34
Unos días después de enseñarle a Artemidoro la espada de Escipión, Mario regresaba a casa ya entrada la noche.
Volvía de un humor regular. Su amigo Rutilio Rufo lo había invitado a una cena a la que, según le dijo, asistirían otros convidados importantes.
Había sido más bien una encerrona.
Estaba allí, entre otros, el cuñado de Rutilio, Marco Livio Druso, que el año anterior sirvió como tribuno de la plebe.
Hasta hacía poco más de un año, Mario lo había tenido por un hombre honrado.
Durante su mandato, sin embargo, Druso actuó como auténtico mamporrero de los boni , nombre que se daban a sí mismos los miembros de la facción hostil a cualquier política que consideraran favorable al pueblo llano.
Druso había boicoteado muchas de las reformas de Graco, su colega en el tribunado.
Lo hacía proponiendo leyes que parecían beneficiosas para la plebe cuando, en realidad, solo servían para anular las medidas de Graco.
La mayoría de ellas no llegaban a aplicarse después, porque llegaban a tal extremo de populismo que acababan siendo irrealizables.
Al menos, esa era la opinión de Mario. Rutilio, a medias por parentesco y a medias por convicción, defendía a su cuñado, alegando que no tenía ningún interés egoísta ni se había enriquecido en ningún momento, y que tan solo pretendía lo mejor para el pueblo romano.
Mario apreciaba más al hermano mayor de Druso, Gayo, que también asistía a la cena.
Ciego desde muy joven, no por eso se había resignado a llevar una vida oscura y relegada, apartado en un rincón.
Asimilando y memorizando de oídas lo que otros aprendían leyendo, terminó por convertirse en uno de los juristas más prestigiosos de Roma.
Muchos abogados lo consultaban para preparar sus casos y, aunque su ceguera le impedía ejercer cargos públicos, él mismo intervenía en algunos juicios.
En opinión de Mario, lo hacía con más erudición que oratoria.
Aun así, lo respetaba como ejemplo de tesón y fuerza de voluntad.
Aunque Gayo Druso solía protagonizar las conversaciones con su ingenio —era el primero que hacía chistes con su ceguera—, esa noche había otro invitado más sorprendente que acaparaba la atención de todos.
Yugurta, el príncipe númida al que Mario y Rutilio conocían desde la campaña de Numancia.
En los años transcurridos, aquel joven flaco y escurrido como una anguila en salazón había ganado peso y empaque, para convertirse en un hombre apuesto cuya presencia se hacía notar apenas cruzaba el umbral.
En casa de Rutilio apareció vestido al estilo romano, pero seguía irradiando un aura a la vez refinada y bárbara, con un toque exótico que él mismo procuraba cultivar.
En lugar de cenar reclinados alrededor de mesitas, Rutilio había organizado la velada para que los comensales pudieran estar sentados o de pie, según prefiriesen, picando de las bandejas que los criados les iban presentando.
Eso favorecía que la conversación se disgregara y se recompusiera de nuevo en torno a corrillos efímeros y cambiantes como bandadas de pájaros.
En cierto momento, Mario mantuvo un aparte con Yugurta. El númida se interesó por su carrera política, de la que parecía estar muy bien informado.
—Siempre he pensado que eres un hombre de grandes talentos, Mario. Pero, si me permites que te haga una sugerencia…
—Cuando alguien empieza una frase diciendo «si me permites», siempre da por supuesto que ya tiene ese permiso.
—¿Y lo tengo yo? —preguntó Yugurta.
Su sonrisa era encantadora, toda dientes blancos y bien alineados. Pero Mario encontraba algo entre perturbador y peligroso en sus ojos, que se veían grises o azules según la luz y eran desconcertantemente claros en contraste con su piel atezada.
—Haz tu sugerencia.
—Sin querer ofenderte… —Yugurta se interrumpió a sí mismo con una carcajada—. Sí, ya sé que cuando alguien inicia una frase así, lo siguiente que viene es una ofensa. Pero en mi caso no pretendo que sea así, te lo aseguro.
—Cómo os gusta a los númidas dar vueltas en torno a vuestra presa.
—Es la forma de combatir de nuestra caballería, bien lo sabes. En cambio tú, y esa es mi sugerencia, eres demasiado franco, demasiado directo. Atacas siempre de frente, como los celtas.
—¿Soy demasiado yo mismo?
—¡Demasiado Gayo Mario, sí, has dado en el clavo!
—Eso es una crítica, no una sugerencia.
—Deja que prosiga con mi argumentación, que es muy breve. Si quieres llegar a lo más alto, que sé que es tu meta, convendría que limaras un poco tus… llamémoslas «aristas». A veces eres como un bloque de metal erizado de espinas, que pincha lo toques por donde lo toques.
