Sertorio, el elegido de la diosa blanca 47
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Con los meses, aquella especie de cólicos sensoriales que sufría el bebé, y que un observador externo podría haber confundido con un ataque de gases o una inflamación de oídos, se transformaron en algo distinto, más inquietante.

Cumplido su primer año de vida, Sertorio parecía mayor por su altura y por su precocidad tanto para lanzarse a andar como para chapurrear sus primeras palabras.

Seguía mirándolo todo muy atento y no dejaba de señalar a diestro y siniestro y de hacer preguntas.

La contrapartida de su curiosidad, desmedida incluso para un niño de su edad, era que a veces se ponía nervioso, se agitaba, miraba y señalaba a todas partes, cada vez más acelerado.

Si ese estado de zozobra seguía acentuándose, llegaba un instante en que, en lugar de romper a llorar como hacía siendo más bebé, dejaba de pestañear y se sumía en una especie de trance.

Nadie sabía qué le ocurría.

Con el tiempo, él habría podido explicárselo a los demás, pero, aunque hubiera adquirido el don de hilvanar discursos a tan temprana edad, seguramente nadie lo habría entendido.

Por una parte quería verlo, oírlo, sentirlo y aprenderlo todo de golpe, mucho más de lo que su capacidad le permitía. Por otra, necesitaba expulsarlo, vomitar la intrusión constante y abrumadora del mundo exterior.

Lo que experimentaba ya desde aquellos tempranos días de su vida era una indecible angustia por la riqueza inabarcable de la realidad.

Evidentemente, él mismo tardó mucho tiempo en comprenderlo y expresarlo con esos términos, y solo lo hizo así cuando una mujer, tan temible como sabia, se lo describió con esas palabras.

Las primeras veces en que sufrió aquellos trances —se empezaron a producir a partir de su primer cumpleaños—, su madre se alarmó. Como era de esperar.

—¡El niño no respira! —exclamaba Rea, agitándolo por los hombros hasta que ella misma se asustaba al ver cómo la cabecita se mecía adelante y atrás por sus sacudidas, amenazando con romper aquel cuello todavía tan frágil como el tallo de una flor.

Entonces lo abrazaba, estrechándolo contra su pecho y rezando a Agenoria y a Vagitano para que devolvieran el movimiento a sus miembros y el aliento a sus pulmones.

En realidad, Sertorio no cesaba de respirar.

Pero lo hacía de forma tan leve, tan parsimoniosa, que su aliento no dejaba tan siquiera una nubecilla de vaho en un espejo.

Por más que su madre se lamía el dorso de la mano y lo ponía delante de la nariz del niño, no notaba que la saliva se le enfriara sobre la piel.

Pasado un rato, que normalmente no llegaba a medio cuarto de hora de clepsidra, el crío soltaba un gran suspiro, abría los ojos de nuevo y era como si no hubiera ocurrido nada.

Incluso sonreía. No con esa naturalidad instintiva, casi animal, de los niños pequeños cuando sienten sobre ellos la mirada de su madre.

La sonrisa de Sertorio era un gesto de una extraña serenidad contemplativa, dirigido hacia un mundo interior que solo podía intuirse desde fuera.

Una expresión que —como tantas otras de sus conductas— lo hacía parecer mayor de su edad real.

—Seguro que son cosas normales de críos —sostenía su padre.

—¿Cómo va a ser normal, si parece que está más muerto que dormido?

—Le estarán saliendo los dientes, qué sé yo —respondía Tito Sertorio, encogiéndose de hombros.

Un gesto que en él se había convertido en todo un lenguaje con leves matices en la inclinación, la altura y la simetría de ambas clavículas, que expresaban desde la indiferencia a la ignorancia pasando por la simple pereza.

—¿Tú crees que esto es por los dientes? ¿Estás hablando en serio?

—El niño se recupera por sí solo, ¿no? No hay por qué alterarse tanto, mujer, que te lo tomas todo a la tremenda.

Si Tito razonaba así no era tanto porque fuese de natural sosegado y ecuánime ni porque tratara de calmar a su esposa.

Siempre había sido poco proclive a tomarse molestias excesivas, una cachaza que Rea le reprochaba a menudo.

Su propia madre, muerta tiempo atrás, solía decir de él: «Si está en su mano evitarlo, mi hijo no se llevará jamás un mal rato».

