43 - Extractos del diario de Artemidoro
E XTRACTOS DEL DIARIO DE A RTEMIDORO
Escribo a la luz de la tarde. Todavía quedan algunas horas para que anochezca. Con la cercanía del equinoccio, los días van alargándose.
Estoy de nuevo en el lugar cuyo secreto ha costado tantas vidas. De todas ellas, en realidad, solo me importa una. Todavía conservo la ilusión de encontrarla al final de mi viaje y devolverle el colgante que me dio, la joya que mantiene viva mi esperanza.
(Mi perro particular, ese que no deja de ladrar y morder, me dice que hago bien en utilizar la palabra «ilusión», porque eso es lo que soy, un iluso. Yo le recuerdo que nadie llegó a ver el cuerpo de…
No, no quiero seguir por ese camino).
Estoy sentado junto al lago al que yo mismo puse el nombre de Criptolimne. El paraje sigue tan solitario como entonces, cuando lo visité por primera vez.
Me sorprende.
Cierto es que desde la llanura que se extiende al este no se llega a divisar.
La pendiente que sube hasta la orilla lo oculta, de modo que el lago surge ante los ojos casi de repente.
Pero desde los montes que lo rodean por tres de sus lados es perfectamente visible.
¿Por qué, entonces, parece como si no existiera?
¿Nadie caza en esas alturas, nadie corta leña en los bosques que cubren las laderas?
Sospecho que es el propio lago y, sobre todo, aquello que duerme bajo sus aguas lo que mantiene el secreto e impone el silencio.
En teoría, nadie más que yo sabe que el tesoro de Delfos yace sepultado aquí. Quienes lo ocultaron se dieron muerte entre ellos, arrojando los cadáveres al agua hasta que solo quedó uno con vida. Este, por último, se metió en el lago y se degolló a sí mismo.
Siempre dudé de esta parte. Si el único testigo se suicidó, ¿cómo sabemos lo que pasó? ¿No debería haber sobrevivido alguien, al menos una persona, para contarlo?
Por inverosímil que parezca la historia, desde entonces nadie más ha llegado a averiguar el paradero el tesoro. Si yo lo descubrí no fue porque me lo revelara nadie ni porque lo leyera en ningún libro, sino porque me dediqué a explorar esta región palmo a palmo.
Aunque ahora, sentado de nuevo frente al agua, empiezo a pensar que quizá fue el propio poder que protege el secreto de este lugar el que guio mis pasos.
¿Por qué, si no, se iluminó el lago con aquella luz fantasmagórica cuando mis guías y mi esclavo dormían, de modo que solo yo pude verla?
Estoy convencido de que era el resplandor del Ónfalos.
Al pie del Yadhraselaz, el árbol que enlaza los mundos, ella me dijo que mi misión era reunir las piedras del cielo y de la tierra. Después añadió: «Ya sabes cuál es la piedra de la tierra». Cuando respondí que era el Ónfalos, la roca sagrada de Delfos, asintió.
Por eso he venido.
No para sacar monedas de oro —llevo dinero suficiente, más del que aconseja la prudencia a un viajero solo—, sino por el Ónfalos.
Pero solo al llegar he comprendido lo absurdo, lo descabellado de mi plan.
Una cosa es bucear como hice entonces, aguantando la respiración hasta casi ahogarme, para rescatar unas monedas del fondo.
Una única moneda, en realidad, el darico que perdí aquella noche.
Otra cosa muy distinta es sacar del agua una piedra que debe de pesar más de cien libras.
Ahora que soy unos años más viejo, y con las costillas todavía maltrechas, dudo de que mis pulmones puedan llevarme hasta el fondo como aquella vez.
¿Por qué he venido entonces? Para llegar aquí, me he desviado más de diez millas del camino que lleva a Tolosa y al Garona, mi siguiente destino.
¡Si al menos hubiera venido con Stígmata! Es joven, atlético y, además, desde que vive en Masalia se dedica a bucear en las calas que rodean la ciudad. Quizá él habría podido sacar el Ónfalos.
Pero me libré de él en Carcasona.
En realidad, ni siquiera quería viajar con él hasta allí.
Mi intención, en la que me ratifiqué tras la emboscada del callejón, siempre fue marcharme de Masalia solo.
Pero Stígmata había seguido durante dos días a los sicarios enviados por Cepión y por Septimuleyo —de nuevo cómplicesen el crimen, como la noche de los idus—, y había oído hablar demasiado acerca del tesoro de Delfos como para que yo le negara su existencia y él me creyera sin más.
Además, no es fácil mentir a ese hombre cuando te mira a los ojos.
Stígmata se llevó una buena cantidad de dinero de casa de los Sertorio.
