37 - Extractos del diario de Artemidoro #2
Procuro tratarlo bien, pero lo que no podía hacer era obligar a tres hombres libres a compartir mesa con él.
—Por lo menos en tu arcón olería a flores secas o a hojas de ciprés, y no a mierda —respondió Lamponio.
Cuando le preguntamos a qué se refería, contestó:
—El doble de días que este estuvo metido en su arcón, los pasé yo escondido en una cloaca.
Y no en la Máxima, donde te puedes poner de pie y, si no baja muy llena, estar más o menos seco.
No, yo me oculté en el ramal que baja del Quirinal, metido hasta la cintura en agua y mierda. ¡No queráis saber cómo olía aquello!
No fue precisamente una conversación intelectual, pero confieso que alguna que otra carcajada se me escapó y que, por un rato, casi olvidé mis propias cuitas.
En cierto momento en que salí para orinar —la letrina de la taberna olía tan mal como debía de oler la cloaca donde se escondió Lamponio—, Eubúlides me acompañó y me preguntó:
—¿Por qué quieres fundar tu escuela en Masalia? En Roma encontrarías más pupilos, seguro.
—Los aires de la urbe no me sientan bien —le respondí—. Quiero vivir en un lugar al lado del mar.
—Pues no sé qué tal te sentarán los aires de Masalia. Dicen que no hay lugar en el mundo que huela peor que el mercado de pescado a la entrada del puerto.
Como ya he estado antes en Masalia, sé que lo de su mercado es un tópico.
Es peor el olor del Foro Piscario de Roma, sin duda.
Aunque no recuerdo un hedor más infame que el de otro lugar donde no se venden peces, sino carne humana: el mercado de esclavos de Delos.
¡Qué ironía, que la isla donde Leto dio a luz a Apolo y Ártemis —donde antaño no se permitía nacer ni morir por no mancillar su pureza— apeste en estos tiempos nuestros a aglomeración de cuerpos, a sangre, a excrementos, a sudor impregnado de miedo y sufrimiento, convertida como está en la mayor feria de carne humana del Mediterráneo!
Como reza el dicho: «Mercader, desembarca y descarga a tus esclavos, que ya se han vendido todos los que había».
He parado un momento para masajearme la muñeca. Me duele de escribir tanto y tan rápido. Me he dejado llevar por la pasión en las últimas líneas… o quizá sea culpa de haber bebido más vino de la cuenta durante la cena. Veremos si mañana soy capaz de descifrar mi propia letra.
(Ya de por mí estoy escribiendo de forma casi taquigráfica, no solo en aras de la rapidez, sino por evitar que ojos entrometidos lean este texto.
Para comprobarlo, he hecho un par de veces el experimento de mostrarle breves pasajes a Cleandro, con la excusa de preguntarle si he anotado bien algún detalle o me he equivocado al recordarlo.
—Lo siento, señor, pero soy incapaz de leer tu letra —me ha respondido, ruborizándose—. Ya quisiera yo ser tan instruido como mi padre, pero me cuesta entender los textos en griego si no son muy sencillos y tienen la caligrafía muy clara.
Con esto me quedo más tranquilo. No quiero que el muchacho sospeche que pienso dejarlo en Masalia y marchar solo —sí, solo, pese a todo lo que yo mismo he dicho antes— durante el resto de mi viaje a Criptolimne, Tolosa y el país de los cimbrios.
Por supuesto, cuando lo haga le dejaré dinero y una carta con explicaciones para Gayo Mario. Lo que él decida después —si regresar con su amo o huir a otro país— ya dependerá de su libre albedrío).
Volviendo a lo que estaba escribiendo antes de esta digresión.
El caso es que no le dije nada a Eubúlides de mis reflexiones sobre los olores de los diversos mercados, pues prefiero hablar lo menos posible de mí mismo.
Cosa que no resulta nada fácil. Llevo demasiado tiempo guardándomelo todo —mis planes, mi vergüenza, mi tristeza, mi rencor, mi soledad—, y noto cómo ese silencio empieza a afectarme incluso al estómago.
