Sertorio, el elegido de la diosa blanca 35 #2
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—¿Seguro que es lo que está haciendo?

Mario dudó.

—Ahora que recuerdo, hace unos días me contó que había abandonado sus Historias .

—¿Te explicó por qué?

—Dijo que ya no le veía sentido. No le interrogué más.

Marta no insistió. Mario tampoco. Se limitó a mirar al durmiente.

Físicamente, Artemidoro se estaba reponiendo bien. Pero se le notaba blando de espíritu, acobardado. Como un soldado que, ya curado de sus heridas, rehuye volver al combate.

Mario también había perdido a una mujer y a un hijo, con el agravante de que Cecilia era su esposa legal —no una prostituta, como Urania—, y de que el niño habría sido un ciudadano romano, un legítimo heredero.

¡Pero no permitió que eso lo derrumbara!

Un hombre de verdad tenía que sobreponerse a ese tipo de golpes.

Si algo había seguro en la vida era que esta nunca dejaba de propinarlos.

Devolvió su atención al escritorio. Entre los tratados militares destacaban dos papiros con las etiquetas en blanco. Mario depositó el candil sobre la mesa, con cuidado de que la llama quedara apartada de los volúmenes, y abrió uno de ellos.

Parecía estar en griego. A diferencia de otros manuscritos de Artemidoro a los que Mario había echado un vistazo, aquí la letra era tan descuidada, o tan apresurada, que resultaba casi ilegible. Solo entendió el nombre del propio Artemidoro y la palabra « ἱστορίης ».

De modo que, pese a lo que aseguraba, no había perdido del todo el interés por la historia.

El otro documento era aún más indescifrable. Los caracteres guardaban una lejana semejanza con los del alfabeto griego, pero Mario era incapaz de leerlos.

—Es arameo —dijo Marta.

—¿Lo entiendes?

—Me crie en esa lengua, ¿tú qué crees?

Marta fue desenrollando el papiro mientras deslizaba el dedo por las columnas de letras. Mario se dio cuenta de que lo hacía en sentido inverso, de derecha a izquierda.

Los púnicos también escribían y leían así.

Volvió a mirar de reojo a Artemidoro. Seguía dormido.

Algo le decía que, estando Marta cerca, no se despertaría si ella no quería.

—No es una redacción definitiva —concluyó ella al cabo de un rato—. Está tomando notas.

—¿Sobre qué? —preguntó Mario, aunque parecía fácil anticipar la respuesta.

—Sobre estrategia y tácticas militares. Ya te lo he dicho antes, quizá deberías preocuparte.

—¿Por qué iba a hacerlo? Este hombre no tiene experiencia militar.

—Experiencia no, pero sí conocimientos. Y los está alimentando con el odio que alberga en su interior.

—¿Odio a qué?

Marta se volvió hacia él.

—A vosotros. A Roma.

En eso, Marta estaba en lo cierto. Artemidoro ya sentía hostilidad hacia Roma cuando llegó a la ciudad, años atrás, como delegado de sus conciudadanos para denunciar los robos y extorsiones del antiguo procónsul de Asia, Manio Aquilio.

Mario, que por entonces buscaba notoriedad entre los votantes, se había incorporado al bando acusador.

Aquello le permitió estudiar los argumentos y las pruebas que traía Artemidoro, y comprobar que eran sustancialmente veraces.

Aquilio no se había comportado como un gobernador, sino como un saqueador que ni siquiera se tomaba la molestia de disimular sus expolios.

Gentuza así era la que hacía impopular a Roma entre sus súbditos y aliados. Máxime cuando salían absueltos, como sucedió en aquella ocasión.

Ahora, la hostilidad de Artemidoro parecía haberse agudizado.

Aunque era evidente que se contenía por respeto a su anfitrión, se lo veía corroído por el resentimiento.

Algunos comentarios que se le escapaban demostraban que achacaba a toda la clase dirigente romana lo que era culpa exclusiva de Servilio Cepión.

—Muy bien —dijo Mario—. Nos odia. Pretende escribir un tratado militar. ¿Adonde nos conduce eso?

—¿No te sugiere nada el hecho de que lo esté haciendo en arameo?

—Que no quiere que nadie lo lea.

—No es una lengua para publicar ni para enseñar su manuscrito. Es un código. Escribe para sí mismo, o quizá para unos pocos que algún día puedan entenderlo.

Mario la miró con escepticismo.

—¿Qué tiene eso de peligroso?

—Nada, si esas notas fueran inocentes. Pero quien escribe en una lengua que nadie de su entorno puede leer, se esconde. O trama algo.

—Que trame lo que quiera, que nos odie y nos culpe de sus desgracias cuanto se le antoje. ¿Qué puede hacer un solo hombre contra Roma?

—¿Te ha contado cuáles son sus planes?

—En cuanto se encuentre en condiciones, se marchará de Roma.

—¿Adónde piensa ir?

—Su intención es establecerse en Masalia y ganarse la vida allí.

Mario no pudo evitar pronunciar las últimas palabras con un matiz de desdén. Como buen aristócrata romano —aunque fuera romano de Arpino—, consideraba que los hombres que recibían dinero de otros a cambio de su trabajo se hallaban solo un peldaño por encima de los esclavos.

—Masalia no es más que una etapa de su viaje —dijo Marta—. La primera.

—Entonces, me ha mentido.

Marta enrolló el volumen que había estado examinando y volvió a anudar la cinta que lo cerraba.

Mario, que no tenía costumbre de curiosear en escritorios ajenos —ni, en general, en propiedades de otras personas—, se dio cuenta de que él lo habría dejado todo descolocado, de manera que Artemidoro habría podido percatarse de que alguien había husmeado en sus cosas.

Ella, sin embargo, parecía haberse fijado en la disposición precisa de cada volumen.

Aunque Mario no podía estar seguro, habría jurado que todo estaba exactamente tal como lo hallaron al entrar.

—Tú sabes desde el principio lo que quieres decirme. Ve al grano.

—Artemidoro está acopiando todo saber militar a su alcance para transmitírselo a otros.

—El mando no se aprende en los libros, sino en los campos de batalla.

—Cierto. Pero imagina que Artemidoro enseña lo que está aprendiendo en esos libros a hombres que conocen la guerra desde la cuna y para quienes la vida es un desperdicio sin valor si no concluye en una muerte gloriosa en batalla. ¿Qué crees que podría ocurrir?

—¿Dónde están esos hombres?

—Lejos, al norte.

—¿Los celtas? Conocen nuestras tácticas de sobra, y nosotros las suyas, si se puede llamar así a su forma de combatir. No son tan fieros como creen ellos, ni como cree la mayoría de los romanos.

—Hablo de más al norte todavía, mucho más lejos. Me refiero a guerreros cuyo solo nombre hace que a los celtas les tiemblen las piernas.

—¿Quiénes son esos guerreros fabulosos? ¿He oído hablar de ellos, al menos?

—En cierto modo —dijo Marta, con esa sonrisa enigmática que Mario encontraba cada vez más irritante—. Los cimbrios.

El nombre le provocó a Mario una extraña reacción física. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero y por un instante se mareó, como si las paredes y el techo giraran en un remolino. Apoyó la mano en la mesa, arrugando uno de los rollos, y trató de respirar hondo.

Una imagen nebulosa rondaba en los bordes de su visión. Al mover los ojos para atraparla, volvía a desplazarse y el vértigo empeoraba.

Cerró los párpados.

El bosque brumoso. Otra vez el bosque brumoso, y los guerreros que salían de la niebla.

Gritando…

— Rágnarok!