Yo fui testigo. Aunque guarda sus fondos en el templo de Apolo —me lo contó él mismo—, la idea del tesoro lo fascinó.
Un escondite más seguro y abundante. Una fortuna sumergida, inagotable, a la que acudir de vez en cuando para sacar dinero y no sufrir penurias nunca más.
Él mismo, que posee cierta cultura pese a sus dudosos orígenes y su baja condición, lo comparó con la cornucopia, el cuerno de la cabra Amaltea del que no dejaba de salir comida y bebida.
Una cornucopia de oro y de plata, sí.
Pero que acarrea una maldición.
Por más que traté de advertírselo, no quiso escucharme.
(«¿No eres tú el epicúreo que no cree en supersticiones?», me dijo hace un par de días. Durante el viaje me había estado interrogando acerca de las doctrinas de Epicuro y yo se las resumí en mi tetrafármaco.
No temas a los dioses.
No te preocupes por la muerte.
Lo que de verdad merece la pena es fácil de conseguir.
No hay nada, por terrible que sea, que no podamos soportar.
¡Qué ironía! Ahora que ya no creo en él, es cuando encuentro a un discípulo convencido de sus cuatro principios.
Más que irónico, estoy siendo sarcástico. Desde luego, no son los principios epicúreos los que impulsan a alguien como Stígmata a buscar un tesoro inagotable, sino la simple codicia.
Cierto es que no se trata de la codicia desmedida e insaciable de un Septimuleyo o de un Cepión. Stígmata, al parecer, solo quiere llevar una vida desahogada. Sobre todo, libre, sin depender de los caprichos de un patrón como le ha ocurrido hasta ahora.
Pero, cuando uno conoce la riqueza y el lujo, siempre quiere más. Y esa ansia acaba corrompiendo el alma.
A veces, la codicia corrompe también el espíritu de una ciudad, de una nación entera.
Graco opinaba que las riquezas que no dejan de entrar en Roma gracias a sus conquistas arrastran con ellas una maldición.
En lugar de emplearse para mejorar la vida del pueblo romano, solo han servido para inflamar la avaricia y el afán de lujo de los ricos, hasta el punto de que ahora habitan un mundo aparte, un universo desconectado del de los demás mortales).
El caso es que, al ver que Stígmata estaba decidido a acompañarme, no insistí más. Después de verlo en acción, prefería no ofrecerle la mínima excusa para recurrir a la fuerza. Por otra parte, su misma capacidad para la violencia podía servirme de protección durante el viaje.
Stígmata se despidió de Iris. «Por unos días nada más», le dijo. Ella pareció aceptar sus explicaciones, aunque comprendía que algo raro había ocurrido, sin duda. Cuatro huéspedes desaparecidos sin avisar y otro —yo— que decidía marcharse a toda prisa.
—Por eso cobro siempre por adelantado —dijo.
No sé muy bien qué hay entre ellos, ni se lo he preguntado a Stígmata, pero lo intuyo.
Así que dos días después de la emboscada, en cuanto pude encontrar pasaje, embarcamos en una nave que nos llevó hasta Agate, un puesto comercial fundado por los masaliotas hace siglos.
(¿Cuánto tardará en caer en poder de los romanos? ¿Cuánto tardará en hacerlo la propia Masaba?
Si el designio que me ha traído hasta aquí lo tiene a bien, eso no ocurrirá).
Ya en Agate, compré dos caballos. Puede parecer un lujo, pero no lo es para un viajero. Además, ¿para qué quiero el dinero que obtuve de mis libros si no es para cumplir mis planes? Con ellos, llegamos a Carcasona al cuarto día de camino.
Antes incluso de alcanzar la ciudad, ya había tomado una decisión.
Llevaba días rumiando el asunto. Aunque estaba en deuda con Stígmata, no podía permitir que conociera el paradero del tesoro. Puede que sea un hombre reservado, pero uno nunca puede controlar el secreto que confía a la discreción de otro.
Después de vivaquear varias noches al raso, al llegar a Carcasona nos alojamos en una posada. Allí fue donde abandoné a Stígmata.
Después de darle el somnífero que había preparado para Cleandro, mezclado con vino, me marché, llevándome los dos caballos para evitar que me siguiera —el suyo lo he vendido por el camino—. A cambio, le dejé una nota de disculpa junto con trescientos denarios.
En la posada les dije que le dejaran dormir y que no lo molestaran. «No es hombre a quien convenga enfadar», les advertí.
Estoy convencido de que vivirá mucho mejor si se olvida de ese tesoro, y así se lo escribí en la nota. Viéndolo con Iris, creo que puede tener junto a ella en Masaba lo mismo que yo podría haber tenido con Urania de no ser por la maldición.
Le deseo toda la fortuna del mundo. La que yo no he tenido.