51
En tanto que llegaba ese día, Rea, que ni estaba dispuesta a dejar que el niño se alejara demasiado de sus faldas ni quería que estuviera demasiado pegado a ellas, contrató a un maestro para que le diera clases de lectura en su propia casa.
Sertorio aprendió tan deprisa que sacó de quicio al litterator .
El profesor en cuestión, un individuo llamado Favonio que llevaba bastón sin necesitarlo y se decoloraba la barba para parecer más viejo y respetable, tenía sus razones para preocuparse por la brillantez de su discípulo.
Como todos los demás maestros, cobraba por el número de lecciones impartidas.
No le sobraban alumnos, así que trataba de retener a Sertorio, a la manera de alguien que clava el freno en la boca de un corcel hasta hacerlo sangrar.
El potro que le habían encomendado en casa de los Sertorio era demasiado fogoso para sujetarlo.
Una mañana en que Rea se levantó y bajó de su alcoba antes de lo normal —con los años se estaba volviendo más trasnochadora y menos madrugadora—, descubrió que la estancia donde Favonio impartía las clases, la misma que ella utilizaba como sala de lectura por las tardes, se hallaba cerrada.
Dagulfo estaba de pie ante la puerta como si montara guardia, las manos cruzadas por debajo de la cintura.
Incluso en esa postura aparentemente relajada, sus tríceps parecían gruesas amarras anudadas bajo la piel, y sus hombros hinchaban la túnica como dos bolas de granito de las que lanzan las catapultas para abrir brecha en las murallas.
—¿Qué haces aquí fuera?
Para entonces, el gigante teutón ejercía de ayo del pequeño Sertorio prácticamente como ocupación exclusiva.
Con la mirada fija en algún punto un par de dedos por encima de la cabeza de su ama —era raro que posara sus ojos en los del interlocutor—, Dagulfo contestó:
—El maestro le ha ordenado a él que se quede aquí porque dice que distrae.
Con «él» no se refería a otro que a sí mismo.
La noche en que nació Sertorio, el teutón recibió un golpe tan fuerte que no recuperó el conocimiento hasta pasados dos días.
Rea estaba convencida de que se lo había propinado Stígmata, el gladiador que ejerció de obstetra improvisado durante el parto.
Aun así, la asombraba que hubiera sido capaz de dejar fuera de combate a aquella mole de hombre.
Conocía la fuerza y la dureza exacta de los músculos de Stígmata —más de una vez se había aferrado a sus brazos hasta clavarle las uñas mientras él la cabalgaba, y también le había estrujado los pectorales cuando era ella la que hacía de amazona—, pero Dagulfo era mucho Dagulfo.
Para ser precisos, cuatrocientas cincuenta libras de Dagulfo.
Como recuerdo de la agresión, al teutón le había quedado en la frente una hondonada que parecía la cuenca vacía del ojo de un cíclope. Si Stígmata no hubiera desaparecido de Roma, se habría podido comprobar que el hueso de su codo encajaba en esa concavidad como una llave en una cerradura.
Otra consecuencia igualmente llamativa, aunque no lo fuera a la vista sino al oído, era que desde entonces Dagulfo hablaba de sí mismo en tercera persona.
—¿Acaso tu amo es Favonio? —preguntó Rea, que hasta que no pasaba al menos una hora desde que se levantaba de la cama tenía peores pulgas que el célebre Catón el Viejo.
Dagulfo agachó la cabeza y empezó a retorcerse los dedazos como si trenzara una soga invisible.
—No, domina. Pero el maestro es un hombre libre y él es un esclavo.
Rea le tiró de la barbilla, para lo cual tuvo que estirar el brazo como si buscara platos en el estante más alto de una alacena.
—Mírame, Dagulfo.
—Él te mira, domina.
El teutón obedeció, aunque el esfuerzo de fijar los ojos en otra persona hacía que las pupilas le bailaran como polillas revoloteando alrededor de una vela.
—Cuando se trata de cuidar a mi hijo, no hay hombre libre que valga. ¿Entiendes?
—Él entiende.
