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Al dejar la pluma, Artemidoro pensó por un instante que, si sus planes se cumplían, quizá ni Stígmata ni Iris, ni nadie, podrían disfrutar de esa fortuna.
«¿No pretendes traer la ecpirosis sobre el mundo entero? —le preguntó Diógenes—. ¿Vas a hacer que el fuego caiga igual sobre justos y malvados?».
«Cállate ya y disfruta de este paisaje tan hermoso».
«Un paisaje que, si todo sale como tú quieres…».
«¡Chitón!».
A veces conseguía que las voces se callaran.
No estaría mal que ocurriera lo mismo con el pitido de su oído izquierdo.
Quizá era también cosa del designio, para que no olvidara por qué estaba allí.
Ya estaba muy entrada la noche cuando lo despertó el relincho del caballo. En la hoguera solo quedaban rescoldos, y soplaba un aire más húmedo que frío que Artemidoro notaba como un dolor insidioso en la pierna fracturada. Arrebujándose en el manto, se incorporó.
Alguien se acercaba, haciendo crujir los guijarros y la arena de la orilla bajo sus pasos.
Artemidoro buscó bajo la ropa el mango del cuchillo. Lo había comprado antes de salir de Carcasona, puesto que no le parecía decente robarle a Stígmata ninguna de sus armas.
Cuando volviera a encontrarse con él —estaba convencido de que ocurriría—, esperaba que eso marcara alguna diferencia y el gladiador tuviera a bien no ejercer con él su consumada eficacia homicida.
—No tengas miedo, señor, soy yo —dijo el desconocido, aún entre las sombras.
—¡Cleandro!
Cuando llegó junto a él, el muchacho se sentó sobre una piedra al otro lado de la hoguera. Durante un rato no dijo nada, limitándose a frotarse los muslos con la mano derecha.
La otra la mantenía cerrada en un puño, con tanta fuerza que debía de estar clavándose las uñas.
A la luz de los rescoldos, se lo veía muy desmejorado.
El hermoso Ganímedes ahora parecía más bien un Tántalo sucio y macilento.
Tenía las mejillas hundidas, los labios agrietados, el pelo apelmazado y grasiento, la ropa hecha jirones y las botas tan destrozadas que por ambas asomaban los dedos gordos de los pies.
¿Cuántas libras habría perdido? Ya de entrada no le sobraban muchas. Con el rostro tan afilado, sus ojos se veían más grandes incluso que antes. Pero la sutil humedad que antes les daba vida se había convertido ahora en un resplandor febril, insano.
Artemidoro podría haberle dicho muchas cosas, y ninguna buena. En lugar de eso, le arrojó el pellejo de vino por encima de las brasas. El muchacho tenía pinta de necesitarlo más que el agua.
Cleandro dio un par de tragos largos. Después, como si le pareciera inapropiado imitar a Artemidoro lanzándole el odre, hizo ademán de levantarse para devolvérselo en la mano.
—Quédate ahí —le ordenó Artemidoro.
El joven se dejó caer a mitad de movimiento. Cuando su trasero se posó de nuevo en la piedra, no pudo evitar una mueca y un gemido de dolor.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó Artemidoro, señalándole la mano izquierda. No la había abierto ni para empinar el odre, usándola como si fuera un manco acostumbrado a valerse del muñón.
Ahora separó los dedos, pero para ello se tuvo que ayudar de los de la otra mano, entre nuevos gestos de sufrimiento. ¿Cuánto tiempo llevaría cerrado aquel puño?
Un instante antes de que el joven le mostrara la palma abierta, en un relámpago de intuición, Artemidoro comprendió lo que era.
El darico.
En la mano mugrienta de Cleandro, la moneda de oro resplandecía como si la acabaran de acuñar en Ecbatana o Persépolis.
—Eso me pertenece —dijo Artemidoro.
El joven asintió, moviendo la cabeza con vigor. Su mano, en cambio, como si poseyera una mente y una voluntad propias, volvió a cerrarse sobre la moneda.
—No me deja dormir —dijo en tono lastimero—. Cada día es peor. ¡Nunca debí cogerla!
—La encontraste el día que fuisteis al apartamento a por mis cosas, ¿verdad?
—Sí.
Artemidoro se puso de pie, reprimiendo un gruñido de dolor. Cuando la pierna se le quedaba fría, levantarse o agacharse se volvía mucho más difícil.
Buscó en las alforjas, sacó un trozo de queso y un mendrugo de pan duro, pero sin moho, y se acercó al muchacho. Por el momento, prefería no estar al alcance de sus manos, así que le tiró la comida a los pies.
Cleandro la recogió del suelo y empezó a devorarla con avidez.
—¿Cómo has llegado hasta aquí tan pronto? —preguntó Artemidoro.
—He caminado día y noche. Como no podía dormir, andaba.
—¿Cuántos días?
—No lo sé. ¿Un mes?
Desde su separación no había pasado tanto tiempo, apenas la tercera parte. ¿Qué locura había infectado la mente del joven para hacerle perder la noción de los días?
Y, lo que resultaba mucho más difícil de creer, para hacerle cubrir una distancia imposible.
Mientras Cleandro terminaba su exigua cena, ninguno de los dos habló. Después, al ver los lagrimones que caían por los ojos del joven y abrían surcos en la capa de roña que le cubría el rostro, Artemidoro le preguntó:
—¿Por qué lloras ahora?
—Por todo, señor. Por haberte traicionado.
—Me traicionaste, sí.
—¡Pero no fue culpa mía!
