Sertorio, el elegido de la diosa blanca 36 - Extractos del diario de Artemidoro
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36 - Extractos del diario de Artemidoro

E XTRACTOS DEL DIARIO DE A RTEMIDORO

Aprovechando que hemos hecho escala en el puerto de Populonia, abro de nuevo este volumen para continuar lo que empecé en casa de Gayo Mario, a cien millas de aquí.

Cuando escribí esas primeras líneas, todavía tenía que usar muletas. Las he dejado en Roma, igual que tantas otras cosas, y ahora camino con un bastón. Me temo que de él no me libraré nunca.

Si nos olvidamos de la cojera —según Cleandro, me otorga cierta distinción—, estoy casi recuperado de las heridas físicas. Las otras no se han curado ni se curarán jamás, pero me he acostumbrado a vivir con ellas.

Tampoco me queda otro remedio que habituarme al agudísimo pitido que, a causa de los golpes que recibí en la cabeza en la noche funesta, lleva sonando en mi oído izquierdo desde entonces. Ese tinnitus se ha convertido ya para mí en parte del universo.

Los pitagóricos afirman que, si no escuchamos la sinfonía que producen las esferas celestiales en su eterno girar, es porque lleva sonando toda la eternidad y nos acompaña desde el instante mismo en que nacemos.

Argumentan que nuestro oído, al no haber conocido nunca el silencio absoluto, ya no percibe esa música, igual que les ocurre a los herreros que, con el tiempo, dejan de advertir el estrépito de los martillos golpeando en su propia fragua.

Sin duda, este pitido que escucho yo ahora es mucho menos armonioso que la música de las esferas. Pero creo que, si cesara de repente, me ocurriría lo mismo que, según esos filósofos, nos pasaría a todos si los astros del universo dejaran de girar simultáneamente.

Que el repentino silencio resultaría ensordecedor.

(…)

Conforme pasaban los días, observé algo extraño en la actitud de Mario.

Si al principio de mi estancia en su casa parecía que podríamos llegar a compartir cierta intimidad, e incluso convertirla en una verdadera amistad, a partir de un determinado momento percibí cómo su manera de tratarme se volvía más distante.

Para ser ecuánime, he de aclarar que nunca era descortés conmigo y que siempre se preocupaba de que sus criados atendieran mis necesidades.

Pero sus visitas a mi habitación y sus paseos conmigo por el jardín se hicieron cada vez más breves, y sus invitaciones a cenar con él se fueron espaciando.

Por otra parte, cuando estábamos juntos, a menudo habría jurado que su mente se hallaba en algún otro lugar.

O incluso en otro momento. Es un hombre que parece habitar siempre unas horas o unos días por delante de los demás, un viajero impaciente por llegar a un lugar que, cuando por fin lo alcanza, ya se ha convertido en pasado, por lo que necesita encontrar un nuevo destino al que dirigirse.

Durante mis últimos días en su casa me dio la impresión de que Mario hacía esfuerzos por mantener la conversación conmigo.

Antes polemizábamos de vez en cuando, porque a mí me costaba morderme la lengua y se me escapaban críticas contra Roma que no eran de su agrado.

Después empecé a fijarme en que, donde antes me habría replicado, ahora guardaba silencio, casi como si me diera la razón.

Esa aquiescencia no era propia de un hombre de opiniones tan tajantes, a quien no le gusta quedar por debajo de ningún interlocutor.

(«Así he hablado» es el clavo con que suele remachar muchas conversaciones).

Supongo que esa frialdad suya, fuera real o tan solo imaginada por mí, hizo que yo también me retrajera. Cada vez me sentía más impaciente tanto por salir de su casa como por abandonar Roma.

(…)

Cuando le manifesté a Gayo Mario mi intención de adelantar el viaje a Masalia, me preguntó si no me estaba precipitando.

—Sigues cojeando —me dijo.

—Me temo que esa cojera se va a quedar conmigo para siempre —respondí.

Los huesos han acabado soldando, pero no del todo bien.

Mi pierna derecha ha quedado más corta que la otra.

No mucho, pero lo suficiente para que mi paso sea desigual y para que el tobillo soporte algo más de carga, asimetría que procuro compensar con el bastón.

Además, tengo un dolor que aparece y desaparece, según lo fatigado que esté o el tiempo que haga en el exterior.

(Recuerdo cómo mi madre se burlaba de mi padre y de su dedo gordo del pie izquierdo, que pronosticaba la lluvia).

Ese dolor es un huésped, a veces discreto y a veces molesto, al que no hay forma de desahuciar.

Yo no quería convertirme en ese tipo de huésped para Mario. Además, Telos, el designio, ya llevaba días despertándome, a veces en plena noche, y me azuzaba: «¿Qué haces todavía aquí? Es hora de partir hacia el norte».

¡Cuántas voces parloteando en mi cabeza!

Volviendo a Mario.

Cuando me comentó que no debía apresurarme a viajar, no me pareció insincero, pero tampoco vi que su preocupación por mí fuese tan real como para restarle un minuto de sueño. Creo que me dijo lo que creía que era su deber decirme.

No sé si hay algo más importante para Mario que el deber.

