Sertorio, el elegido de la diosa blanca 45 - Extractos del diario de Artemidoro
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45 - Extractos del diario de Artemidoro

E XTRACTOS DEL DIARIO DE A RTEMIDORO

No podía permitir que nadie más supiera dónde se encuentra el tesoro ni, sobre todo, la piedra sagrada.

«Estaré aquí para ti», me decía el Ónfalos con una voz que sonaba distinta a todas las que escucho en mi cabeza —y son muchas—. Era como si una criatura con garras diminutas me arañara el cráneo por dentro. Un sonido mucho peor, más penetrante, más obsesivo que el tinnitus.

La única manera de que se callara esa voz era obedecerla.

Así que lo hice.

Podría justificar que, después de golpear a Cleandro con el bastón, fue esa voz la que me ordenó acabar lo que había empezado.

Pero no fue así.

Cuando le metí la cabeza en el agua y me puse de rodillas sobre su espalda, apretándole el rostro contra el fondo hasta que dejó de moverse y de su boca brotó la última burbuja de aire, lo hice por decisión propia.

Me había dolido su traición, es cierto. Pero no fue por eso.

Lo hice porque comprendí que, si quiero traer la destrucción sobre Roma y bañarla en sangre, yo mismo he de mancharme las manos antes, convirtiéndome en asesino.

Mañana partiré hacia Tolosa. Una vez allí, venderé el caballo y buscaré una barca que me lleve Garona abajo, hasta el Océano. No creo que Stígmata me siga. Pero, por si acaso, debo ser rápido.

Sé que el Ónfalos me estará esperando.

Cuando vuelva a por él, no lo haré solo.

Y habré dejado de ser Artemidoro.

Seré Hrokanfadi.

El Señor de los Cuervos.