Sertorio, el elegido de la diosa blanca 49
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Aquellos ojos de Sertorio que todo lo devoraban no tardaron en posarse sobre una nueva presa.

Los libros.

Cuando todavía no había cumplido cinco años y veía a su madre sentada en su sillón favorito, el de mimbre, junto a una ventana abierta si hacía bueno o a la luz de las velas en días de mal tiempo, mientras desenrollaba poco a poco un papiro y bisbiseaba para sí, le preguntaba:

—¿Qué haces, madre?

A esa edad ya usaba un lenguaje muy formal y había dejado de dirigirse a Rea como mamma para llamarla mater .

Por lo que concierne a su padre, nadie oyó jamás que le dijera tata .

—Estoy leyendo.

—¡Yo quiero!

Y así, una vez tras otra.

Por fin, un día, Rea accedió a los deseos del pequeño y lo sentó en su regazo.

Para ello, antes tuvo que desalojar a Thot.

El gato maulló enojado y después, reduciendo sus pupilas a dos rendijas ofendidas, desapareció de la estancia sin mirar atrás.

Con aquel paso flexible y al mismo tiempo solemne, tan sigiloso que uno llegaba a dudar si aquel animal pertenecía en verdad al mundo material o era una emanación intangible escapada del país de los sueños.

Era la hora octava de una tarde de finales de otoño. Había llovido por la mañana, todavía lloviznaba a ratos y por la ventana que daba al jardín interior se colaba una luz ambarina, fresca y cálida a la vez, que teñía de dorado el papiro que tenía Rea entre las manos.

—Está bien, Quinto. Hoy vamos a enseñarte las primeras letras.

En el caso de aquel libro, dichas letras eran latinas, aunque Rea leía asimismo en griego, ya fuera poesía o teatro.

Incluso (ejem) textos menos edificantes, como los licenciosos Cuentos milesios de Arístides, que antes de que Lucio Cornelio Sisenna, coetáneo de Sertorio, los tradujera al latín, solo podían leerse en su idioma original.

El libro que Rea sostenía aquel día era el tercer volumen de las Historias de Gneo Gelio, un relato de estilo ampuloso sobre cómo Rómulo y sus seguidores raptaban a las sabinas para poblar de mujeres una Roma fundada solo por varones.

Rea, que a veces bostezaba con la prolijidad del autor —setenta y nueve volúmenes había escrito ya, y aún le faltaban diez para llegar al final, previsto en la muerte de Gayo Graco—, pensó que el niño se aburriría pronto.

Para su sorpresa —no podría decirse que exagerada, porque su hijo era un ánfora de Pandora colmada de ellas—, el pequeño no solo escuchó con atención aquellas palabras que en gran medida no debían de significar nada para él, sino que no apartó los ojos de las apretadas líneas de tinta mientras su dedito, guiado por los de su madre, las seguía.

—«… y entonces los sabinos tenían asediada la ciudad de Roma. Pero una virgen vestal llamada Tarpeya, hija del noble Espurio Tarpeyo, que mandaba las defensas de la ciudadela del Capitolio, salió de la muralla porque necesitaba agua para los rituales de la sagrada Vesta».

—¿Tarpeya era una mujer?

—Sí, claro. Las vírgenes vestales lo son.

—¿Y su padre era romano?

—Sí.

—Pero entonces…

«Pero entonces» era la típica introducción a las preguntas u objeciones —a veces ambas se combinaban— del niño.

—Pero entonces, ¿qué?

—Entonces, los romanos sí que tenían mujeres.

El condenado crío se estaba enterando.

Era su hijo y Rea lo adoraba. Pero también conseguía sacarla de quicio a veces.

—Bueno, algunas mujeres sí que tenían, claro. Nadie ha dicho que no.

—Pero tú has dicho: «Eran únicamente varones los que acompañaban a Rómulo».

«Yo no lo he dicho, lo ha dicho el pelmazo de Gelio, hay otros autores que lo cuentan de manera diferente», estuvo a punto de contestar Rea.

En ese momento se dio cuenta de que el niño había citado de forma literal aquel pasaje, a pesar de que solo lo había escuchado una vez y hacía ya un rato.