Solo se le puede comparar su afán de reconocimiento, un atributo que comparte con tantos nobles romanos.

Pero, en su caso, a diferencia de otros (no puedo dejar de pensar en Q.

S. C.), estoy convencido de que no sacrificará su moral en el altar de la gloria.

No me lo imagino enviando a la muerte a miles de hombres —me refiero a compatriotas suyos, claro está— por la efímera recompensa de desfilar triunfante por las calles de Roma.

Yo sí que no fui sincero con él, he de confesarlo. Desde el primer momento le aseguré que pretendía alejarme lo bastante de Roma como para no tener problemas con cierto personaje que él y yo conocíamos demasiado bien.

—¿No quieres regresar a tu patria? —me preguntó.

—Allí no hay más que malos recuerdos y un hermano que me aborrece.

La segunda mitad de mi respuesta era verdad, la primera no.

¿Cómo van a ser malos los recuerdos que tengo de Éfeso, de mis padres, de mis amigos de infancia?

Lo que sí era cierto, no obstante, es que no quería —ni quiero— volver atrás.

Como ya dejé escrito, mi voluntad es dejar de ser cronista del pasado y convertirme en autor del futuro.

Un futuro que se encuentra en tierras lejanas y todavía ignotas para mí.

A Mario le conté que, tras reflexionar sobre el asunto, había decidido que Masalia era la ciudad perfecta para mí. Civilizada, próspera. Griega o, al menos, medio griega. Allí podría ganarme la vida.

El problema que se me presentaba —le seguí explicando a Mario— era llegar a Masalia y, una vez allí, mantenerme hasta estar más o menos establecido.

Él me preguntó si pensaba seguir ejerciendo de obstetra, a lo que contesté rotundamente que no.

En eso fui veraz. Si vuelvo a participar en un parto, o tan solo presenciarlo, me asaltarán tanto las imágenes de lo que ocurrió en la habitación de Rea como las de la domus del cónsul Opimio —no se me quita de la cabeza la idea de que él es el padre del bebé que alumbró su propia hija—. Por no hablar de Urania y…

—Entonces, ¿a qué te dedicarás? —preguntó Mario.

De nuevo percibí que no le importaba demasiado lo que yo pudiera decirle, que solo intentaba mostrarse amable. Aun así, le respondí, tratando de ofrecer justificaciones que fueran coherentes con mi falso plan.

Aunque en Roma la alta sociedad me había vuelto la espalda, le dije, confiaba en que en Masalia las cosas fueran diferentes.

Mi ilusión era fundar una escuela, una especie de Liceo, a la manera de Aristóteles, donde iniciar a los jóvenes de la aristocracia masaliota en todo tipo de conocimientos.

Si no me quedaba más remedio, estaba dispuesto incluso a enseñar retórica tanto en griego como en latín, aunque ese panorama no me entusiasmase.

Nunca he sido partidario de convertir en bueno el discurso malo y en malo el bueno, como hacían los sofistas de antaño y como hacen los abogados de ahora.

Creo que debí parecer sincero. Cuando empecé a criticar a los sofistas, a los abogados y, de paso, a los profesores de oratoria, Mario se mostró algo más interesado e incluso se explayó en una diatriba contra ellos.

Si los idus de enero no hubieran ocurrido, el proyecto de fundar mi propia escuela habría sido ideal para envejecer y acabar mis días.

Pero los idus ocurrieron. Así que cuando hablé con Mario mis intenciones eran ya muy distintas. Y lo siguen siendo.

Masalia no es más que mi punto de partida. Mi propósito es viajar hasta Criptolimne, la laguna entre Tolosa y Carcasona donde encontré las riquezas saqueadas por los volcas tectósages.

Sé que supone un riesgo, por muchos motivos. Uno de ellos, el propio tesoro. Antes desechaba como vulgar superstición la idea de que estuviera maldito, pero ahora no dejo de pensar en ello. El simple hecho de escribir sobre él ha provocado que la desgracia se abatiera sobre mí y sobre Urania.

Sin embargo, tengo que hacerlo. Se me ha dicho que debo reunir la piedra del cielo con la piedra de la tierra.

Albergo mis dudas sobre la naturaleza de la primera —¿tendrá algo que ver con la espada púnica que hirió a Nuntiusmortis?

—, pero sé que la segunda es el Ónfalos, la piedra que durante siglos permaneció en Delfos, el santuario que perteneció a Gea antes de que su bisnieto Apolo se apropiase de él.

Eso significa que tendré que sumergirme en la laguna.

Estoy convencido de que el Ónfalos se encuentra allí y de que es la fuente del resplandor fantasmagórico que empezó a brillar bajo la superficie del agua, revelándome dónde se encontraba el tesoro.

Rescataré del fondo la piedra sagrada y, si lo veo necesario, sacaré también una discreta cantidad de oro y de plata para costearme el viaje.

Cuando tenga en mi poder el Ónfalos, me dirigiré a Tolosa, y a continuación viajaré hacia el norte, descendiendo el Garona. Una vez que alcance el Océano, intentaré embarcar en alguna nave que se dirija a las regiones boreales.