Sertorio, el elegido de la diosa blanca 37 - Extractos del diario de Artemidoro
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37 - Extractos del diario de Artemidoro

E XTRACTOS DEL DIARIO DE A RTEMIDORO

Continúo mi diario en Luna, nuestra última escala antes de la costa de Liguria.

Gracias a los libros, solucioné el problema del dinero. Pomponio me pagó dos mil denarios en metálico y me firmó un documento para que un magistrado masaliota que le debe dinero, un tal Pílades, me entregue otros seis mil a cuenta de esa deuda.

Arreglada la parte crematística, Mario insistió en que no debía viajar solo.

—Nadie debería hacerlo —me dijo.

Tenía razón. Existen muchos motivos para compartir un viaje.

La compañía, la conversación, la protección mutua ante los peligros.

Los cuidados en caso de enfermedad. Además, durante las jornadas de marcha o de navegación se forja una camaradería especial, incluso con los sirvientes, muy distinta de los vínculos que se establecen en la vida sedentaria.

En todos mis periplos y expediciones he llevado conmigo criados, al menos dos.

Cierto es que cuando localicé el tesoro en el lago de Criptolimne iba acompañado solo por Pigres —no cuento a los dos guías galos que contraté, porque no confiaba en ellos—, pero fue porque mi otro sirviente, Femio, estaba enfermo y se había quedado en Tolosa.

A estas alturas de mi vida, ya no poseo esclavos. Tampoco me quedaban en Roma amigos dignos de tal nombre que quisieran y pudieran emprender un viaje conmigo. Cuando se lo confesé a Mario, con cierta tristeza, me ofreció a uno de sus sirvientes, Cleandro.

El joven se mostró entusiasmado ante la perspectiva. Nunca había viajado por mar, me dijo. Lo más lejos donde había llegado eran los muelles de Ostia.

—Por favor, señor, llévame contigo —me suplicó—. ¡Ver mundo con un sabio como tú debe de ser como acompañar al mismísimo Aristóteles!

No negaré que las palabras de Cleandro me halagaron.

Pese a ellas, me pareció observar que estaba más nervioso que ilusionado.

Aquella excitación me hizo desconfiar. Le pregunté sin rodeos si estaba pensando en aprovechar el viaje para escapar y le advertí de que, por más que me duela ver a compatriotas griegos reducidos a la triste condición de esclavos, jamás sería cómplice de algo así.

En mi fuero interno comprendía que a Cleandro se le pasara por la cabeza la idea de huir.

Aunque en casa de Mario se le trataba bien —no diré que con confianza ni con amistad, pero sí con justicia—, no dejaba de ser propiedad de otro hombre.

Y, al fin y al cabo, ¿lo que estaba haciendo yo no era también una forma de huida?

Una cosa era entender que acariciara planes de fuga y otra que esa posibilidad no me inquietara.

¿Y si en algún momento decidía escapar, me consideraba un obstáculo y me apuñalaba en pleno sueño?

En un viaje no faltan ocasiones para ello.

Hay un proverbio romano, bastante cruel, pero no del todo errado, que asegura: Totidem hostes habes quot servos .

«Tantos enemigos tienes cuantos esclavos posees».

Cleandro me juró por todo lo más sagrado —creo que no dejó divinidad sin invocar como testigo— que jamás haría tal cosa. Y que, mientras viajara conmigo, yo sería no solo su compañero, sino su maestro, su amo y su padre.

Tenía los ojos llenos de lágrimas que parecían sinceras. Aun así, seguía notándolo nervioso, y observé que volvía a tocar ese objeto —supongo que un medallón o un amuleto— que oculta bajo la túnica.

Debería decirle que me lo mostrara. Pero no dejo de pensar que Cleandro es tan ser humano como yo.

Al fin y al cabo, todos somos esclavos en la medida en que la fortuna gobierna sobre nosotros.

¿Voy a negarle incluso ese pequeño secreto, ese minúsculo reducto de intimidad?

¿Yo, que guardo mi propio talismán, por no hablar de mis intenciones ocultas?

Más que las lágrimas o los juramentos, lo que terminó de convencerme fue saber que su padre se quedaba en Roma.

No creía que Mario fuera a tomar represalias contra su fiel Arquelao si el muchacho se fugaba, pero aquella circunstancia no dejaba de ser una garantía, una cadena inmaterial que vinculaba al joven con la casa donde había nacido y crecido.

Por otra parte, Mario me dijo que aquel préstamo humano que me hacía no tenía plazo de caducidad.

—Cuando consideres que es oportuno, envía a Cleandro de vuelta. Mientras tanto, que permanezca contigo todo el tiempo necesario —me dijo.

(…)

Hemos hecho escala en Antípolis, una ciudad fundada por Masalia como puesto avanzado en la costa de Liguria, pero que ahora se encuentra bajo la protección de Roma.

(«Protección» significa que, con el pretexto de evitar las incursiones de los ligures que bajan de las montañas, se ha apoderado de ella).

Es bien sabido que los viajes por mar, aunque menos largos y fatigosos que por tierra, no están exentos de peligros.

Uno de ellos es el aburrimiento.

