Sertorio, el elegido de la diosa blanca 46
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Quinto Sertorio tenía poco más de cinco años cuando empezó a darse cuenta de que era diferente.

No solo de los pocos niños a los que conocía —si es que verlos de lejos era conocerlos—, sino también del resto de las personas con las que trataba en su casa, fueran de condición libre o esclava.

Marta, la vidente siria con la que Sertorio y sus allegados se relacionarían por mediación de Gayo Mario, atribuía el hecho de que fuese alguien especial a las circunstancias que rodearon su nacimiento.

En ello coincidía con la opinión de Tifilnia, la anciana esclava que estuvo presente en el parto de Quinto y que debido a su origen etrusco entendía, o pretendía entender, de señales y prodigios.

Nadie podía negar que la noche en que Sertorio vino al mundo —la de los idus de enero, o los itus , en la pronunciación de Tifilnia— estuvo cuajada de augurios y calamidades.

Unas horas antes, el cielo se había abierto en canal sobre Roma como la panza de un enorme toro rajada de lado a lado por la hoz del dios Cronos, y después no dejó de volcar sobre la ciudad tanta lluvia como no volvería a caer en un año entero.

Bajo el diluvio, el Tíber se desbordó, arrastrando puentes, embarcaderos y cobertizos, y las calles se convirtieron en torrentes de agua y barro mezclados con la sangre de los partidarios del extribuno Gayo Graco, masacrados por orden del cónsul Lucio Opimio.

Aunque nadie conocía la cifra con exactitud, se decía que entre el día y la noche de aquellos fatídicos idus de enero habían perecido más de tres mil personas. Algunas por la furia del aguacero, la mayoría por la violencia de las armas.

Sin duda, aquella fue una fecha difícil de olvidar.

—Y todo eso, el diluvio, las muertes, es lo que ocurrió fuera de tu casa —dijo Marta la adivina cuando Sertorio fue a consultarle, unos días después de tomar la toga viril—. Dentro de tu hogar acontecieron otros sucesos no menos ominosos.

—¿Qué sucesos?

—¿Por qué no preguntas a los tuyos?

—Nadie quiere responderme.

Para frustración de Sertorio, cada vez que interrogaba a su madre o a los esclavos por lo ocurrido en la fecha a la que todos en su hogar se referían como illa nox , la noche por antonomasia, no obtenía más que evasivas y miradas huidizas.

—Entonces, deberás encontrar la respuesta en otro lugar.

—¿Dónde?

—¿Tal vez en el espejo de agua?

Solo la vidente y él conocían la existencia de ese espejo, una charca de aguas lisas que dibujaba una circunferencia perfecta en una pradera imposible.

—Prefiero no hacerlo —respondió Sertorio, pensando en el hombre tuerto que se asomaba a veces al otro lado de la superficie lisa del estanque y que en una ocasión había empezado a hablarle de su futuro.

Le daba miedo lo que pudiera decirle si le preguntaba por el día de su nacimiento. Estaba convencido de que, en su respuesta, le hablaría de la fecha de su muerte.

Aún no quería ese conocimiento.

—¿Por qué no me respondes tú? —insistió.

—La diosa no lo quiere así —contestó Marta con una sonrisa, tan indescifrable como las estrellas del firmamento y no menos distante.

Mucho antes de que Sertorio fuese consciente de sus peculiaridades, la gente que lo rodeaba ya se había percatado de ellas.

La primera, acaso la más llamativa, se manifestó cuando todavía no había exhalado su primer llanto.

La mirada.

Apenas salido del seno de su madre y todavía enlazado a ella por el cordón umbilical, Sertorio fijaba los ojos de una manera insólita en un recién nacido.

Así lo atestiguaron tanto Artemidoro de Éfeso, que cortó el cordón con tijeras de cobre, como Gayo Mario, que se presentó en la casa poco después.

Más, lógicamente, su propia madre, Rea.

La vieja Tifilnia, que permaneció al lado de Rea todo el tiempo en aquella noche metafórica y literalmente tempestuosa, no pudo verlo, puesto que estaba más ciega que los legendarios adivinos Fineo y Tiresias.

