39
Cuando huyó de Roma, Stígmata sabía que su pasado lo encontraría algún día.
No pensó que ocurriría tan pronto.
El cuarto día antes de las nonas de abril, cinco viajeros entraron a la posada de Iris para pedir alojamiento.
De ellos, conocía a tres.
Demasiada casualidad como para sentirse tranquilo.
Por fortuna para él, cuando aquellos hombres se presentaron en la sala que hacía las veces de taberna y recepción, no se encontraba allí, sino en la cocina. Acababa de trocear un cordero y estaba cortando verduras y hortalizas que Herodas, el cocinero, usaría después para los platos de la cena.
En aquel lugar, Stígmata había hallado un nuevo uso para su destreza con todo tipo de armas e instrumentos.
En vez de utilizarla para blandir espadas y herir con ellas a sus rivales en puntos no vitales —o sí, según le ordenara Septimuleyo—, la empleaba para filetear pescado, partir carne, pelar cebollas y calabacines o picar en trocitos diminutos puerros, ajos y nueces.
Ya desde su primer día en la cocina se las apañaba mejor que Mosco, el marmitón al que Iris despidió por robar provisiones de la despensa y revenderlas en el mercado.
Desde entonces había progresado aún más.
Era capaz de despellejar y trocear un conejo o de desescamar y limpiar un mújol en menos tiempo del que otro tardaría en afilar el cuchillo.
Con la ventaja de que la cocina de la posada no era como el Foro Boario, donde los espectadores que pagaban por verlo combatir lo abucheaban si hacía morder el polvo a su adversario demasiado pronto y los privaba de un rato de diversión.
Aquí el público era muy reducido. El que pasaba más tiempo con él era Herodas, el cocinero siciliano. Lógicamente, le convenía que su nuevo pinche le preparase el material cuanto antes. Por eso, no solo no ponía objeción ninguna a su velocidad con los cuchillos, sino que la elogiaba.
Herodas, que se creía un artista de los fogones y era tan vanidoso como un actor, tenía el genio vivo y la costumbre de abroncar a sus subordinados con un acento dórico que exageraba como si quisiera recordar a todo el mundo: «¡Oídme bien, soy de Siracusa, la cuna de la buena cocina!
». Sin embargo, había bastado con una mirada silenciosa de Stígmata para que entendiera que a él convenía pedirle las cosas por favor y corregirle los errores con el tono de un maestro benevolente.
También pasaban por allí, entrando y saliendo constantemente, los jóvenes Brico y Filis, que servían las mesas y echaban una mano en la cocina cuando hacía falta.
Filis, en particular, estaba encantada con su nuevo compañero.
No era tanto por la maña que se daba con los cuchillos como por su estatura y sus músculos, a juzgar por cómo se arrimaba a él cada vez que pasaba por detrás y aprovechaba para rozarse con su espalda.
Al principio, Stígmata estaba tan enfrascado en su tarea que apenas reparó en ello, aunque los pechos de la camarera no eran precisamente pequeños.
Cuando los frotes se volvieron tan descarados que era imposible no darse cuenta, pensó en cortarle las alas.
No literalmente, bastante tenía con hacerlo con pollos, tórtolas y perdices.
No llegó a hacer falta. Antes de que él pudiera decir nada, intervino Iris. A la segunda vez que se percató de los restregones de la muchacha, la agarró por una oreja y la sacó de la cocina tirando de ella para echarle un rapapolvo en el patio.
Stígmata alcanzó a oír parte de la reprimenda.
—Nada de tonterías en mi cocina, ¿entiendes? ¡A la próxima, te vendo al primer barco de piratas ligures que pase por aquí!
La advertencia surtió efecto y, en lo sucesivo, la muchacha procuró mantener al menos un palmo de distancia entre su cuerpo y el de Stígmata.
Cuando Iris se ponía seria o se enfadaba —algo que tenía que hacer a menudo, porque regentar una posada de puerto exigía la disciplina de un centurión—, convenía tomarse sus amenazas en serio.
De ello podría haber dado fe su antiguo marido.
Si alguien hubiese sido capaz de localizarlo.
Por lo que Stígmata había oído y luego le corroboró la propia Iris, aquel individuo era un indeseable.
Robaba dinero de la caja siempre que podía, se lo jugaba a los dados y se gastaba lo poco que no perdía bebiendo como un ligur.
(En Masaba los ligures eran el equivalente de los samnitas en Roma, protagonistas de chistes y de comparaciones nunca halagüeñas).
Una noche, harta de los latrocinios y excesos de aquel tipejo, ella sacó un puñal y le dijo que hasta ahí habían llegado.
—Si vuelvo a verte borracho o te atreves a sisarme un solo cobre más, te saco los hígados y se los doy de comer a los cerdos.
Él —que, por cierto, era ligur— no se tomó en serio la amenaza. Envalentonado por el vino, incluso se atrevió a levantarle la mano.
