Sertorio, el elegido de la diosa blanca 36 - Extractos del diario de Artemidoro #2
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36 - Extractos del diario de Artemidoro #2

Probablemente buscaré entre los vénetos, ya que son el pueblo más marinero de la Galia.

Si con ellos consigo llegar hasta mi objetivo, el país de los cimbrios, miel sobre higos.

Si no, trataré de encontrar pasaje con pescadores, balleneros, traficantes de ámbar o de pieles, o proseguiré viaje por tierra, por duro que sea.

Volviendo a Mario y a mis conversaciones con él.

Pese a la barrera que parecía alzarse entre nosotros, en cuanto le conté mis planes se ofreció al instante a ayudarme, eso tengo que concedérselo.

Muchos nobles romanos, nacidos en la abundancia, parecen creer que el dinero brota del suelo por sí solo igual que brotaban los frutos de la tierra en la edad de oro de Hesíodo.

Mario no. Pese a las burlas de sus adversarios, ni es pobre ni lo ha sido nunca, como tampoco sus padres. Pero sí es un hombre práctico que comprende tanto el valor como la necesidad del dinero.

—Te hará falta una buena suma para llegar hasta Masalia y también para instalarte —me dijo.

Llevaba razón, por supuesto. Yo tenía tantos fondos como los que podría tener mi viejo amigo Diógenes. Es decir, nada.

Si no me hubieran robado, al menos habría conservado los doscientos denarios que me entregó Rea por atender su embarazo. Pero de aquel dinero nunca más se supo.

Mario se empeñó en entregarme lo que él denominaba un modesto viático, aunque se trataba de una suma más que considerable. Al verme renuente a aceptarla, me dijo:

—Cuando te instales como has planeado, puedes devolverme el dinero a través de alguien. Tito Pomponio, por ejemplo, tiene agentes comerciales en Masaba.

De no haberme quedado otro remedio, habría aceptado su dinero a sabiendas de que jamás se lo iba a devolver. Pero prefería no incrementar aún más la deuda que ya tenía con él.

Aunque en los últimos tiempos lo había ido perdiendo todo, aún me quedaba una posesión valiosa que podía vender.

Los libros.

Cuando le conté a Mario que quería desprenderme de ellos, se quedó perplejo. Le chocaba mucho que, si proyectaba fundar una escuela, dejara aquí todo el conocimiento que almacenaban esos volúmenes.

Creo que me trabuqué un poco al responder, y mi argumentación seguramente resultó confusa y poco convincente.

Respondí que no quería continuar con mis Historias , y en eso no mentía.

Pero añadí que deseaba concentrarme en el estudio de la verdadera filosofía, un saber que trasciende al mundo material, y que para ello debía librarme, a la manera socrática, de casi todo lo que creía conocer, representado por mis libros y por el resto de mis posesiones.

En cierto momento, Mario empezó a desviar la mirada.

De nuevo comprendí que mis aclaraciones no le interesaban, e incluso le aburrían.

Estaba deseando librarse ya de mi presencia —o esa impresión me daba, quizá porque me ocurría lo mismo con él—.

Simplemente, me contestaba lo que le parecía apropiado contestar.

Estuviera más o menos convencido de mis argumentos, Mario me puso en contacto con Tito Pomponio, conocido suyo y buen amigo del matrimonio Sertorio.

(En particular, de Rea, creí entender, algo que no me extrañó.

Es una persona mucho más interesante que su esposo en cualquier sentido que uno pueda imaginar).

Pomponio es un hombre adinerado, que no ha ingresado en el orden senatorial no por falta de medios, sino porque nunca ha pretendido hacer carrera política.

Le atrae mucho más la cultura, la griega en particular.

A diferencia de otros presuntos helenófilos, al no haber desempeñado magistraturas fuera de Roma, no ha aprovechado ese poder para robar pinturas, esculturas, joyas ni manuscritos.

Todo lo que tiene lo ha adquirido a su justo precio.

—Pomponio es un fanático de los libros. Te pagará bien por los tuyos —me dijo Mario.

Así fue. Otros se habrían aprovechado de mi situación para conseguir los libros a precio de ganga.

Pomponio, sin embargo, no disimuló su interés, como hacen los típicos prestamistas que, cuando alguien les lleva un valioso manto de lana de Corinto, con tal de pagar menos, ponen la misma cara de asco que si les ofrecieran los harapos de un mendigo callejero (hablo por triste experiencia).

Al contrario, se entusiasmó como un crío con los ejemplares que le enseñé.

Lo deslumbró, en particular, el libro 23 de la Ilíada con anotaciones de Aristóteles.

Quise ser honrado con él y le dije que no estaba del todo seguro de que fuera el original del Estagirita, y que tal vez se trataba de una copia fiel escrita no muchos años después de la muerte de Alejandro, en la biblioteca fundada por su sucesor Ptolomeo.

—Es una maravilla, en cualquier caso —me respondió.

De todos mis libros, aquel era el que yo más apreciaba.

No por su contenido —cualquier otra copia habría servido más o menos igual para leer los versos de Homero—, sino por su valor intrínseco como objeto hermoso que me complacía contemplar una y otra vez.

Era un apego similar al que sentía por la paleta de escritura que adquirí en el mismo viaje a Egipto en que conseguí aquel manuscrito.

Comprendí que, precisamente por ese apego, tenía que desprenderme de ambos objetos, como de casi todos los demás. Tan solo debía llevar conmigo aquellos libros que pudiera necesitar para guiarme en el viaje.

Y para cumplir mi plan.

Ahora que ya no estoy en casa de Gayo Mario, lo puedo escribir con más libertad.

¿Qué decía Catón el Viejo? «En mi opinión, Cartago debe ser destruida».

Lo mío no es una opinión.

Es una certeza.

Roma debe ser destruida.