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Mientras volvía a casa, Mario no dejaba de preguntarse si no habría sido demasiado blando al contemporizar con el intermediario de Opimio.
Trataba de persuadirse a sí mismo de que había hecho bien, de que a cambio de acceder a la consagración de ese templo, aunque fuera un ultraje a la memoria de Graco y los demás muertos, los vivos podrían retornar a Roma o salir por fin de sus escondrijos.
Escondrijos que, en bastantes casos, se hallaban en fincas e inmuebles del propio Mario.
«Supongo que en eso consiste limar aristas», se dijo.
Pero seguía sin estar demasiado convencido.
Al salir de casa de Rutilio se notaba un poco ebrio —había echado más veces la mano a la copa de vino que a las bandejas de comida—, pero el paseo y el fresco de la noche fueron despejándolo poco a poco.
Lo acompañaban ocho esclavos. Eran más de los que solía llevar en sus salidas nocturnas.
Hasta que los sucesos de los idus de enero le hicieron modificar esa y otras costumbres.
Aunque estaba prohibido dentro del pomerio, todos sus hombres iban armados.
Al salir de casa de Rutilio, él mismo recuperó la espada corta que, mientras participaba de la velada, le había guardado Publio, el fornido esclavo celtíbero al que trajo de Numancia y a quien, a diferencia de Nuntiusmortis, mantenía a su servicio.
Mario no era miedoso ni pusilánime. Solo cauteloso.
Aunque ya habían pasado casi dos meses de los cruentos disturbios incitados por Opimio, la situación seguía siendo tensa.
Pese a la oferta de reconciliación que Livio Druso le acababa de transmitir, no se fiaba de que sus poderosos enemigos políticos no trataran de atentar contra él, camuflando el ataque como asalto callejero.
—Que lo intenten —masculló.
—¿Has dicho algo, amo? —preguntó Publio.
Mario negó con la cabeza.
Por otra parte, estaba el hecho de que Artemidoro seguía refugiado en su casa.
Ni Servilio Cepión ni su bestia amaestrada habían vuelto a intentar nada contra él, pero Mario no las tenía todas consigo.
Estaba convencido de que existía un motivo importante detrás del interés de Cepión por Artemidoro, pese a que este respondía con evasivas cada vez que Mario trataba de abordar al asunto.
Ya estaban a la vista de su casa. Una de las medidas de precaución que se apreciaban al acercarse a ella eran las quince hiladas de ladrillo que Mario había hecho añadir a la altura de la tapia, convertida ahora en una auténtica muralla.
Si eso servía de pretexto para que lo criticaran —«Valiente tribuno de la plebe, que se encierra en una fortaleza»—, le daba igual.
Él no era ni Tiberio ni Gayo Graco. No tenía la menor intención de dejarse asesinar impunemente por sus enemigos.
—Allí hay gente —advirtió Publio, refrenando un poco el paso.
—Ya lo veo —respondió Mario, abriendo el manto para tener más a mano la empuñadura de su arma.
Delante de la puerta había una litera, con las patas apoyadas en el suelo, y junto a ella seis hombres. Cuatro eran porteadores, plantados junto a sus varales, mientras otros dos empuñaban sendas antorchas.
Al ver que Publio se disponía a desenvainar la espada y los demás se echaban atrás los capotes, Mario les ordenó:
—Quietos. No creo que nadie que venga en litera vaya a agredirme.
Uno de los sirvientes de la litera abrió la cortina de cuero y ayudó a salir a la ocupante del vehículo.
Antes incluso de verle el rostro, Mario la reconoció.
Marta la siria.
Su relación con Marta había comenzado a través de su difunta esposa.
Siguiendo el consejo de la adivina, Cecilia se había jugado cuatrocientos sestercios en un combate de gladiadores.
No se trató de un duelo cualquiera, sino del que enfrentó a los dos campeones del momento, Nuntiusmortis y Stígmata.
Aunque ambos llegaban invictos, el hombre de las cicatrices era el favorito tanto del público como de los apostadores.
En contra de los pronósticos y de la misma lógica, el vencedor fue Nuntiusmortis. Gracias a ello, la mujer de Mario recibió el triple de la cantidad que había arriesgado.
Convencido por Cecilia, que podía ser muy insistente, Mario se entrevistó con Marta y le consultó acerca de su futuro. La adivina escribió sus predicciones en una tablilla de cera sellada, que él guardó en un arcón blindado con la instrucción de no leerla hasta el último día del año siguiente.
Cuando se cumplió el plazo indicado por Marta, Mario abrió la tablilla.
Todo se había consumado.
Cecilia había fallecido durante el embarazo, debido a que el niño que crecía en su interior llevaba muerto días. Mario había perdido las elecciones a tribuno de la plebe por primera vez.
Y cuando volvió a presentarse…
«Un año después te quedarás con la miel en los labios. Pero, cuando más frustrado te sientas, acabarás degustándola».
Así ocurrió, con toda exactitud. Mario quedó undécimo en las elecciones, una situación que volvía a dejarlo fuera. Pero cuando los votos de uno de los candidatos fueron invalidados por demostrarse que los había comprado, él se convirtió, por fin, en tribuno. El cargo que desempeñaba ahora.
