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Rea quería mucho a su hijo, sin duda. El problema era que, a la hora del reparto de virtudes, los dioses habían sido un tanto rácanos con las dosis de paciencia que le otorgaron.
Leer con el niño la cansaba casi tanto como participar en sus juegos, que se le antojaban tan repetitivos como las eternas e inútiles tareas de Sísifo y las Danaides en el Hades.
(Eso era porque no conocía los juegos de otros críos menos inteligentes y creativos que su hijo).
Mario, que seguía haciendo caso omiso de las habladurías y visitando con asiduidad la casa de los Sertorio, estuviera o no presente el paterfamilias, sugirió a Rea que apuntara al niño en una escuela.
De ese modo, argumentó, encontraría compañeros de juego de condición libre y al mismo tiempo cultivaría su mente sin pasar tanto tiempo con esclavos ni —ejem— aburrir a su madre.
Se hallaban en las postrimerías del invierno.
Como el día era casi primaveral, ambos estaban sentados en el jardín del peristilo.
Entre ellos se interponía un velador de mármol en el que, además de una jarra de vino, dos copas de plata y un platillo de aceitunas y pasas de Numidia, había un tablero de latrunculi .
Las piezas de ébano con las que jugaba Mario y las de marfil de Rea estaban disputándose el terreno delimitado por recuadros dibujados con finas líneas de plata.
En lugar de tubas y trompetas con sus notas metálicas, eran trinos de petirrojos y jilgueros los que sonaban sobre aquel campo de batalla a escala reducida.
A Rea no le hacía ninguna gracia la idea de mandar al pequeño Sertorio a una escuela. De hecho, la sola sugerencia la puso de mal humor. Un enojo que se manifestó cuando colocó la siguiente pieza blanca con tanta energía que la mesa vibró y las copas tintinearon.
—¿Para que se junte con otros críos de su edad o, mucho peor, aún mayores y que no le enseñen más que vicios?
—Yo me eduqué con otros niños en el aula del maestro Balbino —replicó Mario—. Creo que he salido un hombre decente.
Mientras Mario apoyaba la barbilla en la mano, meditando su próxima maniobra en el tablero, Rea negó con la cabeza. Después se apresuró a afirmar con ella dando a entender: «Sí, claro que eres un hombre decente, no quiero decir eso», y por último negó de nuevo.
—Quinto es demasiado pequeño para aprender ciertas cosas. No tiene más que cinco años.
—Los niños que vayan al aula con él tendrán siete años, ocho a lo sumo. No creo que vayan a pervertirlo. Lo más que pueden enseñarle es a disparar con un tirachinas. Que no es mal entrenamiento para el ejército.
—Aunque no lo perviertan. A esa edad, dos años de diferencia es mucho. Los críos son muy brutos, y abusarán de él y le pegarán.
—Es un niño muy inteligente. Seguro que aprende a defenderse.
—Precisamente por ser tan inteligente. Nadie quiere a quienes son más listos.
—No todo el mundo es como tu marido.
El resto del comentario quedaba implícito. «Que no soporta que su mujer sea más inteligente que él».
No estaba bien criticar a un hombre ante su esposa y en su propio hogar, pero a veces Mario no podía evitarlo.
El carácter de Tito —o lo que él opinaba que era su ausencia de carácter— le repelía en casi cualquier aspecto que pudiera imaginar.
Si disimulaba, era únicamente por tener la posibilidad de seguir frecuentando la compañía de Rea.
Algo en lo que coincidía con algunos varones más, como Tito Pomponio, que formaban el pequeño círculo de amistades masculinas de aquella mujer tan poco convencional.
Y tan poco popular entre su propio sexo.
La única invitada femenina a la que Mario había encontrado en una de sus propias visitas a la domus de los Sertorio era Antiodemis, la bella actriz que desató un escándalo entre la alta sociedad cuando se divulgó que era amante de Servilio Cepión.
(El hijo, evidentemente. Nadie se habría imaginado nunca a Servilio Cepión padre con una mujer como aquella, ni siquiera cuando era joven).
En aquella ocasión, Mario había sorprendido a ambas amigas cantando.
Cuando Salvio, el atriense de la familia, acompañó al visitante, este le hizo un gesto para que aguardara un momento antes de anunciar su presencia, ya que no quería interrumpir la canción.
Él mismo se quedó medio escondido tras las ramas de un granado mientras las escuchaba.
La pieza era griega —luego supo que se trataba de un poema de Safo—, y no acabó de entenderla.
