Sertorio, el elegido de la diosa blanca 40
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Cuando oyó las voces de los nuevos huéspedes y creyó identificar algunas de ellas, Stígmata se acercó con cuidado a la puerta de la cocina.

Sabía que la cortina de conchas marinas lo taparía de la vista lo suficiente para que no repararan en él o, al menos, para que no distinguieran sus rasgos.

Apartando un par de tiras, con cuidado de que los caparazones de madreperla no tintinearan, asomó un ojo.

—¿Qué haces? —preguntó Herodas.

Él se limitó a hacerle un gesto para que se callara y siguió observando.

Tal como estaban situados los recién llegados, de pie ante la mesa donde Melitón iba apuntando sus nombres y su procedencia, quedaban en perpendicular a la puerta de la cocina, de manera que Stígmata podía ver sus rostros de perfil.

Lo suficiente para reconocerlos.

Allí estaba Artemidoro, el hombre al que había dejado con Rea y su bebé cuando huyó de Roma. Lo acompañaba un joven que tenía todas las trazas de ser su criado.

Había tres hombres más. A uno de ellos, el bajito con el pelo rizado, no lo conocía de nada. Pero a los otros dos sí.

Esbirros de Septimuleyo.

¿Qué hacía Artemidoro en compañía tan poco recomendable?

¿Cómo habían logrado los Lavemos dar con su paradero?

Cuando los nuevos huéspedes subieron por la escalera que llevaba a la planta superior, Stígmata dejó pasar un intervalo prudencial, le dijo a Herodas que volvía enseguida y salió de la cocina para hablar con Melitón.

—¿Con qué nombres se han inscrito esos viajeros?

—Con los suyos, imagino.

El muchacho sabía leer y escribir, pero lo hacía con una lentitud que podía resultar exasperante. Stígmata le dio la vuelta a la tablilla y comprobó los nombres por sí mismo.

Aquel era uno de los beneficios por los que le debía gratitud a Evágoras.

Sabía leer y echar cuentas, y poseía conocimientos varios sobre el mundo que existía más allá de los bajos fondos donde se movía.

El maestro, al comprobar la capacidad de Stígmata para asimilar todo lo que le iba enseñando, decía de él que era como un hermoso árbol frutal creciendo en medio de un basurero.

—Apolonio de Colofón, con su esclavo Cleandro —leyó—. Eubúlides de Posidonia. Gayo Cluvio y Tiberio Lamponio, de Roma.

Apolonio tenía que ser Artemidoro. ¿Por qué habría ocultado su verdadero nombre? ¿Y qué demonios hacía en Masaba?

Sin duda, Eubúlides era el tipo del pelo rizado. En cuanto a los dos esbirros de Septimuleyo, Cluvio y Lamponio, ni siquiera se habían molestado en disimular sus nombres.

Eso lo llevó a pensar que tal vez no venían tras él. De ser así, habrían utilizado algún alias para no alertarlo.

En cualquier caso, los vigilaría.

Por el momento, regresó a la cocina y continuó con su tarea, sin dejar de vigilar la puerta. Raro sería que entraran, pero la precaución nunca estaba de más.

Cada poco rato se pasaba la mano por la barba, aplastando los pelos como si así consiguiera borrar mejor sus cicatrices. Era un tic que había adquirido y que procuraba evitar, porque sospechaba que llamaba más la atención sobre lo que quería disimular.

En todo caso, aunque las marcas no fueran apenas visibles, aquellos hombres conocían lo bastante bien su rostro como para no dejarse engañar por el hecho de que se hubiera dejado crecer la barba.

Por la noche, ya en la cama, Iris le dijo:

—Te ocurre algo.

—¿Por qué dices eso?

Ella cogió su mano, se la llevó a uno de sus pechos e hizo que lo apretara. Eran más pequeños que los de Berenice, pero firmes y muy sensibles. Se parecían más a los de Rea (aunque no tal como los había visto la última vez, hinchados por el embarazo).

Iris, de hecho, le recordaba a Rea. No en el resto del físico, porque la esposa de Tito Sertorio tenía el cabello trigueño en lugar de pelirrojo, sus ojos eran ámbar y no azules, y cuando se desnudaba…

Existían otras diferencias, claro está. Pero la hospedera era, en cierto modo, la imagen de lo que habría podido ser Rea si no perteneciera a una familia acomodada y hubiese tenido que buscarse la vida.

—Lo digo porque te has metido conmigo en la cama y ni siquiera me has tocado —respondió Iris.

Stígmata había pensado en esperar a que ella se quedara dormida. Entonces saldría de la alcoba y subiría a su cuarto para recoger sus cosas y largarse de allí.

Al acariciarla, notó cómo reaccionaban tanto el cuerpo de ella como el suyo. Cuando hacían el amor, ella tardaba menos en dormirse, y su sueño era más profundo. Muy apropiado para huir sin que ella lo advirtiera.

Y así ocurrió ahora.

Tras terminar, Iris se quedó tumbada de costado, abrazada a él y con una pierna sobre las suyas. Al cabo de un rato, su respiración se hizo más profunda, intercalada con ronquidos muy suaves que, en circunstancias normales, a Stígmata lo adormecían en lugar de desvelarlo.

