Sertorio, el elegido de la diosa blanca 42
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Mientras Eubúlides seguía sujetándolo, Lamponio y Cluvio venían hacia él. El primero traía una antorcha. El segundo, algo mucho más preocupante.

Un cuchillo de no menos de diez dedos de hoja.

Lamponio entregó la tea a Eubúlides, que soltó a Artemidoro. Su libertad duró apenas un instante, pues Lamponio lo agarró del manto y lo empujó contra la pared del callejón.

Habían elegido bien el lugar para la emboscada. Allí no había puertas ni ventanas, solo muros desnudos a ambos lados.

Aun así, Lamponio le puso una mano en la boca a modo de mordaza. Con la otra, sacó su propia daga de debajo del abrigo y le apoyó la punta bajo el esternón, con la presión justa para que sintiera el pinchazo.

Lo que también notó Artemidoro fue cómo se le encogían los testículos y se le retorcían los intestinos.

—Si gritas, si intentas llamar la atención, te destripo como a un cerdo —dice Lamponio—. ¿Lo has entendido?

En su voz no quedaba ni rastro de cordialidad. Además, ahora pronunciaba el latín arrastrado del Bajo Aventino, sin afectar la dicción refinada del Foro como había hecho hasta ese momento.

Artemidoro debía de estar mirándole la oreja con los ojos abiertos de sorpresa, porque, cuando Lamponio le quitó la mano de la boca, se la llevó al lóbulo mutilado con una sonrisa torva.

—¿Te gustó la historia del anzuelo? Fue mi hermano, eso es verdad —dijo, con un acento que sonó más bien «Es es verdá»—. Pero no me dejó la cicatriz con una caña de pescar, sino con cuchillo como este. ¡Tendrías que ver cómo le quedó a él la cara!

Artemidoro tragó saliva y habló, procurando que no le temblara la voz.

—¿Qué queréis? ¿Dinero? Podéis llevaros el que tengo en la posada.

—Eso ya lo hemos hecho —intervino Cluvio.

—¿Sabéis por qué nos lo ofrece tan tranquilo? —dijo Eubúlides—. Porque se cree que va a cobrar mucho más cuando se lo pida a Pílades.

—¿Cómo os…?

Artemidoro se detuvo antes de completar la pregunta, pensando que no le convenía hablar de más. Fue Eubúlides quien la terminó por él.

—¿Que cómo nos hemos enterado? No hay nada de ti que tu esclavo no nos haya dicho. Incluyendo tu nombre, Artemidoro .

Aquello era mucho peor de lo que imaginaba. No era que Cleandro hubiera huido, sino que lo había traicionado.

¿Cómo había podido ocurrir? ¿Acaso estaba involucrado Mario? ¿Por eso insistía tanto en que lo acompañara su esclavo?

—El dinero de Pílades lo vamos a cobrar, no lo dudes —dijo Lamponio.

—Entonces, deberías apartar el cuchillo. El documento está a mi nombre.

—¿Qué más da un griego bujarrón que otro? Aquí tenemos al nuestro —replicó Cluvio, señalando a Eubúlides—. ¿O es que han dibujado un retrato tuyo en la tablilla?

El aludido le dio un puñetazo en el hombro, a medio camino entre la broma y la advertencia.

—¡Eh, sin faltar!

Artemidoro percibió una división, una grieta entre ellos. Obviando que uno era griego y los otros dos romanos. Ahora que ya no disimulaban, Lamponio y Cluvio se mostraban como dos matones de la peor calaña. Eubúlides, en cambio, seguía conservando su aire de mercader.

Mucho se temía que esa diferencia entre ellos no le iba a servir de nada.

—Vamos al grano —dijo Lamponio. Pese a la sugerencia de Artemidoro, no había apartado el puñal—. Sabemos a qué has venido a Masaba.

—Ya os lo conté en el barco. He venido para fundar una…

Lamponio le apretó las mejillas con una mano que parecía una tenaza de herrero. Por fin apartó la daga de su abdomen, pero solo para acercársela a la cara.

—Vuelve a intentar engañarnos y te abro una boca nueva. Ris, ras, de oreja a oreja —dijo, moviendo la punta del cuchillo para ilustrar sus palabras—. Ya te he dicho que sabemos a qué has venido.

—Tu esclavo nos lo ha contado todo —terció Eubúlides—. Sabemos lo de la laguna Criptolimne. Sabemos también que en ella hay un tesoro que deja pequeño al erario del templo de Saturno.

—¡El padre de todos los putos tesoros! —dijo Cluvio.

Eubúlides sacudió la cabeza con tristeza fingida y añadió:

—Es lo malo de los eruditos, que os empeñáis en ponerlo todo por escrito.

«Pero si Cleandro no era capaz de leer mi…».

Artemidoro no llegó a completar el pensamiento.

¡Qué ingenuo había sido! Se había creído más sagaz que nadie, trazando sus planes en secreto, cuando el listo era Cleandro, que fingía delante de él. ¿Cuántas veces habría leído su diario mientras él dormía?

«Imbécil de mí, imbécil de mí». Se habría abofeteado, pero no quería darles ideas a esos individuos.

Lo único que le hacía concebir esperanzas de salir con vida de aquel callejón era que en el diario solo mencionaba que la laguna se hallaba entre Carcasona y Tolosa, sin dar más precisiones.

Ahora comprendía por qué Eubúlides le había sugerido que lo acompañara, precisamente, a Tolosa.

Debían de saberlo todo desde antes, incluso, de abordar el barco.