Mario se las arreglaba bien con la prosa ática, pero si le cambiaban de dialecto y además empezaban a revolver las palabras con esa puñetera manía que tenían los poetas de desordenarlo todo —también lo hacían en latín—, el griego se acababa convirtiendo para él en una jerigonza incomprensible.
Con todo, Mario se quedó cautivado por la belleza de la melodía y por la perfecta armonía con la que ambas mujeres entrelazaban sus voces entre sí y con las notas que Rea le arrancaba a la lira, haciendo que ascendieran a las alturas como un emparrado sonoro.
Antiodemis poseía una voz de tiple, capaz de hacerse oír hasta las últimas filas del teatro con la claridad y pureza de un cristal de roca, y también de alcanzar las notas más agudas sin que se le quebrara.
En cambio, la de Rea tiraba a grave, con un timbre profundo que parecía surgir de algún lugar por debajo de su garganta y que antes de salir se teñía de un matiz nasal muy sutil, sin oscurecerse ni volverse gangosa.
No habría sido adecuada para el escenario —¡y no lo hubieran querido los dioses, ya que, pese a sus excentricidades, Rea no dejaba de ser una romana casada!
—, pero en estancias cerradas o allí, en el jardín, rodeada por la vegetación que acolchaba los sonidos, su voz se envolvía a sí misma y se hacía más cálida, aterciopelándose con sus propias resonancias.
Sin tener una gran tesitura, Rea compensaba esta carencia con un oído casi perfecto y con su delicadeza tañendo la lira.
«Tiene mucha gracia cantando y tocando —comentaba Cicerio, otro de los Rheani —. Tal vez más gracia de la que una romana honesta debería tener», añadía con malicia.
Mario no se lo habría reconocido a nadie (y casi no se lo reconocía a sí mismo), pero el jadeo tan peculiar que apenas se percibía entre nota y nota, una aspiración que se hacía aún más sugerente cuando Rea cantaba en griego, lo excitaba.
De hecho, a veces le provocaba un amago de erección.
Lo cual demostraba que aquel truhán de Cicerio llevaba razón.
Había pasado un rato largo desde el último movimiento de Mario. Por fin, se decidió a colocar una pieza negra en el centro del tablero.
—¿A ti no te molesta que alguien sea más listo que tú? —preguntó Rea.
Ensimismado en el recuerdo de aquella canción de Safo, Mario tuvo que pescar en su memoria más reciente.
«Nadie quiere a quienes son más listos», acababa de decir Rea refiriéndose a su hijo.
—Siempre hay alguien más listo que uno —respondió Mario.
Apenas había pasado un suspiro desde su movimiento, pero Rea ya había colocado su pieza y esperaba la jugada de él tabaleando con las uñas sobre la mesita.
Aquella rapidez de movimientos hundía la moral de Mario.
—¿Y si ese alguien es una mujer? —insistió Rea.
Mario no respondió. Pasado un rato en el que un rapsoda podría haber recitado al menos quince versos, movió por fin.
Un segundo después de que depositara su pieza en el escaque, Rea contraatacó.
Con su maniobra, más de la mitad de las piezas de ébano de Mario quedaron embolsadas e inmovilizadas por las de marfil. Algo similar a lo que les sucedió a los soldados del cónsul Mancino en Numancia.
Solo que aquí no había ningún Tiberio Graco para negociar con el enemigo y salvar las vidas de sus hombres.
Dándose por derrotado, Mario soltó un bufido y se levantó del asiento.
Rea lo miró enarcando una ceja irónica.
—Parece que sí te molesta.
—El día que veas que me gusta perder a algo, haz que me metan en un saco con un perro, una víbora y un gallo y me arrojen al Tíber.
En cuanto a lo de perder, Mario hablaba con conocimiento de primera mano.
Si para conseguir su primer tribunado necesitó dos intentos, ahora tenía más reciente su derrota en las últimas elecciones.
Para más humillación, los ciudadanos le dieron un revolcón en la votación para edil curul y otro, a continuación, para el cargo menor de edil plebeyo.
En lugar de amilanarse, había decidido saltarse aquel paso y prepararse directamente para las elecciones a pretor. Como él decía, recordando un chiste sobre samnitas que le contó una vez Gayo Graco, «llegaré a Boviano o volveré al charco».
—Por eso tiene más mérito que quieras seguir jugando conmigo —dijo Rea.
—Algún día te ganaré. —Mario abrió los brazos para que Salvio, que había permanecido atento, le ayudara a colocarse el manto—. Pero recuerda, tienes que dejar que Quinto vaya a la escuela y se junte con otros niños.
—Algún día —respondió Rea, como un eco de las palabras de él.