—Y me sugieres que las lime. Las aristas, o las espinas, o lo que sea.
—Elige lo que prefieras.
—¿Para convertirme en una pelotita de lana suave? ¿O, mejor aún, en una de esas mascotas que las damas acarician en su regazo?
Yugurta celebró la ocurrencia con otra carcajada.
—Claro que no, mi querido Mario. No es necesario llegar a tanto. ¿Te he ofendido?
—Ni por asomo —respondió Mario. En verdad, resultaba difícil ofenderse con Yugurta.
Podía ser inquietante, sí, pero todo lo decía con una sonrisa y un tono tan sereno, casi aterciopelado, que uno bajaba sus defensas y se dejaba adormecer, como se dice que les ocurre a las presas de las cobras antes de ser mordidas por sus colmillos venenosos—.
¿Por qué tanto interés en mi futuro político?
—Tú y yo tenemos mucho en común. Sin ir más lejos, éramos los favoritos de Escipión en Numancia.
—Lo éramos.
—A cambio, no puede decirse que seamos los favoritos de todos esos —añadió Yugurta, trazando un arco con el brazo que sostenía la copa para abarcar a los demás invitados, todos ellos senadores y muchos, además, augures, pontífices y decenviros, que platicaban entre sí en pequeños círculos—.
Tú y yo partimos desde el principio con desventaja ante esa gente.
Yo por ser hijo bastardo, y tú, disculpa el término, por ser un advenedizo nacido fuera de Roma.
Mirando a su alrededor, Mario reconoció:
—En eso llevas razón.
Yugurta bajó un poco la voz y dijo:
—Si quieres ganarte a esa gente y, sobre todo, ganar a esa gente, que no es lo mismo, recuerda mi consejo. Lima un poco tus aristas.
—Tendría que volver a nacer.
—Solo un poco —dijo Yugurta, juntando las puntas de los dedos como si tomara una pizca de sal. Después, le apretó el hombro en un gesto amistoso, puso cara de sorpresa y, antes de despedirse, añadió—: Sigues estando duro como una piedra.
—Las aristas. Son las aristas.
Al ver que Yugurta se alejaba, fue Rutilio quien se acercó a conversar con Mario.
—¿Te ha comentado algo relevante nuestro númida favorito?
—Nada demasiado particular —respondió Mario. No quería decírselo abiertamente, pero no estaba demasiado contento con su amigo y anfitrión. Le daba la impresión de que nueve de cada diez invitados eran hostiles a él.
—Tan encantador como siempre, ¿verdad?
Mario observó cómo Yugurta pasaba de un corrillo a otro, estrechando manos y repartiendo sonrisas y abrazos.
—Eso parece.
—¿Te ha ofrecido dinero para futuras campañas electorales?
Mario se sorprendió.
—¡No! Lo único que me ha ofrecido son consejos que no le había pedido.
—Eso es señal de que te considera incorruptible.
—Entonces, me lo tomaré como un halago.
—No sé yo si siendo incorruptible se puede llegar lejos en esta ciudad.
«¿Lo dices por tu cuñado?», pensó Mario.
En contra de su costumbre, se calló.
¿Estaba siguiendo el consejo de Yugurta, limando aristas y naciendo «un poco» de nuevo?
—Debo de estar muy poco enterado de lo que se cuece en los calderos de la alta política. ¿Por qué está ofreciendo dinero Yugurta?
—¿Por qué crees que puede ser?
Mario pensó unos instantes, mientras Yugurta pasaba a otro grupo.
—Micipsa ya es mayor —aventuró.
—Y no tiene la naturaleza de hierro de su padre —completó Rutilio.
Micipsa era rey de Numidia y tío de Yugurta.
Su padre, el legendario Masinisa, aliado de Roma contra Aníbal, engendró a su último hijo bien entrados los ochenta años y cabalgó en su última batalla con noventa ya cumplidos.
Rutilio llevaba razón. Micipsa no era como Masinisa. Ni por carácter ni por vigor físico.
Tenía dos hijos, de los que Mario solo sabía cosas de oídas. Hiémpsal y Adérbal. Ambos eran más jóvenes que Yugurta y, según se decía, menos ambiciosos, menos astutos y más dados a los placeres de la vida palaciega que a las tradiciones guerreras de su pueblo.
Yugurta, por su parte, era hijo bastardo de Mastanábal, otro de los hijos de Masinisa. Al talento militar heredado de su abuelo sumaba un magnetismo personal que algunos atribuían a su madre, una joven gétula que había encandilado a Mastanábal con su belleza y que murió poco después de dar a luz.
—¿Sabes por qué ha venido Yugurta a Roma? —preguntó Rutilio.
—La verdad es que no me he preocupado en averiguarlo —respondió Mario, molesto consigo mismo al darse cuenta de que le convendría estar más informado de lo que se comentaba en los mentideros políticos.
