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Era el segundo día que Artemidoro pasaba prácticamente encerrado en la biblioteca.
Conforme la luz del día se iba apagando hasta extinguirse, había tenido que pedir que le encendieran velas para seguir copiando y tomando notas.
El funcionario que lo atendía, el único que quedaba ya a esas horas en la biblioteca, le insistía cada poco rato en que era tarde y tenía que cerrar.
En cada una de esas ocasiones, extendía sin demasiado disimulo la mano izquierda, y Artemidoro correspondía al gesto depositando en su palma abierta un denario de plata.
Consultar la obra en la que Piteas relataba su exploración le estaba saliendo más caro que el alojamiento y las comidas en la posada de Iris. Pero, bien mirado, ¿para qué quería el dinero, si no era para cumplir el designio por el que había emprendido el viaje?
La carta de pago firmada por Pomponio representaba mucho más dinero del que había traído encima. Su intención era acudir al tal Pílades, uno de los miembros más acaudalados de la oligarquía de timoûkhoi que controlaba la ciudad, para cobrar parte de la suma comprometida en aquel pagaré.
No todo. A no ser que Pílades incluyera monedas de oro al entregarle el dinero, seis mil denarios de plata debían de pesar más de setenta libras, y eso sin contar con lo que traía ya en metálico de Roma.
No tenía la intención de viajar con tanta carga, más por el impedimento que suponía que por su propia seguridad.
Aunque recorrer solo las tierras del norte —e incluso cualquier calzada de Italia— con tanto dinero encima era un peligro, estaba convencido de que las fuerzas que orientaban sus pasos lo protegerían.
¿Los orientaban? Era una forma muy atenuada de decirlo. «Gobernaban» habría sido más preciso.
Artemidoro no se hacía ilusiones de ser el jugador que controlaba la partida, sino tan solo una pieza más en un enorme tablero de latrunculi controlado por las manos de las Moiras, Parcas, Brannas o como quisieran llamarse.
Si es que las tres no eran también piezas manejadas por una fuerza primordial, más poderosa e inclemente aún que ellas.
Al pensar en las tres mujeres a las que había visto trenzar vísceras humanas en el telar de su visión, se acordó de un pasaje del cuarto volumen de Sobre el Océano que había leído el día anterior.
No era un texto nuevo para él. Ya le llamó la atención años antes, cuando lo encontró en la copia de Piteas que estaba consultando en Alejandría.
Entonces lo desdeñó como una superstición sin valor científico, aunque terminó incluyéndolo en su Geografía como anécdota curiosa para solaz de los lectores, junto con una nota escéptica.
Ahora veía las cosas de otra manera.
Abrió el volumen, lo desenrolló hasta encontrar el pasaje en cuestión y lo copió entre sus notas.
La isla de Sena, que se halla frente a las costas de los ostimios, en el extremo de Bretaña, es famosa por su oráculo.
Lo atienden nueve sacerdotisas que lo mantienen puro gracias a su perpetua castidad.
Las llaman Galizenas, y se cree que poseen una magia extraordinaria con la que pueden invocar a voluntad el mar, el viento y la niebla.
Pueden transformarse, asimismo, en cualquier animal que decidan y sanar males que ni los mejores médicos sabrían curar.
En un largo periplo que lo llevó, años antes, desde Masaba hasta las costas de Britania, Artemidoro había llegado a avistar aquella isla diminuta.
De lejos, porque el capitán se negó a acercarse a ella.
Según las leyendas, en Sena habitaban unas brujas que, a la manera de las sirenas, atraían a los marineros con sus hechizos para que naufragaran contra los traicioneros escollos que rodeaban la isla.
Sacerdotisas vírgenes con poderes mágicos, brujas maléficas: todo dependía del punto de vista que se adoptara.
El pensar en ese supuesto control sobre los elementos, Artemidoro recordó sus visiones.
Guerreros cimbrios surgiendo de la niebla.
De modo que copió aquel pasaje. Quizá, más adelante…
Toda fuerza, natural o sobrenatural, benéfica o malévola, que pudiera reclutar contra la todopoderosa Roma sería bienvenida.
Por fin, se dio por satisfecho y enrolló el papiro donde llevaba dos días seguidos copiando y anotando, sin apenas detenerse para comer.
Notaba agarrotada la muñeca derecha, y también los dedos que sujetaban la pluma, le dolía la pierna mala e incluso las posaderas después de tantas horas sentado, y le escocían los ojos.
Tenía ya toda la información útil que había podido extraer de la obra de Piteas. Le habría gustado copiar también lo relativo a Britania, a Ierne [15] y a la remota Thule, pero no era en ninguno de esos lugares donde iba a encontrar a los cimbrios. Y, si había de guiarlos contra Roma…
Él los mandará.
Yo los inspiraré.
Tú los guiarás.
… tendría que ser a través del corazón de Europa, cruzando la vasta selva Hercinia, no por aquellas islas del Océano.
Tras entregarle una última propina al bibliotecario —por no llamarla soborno, que era otro de los delitos expresamente prohibidos por las leyes de Masalia—, Artemidoro se echó al hombro la capsa, el cilindro de cuero donde llevaba los papiros y el recado de escribir, y se dirigió a la salida.
Cleandro, tendido sobre un banco de madera, se había quedado dormido bajo una estatua doble que representaba a Protis, el colono foceo que fundó la ciudad, tomando de la mano a Giptis, la princesa gala con la que se había desposado.
Al ver cerrados aquellos párpados tan tersos y redondos, rematados por unas pestañas casi femeninas, las facciones relajadas por el sueño y los labios carnosos ligeramente entreabiertos, parecía aún más joven de lo que era, apenas un muchacho.
En la flor de la edad y la belleza, como debía de estarlo el bello Ganímedes cuando Zeus se convirtió en águila para raptarlo y llevárselo al Olimpo.