Aun así aseguraba, con esa voz entre enfática y jadeante que se le agarraba a la garganta como estopa cuando hablaba de cierta clase de asuntos, que era capaz de percibir la mirada intensa del pequeño Sertorio.

«Imposible», le decían otras esclavas. Pero Tifilnia insistía en que sentía en su piel los ojos del bebé del mismo modo que podía notar el calor de los carbones encendidos en un brasero en el otro rincón de la habitación.

¿Se dio cuenta también la otra persona que estuvo presente en su alumbramiento, el hombre de las cicatrices que sacó con sus manos al recién nacido y lo miró por primera vez a los ojos?

Si fue así, Stígmata, el gladiador, no se lo dijo a nadie antes de marcharse de la casa y de Roma y desaparecer bajo el diluvio que anegaba la ciudad.

Sertorio siguió fijando la mirada después de aquel día.

Aunque no ocurría en todo momento, cuando lo hacía creaba una sensación desasosegante en los destinatarios de su contemplación.

Como si aquellos ojos que dejaban de parpadear por unos segundos fueran, en realidad, pequeñas ventanas a un lugar desconocido.

Como si una presencia numinosa se asomara a través de las pupilas del bebé para curiosear durante un instante en el mundo de los mortales.

Su madre sentía adoración por él.

—¡Con lo que me costó parirte, como para no quererte! —le solía decir, incluso cuando él era demasiado pequeño para entender sus palabras.

Pese a esa devoción confesa, la propia Rea a veces apartaba sus ojos de los del niño, porque aquella mirada le producía escalofríos. Lo hacía buscando alguna excusa, como estirarle las arrugas de la ropita, comprobar si tenía las uñas recortadas, la nariz y las orejas limpias o cualquier otra cosa.

De los habitantes de la casa, el único que no parecía sentir desazón ante la mirada entre penetrante y remota del crío era Thot.

El gato de Rea, de ojos tan amarillos y luminosos como dos denarios de oro atravesados por sendas ranuras verticales.

A veces, niño y felino se quedaban mirándose.

Sertorio, todavía demasiado pequeño para aguantar en pie sin agarrarse a nada, permanecía sentado sobre la alfombra de piel de ciervo, con la espalda muy tiesa y absorto en Thot.

Este, a su vez, lo observaba a él sin moverse, y sus pupilas se dilataban hasta casi engullir los iris de ámbar.

El gato ronroneaba y el crío balbuceaba.

Después, Sertorio soltaba un gorgorito de risa mientras agitaba los brazos y Thot respondía con otro ronroneo.

Se alternaban en aquellos ruiditos como si ambos se comunicaran en un idioma ignoto para los demás y más ancestral que el latín, que el griego o incluso que el frigio, que según Heródoto es el lenguaje original de la humanidad.

Si los ojos de Thot se antojaban raros para los observadores, resultaba más que comprensible, ya que los gatos eran mascotas todavía poco frecuentes en los hogares romanos.

Más difícil era enfrentarse a la extrañeza de los ojos del niño.

No se trataba tan solo de la manera en que los clavaba en la gente.

Su propio color llamaba la atención.

En lugar del matiz desvaído e indeciso entre el azul y el gris propio de los recién nacidos, los ojos de Sertorio habían sido verdes desde el primer día.

Y no de un verde cualquiera.

El suyo era un tono intenso, puro, en el que no se apreciaban motas ni irisaciones pardas o amarillentas, como suelen encontrarse en las personas que tienen ese color de ojos.

En el caso de Sertorio, las vetas y radios que se distinguían alrededor de la pupila si uno se acercaba lo suficiente eran también gamas de verde, como franjas en una malaquita pulida.

Desde muy pronto, aquellos ojos dieron señales de intentar absorberlo todo.

—Es como si se quisiera beber el mundo —decía la mujer que le daba el pecho, Amaltea.

(Un nombre muy apropiado para una nodriza.

No por casualidad. Ella misma se lo había cambiado para adoptar el de la cabra de cuyas ubres se alimentó Zeus durante sus primeros meses.

Nacida en el Esquilmo con el nombre de Annia, aseguraba con todo el cuajo del mundo que era de Tarento, descendiente en enésima generación de espartanas de pura cepa, las mujeres que mejor leche daban en el mundo.