No le iba a reconocer a Rutilio esa carencia.
—Micipsa lo ha nombrado heredero junto con sus dos hijos. Así que, cuando muera, el reino quedará dividido en tres partes. Conociendo a Yugurta…
Sobre eso sí podía opinar Mario.
—No se resignará a gobernar solo un tercio.
Numidia era reino aliado y amigo del pueblo romano desde los tiempos de Masinisa.
Eso significaba que la República tenía intereses en todo lo que allí aconteciera.
Lo cual explicaba que Yugurta se estuviera adelantando al futuro, propiciándose las voluntades de los senadores para cuando llegara su momento.
—No les auguro una larga vida a los hijos de Micipsa —dijo Rutilio, completando el pensamiento de Mario.
Después de la conversación con su amigo, y tras un par de charlas de corrillo, Mario había tenido una entrevista más en privado. La última. En este caso, con Livio Druso. Para su sorpresa, venía a mediar con él en nombre de Lucio Opimio.
—¿Qué tiene que tratar el mismísimo cónsul con un humilde tribuno? —preguntó Mario.
Se daba cuenta de que el vino no le estaba sentando demasiado bien. En lugar de animarse, se estaba poniendo cada vez de peor humor y más susceptible. No le gustaban nada las miradas de reojo que le lanzaban desde algunos de aquellos conciliábulos improvisados.
—El cargo de tribuno es de todo menos humilde —respondió Druso, que lo había desempeñado hasta hacía poco más de dos meses.
—Según quién lo ejerza —respondió Mario.
Druso no se lo tomó ni siquiera como indirecta. En su lugar, lo tanteó para averiguar si tenía intención de vetar el decreto que Opimio pensaba presentar.
—¿Qué decreto es ese?
—Levantar un templo al pie del Capitolio consagrado a la Concordia.
—¿A la Concordia?
—Así es.
—¡Nada menos! ¡Después de haber ordenado la masacre de tres mil ciudadanos romanos! Hay que tenerlos más gordos que el caballo de Marcio Trémulo.
La cifra de tres mil muertos no estaba tan clara —podían ser más o menos—, y seguramente no todos eran ciudadanos. Pero Mario había decidido que, si la repetía suficiente número de veces, calaría en el ánimo y la memoria de la gente.
—Él mismo no creyó que la situación iba a llegar a ese extremo —dijo Druso, tratando de disculpar a Opimio—. Si los seguidores de Graco no hubieran asesinado a ese lictor, la sangre no habría llegado al Tíber.
—¿Acaso se ha demostrado en algún momento que fueron seguidores de Graco los que le dieron muerte?
—Hay indicios que sugieren que sí.
—¿Qué indicios?
—Da igual. En cualquier caso, lo ocurrido ya no tiene remedio.
—Para los que siguen vivos, sí.
Druso sonrió.
—Me alegra que lo digas, porque de eso precisamente trata la propuesta de Opimio.
Aquello despertó el interés de Mario.
En cierta medida, también lisonjeó su orgullo.
Había otros nueve tribunos de la plebe. Pero la oferta de Opimio, fuese cual fuese, iba dirigida solo a él.
Tenía su lógica. En la sesión del Senado en la que Opimio hizo aprobar el decreto de emergencia que declaraba traidores a Graco y sus partidarios, el único tribuno que se levantó y abandonó la Curia negándose a votar fue él.
Los demás comieron de la mano del cónsul como perrillos domesticados, por no decir que lamieron otra parte de su anatomía.
En su interior, una voz que le costaba silenciar le recordaba que podía haber hecho algo más. Por ejemplo, exclamar: «¡Veto!» y anular todo el proceso.
Otra voz, que pretendía ser la de la sensatez, alegaba que, si hubiera actuado de ese modo, su cadáver llevaría ya casi dos meses siendo pasto de los lucios del Tíber. A los enemigos de los Graco les importaba poco la sacrosanta inviolabilidad de los tribunos.
—¿Cuál es la propuesta? Te escucho.
—Me sorprendes gratamente, Mario. Tienes fama de ser un hombre de convicciones tan sólidas que puedes llegar a ser intransigente.
—Solo he dicho que te escucho, no que vaya a transigir con nada.
Sin embargo, lo había hecho. Había transigido.
La propuesta que traía Druso en nombre de Opimio —asustado, sin duda, por las posibles represalias legales cuando dejase el consulado—, consistía en derogar el decreto del Senado por el que todavía se podían tomar represalias contra los seguidores de Graco.
A cambio, Mario debía comprometerse a no vetar la consagración del templo a la Concordia.
Y algo más.
Opimio quería garantías de que, cuando expirara su mandato, Mario no aprovecharía para denunciarlo por la represión contra Graco y los suyos.
Mario había aceptado.