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—¡Ota nuna! —exclamó el crío con su lengüecita de trapo, tratando de ponerse de puntillas, como si quisiera tocar el cometa y bajarlo de las alturas.
Para que pudiera verlo mejor, Gayo Mario, que los acompañaba esa noche, se agachó, lo cogió en volandas y se lo plantó sobre aquellos hombros que podrían haber cimentado un templo de Marte.
Sentado en su nueva atalaya, el niño no pudo resistir la tentación de revolverle a Mario el pelo. O, en realidad, de intentar alisárselo sobre el cráneo.
Un pelo que ya llevaba años retrocediendo, algo a lo que Mario se había resignado, sin tratar de disimularlo peinándose el flequillo a modo de cortina ni, mucho menos, recurriendo a una peluca como si fuera un actor.
Las pilosidades que no retrocedían eran las de sus cejas, cada vez más pobladas, indómitas como manípulos que rompieran las filas de la legión para atacar al enemigo. Cuando las fruncía enojado, daba la impresión de que en algún lugar del mundo acababa de caer un rayo.
—Deja de incordiar, Quinto —dijo Rea.
—No te preocupes. No me molesta —respondió el interesado. Gayo Mario, que desempeñaba aquel año el cargo de tribuno de la plebe por segunda vez, era buen amigo de la familia.
Sobre todo, según comentaban las lenguas más maliciosas, era un gran amigo de Rea.
Ella, ciertamente, estaba junto a Mario, tan cerca que su hombro se rozaba con el brazo de él.
Quien no se encontraba con ellos era el esposo de Rea.
No porque estuviera desempeñando una magistratura en alguna provincia lejana, como ocurría con tantos maridos ausentes entre la aristocracia romana.
Tito Sertorio no había exhibido jamás el menor interés en ejercer cargos políticos.
Y mucho menos militares, que implicaban correr riesgos físicos.
Si Tito no se hallaba en Roma era porque había viajado a Nursia, su ciudad natal, para tratar de arreglar unas finanzas cuyo estado cada vez más precario procuraba ocultar a su mujer.
En su momento, Tito Sertorio llegó a acumular fortuna suficiente para ingresar en el orden senatorial, aunque fuera supliendo la falta de influencias y su mediocre alcurnia a fuerza de sobornos.
Aunque podía, nunca se había planteado seriamente intentarlo. Ser senador habría supuesto para él más esfuerzos y desvelos que compensaciones, así que prefería vivir en su aurea mediocritas como simple miembro del orden ecuestre.
Ahora, esa posibilidad se había esfumado e incluso su estatus en el orden ecuestre corría peligro.
Era como si el destino se confabulara contra él.
Estaba claro, se lamentaba él con voz de plañidera, que alguna divinidad envidiosa le había hecho perder el olfato para los negocios.
(Según su esposa, eso no era debido a que los dioses le tuvieran ojeriza, sino a que sus fosas nasales estaban obturadas a fuerza de vino y perfume barato de putas).
En años recientes, Tito se había embarcado en inversiones que, por un motivo u otro, acabaron zozobrando.
La última erupción del Etna había arruinado sus planes de convertirse en viticultor y exportador de vinos sicilianos y le había hecho perder varios millones de sestercios.
Un golpe de la fortuna imprevisible.
En teoría. Porque ni era la primera vez que el Etna vomitaba lava y sembraba la destrucción, ni sería la última. Invertir en las tierras que lo rodeaban era jugar literalmente con fuego.
Pero lo que terminó de crucificar a Tito Sertorio fue el préstamo más que sustancioso —cinco millones de sestercios— que le hizo a Quinto Servilio Cepión.
Tito ni siquiera podía reclamarle ante los tribunales la devolución del dinero.
Obviando que los jueces seguramente sentenciarían a favor de alguien cuya familia estaba en la cúspide y en contra de un advenedizo como Tito, los documentos que demostraban la existencia del crédito habían desaparecido.
Él solo sabía que se los había llevado un intruso.
Su mujer conocía más detalles.
Por ejemplo, que dicho intruso era Stígmata, el gladiador de las cicatrices con el que ella se había acostado no una ni dos, sino más de diez veces.
Tampoco quedaban testigos del préstamo. El único que asistió a la firma, Gayo Sempronio Graco, llevaba muerto dos años y medio.
Existía otro detalle aún más siniestro que Tito ignoraba. En la misma noche de la muerte de Graco, Cepión, decidido a borrar toda prueba posible de la existencia de ese empréstito, intentó incendiar la casa de los Sertorio.
