Sertorio, el elegido de la diosa blanca 42 #2
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Aprovechando la circunstancia, Artemidoro se deslizó hacia la derecha, pegado a la pared como una salamanquesa.

Después se apartó de ella para recoger el bastón, que seguía donde lo había dejado caer tras la zancadilla de Cleandro.

Lo blandió por la contera con ambas manos, dispuesto a usarlo a modo de garrota, y dirigió la mirada hacia sus atacantes y, más allá, a la entrada del callejón.

Lamponio se había acuclillado junto a Cluvio, que se desangraba y pataleaba en el suelo. Eubúlides, atento también a la bocacalle, le estaba dando la espalda a Artemidoro.

Un hombre alto y de hombros anchos, con el rostro oculto por la capucha del manto, venía caminando hacia ellos.

Lo hacía sin apresurarse, pisando como un felino.

No traía antorcha ni linterna, ni parecía necesitarlas para moverse entre las sombras.

A unos pasos de Lamponio y Eubúlides, se detuvo y levantó las manos sobre la cabeza, como si tuviera intención de rendirse.

Cuando entró en acción, fue como el restallar de un látigo. Apoyando el movimiento con hombros y caderas, lanzó una segunda daga que, de algún modo, había mantenido oculta en la mano izquierda.

Esta vez su blanco era Eubúlides. El griego estaba atento e hizo un quiebro para esquivar el ataque, pero no fue lo bastante rápido y no pudo evitar que la hoja se clavara en su hombro y le hiciera soltar la antorcha.

—¡Bastardo, hijo de puta! —exclamó, arrancándose el puñal y tirándolo al suelo.

Unos meses antes, Artemidoro tal vez habría huido, aprovechando que sus agresores estaban ocupados.

En lugar de ello, se acercó a Eubúlides por la espalda, levantó el bastón, lo echó atrás todo lo que daban de sí sus largos brazos para coger impulso, y lo descargó en la cabeza con todas sus fuerzas.

El impacto de la madera contra el hueso fue tan duro que las muñecas le crujieron y estuvo a punto de aflojar los dedos y soltar el bastón.

Pero más crujió el cráneo de Eubúlides, que se desplomó como un árbol talado.

Mientras tanto, Lamponio había renunciado a ayudar a Cluvio, que yacía inmóvil y posiblemente muerto. Volviendo su atención al recién llegado, se plantó en posición de defensa, con las piernas semiflexionadas y el cuchillo en guardia.

El desconocido siguió avanzando. De nuevo lo hacía despacio, con el mismo paso flexible y una calma casi insultante. El puñal de Lamponio no parecía intimidarlo en lo más mínimo.

Llevándose la mano derecha a la capucha, la bajó lentamente, como el sacerdote que descubre una estatua antes de consagrarla, y por fin habló.

—Gayo Graco no gritó tanto como ha dicho tu amigo. Tú lo sabes, Lamponio. Yo me encargué de aguaros la diversión.

Antes de que el hombre terminara de descubrirse el rostro, Artemidoro lo reconoció por su voz.

Se había dejado crecer una barba que ocultaba las cicatrices y llevaba el pelo más largo. Pero era él.

Stígmata.

Jamás imaginó que se alegraría tanto de ver aparecer a un profesional de la muerte.

El gladiador abrió el manto a un lado y, con la zurda, desenvainó una espada. La hoja salió de la vaina con tal fluidez que ni siquiera se oyó el rechinar del acero rozando con el brocal.

Lamponio estudió el arma de Stígmata. Después agachó la mirada para examinar su propio puñal, como si cotejara la longitud de ambas armas. Probablemente, pensó Artemidoro, no era eso lo único que estaba calibrando.

El resultado de la comparación no debió de parecerle favorable. En lugar de enfrentarse al gladiador de las cicatrices, giró sobre los talones y, como si fuera un ladrón sorprendido en pleno hurto, arrancó a correr hacia el otro extremo del callejón.

El miedo a Stígmata debía de tenerlo tan ofuscado que no reparó en la presencia de Artemidoro cuando pasó a su lado.

Un error por su parte.

Artemidoro volvió a recurrir al bastón, esta vez para trabarle las piernas. Lamponio cayó de bruces, soltando el cuchillo, que rebotó tres veces en el suelo con un tintineo metálico.

