38 - Extractos del diario de Artemidoro
E XTRACTOS DEL DIARIO DE A RTEMIDORO
Ayer, segundo día de abril según el calendario romano, arribamos a Masaba. Es la tercera vez que visito esta ciudad. En las dos ocasiones anteriores llegué por tierra desde Hispania, mientras que ahora lo he hecho por mar.
Hay ciudades que se avistan desde lejos, como Alejandría —¿cómo no divisar la gran luminaria de la isla de Faros?—, Atenas o Siracusa. Masaba, en cambio, es como Brindisi o Cartago Nova, una sorpresa que tarda en revelarse.
Al aproximarnos, tuvimos que sortear los islotes situados al oeste de la ciudad.
Lo hicimos describiendo un amplio rodeo para dejarlos a estribor.
El capitán de la nave, un masaliota de aspecto celta y nombre griego, Egesandro, me explicó que maniobraba así para eludir los arrecifes en los que, desde los tiempos de los fundadores focenses, han naufragado incontables embarcaciones.
Entramos, pues, directamente desde el oeste, empujados por el céfiro, al que aquí dan otro nombre que me dijo Egesandro y que ahora no recuerdo.
Al principio, la única señal de que frente a nosotros había una ciudad eran las dos torres vigía que guarnecen ambos lados de la garganta que brinda acceso al puerto.
Después, al franquear la bocana y penetrar en la alargada bahía de Lacidón, el paisaje se abrió de golpe ante nosotros. Fue como si se descorriera un telón, y la ciudad, hasta entonces invisible, apareciera de pronto a nuestra izquierda, resplandeciente y engalanada bajo el sol del mediodía.
A Cleandro, que al principio parecía decepcionado por lo poco espectacular que prometía ser nuestro destino, se le iluminaron los ojos.
Se volvió hacia mí y, apuntando con el dedo, me preguntó por los lugares más señeros.
Le expliqué que el primer templo que se ve sobre las colinas que dominan la ciudad está consagrado a Apolo Delfinio, mientras que algo más al este se alza otro dedicado a su melliza, Ártemis de Éfeso.
Por debajo de esos templos, la ciudad se extiende a lo largo del lado norte de la bahía, en una curva prolongada, tan suave que casi parece recta.
En la orilla hay embarcaderos y franjas de playa donde varan los botes pesqueros de poco calado.
Adentrándose más en la bahía se hallan unos hangares cubiertos, los neoria , donde se guardan las naves de la poderosa flota de guerra de la ciudad.
Una vez pasados estos enormes cobertizos, al resguardo de un aguzado espigón, se abre el puerto mercante en un entrante perpendicular al Lacidón.
En él desembarcamos.
Me disponía a despedirme de los tres tratantes a los que habíamos conocido a bordo, pero insistieron en que sería mejor buscar alojamiento los cuatro juntos. O los cinco, contando a Cleandro.
(Puedo entender que procuren la compañía mutua, ya que los tres viajan sin sirvientes.
Como ya escribí hace unos días, no conviene viajar solo.
De hecho, me extraña que estos hombres, que no parecen desprovistos de recursos, lo hagan.
Pero ¿quién soy yo para inmiscuirme en asuntos ajenos, cuando no quiero que nadie se entrometa en los míos?).
Habría querido librarme de su compañía, por mucho que la haya disfrutado durante la travesía.
Bastante complicado me va a resultar escabullirme de Cleandro como para dejar que haya más testigos controlando mis movimientos.
Sin embargo, por no parecer descortés ni despertar sospechas de que tengo algo que ocultar, he accedido a buscar alojamiento con ellos.
Así que aquí estamos, en esta posada donde escribo. La propietaria es una viuda joven y atractiva llamada Iris. Al oírla hablar se nota que el griego es su idioma natal, pero su pelo rojizo y sus ojos claros delatan una mezcla de sangre celta nada infrecuente aquí, en Masaba.
La hostería se alza en la primera línea de edificios, prácticamente al borde de la bahía.
Ahora, a la vez que tomo estas notas, me llegan por la ventana los olores del mar: sal, arena húmeda, redes mojadas, madera embetunada con pez y, por supuesto, pescado.
También escucho los chillidos de las gaviotas, aunque de noche no suenan tan estridentes.
Mientras que los otros tres viajeros duermen en la misma estancia, yo he insistido en alojarme en una habitación para mí solo, en el ala opuesta de la hospedería. La comparto con Cleandro. Preferiría no hacerlo, pero sé que resultaría extraño pagar un aposento separado para un esclavo.
Mañana visitaré la biblioteca de la ciudad.
Sin ser tan grande ni estar tan bien provista como las de Alejandría o Pérgamo, posee una sección más que apreciable de tratados geográficos, tanto periplos como corografías.
Lógico, ya que esta es una ciudad de navegantes fundada hace siglos por otros grandes navegantes, los focenses.
Me interesa, en particular, el libro Sobre el Océano . Su autor, Piteas, atravesó las columnas de Heracles en tiempos de Alejandro, circunnavegó Hispania, recorrió las costas de la Galia, exploró Britania y llegó a la remota Thule, tierra que muchos consideran un mito inventado por él.
Entre esos críticos está Polibio, a quien respeto como historiador, pero que como geógrafo y astrónomo no dejaba de ser un diletante.
Según él, Piteas aseguró haber explorado todo el norte de Europa e incluso haber alcanzado los límites del universo —Piteas jamás afirmó esto último—, «cosa que nadie creería aunque la dijera Hermes».
Dejando aparte que la comparación con Hermes, patrón de los mentirosos, no parece muy afortunada, me resulta curioso que Polibio sea tan escéptico con Piteas y tan crédulo con Homero cuando pretende que los viajes de Odiseo, si se los despoja de criaturas fantásticas, fueron reales.
Ay, los viajes de Odiseo…
Me he interrumpido porque mi perro particular ha salido del barril para arrearme un mordisco, recordándome que yo, precisamente, utilicé la crítica de Eratóstenes sobre esos viajes —«Es como buscar al talabartero que cosió el odre de los vientos de Eolo»— para desviar la atención sobre el tesoro de Delfos de todo aquel que pudiera leer mi obra.
«¡Eres un mentiroso!».
Le he dicho que ya lo sé y que se calle un rato.
Yo también debería callarme, así que voy a soltar ya la pluma y apagar las velas.
Cleandro, que duerme en un jergón junto a la puerta, se ha agitado en sueños, murmurando algo.
Cuando llegue el momento, dormirá más tranquilo. Tengo preparada la droga que le suministraré para que no despierte durante casi un día entero. Tiempo más que suficiente para desaparecer sin dejar huella o, como mucho, un rastro difícil de seguir.
Le escribiré una nota, esta vez con la letra bien clara, para que la lea sin dificultad.
En ella le diré que mi intención es viajar por mar a Hispania o incluso a África, y establecerme en algún lugar que esté mucho más lejos de Roma y de gente como Q.
S. C. Le dejaré dinero suficiente para que regrese a casa, e instrucciones para que entregue otra carta lacrada a Gayo Mario.
No quiero que ni él ni su padre sufran represalias por mi culpa.
Descansa los ojos y la mano, Artemidoro, viejo tonto. Mañana tendrás mucho que leer y copiar.