Y a mi cabeza, donde resuenan tantas voces que en ocasiones parece la curia donde se reúne el Senado romano.
Antes de entrar de nuevo en la taberna, Eubúlides me comentó que, a diferencia de los dos mercaderes romanos, él no piensa dirigirse al norte desde Masalia, sino al oeste, hacia Tolosa.
Su intención es cerrar negocios allí y después descender por el Garona hasta el mismísimo Océano para vender su másico, del que lleva ánforas de muestra.
Un itinerario parecido al mío, con la diferencia de que yo no viajo para comerciar.
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, Eubúlides me propuso acompañarlo en su viaje. Cuando le respondí que mi plan era no moverme de Masalia y le pregunté por qué quería contar conmigo, me contestó:
—He visto que hablas bien la lengua de los galos, y yo apenas la chapurreo. Además, con lo rubio que eres y esos ojos tan azules, puedes pasar por uno de ellos y ganarte su confianza. ¡Mírame a mí, en cambio!
Eubúlides lo decía porque es moreno, con el pelo negro y ensortijado, y debe de medir poco más de cinco pies de estatura.
Tampoco es que nuestros otros dos compañeros de navegación parezcan celtas.
Aunque son bastante más altos y corpulentos que Eubúlides, tienen la tez y el cabello demasiado oscuros.
Hablando de eso, confieso que, al principio, el aspecto de Lamponio me dio mala espina.
Es unos cinco dedos más bajo que yo, pero lo compensa con unas espaldas tan anchas como un armario.
Lo que más me inquietó fue la cicatriz que le sube desde el cuello hasta la oreja izquierda, a la que le falta el lóbulo.
Esta misma noche (ahora no recuerdo si antes o después de que Eubúlides me propusiera acompañarlo, una oferta que he declinado de la forma más amable que he podido, aunque me preocupa que en algún momento me lo vuelva a encontrar si se dirige hacia Tolosa igual que yo…).
Paro otra vez para recuperar el hilo. Si escribiera en una tablilla, alisaría la cera. Tampoco tiene mucha importancia, este diario es solo para mí.
Como decía, en algún momento de esta misma noche le comenté a Lamponio lo de la cicatriz y, con la franqueza fácil y superficial que provoca el vino, le comenté que al principio me había parecido, por su pinta, un exsoldado bravucón o incluso un matón de muelle.
A lo que me apresuré a añadir que era una sorpresa agradable descubrir que no podía estar más equivocado con ese juicio tan precipitado.
—No te disculpes. Suelen pensar esas cosas de mí por culpa de esto —dijo él, tocándose la oreja mutilada—. No vayáis a pensar que es una herida de guerra. ¡Eso solo se lo cuento a las mujeres para llevármelas al catre!
(En otras circunstancias, ese comentario habría menoscabado mi concepto sobre Lamponio, pero lo cierto es que me reí. Supongo que no me vendrá mal rebajar un poco el grado de sutileza de mi humor para cuando me interne a solas en tierras de bárbaros).
—Cuando era niño —continuó Lamponio—, mi hermano y yo estábamos pescando lucios desde el puente Sublicio. En una de esas en que lanzó la caña, me enganchó el anzuelo en la oreja.
—¡Qué dolor! —exclamó Cluvio.
—Pues la cosa empeoró. Justo en ese momento, apareció un sacerdote y empezó a gritarnos que estaba prohibido pescar allí, que el puente era sagrado y yo qué sé qué más. Mi hermano salió corriendo con la caña y…
Esta vez fui yo quien hizo un gesto de dolor.
—Pues ya veis —concluyó él, pasándose los dedos por aquella marca serpenteante—. Ni con un cuchillo lo habría hecho mejor.
Pensándolo ahora, mientras escribo, esa cicatriz me parece un tanto exagerada para un anzuelo, pero…
Pero lo que demuestra eso es que es hora de dejar la pluma y tumbarme a dormir.