En todo lo que no se refiriera al dinero, la devoción a la que había consagrado su vida, Tito cumplía a rajatabla la predicción de su madre.

—¿Y si un día se queda así para siempre? —preguntaba Rea—. ¿Y si le ocurre como al otro?

Antes que el pequeño Quinto, hubo otro Sertorio de existencia efímera.

Su alumbramiento fue largo y accidentado, una marea de contracciones y dolores que se sucedieron durante más de dos días de manera caótica, como si obedecieran a los caprichos de una luna atiborrada de opio.

Todo ello aderezado por gritos, blasfemias y votos que brotaban de la boca de Rea.

«¡No voy a volver a pasar por esto!». (Volvería a pasar).

Después de atravesar a duras penas el canal de parto, cuando el bebé logró asomar por fin la cabeza tenía el rostro azul de cianosis.

En la tercera noche de vida del niño, extrañada de que llevara ya tanto rato sin reclamarle el pecho —pensaba esperar unos días, no muchos, antes de recurrir a un ama de leche para ese menester—, Rea se levantó de la cama, mordiéndose los labios para reprimir los gruñidos de dolor, porque después de dar a luz había quedado más zarandeada y dolorida que Odiseo tras su naufragio en la isla de los feacios.

Al agacharse sobre la cuna, descubrió que el bebé estaba inmóvil, el cuerpecito y la cara fríos y resbaladizos como una máscara de cera.

El alma lo había abandonado durante el sueño.

Aquello sucedió, además, durante las fiestas Lemurias, en mayo, en una noche en que su esposo, con su habitual desidia, había olvidado arrojar judías negras a su espalda las nueve veces preceptivas para alejar a los espíritus de los muertos.

Puesto que el difunto nunca llegó a recibir nombre, lo normal habría sido que el siguiente bebé en nacer llevara el de su padre, Tito, como era costumbre con los primeros nacidos.

El asunto suscitó una discusión durante el segundo embarazo de Rea.

Algunas de las disputas que mantenía el matrimonio las libraban casi a media voz. Eran porfías más que broncas.

Aquella no.

Aquella fue una agarrada bien sonora. De esas que los esclavos de las casas ricas escuchan pegando la oreja a paredes, puertas o celosías, manteniendo la jerarquía interna incluso para repartir los lugares en los que se apostan.

Mientras gozan íntimamente de las desavenencias entre sus amos.

—¡Es mi primogénito y tiene que llevar mi nombre, igual que yo llevo el de mi padre!

—Yo ya he tenido un primogénito. ¡Me niego a que el bebé lleve el nombre de un muerto!

—Pero… ¡si aquel crío no llegó vivo al día lustral!

—¿«Aquel crío»? ¿«Aquel crío» dices?

—Yo…, esto… ¿Y qué quieres que diga? ¿Es que no era un crío?

—«Aquel crío» era tu hijo. ¡Digo yo que te acordarás, aunque lo cogieras en brazos menos tiempo del que tardas en vaciar una jarra de vino!

Lo de tomar en brazos al niño era algo que Tito había hecho casi con desgana, por cumplir con el ritual. Estaba convencido de que aquella especie de renacuajo arrugado que le presentaron en el suelo ante el fuego del hogar tenía metido ya medio piececillo en el Orco.

—Ni siquiera le pusimos nombre.

—Yo le llamaba Tito. ¡No pienso llamar Tito a otro! ¡Es como echarle mal de ojo!

Quizá más que el posible mal agüero, lo que motivaba a Rea para imponerle un nombre distinto al bebé era que, con la gravidez, la aversión por su marido —sentimiento que no había dejado de alimentar durante los cuatro años de matrimonio— había degenerado en una repulsión tan visceral como la que podría sentir si le plantasen ante la cara una bandeja con tajadas de carne cruda y agusanada.

Esa repugnancia se extendía a toda su persona, incluyendo su praenomen .

De modo que Quinto se llamó, y no Tito.

Con el tiempo, todo el mundo se dirigiría a él, simplemente, como «Sertorio».

Al menos, Rea se acostumbró a aceptar esto.

La muerte prematura de su primer hijo justificaba que a Rea la asustaran tanto los trances extáticos del segundo.

Al ver que su marido mostraba más pasividad que el mismo niño en aquellos episodios que parecían más cercanos a la muerte que a su hermano el sueño, Rea buscó un médico.