Como el bebé se criaba bien, nadie se molestó en indagar esos pormenores.

Cuando el niño dejó de mamar y la nodriza se encargó de preparar las comidas para reemplazar al difunto Hemón, mantuvieron la ficción de que era griega.

Una cocinera de Tarento siempre daba postín, y nadie podía negar que Amaltea tenía buena mano con los fogones y también buen oído y mejor ojo para enterarse de los guisos y aderezos que se preparaban en otras casas y copiarlos).

Del mismo modo que el pequeño Sertorio a menudo mamaba con tanta ansia que tragaba aire y después lloraba por el dolor de tripa si no conseguía expulsar los gases —hasta ahí, nada inusitado en un bebé—, en ocasiones parecía ocurrirle algo similar con lo que engullía su mirada.

Era como si sufriera un atracón de imágenes.

Cuando eso le ocurría, cerraba los párpados con fuerza y se revolvía en la cuna, arrugándose sobre sí mismo como si quisiera esconderse o desaparecer.

Incluso trataba de taparse los ojos con aquellas manitas que todavía tenían hoyuelos en lugar de nudillos.

En otras ocasiones se las llevaba a los oídos y se los cubría de la misma manera, aparentemente incapaz de soportar lo que entraba por ellos.

Con el tiempo se acostumbraría a tolerar los sonidos. Pero durante sus primeros meses incluso las canciones de cuna, el consabido recurso para calmar a los bebés, solo conseguían alterarlo más.

En el caso de la nodriza, era fácil de entender.

Los dioses habían castigado a Amaltea con una voz que sonaba a gravilla pisoteada por las botas de un legionario, sin compensarla a cambio con un buen oído.

Sus nanas, por dignificarlas con ese nombre, eran una sucesión de notas tan caótica y cacofónica como los graznidos de una bandada de cuervos mal avenidos.

Al comprobar que el pequeño dejaba de mamar y se emberrenchinaba en cuanto ella amagaba con tararear la primera nota, la mujer decidió por propia iniciativa que lo mejor era amamantarlo en un silencio tan religioso como una vestal sacrificando ante el fuego sagrado.

Pero al pequeño Sertorio tampoco le gustaba cuando le cantaba cualquier otra de las esclavas, aunque ninguna desafinaba tanto como Amaltea y alguna incluso cantaba con un timbre melodioso.

El bebé solo toleraba que lo adormecieran dos voces.

Una era, paradójicamente, la de Tifilnia, aunque sonaba incluso más áspera que la de la nodriza.

Lo que brotaba de la boca medio desdentada de la anciana ni siquiera podría describirse como canto.

Más bien salmodiaba lo que ella aseguraba que eran nanas tradicionales de su tierra, mientras que los demás sospechaban que se trataba de oscuros sortilegios etruscos.

La otra voz que tranquilizaba a Sertorio era la de su madre.

Lo más fácil era pensar que se calmaba porque la reconocía como tal, si bien al hacerlo demostraba poseer un precoz gusto musical.

Una de las facetas de Rea que más comentaban sus conocidos era que cantaba y tocaba la lira con más talento que muchas citaristas profesionales.

Apreciación a la que sus abundantes censores apostillaban: «¡Y mejor de lo que debería hacer una matrona decente!».

Entre los críticos siempre había estado el padre de la propia Rea, el huraño Lucio Valerio Tapón. A ese grupo pertenecía también su esposo Tito. El mismo que aplaudía entusiasmado cuando Nisa la cantinera entonaba en las Tabernas Viejas del Foro:

¡Traed vino y dados!

No os preocupéis del mañana,

que la muerte os tira de la oreja y dice:

«¡Vivid, que vengo!».

Y que, sin embargo, torcía el gesto como si le subiera un reflujo estomacal cuando escuchaba a Rea tañer y cantar una pieza de Anacreonte o de Safo que, con su somero conocimiento del griego, ni siquiera entendía.

Ni de bebé ni de mayor se hallaría Quinto Sertorio entre esos detractores. Muchos años después todavía se dormiría sonriendo al recordar la voz de su madre con la nana que ella misma había improvisado y que terminaba:

Ut luna fulget, tu semper vales.

«Mientras la luna brille, tú siempre estarás bien».