Ahora, sin embargo, no era capaz de cerrar los párpados más de unos segundos. Su cabeza se había convertido en un caldero donde bullían imágenes y pensamientos, memorias y proyectos.

¿Qué debía hacer a continuación?

¿Recoger su dinero del templo de Apolo y huir de Masalia?

Con los ojos clavados en el techo, donde la llama de la única vela encendida proyectaba juegos caprichosos de luz y sombras, Stígmata se dio cuenta de que no quería marcharse.

Eso no significaba que pretendiera quedarse allí para siempre, pero…

No estaba dispuesto a renunciar a lo que tenía. Aunque llevaba poco tiempo en Masalia, se había acostumbrado a esa vida sencilla y, en general, placentera.

Le gustaban los olores y los colores del mar, ese mar por el que de niño le preguntaba constantemente a Berenice.

Le gustaba salir de la ciudad para bañarse y nadar entre los riscos.

Incluso estaba aprendiendo a bucear con un joven pescador de esponjas, Lisis, con quien había trabado cierta amistad.

Él le había enseñado el truco de esparcir aceite en la superficie del agua para que la luz del sol penetrara mejor, y así podía disfrutar del espectáculo que ofrecía el relieve cambiante de las rocas, cubiertas de algas, esponjas y anémonas —criaturas de las que nunca había oído hablar—, mientras observaba fascinado a los peces de colores metálicos que se deslizaban entre ellas.

Le gustaban también las calles de Masalia, distintas y a la vez parecidas a las de Roma, con sus aceras estrechas —cuando las había—, los plátanos y las moreras que empezaban ya a echar hojas, y el rumor constante de pasos y voces.

Los primeros no eran tan apresurados como en Roma, donde parecía que todo el mundo llegaba tarde a no se sabía dónde, mientras que las segundas sonaban con una musicalidad distinta, menos estridente, aunque a veces se expresaran en las mismas lenguas.

En cuanto a los edificios, allí se alternaba la riqueza de las mansiones donde moraba la élite de los seiscientos timoûkhoi con las casuchas apiñadas del resto de la población, pero sin las feas y enormes moles de las ínsulas que él tan bien conocía.

Cuando subía al mirador del templo de Apolo, le bastaba girar sobre los talones para contemplar toda la ciudad extendida bajo sus pies al sur, los frondosos montes que la rodeaban al este y al norte, y el archipiélago que emergía entre el cabrilleo de las olas al oeste.

Aun sin salir de la posada, le gustaba trabajar en la cocina.

Mientras picaba y pelaba, observaba de reojo a Herodas y, poco a poco, se iba quedando con sus trucos y sus recetas.

Él, que había dedicado casi toda su vida a la destrucción —en concreto, de vidas humanas—, empezaba a plantearse hacer algo muy distinto: producir, crear, aunque fuera algo tan aparentemente humilde como platos de los que otros pudieran alimentarse.

Acarició los cabellos de Iris, que seguía respirando sobre su pecho, y se dijo que, sobre todo, le gustaba estar con aquella mujer.

Hasta el momento, no había tenido que recurrir a la violencia.

Una taberna no solía ser el lugar más tranquilo ni más pacífico del mundo, y menos en un puerto tan ajetreado y concurrido como el de Masalia.

Pero Iris se las arreglaba bien para mantener el orden y, en cualquier caso, ya contaba con su propio matón, un galo grandote, calvo y barbudo llamado Avelio.

Por más frío que hiciera, vestía siempre una túnica sin mangas para exhibir los músculos de sus brazos, que solía cruzar en una pose estudiada de modo que parecieran incluso más abultados, mientras vigilaba a la clientela desde su rincón, con la barbilla alzada y la boca curvada hacia abajo en una suerte de sonrisa vuelta del revés.

Tenía mucha fuerza, y la demostraba a veces llevando en volandas a borrachos y pendencieros hasta la puerta, abriéndola con sus cabezas a modo de ariete y arrojándolos a la calle.

En opinión de Stígmata, había más fachada en Avelio que peligro real.

Si alguna vez se veía obligado a pelear con él con las manos desnudas, estaba convencido de que no le duraría ni tres latidos.

Pero cumplía su función y mantenía la paz en la taberna.

Así, Stígmata podía permitirse seguir siendo un pacífico pinche, sin tener que usar las manos para otra cosa que no fuese manejar los utensilios de cocina.

O dar placer a la dueña de la posada.

«No pienso irme de aquí. No voy a huir otra vez».

Se le estaba durmiendo el brazo bajo el cuerpo de Iris. Con cuidado de no despertarla, lo deslizó poco a poco hasta sacarlo. Después se apartó de ella despacio para no causar sacudidas en el colchón, plantó los pies sobre la estera de cañas al pie de la cama y se levantó.

Que no pensara irse no significaba que no fuera a hacer sus pesquisas sobre los recién llegados.

Ya vestido, subió a su habitación, que estaba justo encima de la cocina —era la más caliente de la posada—, abrió el arcón y cogió el puñal y las dagas arrojadizas.

Por el momento, prefería no andar por ahí con espadas.

Pero mucho se temía que eso podía cambiar.