Si Rea y el niño se salvaron de acabar reducidos a cenizas fue gracias a la irrupción, casi milagrosa de tan oportuna, de Gayo Mario.
El mismo personaje que ahora tenía encaramado sobre sus rocosos hombros al crío al que había salvado.
Mario, el niño, Rea y un pequeño séquito de esclavos se encontraban junto al templo de la Salud, no muy lejos de la morada de los Sertorio. Un buen miradero para contemplar la ciudad de día y las estrellas de noche.
El pequeño Sertorio señaló al cielo con un dedo todavía gordezuelo. (Cuando le palpaba las piernas, Tifilnia afirmaba con gravedad de augur que con el tiempo se convertiría en un joven alto y de huesos finos).
—¡Ota nuna, tío Madio! —repitió entusiasmado.
El tribuno soltó una carcajada.
Ni la risa ni su hermana pequeña, la sonrisa, eran habituales en él.
Gayo Mario era un hombre tirando a adusto, algo que sabían bien los soldados que habían servido bajo sus órdenes como decurión de caballería y tribuno militar.
A cambio, también conocían lo que se podía esperar de él.
Mario era un hombre de una pieza, que cumplía su palabra sin alardes y que no tenía miedo a enfrentarse con nadie. Fuera con las armas o dialécticamente.
Pero el caso era que cualquier ocurrencia de aquel mico le hacía reír. Aunque no fuera su sobrino carnal, a Mario le encantaba que Sertorio lo llamara «tío». Algo que el crío había empezado a hacer, como tantas cosas, por propia iniciativa.
—Esa no es la luna —respondió Rea—. Es un cometa.
—Goeta —repitió el niño.
Tras esa breve excursión, regresaron a casa. Mario los acompañó y después se retiró a su propia morada.
Estaba ya en el zaguán cuando, antes de que el portero cerrara tras él, notó que el atrio se iluminaba con una claridad extraña, como si hubiera amanecido a la hora y en el lugar equivocados.
Se dio la vuelta y miró hacia el cielo. Por encima de la tapia, hacia el norte, un resplandor blanco se difuminaba como el residuo de un relámpago sin trueno. Lo contempló en silencio, sin saber si aquello había sido real o una ilusión de sus ojos cansados.
—¿Lo has visto? —le preguntó al portero, que se había asomado entre las hojas de la puerta antes de cerrarlas del todo.
—He visto algo, amo. Lo que no sé es qué he visto.
En la distancia, un perro aulló, y los que guardaban la casa de Mario le contestaron desde sus casetas.
Durante los tres días siguientes, al amanecer y al anochecer, muchos en Roma notaron un resplandor rojizo más intenso de lo habitual en la parte norte del firmamento, justo en el extremo opuesto al sendero del sol, como si una brasa lejana ardiera más allá del mundo conocido.
Los augures escrutaron el cielo en busca de más señales y los arúspices examinaron las vísceras de las víctimas.
No hubo ningún consenso sobre cómo interpretar aquella señal.
Según se dijo después, la misma noche del resplandor un sirviente público de los que recorrían las calles a las órdenes de los tresviri capitales aseguró que, al pasar junto al templo de Vesta, había oído una voz que parecía surgir de la nada y que le decía: «¡Avisa a los cónsules de que llegarán los bárbaros del norte! ».
Nadie pudo confirmar ni la identidad del sirviente ni la veracidad de sus palabras.
Tito Pomponio, hombre de muchas lecturas y buen amigo de Rea, le dijo a esta que aquel rumor no era más que otra versión de lo ocurrido casi tres siglos atrás cuando un plebeyo llamado Cecidio escuchó también una voz que avisaba de la llegada de los galos.
—En aquel momento, nadie lo creyó —dijo Pomponio.
—Pero los galos llegaron —respondió Rea.
—Así es.
Pomponio no trajo a colación aquella historia porque pensara que iba a repetirse algo similar, sino porque sospechaba que quien la había puesto a circular lo había hecho basándose en un episodio antiguo, por darse importancia o por simple diversión.
Pero lo cierto fue que, guardara relación con aquella voz incorpórea o fuera una pura coincidencia fruto del azar, al mismo tiempo que Pomponio le comentaba aquello a Rea, más de mil millas al norte los cimbrios emprendían los preparativos para su largo viaje al sur.
Guiados por el hombre al que ambos habían conocido como Artemidoro de Éfeso.