Sertorio, el elegido de la diosa blanca 35 #3
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Abrió los ojos, sobresaltado, y miró a Artemidoro. El grito había salido de su boca. El griego sacudió la cabeza a los lados un par de veces, murmuró algo ininteligible y volvió a sumirse en un sueño que no podía ser natural.

—Eso es. Eso es lo que escuché —masculló Mario—. Lo que tú me hiciste escuchar. ¡Y después olvidar, bruja maldita!

Sin darse cuenta, había desenvainado la espada. Su punta señalaba hacia la garganta de Marta.

Ella no se inmutó.

—En aquel momento os dije, a ti y a los demás, que para evitar…

Mario volvió a cerrar los ojos. Las palabras que pronunciaba la adivina resonaban también en su memoria, un eco levemente desfasado dentro de su cabeza.

«… evitar que vuestras mentes sean destruidas y vuestras cabezas estallen manando sangre por los ojos, los oídos y la boca, las visiones que recibáis quedarán guardadas en vuestra memoria. Las iréis recordando…».

Atisbo una imagen fugaz de una vasta pradera junto a un río. Había cadáveres hasta donde alcanzaba la vista.

Cadáveres romanos.

La visión se esfumó. La voz de su cabeza dejó de sonar y solo quedó la de Marta.

—… recordando poco a poco.

—Maldita seas, mujer —masculló Mario, con los dedos agarrotados sobre la empuñadura y los nudillos blancos de apretar con tanta fuerza—. Deja de jugar conmigo.

Marta agarró la hoja de la espada y deslizó la mano por uno de los filos. Cuando la separó, tenía una raja en la palma de la que empezó a brotar sangre. Mostrándosela a Mario, dijo:

—Por mi propia sangre derramada, te digo que este hombre al que ahora conoces como Artemidoro traerá fuego y destrucción, el mayor peligro que tu patria ha conocido desde los tiempos de Aníbal. Debido a sus acciones, morirán miles, decenas de miles de vuestros soldados.

—¿Es una predicción veraz o me estás engañando, bruja?

—Te juro por los perros de Hécate y los cabellos serpentinos de las Furias que eso es lo que va a ocurrir —respondió Marta. Usando la otra mano y los dientes, desgarró un trozo de la estola que llevaba sobre los hombros y la usó para vendarse la herida.

Mario se volvió hacia Artemidoro y le acercó el arma al cuello, casi rozándolo con el filo contrario al que Marta había manchado de sangre.

«… evitar que vuestras mentes sean destruidas…».

«Vuestras», en plural.

Las palabras de la adivina incluían a Artemidoro. El griego lo había acompañado en el Mundus Cereris, ahora Mario lo tenía claro.

¿Qué visiones habría recibido él? ¿Una profecía tan poderosa, tan inexorable como para empujarlo a viajar hasta los confines del mundo y traer consigo el fuego y la destrucción anunciados por Marta?

Aferró la empuñadura con la mano izquierda y cambió de posición la derecha. Ahora, ambos pulgares apuntaban al pomo y no al arriaz.

No era un agarre adecuado para combatir. Sí para asestar una estocada vertical, de arriba abajo, sobre una víctima tendida en un altar.

Como un verdugo.

—Si lo que dices es cierto, debería darle muerte ahora mismo.

Apoyó la punta bajo la nuez de Artemidoro. Bastaría con descargar su propio peso en la espada, y todo habría terminado.

«Es tu huésped», se recordó.

La imagen del campo de batalla sembrado de cuerpos había sido muy breve, pero si entornaba los ojos podía verla todavía, como la imagen residual que queda si uno contempla el sol durante unos segundos.

—Si lo haces, salvarás a miles de compatriotas y aliados. Pero solo lo sabrás tú.

«Porque nadie conoce las cosas que no llegan a ocurrir», comprendió Mario. La punta de hierro seguía en contacto con la piel de Artemidoro.

—Puede que llegues a cónsul como deseas, o puede que no —continuó Marta—. Si lo haces, serás un cónsul más entre cientos, un simple nombre en una lista. La gente leerá G. Mario grabado en la piedra, y se preguntará: «¿Quién era ese? No debía de ser importante, porque solo tenía dos nombres».

Esa condenada mujer sabía bien dónde hurgaba.

—¿Y si no lo mato?

—Si no lo matas, si dejas que lleve a cabo sus planes, habrá miles de muertos. Decenas de miles, como ya te he dicho.

—Igual que en todas las guerras —murmuró Mario.

—Igual que en todas las guerras. Pero gracias a esta, tu nombre quedará por siempre en las crónicas y se te saludará como fundador de Roma. No serás cónsul una vez, sino siete.

—Siete…

—Siete veces cónsul, sí.

Nadie había alcanzado jamás ese hito. Ni Claudio Marcelo, «la espada de Roma», ni Fabio Máximo, «el contemporizador», pasaron de cinco consulados. Y eso que ambos vivieron unas circunstancias de peligro extraordinarias para la República, en la guerra contra Aníbal.

—Los momentos de grandes peligros exigen también grandes hombres. Como tú.

Mario miró a Marta, luego a Artemidoro, y de nuevo a Marta.

Era evidente que aquella mujer, más bruja que adivina, tenía acceso a sus pensamientos más profundos.

Bajando el tono de su voz hasta que pareció brotar de las profundidades del Mundus Cereris, Marta añadió:

—También exigen terribles decisiones. ¿Te atreverás a tomarlas?

Mario miró una vez más a Artemidoro. De tanto apretar la espada, notaba las manos resbaladizas del sudor.

¿Qué hacer?

¿Sacrificar una vida ahora a cambio de miles?

Decenas de miles, había insistido ella.

Pero también había dicho otra cosa.

«Siete veces cónsul».