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(Raramente se permitía ser esto último. Había tenido que cuidar de sí misma desde muy pronto, ya que su madre los abandonó a ella y a su padre para regresar con los saluvios, su tribu, cuando ella era apenas una niña.
Desde entonces se había convertido en una mujer práctica, poco tolerante con las debilidades ajenas, y aún menos con las propias, que gobernaba la posada con un imperium que ya habría querido más de un cónsul).
Entre unas cosas y otras, Stígmata había terminado quedándose allí más tiempo del previsto.
Al principio, pensaba en Masalia tan solo como una parada breve antes de embarcar hacia Hispania y seguir viendo mundo.
Pero la belleza del mar y del paisaje que rodeaba la ciudad, el bullicio controlado de la posada y, sobre todo, la presencia de Iris lo anclaron allí antes de que se diera cuenta.
Problemas de dinero no tenía, ni para marcharse ni para quedarse.
El que traía de Roma, robado de casa de los Sertorio, lo había consignado en las cajas blindadas del templo de Apolo Delfinio.
De vez en cuando acudía allí, presentaba una ofrenda al dios para tener contentos a los sacerdotes que custodiaban los depósitos y comprobaba que todo seguía en orden.
Por el momento, no le había hecho falta retirar más fondos.
Desde que trabajaba en la cocina Iris no le cobraba ni el cuarto —que conservaba incluso después de compartir alcoba con ella— ni la manutención.
Allí estaba bien. Sin ser una vida de lujos, era mucho mejor que la existencia que había llevado hasta entonces, primero en el apartamento de la ínsula Pletoria que compartía con decenas de niños y de niñas, pequeños mendigos y delincuentes bajo la férula del viejo Albucio, y después en el hórreo de Laverna con Septimuleyo, un personaje deleznable de quien lo único que se habría podido alabar era la ausencia.
Aunque a menudo se acordaba de Berenice y de la pequeña Sierpe, empezaba a acomodarse en un estado, entre el bienestar y la paz, que bien podría confundirse con algo parecido a la felicidad.
Una felicidad que, hasta entonces, no era para él sino una entelequia que únicamente existía en un mundo ajeno al suyo.
Allí no se hacía llamar Stígmata. Por más millas que hubiera entre Masaba y Roma, ambas ciudades se hallaban a pocos días de navegación.
Igual que arribaban al puerto casi a diario barcos de la urbe, había asimismo un flujo constante de naves que realizaban la travesía contraria.
Lo último que le interesaba era que algún viajero de Masalia amarrara en los muelles del Tíber mencionando que había oído hablar de un tal Stígmata.
Por eso, cuando Melitón, el mozo que llevaba el registro de huéspedes, le preguntó cómo se llamaba, él respondió con un nombre a medias real y a medias ficticio, Marco Pitio, parecido al que se veía grabado en su medallón.
Como nunca se desprendía de aquel colgante, en la segunda noche que pasó con Iris, ella leyó a la luz de las velas los caracteres grabados en la superficie de plomo, LVCIVS· ΠΥΘΙΚΟΣ .
—Lucio Pítico.
—Eso pone.
—Pero no es así como has dicho que te llamas.
—Es un recuerdo de familia.
—¿Se llamaba así tu padre?
—No me gusta hablar de mi padre.
Iris se le quedó mirando a los ojos. Era evidente que se daba cuenta de que él le ocultaba cosas. Después de un rato de silencio, en lugar de seguir interrogándolo, dijo:
—Voy a confiar en ti.
—Es peligroso confiar en otros —respondió él. En toda su vida solo se había permitido ese lujo con otra persona, con Berenice.
Lo de Sierpe era distinto. No dejaba de ser una niña.
En respuesta, Iris lo besó, le mordió el labio y tiró de él con los dientes antes de soltarlo justo en la frontera lindante con el dolor.
—Hay algo más peligroso. Traicionar mi confianza.
—Lo sé —contestó él.
De momento, no se decidía a contarle todavía a qué se dedicaba en Roma. Tal vez algún día lo haría, tal vez no.
Ella había reparado en sus cicatrices. Aunque Stígmata se dejaba crecer la barba para disimularlas, seguían apreciándose si uno miraba lo bastante de cerca, como era el caso de Iris.
—Supongo que tampoco te gusta hablar de ellas.
Él no respondió.
Era obvio que unas marcas como esas, simétricas y casi perfectas, no podían ser resultado de un accidente, ni siquiera de una pelea callejera o de una batalla campal.
Para infligirle dos heridas como las que recorrían la parte inferior de sus mejillas, alguien tenía que haberlo inmovilizado, a no ser que él mismo hubiera permitido que le marcasen la cara.
La verdad era que el viejo Albucio lo había sujetado con una mano, sentado entre sus piernas, mientras con el pico de un trozo de vasija le dibujaba primero una curva y luego otra.
Él se resistió, lógicamente. Pero con poco más de cuatro años, poca fuerza podía oponer incluso a una ruina desvencijada de hombre como Albucio.
Iris tuvo la delicadeza de no preguntarle ni quién ni cómo le había dejado esas cicatrices. O, como dijo ella en su griego paterno, esos stígmata .
Tampoco le preguntó qué había en el arcón blindado de su aposento.
Stígmata guardaba en él un pequeño arsenal.
Sus dos espadas, un puñal y dos dagas arrojadizas, a las que había recurrido por última vez para acabar con la agonía de Gayo Graco mientras los secuaces de Septimuleyo le vertían plomo fundido en la boca.
En Masalia estaban prohibidas las armas. Si uno quería entrar en la ciudad con ellas, como había hecho Stígmata, tenía que sobornar a los funcionarios que, o bien en el puerto o bien en las puertas de la muralla, tomaban nota de los extranjeros que llegaban.
Así funcionaba todo en Masalia. En teoría, las normas eran muy estrictas.
En la práctica, las prohibiciones se solventaban con multas.
Por ejemplo, Iris pagaba todos los meses veinte monedas de plata —daba igual que fueran denarios o dracmas, los funcionarios no eran remilgados— a cambio de que las mujeres de la taberna, ella incluida, pudieran beber vino, pese a que las leyes grabadas en bronce en el ágora lo prohibían en nombre de la moral pública.
Por el momento, Stígmata no había sacado las armas del baúl salvo para aceitarlas y evitar que se oxidaran. Ni siquiera llevaba encima el puñal, confiando en que, si surgía algún problema, se las arreglaría con el muestrario de cuchillos de la cocina.
Pero eso podía cambiar.
Sobre todo, desde el momento en que llegaron los hombres de Septimuleyo.