Aunque le daba pena despertarlo y estropear una imagen tan plácida, Artemidoro le apretó el hombro, lo movió con suavidad y pronunció su nombre.
El joven se levantó de un respingo, como un centinela que se hubiera quedado dormido en su puesto y oyera de repente una corneta de alarma.
Hay mucha gente que se sobresalta cuando la espabilan de golpe. Pero Artemidoro no había sido tan brusco como para provocar esa reacción.
Cleandro llevaba ya mucho tiempo así, con los nervios alterados, como una catapulta en tensión, esperando el momento de disparar su proyectil.
«En cuanto yo me vaya podrás huir, que sospecho que es lo que quieres», se dijo Artemidoro.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—Ya es de noche. Tenemos que volver a la posada.
El muchacho resopló varias veces seguidas, como un atleta olímpico preparándose para arrojar el disco, y se levantó frotándose los ojos. Luego recogió la antorcha que había dejado junto al banco y le pidió al bibliotecario que la encendiera con la vela que traía en la mano.
—Déjame eso, señor, que yo te lo llevo —dijo, tendiendo la mano para coger la capsa.
Artemidoro estuvo a punto de entregarle el estuche. Pero, en un impulso de esos que uno mismo no sabe explicar, se lo volvió a colgar, atravesándolo sobre el pecho y tapándolo después con el manto.
—No pesa, no te preocupes.
El bibliotecario extendió la mano en una última solicitud de propina que Artemidoro ignoró. Refunfuñando, como si no hubiera ganado en esos dos días tanto como el consejo de los Quince le pagaba en un mes, cerró las puertas tras ellos. Artemidoro aún tuvo tiempo de escuchar su despedida.
—Tanto descanso lleves como me dejas a mí, pedazo de…
No llegó a oír la última palabra, apagada por el rechinar de la pesada tranca al encajar en las argollas de la puerta. Sospechaba que no sería ningún cumplido.
Atravesaron el ágora. La noche era fresca, y soplaba un aire frío y seco que venía del interior, más propio del invierno que de principios de la primavera.
Artemidoro levantó la mirada. A juzgar por la posición de la luna creciente, debía de ser ya la cuarta hora de la noche. Más tarde incluso de lo que había calculado mientras estaba en la biblioteca.
Algunas cosas habían cambiado en los últimos meses, otras no. Cuando hundía la cabeza entre libros, seguía perdiendo la noción del tiempo.
Masaba, o al menos aquella parte de la ciudad, dormía.
Con todo, el silencio no era total. Desde el puerto pesquero —el más cercano al ágora, aunque no lo alcanzaban a ver desde allí— les llegaban los sonidos de la marea lamiendo la arena y meciendo los botes, el crujido de los cascos y los pilares de los embarcaderos, el chasquido de los amarres al tensarse, los chillidos dispersos de las gaviotas.
Era como si el mar siguiera respirando en la oscuridad.
De ahí hasta su alojamiento les quedaba una buena caminata.
De día, Artemidoro habría preferido bajar hasta la bahía y continuar el camino cerca de la orilla.
Pero a esas horas, se sentía más seguro recorriendo la avenida de Focea, la más larga y ancha de la ciudad, que la atravesaba entera desde el ágora hasta la puerta oriental de la muralla.
Allí, aunque fuera tan solo a la luz de la antorcha y del resplandor de la luna, les sería más fácil anticipar un encuentro indeseado.
Cuando llevaban recorridos unos cuatrocientos pasos, pasadas las atarazanas, abandonaron la avenida y torcieron a la derecha para callejear hasta la posada.
Fue entonces cuando ocurrió.
En la segunda encrucijada, al adentrarse en una travesía angosta, Cleandro lo sorprendió dándole una patada al bastón.
Artemidoro, que por caminar deprisa se estaba apoyando con más fuerza de lo habitual en la empuñadura, no calculó bien la pisada, trastabilló y dio de bruces sobre el suelo de tierra, sembrado de piedrecillas.
Sin decir nada, el joven esclavo echó a correr hacia el otro extremo de la calle, hasta desaparecer doblando la esquina de la izquierda. La antorcha, que había arrojado en su huida, rodó unos pasos hasta detenerse a poca distancia de Artemidoro, sin dejar de arder.
Así que Cleandro, al final, había decidido escaparse.
Que lo hiciera, pues. Era su problema. Artemidoro pensaba marcharse de Masaba al día siguiente.
No necesitaba a ese ingrato.
Aun así, se sintió dolido. No tanto por la caída —se había pillado la mano derecha entre el bastón y el suelo, se había arañado la palma de la otra y tenía la rodilla raspada— como por la decepción.
No creía merecer aquello. El muchacho podía haber elegido otro momento para escapar, esperar a que él estuviera dormido, incluso dejarle una nota.
Pero ¿hacerle tropezar y dejarlo tirado en un callejón en plena noche? Era una crueldad gratuita.
«No seas estúpido, podía haber sido mucho peor», se dijo. Por ejemplo, Cleandro habría podido degollarlo en la cama.
Mientras palpaba en el suelo buscando el puño del bastón, oyó pasos detrás de él, y también voces.
—¡Apolonio! ¿Qué te ha ocurrido, buen amigo?
Incluso antes de verlo, reconoció la voz de Eubúlides. El griego se agachó junto a él y le metió las manos bajo las axilas para ayudarlo a incorporarse. No parecía la mejor forma de hacerlo, dada la diferencia de estatura a favor de Artemidoro.
Cuando se quiso dar la vuelta para darle las gracias, Eubúlides giró con él, agarrándole con más fuerza.
—¿Qué haces? —preguntó Artemidoro, perplejo.
Entonces comprendió que algo no iba bien.