Por mi parte, puedo pasar horas acodado en la amura de estribor, viendo cómo el perfil de la costa cambia lentamente, o acercarme a popa para contemplar la batalla constante entre la estela que dejamos atrás y las olas, que siempre terminan ganando.

Incluso así, no viene mal tener compañía con quien hablar, aparte de la de Cleandro. Por eso he trabado, no diré amistad, pero sí cierta familiaridad con otros tres viajeros.

Dos de ellos son romanos, Gayo Cluvio y Tiberio Lamponio, y ya se conocían de antes. El tercero es griego, Eubúlides hijo de Neleo, natural de Posidonia. Los tres tienen en común que son tratantes, especializados en comerciar con vino.

Cluvio y Lamponio transportan en el barco ánforas con caldos del Lacio, mientras que los de Eubúlides proceden de su región, Campania.

Para los romanos, se trata de su primer viaje a Masalia.

No así para mi compatriota (lejano compatriota, aclaro, pero los griegos siempre compartimos algo, aunque sea la fastidiosa costumbre de no ponernos nunca de acuerdo).

Viajan con la intención de extender sus negocios Galia adentro, más allá de la franja costera que, desde el punto de vista romano, ya está «pacificada».

Confían en enriquecerse, animados por un dicho que corre entre los negotiatores del ramo: «En la Galia te cambian un ánfora de vino por un esclavo».

—Ya sabemos que es exagerado —dice Cluvio—, pero algo de verdad hay.

Durante la cena en una posada del puerto hemos estado charlando y bebiendo, y reconozco que, después de tanto tiempo, he agradecido una conversación animada por el vino, aunque ninguno de los tres sea precisamente un erudito del Museo.

Ni siquiera Eubúlides. Cuando le mencioné que llevaba el nombre de un filósofo de Mileto célebre por sus aporías —bastante más pueriles que las de Zenón—, su gesto reveló una completa ignorancia.

A cambio, él y sus dos compañeros se rieron de buena gana con una de esas supuestas paradojas. Fue cuando le dije a Eubúlides:

—Si no has perdido algo, eso significa que lo tienes, ¿no es así?

—Claro, cómo no —me respondió.

—¿Has perdido unos cuernos?

— Má ton Día , ¡no!

—Entonces, es que tienes cuernos —concluí, abriendo los brazos como un abogado que dijera: «No hay más pruebas que presentar».

También hemos discutido un poco, lo reconozco. Por más que intento aleccionarme, recordándome que debo disimular mi rencor hacia Roma, a veces, como le ocurría a Atenea, «las palabras se escapan del cerco de mis dientes».

Ha sucedido cuando Lamponio ha comentado que desde Masaba piensa dirigirse al norte, aprovechando que el cónsul Fabio Máximo ya está de camino desde Roma y tiene la intención de remontar el Ródano con sus legiones para someter a las tribus levantiscas.

—¿Levantiscas? —objeté—. Eso significaría que son súbditas de Roma y que se levantan contra ella. Que yo sepa, no es el caso.

Aquello suscitó un pequeño debate sobre la codicia conquistadora de Roma, en el que Eubúlides se puso un poco —solo un poco— de mi parte.

Enseguida, cuando parecía que los ánimos estaban a punto de soliviantarse, fue él quien cambió de tema, sacando a relucir la reciente muerte de Gayo Graco y la matanza entre sus partidarios.

Aquí procuré mantener la boca cerrada y hablar lo menos posible, pues para estos tres hombres, igual que para el capitán y la tripulación de la nave, no soy Artemidoro de Éfeso, amigo de Graco, sino Apolonio de Colofón.

(Es curioso lo que nos cuesta renunciar por completo a un nombre. El que he adoptado y del que ya no puedo desdecirme no solo empieza por alfa, igual que el mío, sino que está dedicado al hermano mellizo de Ártemis, patrona de mi nombre y de mi ciudad natal.

Y, más importante aún, mi padre se llamaba así.

No ha sido fácil conseguir que Cleandro se acostumbre a dirigirse a mí como Apolonio.

«No sabemos si incluso en Masaba o en el mismo barco podríamos toparnos con algún cliente o criado de Servilio Cepión», le advertí antes de zarpar.

Él respondió que un encuentro así se le antojaba harto improbable, estando tan lejos de Roma, pero que, por supuesto, obedecería.

Al decirme eso, desvió la mirada de esa forma nerviosa, como un ciervo antes de abrevar en un riachuelo, que se le está acentuando últimamente. A ratos me preocupa).

Volviendo a la sobremesa de la cena y a la conversación.

Para mi satisfacción, resulta que tanto Cluvio como Lamponio son partidarios de Graco.

O lo eran, considerando que está muerto.

Ahora que nos hallamos lejos de Roma, se han atrevido a confesarlo, no sin antes mirar a su alrededor por si había oídos indiscretos en la taberna donde cenábamos.

Cluvio contó que, cuando la cosa se puso realmente fea, tuvo que pasar dos días escondido en casa de un liberto suyo, dentro de un arcón de ropa.

—¡Menos mal que cuando era mi esclavo nunca lo maltraté! —dijo entre risas—. ¡Por eso no me denunció!

Al oír esto, no pude evitar mirar de reojo a Cleandro, que permanecía apartado en un rincón de la taberna, sentado en un taburete con una bandeja de asado frío en las rodillas.