«Santa Diana», pensó. Si no se llevó los dedos a los labios para besarlos en un gesto supersticioso fue porque tenía las dos manos ocupadas rodeando al niño y sujetando las varillas en torno a las que se enrollaba el papiro.

En el caso de aquel ejemplar, los umbilici eran de carísimo marfil y no de madera, ya que el libro pertenecía a la lujosa biblioteca de Tito Pomponio, que se lo había dejado.

Un favor excepcional, prestar sus valiosos papiros sin cobrar fianza por ellos, que únicamente le hacía a Rea por la amistad que le profesaba.

Como decía el propio Pomponio —antiguo compañero de negocios bancarios de Tito Sertorio, patrón de este por compromiso y amigo de Rea por gusto y con devota sinceridad—, «soy de la secta de los Rheani ».

Los seguidores de Rea.

Qué poca gracia le hacía a su marido que existieran esos Rheani . Pero no tenía más remedio que llevarse bien con Pomponio por no escurrirse fuera de su red de contactos y quedarse boqueando como un pez tirado en el embarcadero.

—Da igual, vamos a seguir —dijo Rea—. ¿Dónde estaba?

Ya había perdido el hilo.

—Aquí, madre —dijo Sertorio, clavando el dedito en la línea y la letra exactas.

«¿Será posible?», se preguntó Rea, reanudando la lectura.

—«… salió de la muralla porque necesitaba agua…».

—¿Y no la mataron los sabinos cuando salió de la muralla?

—No, no la mataron.

—¿Por qué?

—Pues, porque… ¡no!

Sertorio era lo bastante espabilado para saber que a veces la contestación a sus «por qué» acababa siendo un rotundo «no».

—Vale —se resignó.

Momentáneamente.

—«… y trabó conversación con un joven soldado, sobrino de Tito Tacio, que era el general de los sabinos.

Al ver que dicho soldado llevaba en la muñeca izquierda un brazalete de oro macizo muy grande y pesado, le pregunta por él y el joven contesta que todos los guerreros sabinos llevan uno similar.

La pérfida muchacha se deja llevar por la codicia y le dice que por la noche le abrirá las puertas de la muralla si él y todos sus compañeros le entregan a cambio lo que llevan en la mano izquierda».

—¿Y él le dice que sí?

—Espera, que esto tiene truco. «El soldado aceptó el trato y esa noche, en la segunda guardia, tal como había convenido la hija de Espurio Tarpeyo, abandonando el templo al amparo de las sombras, se acercó a las puertas de la ciudadela y descorrió la pesada tranca…».

«Esto no tiene pies ni cabeza», pensaba la propia Rea al leer la historia. ¿No tenían centinelas vigilando aquella puerta, o es que se habían dormido? Si Gayo Mario hubiera estado al mando de la fortificación, los habría hecho ejecutar.

(Al pensar en Mario la invadía siempre un calorcillo que irradiaba de algún punto por debajo de su ombligo.

De entre los Rheani , era quien más la atraía.

Aunque estaba segura, sabiendo cómo era el carácter de él y conociéndose a sí misma, de que, si su relación con él iba un solo paso más allá de la simple amistad, acabaría en desastre).

—«Entonces tanto el soldado sabino como sus compañeros pasaron velozmente junto a la joven Tarpeya, y al hacerlo le arrojan encima el brazalete de oro, pero también el escudo, aplastándola bajo su peso.

Así demostraron que amaban el resultado de la traición, ya que esta les había permitido el acceso a la ciudadela, pero aborrecían a la traidora».

—Pero entonces…

—¿Qué?

—Si se quitaron los escudos, ¿pelearon sin ellos?

—Pues supongo que sí, claro.

—¿Y entonces no los mataron?

—A algunos sí, supongo.

—¿Porque algunos no se habían quitado el escudo?

—Eso lo cuenta el resto del libro, pero…

Rea enrolló el papiro, lo dejó sobre el velador que tenía junto al asiento, levantó al pequeño Sertorio de su regazo y, pese a que él se resistió dejando el peso muerto como solo saben hacerlo los niños —y los perros que han encontrado una baldosa fresca en verano y no quieren que nadie los mueva—, lo depositó en el suelo.

—… ¡por hoy hemos tenido lectura más que suficiente!