fascinado por sus formas, colores y texturas.

Las recogía del suelo o las arrancaba de las plantas más bajas cuando Mirra y Adonis no estaban, y su madre no miraba.

A Rea, pulcra hasta el extremo, le horrorizaba que tocara tierra u hojas; si estaba de mal humor lo llamaba «cerdo», si de buenas, «cerdito», gruñendo como un gorrino y arrugando la nariz para hacerlo reír.

En realidad, Sertorio era muy aseado. Al menos, todo lo aseado que se podía esperar de un niño.

Al levantarse, se lavaba la cara hasta despegarse todas las legañas, y también se limpiaba las manos después de comer sin que tuvieran que ordenárselo.

En su cubículo tenía perfectamente colocados tanto los juguetes como los diversos objetos que coleccionaba, y era raro que dejase algo tirado por el suelo.

Esa pulcritud era otro de los rasgos que había heredado de su madre, si bien ella no llegaba a la obsesión por la limpieza de su difunta hermana mayor.

Aunque Sertorio era bastante pequeño cuando murió su tía Valeria, se acordaba bien de que siempre llevaba un paño con el que frotaba picaportes, barandillas y cualquier otro objeto que fuera a tocar, porque decía que lo encontraba pringoso de grasa.

Eso molestaba mucho a Rea, que antes de cada visita de su hermana obligaba a las esclavas a limpiar sobre limpio y a sacar brillo a todo aquello de lo que se pudiera arrancar un mínimo destello.

En una de esas ocasiones, Sertorio oyó comentar a Edetana, que estaba arrodillada cepillando una y otra vez las tablas del suelo del segundo piso:

—¡Qué sería de esa mujer si estuviera casada con el amo, que va dejando un reguero de mierda allá por donde pasa!

A Edetana la llamaban así por el nombre de la tribu hispana de la que procedía. Al fin y al cabo, era una esclava. ¿Para qué complicarse más?

Según ella misma, procedía de una familia de la nobleza local, lo cual —si era cierto— explicaba que en ocasiones resultara un tanto descarada.

Nadie se tomaba muy en serio su supuesto origen.

Cuando se trataba de barrer, fregar o cargar baldes de agua, Edetana, que aún no había cumplido los treinta y tenía un cuerpo vigoroso —y, justo era reconocerlo, de muy buen ver—, equivalía ella sola a una cuadrilla de limpieza.

Nadie nacido en la élite, aunque fuera la de una mugrienta aldea de piojosos hispanos, podía trabajar con tanto brío.

Tras sus palabras sobre el amo, la esclava se quedó mirando a Sertorio, que acababa de subir la escalera junto a Thot, compitiendo con él por ver quién lo hacía de manera más sigilosa, y que prácticamente se había materializado junto a ella como un fantasma surgido del Mundus Cereris.

—Tú no has oído nada —le dijo Edetana.

—No es verdad. Sí he oído —respondió Sertorio, con la sinceridad que aún no había aprendido a contener. Tras una pausa, añadió—: Pero no voy a decir nada.

—¡Cuatro años y ya es el más listo de la casa! —comentó Metilia, otra de las criadas, que estaba subida a una escalera para colocar una cortina sobre el vano de una puerta.

A pesar del comentario sobre su inteligencia, las dos criadas debieron de pensar que Sertorio era demasiado pequeño para guardar recuerdo de aquella escena.

No era así. Se acordaba perfectamente de aquello. Como de tantas otras cosas que iba guardando en el arcón sin fondo de su memoria.