—Eso, me temo, es lo que dicen siempre los traidores.
De forma atropellada y a duras penas coherente, Cleandro le contó una historia en la que, junto a Cepión y Septimuleyo amenazándolo de muerte, aparecía una niña llamada Sierpe, tan peligrosa, según él, como el más encallecido asesino.
—Son una gente horrible —sollozó—. Monstruos capaces de todo, como ese hombre espantoso, Nuntiusmortis.
Igual que le ocurría siempre al oír ese nombre —aunque fuera pronunciándolo mentalmente—, Artemidoro notó cómo se le contraían las tripas.
—Lo sé. Son horribles, sí.
—Pero me dijeron que no te harían nada malo, que les hacías falta para encontrar el tesoro. Yo solo quería seguir vivo y que no me hicieran daño. ¡Por eso salí corriendo aquella noche!
—¿Seguro?
—¡Es verdad, señor! ¡Te lo juro por la vida de mi padre!
—Deja al bueno de Arquelao en paz.
Fue entonces cuando volvió a ocurrir.
La luz en el fondo del lago se encendió.
Con el mismo fulgor fantasmagórico, un color imposible de describir que no pertenecía a este mundo.
Al contemplarlo de nuevo, Artemidoro comprendió que no era tanto que cambiase del verde al azul o el púrpura, sino que esa transformación la ponían sus ojos, tratando de captar algo que no estaba hecho para la comprensión humana.
El caballo relinchó inquieto una vez, y se dio la vuelta como si no quisiera contemplar aquella luz innatural.
Al mismo tiempo, los grillos y los búhos callaron. El silencio se hizo tan espeso que hasta el aire dejó de silbar. Lo único que siguió sonando fue el tinnitus en el oído de Artemidoro.
Una cortina se abrió dentro de su mente. Por un momento, volvió a ver y escuchar a Marta la siria, dirigiéndose a él, y también a Mario, ¡y a Stígmata!
Cierto, el gladiador había estado con ellos en el Mundus Cereris. Ahora lo recordaba.
«Rasgar el tejido del tiempo y atisbar la verdadera realidad es peligroso. El contacto con el poder de los que llamáis dioses, el conocimiento de la verdadera naturaleza de la Gran Madre y sus encarnaciones solo acarrean la ceguera y la locura».
¿Era la luz del Ónfalos la verdadera realidad a la que se refería Marta?
En el coro de voces de su cabeza —la suya, la de Diógenes, la de Urania, la del designio que lo guiaba sin palabras—, surgió otra nueva, distinta a las demás.
Una voz que le dictó lo que tenía que hacer a continuación.
Comprendió por qué había venido hasta el lago. No para sacar el Ónfalos, ni para obtener más dinero.
Se acercó a Cleandro, ahora sí. Poniéndole la mano en el hombro, le dijo:
—Entiendo lo que te pasó. Hombres más poderosos y fuertes que tú habrían cedido igual.
—¿De verdad lo crees, señor?
Cleandro le tomó la mano, se la llevó a los labios y la cubrió de besos y de lágrimas. Artemidoro se dejó hacer unos segundos y luego la apartó.
—Ahora, has de demostrar tu arrepentimiento.
—¿Cómo, señor?
Por toda respuesta, Artemidoro le tendió la mano abierta. Cleandro empezó a murmurar entre dientes y a mover la cabeza a los lados, sacudiéndola como si discutiera con voces que solo él escuchaba.
«¿Tú también?», pensó Artemidoro.
Por fin, abrió la mano izquierda, esta vez sin ayuda de la otra, y depositó la moneda en la palma de Artemidoro.
El darico.
En una visión, Artemidoro se había contemplado a sí mismo como una especie de druida, ataviado con ropas bárbaras y un extraño sombrero.
Y tuerto.
En lugar de un parche, llevaba una moneda de oro sobre la órbita vacía. En aquel momento, pensó que era igual que la que había sacado del lago.
Estaba equivocado. No era igual.
Era la misma.
«Muchos nombres tendrás, hombre del sur —le había dicho Hadwiga, la vidente ciega—. Ahora yo te llamo por este: Hrokanfadi, Señor de los Cuervos».
De algún modo, Artemidoro comprendió que la pérdida de su ojo y los cuervos a los que aún debía conocer, Mneme y Nous, estaban relacionados.
—¿Ya está, señor? —preguntó Cleandro. Estaba tiritando, como si de repente sufriera un acceso de fiebres tercianas.
—Aún no. Hay muchas más monedas dentro del lago. Necesito que me ayudes a recuperarlas.
—¿Ahora?
—Ahora, sí. Arriba, vamos.
El joven se puso en pie, abrazándose y frotándose los hombros para entrar en calor. Había adelgazado tanto que daba la impresión de que, si se esforzaba un poco más, podría juntar las manos por detrás de la espalda.
Caminaron hacia la orilla. La luz seguía llamándolos, a veinte, treinta, tal vez cuarenta brazas más allá. La distancia era tan engañosa y cambiante como el color.
—El agua está fría, señor —dijo Cleandro al meter los pies.
—Lo sé. Sigue adelante.
Artemidoro no se quitó las botas. Después las secaría junto a los rescoldos, o encendería fuego de nuevo. Cuando el agua se le coló por los tobillos, reprimió un escalofrío.
Pero siguió adelante, siempre detrás de Cleandro.
Cuando el agua llegó a las ingles del muchacho, Artemidoro le dio la vuelta al bastón, lo agarró por la contera y lo alzó en el aire.
Después, con todas sus fuerzas, golpeó el cráneo de Cleandro.