Artemidoro pensó en cogerlo, pero tenía a mano otra arma más práctica y que acababa de demostrar su utilidad. Tomando impulso de nuevo, golpeó a Lamponio en la nuca. Una vez, dos veces. Tres.

Con saña.

Por Enio y por Ares, ¿cómo era posible que uno sintiera tanta exaltación y tanto placer al ejercer la violencia?

—Déjalo, Artemidoro —dijo Stígmata—. Ya me encargo yo.

Artemidoro se enderezó y tomó aliento. Entre la tensión acumulada antes y su propio estallido de furia, se le habían acelerado las pulsaciones y le temblaban las piernas, la buena y la mala.

Eubúlides se había puesto de rodillas y trataba de incorporarse, aturdido por el bastonazo.

Stígmata le dio un tajo de revés en la garganta y, cuando el griego cayó de nuevo al suelo, le clavó el arma en la espalda dos veces.

Sin apenas dirigirle la mirada, con la displicencia de quien recoge basura con la punta de un chuzo.

Artemidoro retrocedió unos pasos. Suponía que Stígmata no tenía intención de hacerle daño, pero en una noche de acontecimientos tan confusos y sorprendentes no podía estar seguro de nada.

Lamponio, pese a los golpes recibidos, aún no estaba fuera de combate. Reptando sobre los codos, trataba de llegar hasta el cuchillo. Artemidoro le dio una patada al arma, enviándola al otro lado del callejón.

De nuevo, encontró un malsano placer en actuar así.

Cuando llegó junto a Lamponio, Stígmata se agachó sobre él y le plantó la rodilla en la espalda. Después le tiró del pelo para obligarlo a levantar la cabeza y le puso el filo de la espada bajo la barbilla.

—¿Sabe Septimuleyo que estoy aquí?

«¡Septimuleyo!», comprendió Artemidoro.

Recordaba bien al jefe del hampa del Aventino.

Artemidoro estaba presente en casa de Rea cuando Septimuleyo, al enterarse de que Stígmata, su mejor gladiador, había huido de Roma, juró que iba a crucificarlo y despellejarlo.

Eso explicaba por qué había intervenido el hombre de las cicatrices.

Debía de creer que esos hombres estaban en Masalia buscándolo a él.

Un equívoco que Lamponio trataba de deshacer ahora.

—¡No! ¡Hemos venido por Artemidoro, te lo juro! El patrón no tiene ni idea de dónde estás.

—Vuélvemelo a jurar, a ver si así me convences.

—¡Te juro por Laverna, por las tumbas de mi padre y de mi madre, que no sabíamos que estabas aquí!

—Pero ahora ya sí que lo sabes.

—¡Solo lo sé yo! Los otros están muertos, y no hemos hablado con nadie más.

—Lo sé. Os llevo vigilando dos días. Pero…

—¡No, por favor! ¡No se lo voy a decir al patrón! ¡Te lo juro! ¡No se lo diré nunca, jamás! ¡Como si no te hubiera visto en mi vida!

—De eso puedes estar seguro.

Sin añadir más palabras, Stígmata tiró de la espada, abriéndole una raja de lado a lado por encima de la nuez. Después se levantó y, mientras Lamponio farfullaba entre borboteos de sangre, le dio la vuelta y le hundió la hoja entre las clavículas.

Segundos después, el esbirro de Septimuleyo dejó de moverse.

Aquella violencia brutal no hizo estremecerse a Artemidoro, como le habría sucedido en el pasado. Al contrario, pensó por dentro: «Jódete, cabrón».

«Me das miedo», susurró su Diógenes interior, que hasta ese momento no había asomado la cabeza.

«Mejor dárselo a otros que tenerlo yo», respondió Artemidoro.

Era cierto.

Estaba harto de pasar miedo.

Ya era hora de que otros lo experimentaran por él.

Los Cepiones, los Septimuleyos.

— Rágnarok .

—¿Qué has dicho? —preguntó Stígmata, mientras registraba los tres cadáveres con la frialdad de un funerario.

Artemidoro no se había dado cuenta de que acababa de pronunciar esa palabra en voz alta.

¿Qué le había dicho Urania en aquel sueño lúcido y, al mismo tiempo —cada vez estaba más seguro de ello—, tan auténtico y tangible como la propia realidad material?

«Hay que arrasarlo todo. Unicamente así surgirán de las cenizas un nuevo cielo y una nueva tierra».

Eso era lo que significaba el Rágnarok.

—Nada importante —le respondió a Stígmata.