Desde entonces, Mario sentía un profundo respeto por el don profético de esa mujer.
Lo cual no significaba que no le provocara escalofríos.
En las primeras horas de la madrugada de los idus de enero, Marta lo había citado en el Mundus Cereris. En la nota, le decía: «Vendrás tú solo a verme, pero no llegarás solo. Seréis tres hombres los que recibáis la visión».
Mario guardaba un recuerdo difuso de haber estado en el Mundus Cereris. Y de haber visto allí a otros dos hombres, tal como le había anunciado la siria.
Era posible que uno de ellos fuese Artemidoro. Pero la imagen de su rostro en la memoria de Mario era tan borrosa y cambiante como el reflejo en un espejo surcado de grietas y cubierto de vaho. No conseguía recordarlo con nitidez.
Podría haberle preguntado al griego, pero no lo había hecho. Cada vez que las palabras estaban a punto de salir de sus labios, le invadía una sensación de vértigo y náuseas, y tenía que agachar la cabeza y cerrar los ojos para no vomitar.
En otros momentos, lo asaltaban retazos de imágenes, fogonazos que se escapaban, burlándose de él, en cuanto intentaba atraparlos.
Había un bosque. Niebla, una niebla espesa que se levantaba del suelo.
Guerreros muy altos que surgían de entre la bruma.
Profiriendo un grito bárbaro que Mario no lograba recordar.
La vidente se acercó a Mario. Aunque se había arrebujado en el manto, llevaba la cabeza descubierta. Sus rasgos eran correctos y no carecían de belleza, pero Mario los encontraba demasiado duros, angulosos.
Extrañamente perturbadores.
Cuando la miraba al rostro, prefería fijar la vista en el rombo rojo tatuado en su frente antes que asomarse directamente a aquellos ojos tan oscuros y penetrantes.
Esa mujer daba la impresión de controlar siempre la situación. Si jugara al latrunculi , a buen seguro que lo haría siempre con negras y con cinco piezas de ventaja.
Aquello incomodaba a Mario. Su cupo de hembras inteligentes y dominantes se hallaba más que cubierto con Rea.
—¿Qué haces aquí? No es decente que una mujer visite a un hombre, y menos a estas horas de la noche.
Marta sonrió. Tenía la sonrisa fácil, pero nunca cálida ni sincera.
—Por mí no te preocupes, Mario. Una adivina extranjera no tiene reputación que conservar. ¿Te inquieta la tuya?
—Son otras cosas de ti las que me inquietan. ¿A qué has venido?
—¡Siempre tan directo! Pero yo también voy a serlo contigo.
—Veamos si es verdad.
—Tienes a un hombre refugiado en tu casa.
¡Condenada mujer! Se refería a Artemidoro, estaba claro.
¿Venía como espía a sueldo de Cepión? No era imposible. Los adivinos, como cualquier otro asalariado, servían al mejor postor.
—He tenido que acoger a mucha gente. Los ciudadanos romanos tienen derecho a ser auxiliados por los tribunos de la plebe.
—El hombre a quien das refugio no es ciudadano, aunque tú les dijiste a los esbirros de Opimio que lo era.
—¿Eso dije? ¿A quién te refieres? No tengo recuerdo de lo que dices.
No era mentira.
Del todo.
Las palabras de Marta acababan de traer a su mente una memoria vaga y huidiza.
Artemidoro escoltado por unos lictores. Él dirigiéndose a ellos en tono imperioso.
¿Dónde había sucedido? ¿Cuándo exactamente?
No conseguía concretar más el recuerdo.
—Me refiero, como bien sabes, a Artemidoro de Éfeso.
Mario aguantó la mirada de Marta sin responder. Tras un silencio que se prolongó hasta volverse embarazoso, ella dijo:
—¿Me invitas a entrar, o crees que tu reputación se verá menoscabada?
Instantes después, ambos se hallaban en la alcoba de Artemidoro.
El griego dormía boca arriba. No llegaba a roncar, pero su respiración, lenta y pesada, indicaba que se encontraba en lo más profundo del sueño.
Mario, con un candil en la mano, se acercó al escritorio. Había varios libros en él. Estaban todos enrollados, pero los títulos se podían leer en las etiquetas cuidadosamente rotuladas.
Sobre la equitación y El comandante de caballería , de Jenofonte.
La Poliorcética de Eneas Táctico. Sobre las catapultas , de Bitón de Pérgamo.
Las Tácticas de Clearco de Solos. Opúsculos varios de Polibio y Panecio.
El cuarto volumen de Libros para su hijo de Catón el Censor, en el que relataba su experiencia de general en Hispania y donde de paso, como era inevitable en él, ofrecía cientos de consejos para futuros comandantes.
Todas esas obras tenían algo en común.
Eran manuales militares.
—¿No te parece preocupante? —preguntó Marta.
Hablaban sin levantar la voz, pero sin susurrar. La adivina se había acercado antes a Artemidoro y, tras inclinarse sobre él para, supuestamente, escuchar su respiración, había concluido que no existía peligro de que se despertara.
—¿Qué es lo que debería parecerme preocupante?
—Que muestre tanto interés ahora en la estrategia y en las tácticas militares.
Mario se encogió de hombros.
—Es un erudito. Supongo que es normal documentarse si uno escribe obras históricas.