Con gusto habría recurrido a Artemidoro, pero el griego de Éfeso que la atendió en el embarazo y el parto se había marchado de Roma y nadie conocía su paradero.

Algo que no era de extrañar, considerando la desgracia que cayó sobre él la misma noche en que nació el bebé.

Rea acabó haciendo venir a un físico que le recomendó una vecina.

—Es griego, y dicen que estudió en Alejandría con el gran Erasístrato.

—¿Y ese Erasístrato quién era? —preguntó Rea, cuya cultura, más extensa y profunda de lo que les habría gustado a su marido y a su propio padre, era en todo caso más literaria y musical que científica.

—No sé, pero eso dicen de él, así que debe ser competente —respondió la vecina.

Cuando el médico en cuestión examinó al niño, no hubo manera de que este repitiera delante de él esas crisis de ausencia. Una vez que, a falta de exhibición práctica, se las describieron, el griego se acarició con parsimonia la barba untada de aceite, carraspeó hasta tres veces y dijo:

—Esos ataques se deben a que todavía no tiene equilibrados los humores.

Al comprobar que el pequeño Sertorio, de tez naturalmente lechosa, tenía las mejillas muy sonrosadas, dictaminó que sufría un exceso local de sangre y propuso aplicarle sanguijuelas.

—¿Sanguijuelas? ¿A mi niño?

—Está demostrado que una abundancia de sangre provoca que los vapores del pneuma se alboroten, invadan las cavidades y…

Sin escuchar más razonamientos, Rea ordenó al gigantesco Dagulfo que echara al médico a empellones. Con uno bastó para enviarlo fuera de la casa y casi al otro lado de la calle.

Después de la visita, Rea, que era de naturaleza curiosa e intelecto inquieto, indagó sobre el tal Erasístrato y averiguó que había sido un sabio al que sin duda le encajaba el epíteto de «grande».

Pero también se enteró de que llevaba muerto más de cien años, por lo que difícilmente podía haber sido maestro de aquel impostor que exhibía credenciales con su nombre para hacerse pasar por la eminencia que no era.

Con el tiempo, Rea comprobó que las ausencias de Sertorio no duraban demasiado y que el niño salía de ellas mucho más tranquilo y, al menos por un rato, incluso más contento y dócil de lo normal, por lo que dejó de asustarse tanto.

No obstante, hasta que lo veía regresar a su estado normal no podía evitar contener el aliento casi tanto como él.

La vieja criada Tifilnia tenía muy claro por qué el niño sufría esos trances.

—Es porque Arutimi le habla y él la escucha —explicaba, recurriendo a su tono más solemne y sentencioso.

Tifilnia era natural de Vatluna, una ciudad etrusca antaño próspera y ahora tan decrépita como la propia anciana. Para ella, Arutimi era como Artemis para los griegos o Diana para los romanos.

Esa relación especial con la diosa era la causa, según la esclava ciega, de la excitación que sintió el crío la primera ocasión en que vio la luna. Señalándola entusiasmado y dando los pequeños saltitos que le permitía su todavía escasa coordinación, empezó a preguntar en tono exigente:

— Quid, quid ! —«Qué es, qué es».

—Eso es la luna —le respondió su madre.

— Nuna, nuna!

Después de aquel descubrimiento, cada vez que Sertorio salía a la calle buscaba la luna en el cielo, fuera de día o de noche. Si la encontraba, apuntaba hacia ella con el dedo y exclamaba muy emocionado, recordando la nana que le cantaba su madre: «¡ Nuna, nuna! ¡Nuna fulget! ».

«Mientras la luna brille, tú estarás bien».

Tifilnia aseguraba que era lo más natural del mundo que la luna le llamara tanto la atención.

El antojo blanco en forma de cierva que el niño tenía en la espalda —la anciana afirmaba que podía sentir su forma pasando por encima las arrugadas yemas de los dedos— significaba que Arutimi-Diana, patrona del gran astro de la noche, lo protegía.

Por eso, para extender esa protección, Tifilnia había convencido a Rea de que pusiera en el dormitorio una alfombra de piel de ciervo y no de lana ni de ningún otro animal.

—Ya lo dije yo en su momento —insistía—. ¡Es un elegido de la diosa blanca!