Sertorio, el elegido de la diosa blanca 33 #2
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La luz de la ventana permitía apreciar una inscripción que corría a lo largo de la hoja. A primera vista, Artemidoro pensó que los caracteres estaban grabados en una variante del alfabeto griego. Cuando trató de deletrearlos, comprobó que el resultado no tenía ningún sentido.

—¿Es la espada con la que derrotaste a… Nuntiusmortis? —preguntó, obligándose a pronunciar el nombre maldito.

—Lo es.

—Me dijiste que pertenecía a Escipión.

—Me la regaló después del duelo. Al principio me negué a aceptarla, se me antojaba un honor excesivo. Pero él se empeñó.

Sin soltar la espada, Mario empujó con el pie una silla plegable hasta ponerla junto a la ventana y, con un simple gesto de la barbilla, ordenó a Artemidoro que se sentara.

Él obedeció, con un suspiro de alivio mal disimulado, apoyó las muletas contra la pared, comprobó que podían resbalar y optó por dejarlas en el suelo.

La torpeza de esta maniobra le hizo sentirse un tanto violento.

Estirando la pierna lesionada, se masajeó el muslo de la otra, la que había estado soportando casi todo su peso, y se dijo que quien debería haberse sentido incómodo era su anfitrión.

Si Mario le acababa de ofrecer asiento no era porque de pronto hubiera recordado que su huésped cojeaba y no podía permanecer mucho rato de pie. En cuanto vio que Artemidoro tenía las manos libres, le plantó la espada en ellas.

—Échale un vistazo y dime qué ves.

Artemidoro cogió el arma con precaución, casi con temor, como un padre que toma en brazos por primera vez a su bebé recién nacido. Lo último que quería era que se le resbalara de las manos y la hoja se mellara o se despuntara contra las baldosas del suelo.

La espada era unos cinco dedos más larga que la que solían utilizar los legionarios, el gladio ibérico que tan bien describió Polibio al hablar del armamento romano.

Artemidoro conocía aquel pasaje de memoria, «llene una punta excelente y corta con fuerza por ambos lados, ya que su hoja es sólida y fuerte».

—¿La forja es celta?

—Eso creía Escipión, y eso creo yo también. Pero no la consiguió en Hispania, sino años antes, cuando conquistó Cartago.

—Querrás decir cuando la arrasó.

Mario, que seguía en pie junto a la ventana, dirigió una mirada desde arriba a Artemidoro, frunciendo las cejas. Era evidente que la apostilla no le había gustado.

Últimamente, en las conversaciones con su anfitrión, Artemidoro no podía evitar que se le escaparan comentarios entre amargados y sarcásticos sobre los beneficios que la civilizada Roma regalaba a los pueblos conquistados.

Mario podía ser crítico con personajes como Opimio o Servilio Cepión, pero no dejaba de ser un romano convencido de que su ciudad estaba destinada a gobernar el resto del mundo.

Era mejor no seguir por ese camino y centrarse en la espada.

—¿Dónde la encontró Escipión?

—En un templo de Júpiter —respondió Mario.

—¿De Júpiter? ¿En Cartago?

—Como quiera que lo llame esa gente.

—El dios Baal.

—Supongo que sí. Al parecer, esta espada perteneció a Amílcar…

Amílcar era un nombre casi tan común en Cartago como Gayo en Roma. Aun así, Artemidoro dio por supuesto que su anfitrión se refería al gran Amílcar Barca, el padre del aún más grande Aníbal…

—… que la consagró en el templo de Júpiter, o de Baal como dices tú, en agradecimiento tras vencer en la guerra de los mercenarios.

De esa guerra también había hablado Polibio.

Al relatar una de las escenas más crueles de aquel conflicto, cuando los mercenarios de Cartago arrojaron a una fosa a setecientos prisioneros todavía vivos, después de romperles las piernas y amputarles narices, orejas, manos y testículos, el historiador no había podido reprimir su repugnancia y su horror.

«A veces crecen en el alma tales podredumbres y gangrenas que hacen que entre los seres vivos no exista ninguno más impío ni más cruel que el hombre».

Artemidoro se preguntó si alguien como Servilio Cepión tenía gangrena en el alma, o si era él mismo la gangrena que infectaba el cuerpo cada vez más pútrido de la todopoderosa Roma.

«Tú serás el cirujano que cauterice esa gangrena», le indicó una voz.

¿Era la de Diógenes? ¿La de Telos? ¿La de Urania?

¿La suya propia?

Empezaban a ser demasiadas voces conversando dentro de su cabeza. A ese paso, tendría que nombrar un corifeo para que las coordinara.

«Ni que me hubiera golpeado a mí esa piedra escalando una muralla».

—Un centurión encontró la espada mientras sus hombres saqueaban el templo —explicó Mario—. Al principio se la quedó para sí. Después pensó que un arma tan valiosa era digna del general que había tomado la ciudad, y se la entregó a Escipión.

—En ese caso, supongo que la inscripción está en púnico.

—¿Puedes leerla?

Sabiendo que se trataba del alfabeto cartaginés, muy similar al fenicio, Artemidoro lo veía ya de otra manera.

Pasó los dedos por encima de la hoja, sin llegar a rozarla, mientras recordaba la equivalencia de las letras.

En púnico, al igual que en arameo, idioma que manejaba con soltura, no solían representarse las vocales, como sí se hacía en griego y en latín.

Para interpretar un texto —a no ser que se contara con la ayuda delos signos de apoyo que la mujer que le enseñó la escritura aramea llamaba «madres para leer»—, era necesario deducir qué sonidos faltaban.

En la inscripción de la espada no se veían tales madres de lectura, solo consonantes. Artemidoro avanzó despacio y en voz baja, y cuando creyó entender lo que rezaba la inscripción la repitió en voz alta.

—Baal Shamim yittin barzel min shamim.

—Has vuelto a mencionar a ese dios —dijo Mario, inclinándose sobre Artemidoro.

—Sí.

—¿Qué significa?

—«Baal celeste entrega el hierro del cielo».

—¿Qué quiere decir «hierro del cielo»?

«Eso querría saber yo», pensó Artemidoro.

«Hierro del cielo». ¿Se referían a eso Hadwiga y Urania cuando, en sus visiones, le ordenaron traer a Roma la piedra de la tierra para reuniría con la del cielo y despertar el Rágnarok, la gran conflagración?

Quizás había hablado de más. Si esa espada era importante para su designio, mejor que Mario no supiese nada de ella.

—Lo ignoro —respondió.

—Fíjate en el otro lado de la hoja. Hay más letras.

Artemidoro le dio la vuelta a la espada. En la cara opuesta se apreciaba otra inscripción. La lectura de los primeros caracteres no le dijo nada, pero al final creyó entender algo como «luna llena oscura».

Kese’ ḥ ašuk.

¿Podía significar que aquella espada había sido forjada con hierro caído del cielo y en una noche de eclipse lunar?

¿El hecho de fabricarla así le confería algún poder especial?

Un hecho era inequívoco. Su filo había herido a Nuntiusmortis, el guerrero invencible.

¿Magia?

El Artemidoro de unos meses atrás se habría reído de sí mismo. ¿Qué influencia podía tener el mundo de los cielos, tan lejos de la esfera terrestre, en los asuntos de los hombres?

Ya no estaba tan seguro.

Ni de eso, ni de nada.