Apenas una hora después, huía de Masalia con el rabo entre las piernas. Y dando gracias de esto último, porque la cuchillada que llevaba en el muslo estuvo a punto de dejarlo tan capado como un sacerdote de Cibeles.
Desde entonces, Iris aseguraba que era viuda a todos los efectos y que no pensaba volver a meter a un hombre en su cama. Como mucho, para un revolcón rápido, y después, a la calle.
Había mantenido su palabra durante cinco años.
Hasta que apareció Stígmata.
Pocos días después de reprender a Filis, Iris, reclinada sobre el pecho de Stígmata por tercera noche consecutiva, le confesó:
—En cuanto vi cómo te refregaba las tetas como una perra en celo, te miré y me dije: «Tiene que ser mío».
—¿Solo por eso? ¿Por evitar que me acostara con ella?
Hablaban a ratos en latín, idioma que Iris manejaba con cierta soltura, y a ratos en griego, lengua en la que Stígmata intentaba mejorar.
—La verdad es que cuando te vi en la cocina manejando los cuchillos como un malabarista, pensé: «¿Qué más sabrán hacer esas manos?».
—¿Solo por eso? —insistió él—. ¿Por las manos?
Ella se rio y, con las suyas, le agarró aquello que había estado a punto de cortarle al marido huido y, desde su punto de vista, difunto.
—Mira que puedes ser tonto —le dijo.
Ahí terminó, por el momento, la conversación.
Iris tendía a ser reservada, un rasgo que tenía en común con Stígmata. Poco a poco, sin embargo, fue desgranándole en pequeñas dosis lo que había visto en él, un extranjero recién llegado a Masalia, para acogerlo primero en su posada, después en su cocina y, por último, en su cama.
Que Stígmata la atraía físicamente era innegable.
Antes de que se acostaran por primera vez, ya fantaseaba con echar a Herodas y a los demás de la cocina, cerrar el candado y dejar que él la poseyera sobre —o contra— la misma mesa donde exhibía sus habilidades con los cuchillos.
Después, cuando ya habían intimado, aprovechaba la mínima ocasión para tocarlo o rozarse con él, aunque siempre con la discreción suficiente para que no la vieran ni los clientes ni el personal de la posada.
Ella misma le reconoció que al principio lo veía solo como un garañón, un magnífico ejemplar con el que no estaría mal desahogarse.
Pero el concepto que tenía de él se transformó cuando la ayudó con su padre.
Este sufría desde hacía tiempo una enfermedad que, sin ser dolorosa, lo había consumido lentamente hasta dejarlo postrado en el lecho.
A causa de aquel mal, aparentaba veinte años más de su verdadera edad y estaba prácticamente en los huesos.
Un día, el criado que lo levantaba de la cama cayó enfermo con fiebres. Stígmata se ofreció a sustituirlo mientras Iris cambiaba las sábanas, una tarea que ella prefería hacer en persona y no dejar en manos de las sirvientas.
Al verlo coger a su padre en brazos como si acunara a un bebé, con una delicadeza insospechada en alguien de aspecto tan duro, llevarlo hasta la bañera y meterlo en el agua con tanto cuidado como si fuese una figurita de cristal egipcio, comprendió que aquel era un hombre que merecía amanecer junto a ella.
Si Stígmata actuaba así con el padre de Iris no era por llevársela a la cama, aunque eso acabó siendo una consecuencia agradable de sus atenciones.
Sentía debilidad sincera por el anciano, que se llamaba Evágoras, igual que el viejo maestro que le había enseñado mil cosas de niño.
También le recordaba a él por sus facciones afiladas y, sobre todo, por el cabello y la barba, blancos y espesos.
Aunque el pobre hombre sufría demencia y apenas lograba hilar alguna frase coherente, aquellos rasgos le daban cierto aspecto de venerable filósofo griego.
En cuanto a lo que atrajo a Stígmata de Iris, lo primero fue el propio nombre.
Tan breve, de sonoridad tan sencilla y limpia, apenas un leve aleteo de la lengua, una sutil r encerrada entre dos esbeltas íes .
¡Iris! Le hacía evocar las lecciones de mitología que había escuchado, precisamente, del maestro Evágoras: «Iris, hija de Taumante y Electra, la bella diosa que recorre el cielo trazando un arco con su velo multicolor para llevar los mensajes de Zeus de un extremo al otro del orbe de las tierras».
Tal vez por eso decidió alojarse en aquella posada, que no era la más lujosa de Masaba, pero tampoco la más barata.
Para ser sinceros, también le había gustado ella.
Iris era una mujer alta y esbelta, de miembros finos, pero provistos de una fuerza insospechada que demostraba tanto en las tareas de la posada como, más incluso, en la cama.
Su piel clara y su cabello cobrizo eran herencia de su madre gala.
Tenía las facciones marcadas, casi duras, pero las suavizaban un poco los ojos azules, ligeramente oblicuos y con una leve caída hacia las comisuras que a veces, cuando creía que nadie la miraba y relajaba el gesto, le daba un aire entre triste y soñador.