—Me da igual si se pone en medio el pretor, el cónsul o el mismísimo pontífice máximo. Tú no te separes de él.
—Así lo hará, domina —respondió Dagulfo, abriendo la puerta y apartándose un poco para dejar paso a su ama. Con todo, era tan corpulento que Rea tuvo que ladearse para sortear su corpachón, una maniobra a la que ya estaba acostumbrada.
Dentro de la sala, Favonio había tomado posesión del sillón de mimbre de Rea como si fuera su cátedra de maestro. Al ver entrar a la señora de la casa, se incorporó de un respingo.
Rea apenas reparó en la usurpación de su asiento favorito. Solo tenía ojos para la vara de fresno que empuñaba el litterator y con la que acababa de golpear la palma extendida de Sertorio.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
—¡Este crío se niega a seguir la disciplina necesaria para aprender a leer! ¡Así no hay manera de hacer mi trabajo!
—Pero ¡si ya sé leer, madre! —protestó el niño—. ¡No es justo que me peguen por eso!
—La lectura tiene un método, y una disciplina, y unos plazos —insistió el litterator , aunque se cuidó de esconder la verdasca bajo la ropa—. Es imposible leer si no se cumplen las normas. ¡Hay que seguir un procedimiento!
—Yo sí sé leer, y leo bien —insistió Sertorio, agachando la barbilla, pero alzando al mismo tiempo los ojos de malaquita para mirar a su madre.
Rea, que al ver que su hijo tenía la mano colorada sintió el impulso de agarrar al maestro por la barba y sacarlo de la estancia a rastras, respiró hondo y se contuvo.
«Mimas demasiado al niño». Era lo único en que coincidían las opiniones de su marido y de Gayo Mario.
«Seamos ecuánimes —se dijo—, tampoco se va a morir por un palmetazo», y añadió en voz alta:
—Vamos a comprobar quién tiene razón.
—¿Pones en duda mi palabra, señora? —replicó el maestro.
—Yo lo pongo en duda todo hasta que no lo veo con mis propiosojos.
Para verificar quién decía la verdad, Rea desenrolló un papiro que también provenía de la biblioteca de Pomponio.
En este caso, no se trataba de un préstamo, sino de un regalo, acaso con la intención de aleccionarla políticamente.
El texto en cuestión era una sátira de Lucilio en la que el poeta arremetía contra aquellos que seguían venerando la memoria del revolucionario Gayo Graco.
De paso, aprovechaba para vituperar al difunto tribuno de la plebe.
Rea, que había conocido a Graco, consideraba que era uno de los pocos hombres decentes que se sentaban —o que se habían sentado— en el Senado. Aunque aquel libelo contra él no le hacía ninguna gracia, era el volumen que en ese momento tenía más a mano.
Rea hizo leer primero a Favonio. Este fue deslizando el dedo por los renglones y recitó sílaba a sílaba los versos. Lo hacía engolando la voz y recreándose en las palabras, pero de vez en cuando se veía obligado a detenerse y retroceder porque se equivocaba de línea.
Hasta ahí, lo normal en cualquiera que tuviera que repentizar un texto con el que no estuviera familiarizado. Rea, justo era reconocerlo, no habría leído mejor.
Después le tocó el turno a Sertorio.
El niño estaba decidido a humillar al maestro, vengándose así de la saña con que lo regañaba y castigaba constantemente. Poniéndose las manos a la espalda para demostrar que no necesitaba seguir las líneas con el índice, leyó con soltura sin acercarse apenas al papiro.
Solo cuando encontró una palabra que desconocía, «catamito», se detuvo para preguntar a su madre qué significaba y por qué el autor la utilizaba para insultar a Graco.
—Ya te explicaré más tarde qué quiere decir.
—¿Más tarde, cuándo?
Curvando la ceja, Rea respondió con otra pregunta.
—¿Qué tal cuando te vistas la toga viril?