Eso solo podía significar que detrás de aquella conspiración estaba…

—¿Cuánto os paga Servilio Cepión?

Lamponio y Cluvio se echaron a reír, mientras que la manera en que Eubúlides alzó una ceja sugería que con él, al menos, había dado en el clavo.

—Nosotros no tenemos nada que ver con ese figurín de pelo perfumado —respondió Lamponio.

—Un respeto a mi patrón —dijo Eubúlides, corroborando la sospecha de Artemidoro.

—Entonces, ¿es Gayo Mario quien os paga? —aventuró Artemidoro. Le extrañaba mucho que fuera él, pero en ese momento no se le ocurría nadie más.

Al fin y al cabo, Mario había tenido en su casa durante más de dos meses los últimos volúmenes de sus Historias , donde Artemidoro hablaba del tesoro.

Por otra parte, era el amo de Cleandro.

¿Por eso había mostrado tanto interés en cedérselo como acompañante? ¿A sabiendas de que lo iba a traicionar?

Artemidoro no tenía a Mario por un hombre codicioso, pero sí ambicioso.

Si lograba hacerse con el tesoro y lo llevaba a Roma para consagrarlo en el templo de Saturno, sería un golpe de efecto insuperable.

Se convertiría en el mayor benefactor de la historia de la República, por encima incluso de Átalo, el soberano de Pérgamo que legó su reino al pueblo romano e inundó de oro la ciudad.

—¿Gayo Mario? —dijo Cluvio, con una mueca de asco—. Ya serví a sus órdenes en Hispania y no volveré a hacerlo en mi vida. ¡Valiente hijo de puta, cómo disfrutaba jodiéndonos la vida!

—Deja ya de hacer preguntas —dijo Lamponio, agarrando el cuello de Artemidoro y poniendo el puñal de nuevo en su estómago—. Lo que queremos son respuestas. ¿Dónde está esa puta laguna, Cristolina o como se llame?

—Criptolimne —lo corrigió Eubúlides.

Extrañamente, Artemidoro se había calmado un poco. Sus tripas ya no amenazaban con vaciarse, y notaba que sus latidos no eran tan rápidos. Estaba asustado, sí. Pero no tanto como en la noche de los idus.

Aquella noche su miedo era por Urania.

Ahora solo estaba él. Su vida ya no poseía demasiado valor.

Salvo para el designio que lo impulsaba.

Él lo protegería.

—No es fácil de explicar —respondió—. No es como un cruce de calles en el Argileto o el Foro, que pueda deciros «primero a la derecha» y después «la tercera a la izquierda».

—¿Te estás haciendo el gracioso?

Los dedos de Lamponio le apretaron el cuello. Tenía aún más fuerza de lo que había imaginado Artemidoro. Debía de estar comprimiéndole las arterias, porque Artemidoro sintió que su sempiterno tinnitus se hacía más agudo y la visión se le empezó a nublar.

—¡Idiota, si haces eso no podrá hablar! —dijo Eubúlides.

—¿A quién llamas idiota, griego de mierda? —replicó Lamponio.

Aun así, aflojó la presión. Artemidoro respiró hondo un par de veces y respondió:

—No pretendo hacerme el gracioso. Solo quiero decir que ni este lugar ni estas circunstancias son propicios para que os dé las explicaciones necesarias.

Lamponio sacudió la cabeza a ambos lados. A juzgar por cómo se le hinchaba una vena en la frente, estaba enfureciéndose por momentos.

—Qué listo te crees. Tú, que sabes tantas cosas, ¿sabes también las ganas que me están entrando de abrirte un agujero en la barriga, sacarte las tripas y estrangularte con ellas?

—Si me matáis, no podré deciros dónde está lo que buscáis.

—Depende de lo que tardemos en matarte —dijo Cluvio, agarrando la muñeca de su compañero para evitar que se dejara llevar y le clavara el cuchillo a Artemidoro—. No te haces idea de lo que llega a confesar alguien en cuanto le arrancan la primera tira de piel.

—Y la segunda —masculló Lamponio entre dientes.

—¿Te acuerdas de lo que hablamos de tu amigo Graco?

Artemidoro asintió. Empezaba a sospechar que ninguno de ellos había sido jamás partidario del tribuno asesinado.

—¡Si hubieras oído cómo gritaba cuando le echamos plomo fundido en la boca! Parecía un gorrino en la matan…

Cluvio no llegó a terminar la frase.

Durante un instante, en un gesto de perplejidad casi cómico, sus ojos se abrieron tanto que el blanco de la esclera rodeó por completo los iris.

Se llevó la mano al cuello. Tenía algo clavado debajo de la oreja. Una daga de un tipo peculiar que Artemidoro no había visto nunca. El mango era de hierro y la hoja presentaba unos extraños orificios.

El arma no estaba allí un par de segundos antes.

Alguien la había arrojado desde la bocacalle. Artemidoro no pudo comprobar quién, porque la mano de Lamponio seguía agarrándole el cuello y no le permitía mirar en esa dirección.

Cluvio tiró de la daga y la extrajo.

Con ello únicamente empeoró su situación.

Al ver la sangre brotar a borbotones, Artemidoro comprendió que la hoja debía de haberse hundido en la base de la mandíbula y seccionado la carótida.

Cluvio se aferró a la túnica de Lamponio. Este, al verse salpicado de sangre, soltó por fin a Artemidoro y trató de sostener a su compinche, pero no pudo evitar que se le doblaran las rodillas y acabara desplomándose boca abajo.