Favonio, con el rostro colorado a medias de indignación y a medias por haber quedado en evidencia, estalló:
—¡Este texto es totalmente inapropiado para un niño! Por eso lo he leído más despacio, porque no daba crédito a que una dama pueda elegir algo así para…
Rea no le dejó continuar. Bastó con que levantara el dedo índice en gesto admonitorio para que Favonio se comiera sus palabras antes de pronunciarlas.
Momentos después, tras recoger a toda prisa sus papiros y guardarlos de cualquier manera en la caja de cuero, estaba en la calle con cinco sestercios, la mitad de la cantidad que le correspondía por el resto del mes.
Y un buen empujón de Dagulfo de propina.
A partir de entonces, Rea decidió reanudar personalmente la educación de su hijo. Al ver que era capaz de leer su propia lengua con tanta soltura, empezó a enseñarle griego.
Dos años después, gracias a los surtidos anaqueles de Pomponio, el muchacho ya había terminado con las Historias de Heródoto y también con las de Polibio.
La lectura, iniciada de forma tan precoz en las rodillas de su madre, sería otra de las singularidades de Sertorio que lo harían sentirse un extraño entre los demás.
—Tú no lees los libros, muchacho. Tú los devoras.
Así se lo solía decir Tito Pomponio cada vez que le prestaba un volumen de su biblioteca. En aquella época era la más surtida de Roma, por lo que los amigos llamaban a su casa «la pequeña Alejandría».
A Pomponio no le faltaba razón.
En cuanto al propio Sertorio, la velocidad a la que leía no le parecía nada sorprendente.
Lo que lo extrañaba era la lentitud con que leían los demás.
Hasta pasados unos cuantos años del despido de Favonio —cuando ya no vivían en la domus del Quirinal, sino en una ínsula de la Subura—, Sertorio no comprendería por qué él leía más rápido que los demás y por qué, además, no necesitaba hacerlo en voz alta.
Lo descubrió estudiando la forma en que su madre desplazaba los ojos a saltitos y bisbiseaba entreabriendo los labios cuando se enfrentaba a un texto.
Un día, poniendo el índice derecho en una tablilla de cera en la que él mismo había copiado una fábula, Sertorio le pidió:
—¿Puedes leer esta palabra, madre?
—Claro. Aquí pone «salud».
—No apartes los ojos. Déjalos ahí.
El muchacho colocó el dedo de su mano izquierda unas líneas más arriba, a medio palmo de distancia.
—¿Qué palabra estoy señalando ahora?
Rea confesó que, si no apartaba los ojos de «salud», era incapaz de leerla.
—Qué extraño —dijo—. Habría jurado que veía igual las letras de toda la tablilla, pero solo puedo distinguirlas con nitidez donde tienes apoyado el índice de la mano derecha.
Rea apartó por fin la mirada del dedo y la clavó en su hijo, con un gesto entre confuso y preocupado.
—¿Crees que tengo un problema en la vista?
—No, madre —respondió Sertorio. A sus trece años, se dirigió a ella con el aplomo de un médico que tranquiliza a un paciente—. Le ocurre a todo el mundo. A mí también. Solo era una prueba.
Mentía.
Sin mover las pupilas, él era capaz de distinguir con claridad y de un solo golpe de vista el texto que cubría su palma entera. Por otra parte, cuando leía a solas, lo hacía en un silencio total. Ni siquiera pronunciaba las palabras en su mente.
Era como si las palabras entraran todas juntas en su cabeza, no como una hilera de letras, sino como un destello que iluminaba la tablilla entera de un solo golpe.
Por aquel entonces, Sertorio había descubierto que era distinto de los demás en muchos aspectos. Esa certeza le producía una extraña combinación de sentimientos.
Orgullo por su inteligencia, miedo a ser un extraño incluso para su madre.
Aislamiento, al saber que nadie más veía el mundo como él.
Había comprendido, asimismo, que lo mejor era ocultarlo si no quería que los demás lo miraran como a un bicho raro.
La gente desconfía de los bichos raros.
Por eso no le había dicho nada a su madre.
No era ni lo único que le ocultaba, ni siquiera lo peor.
Sus escapadas por las calles de la Subura y las compañías que frecuentaba por aquel entonces le habrían provocado un soponcio a Rea.