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—El amo quiere que vayas a verlo a su despacho.
Artemidoro dio un respingo en el asiento. Estaba tan embebido en lo que escribía que no había oído entrar a Cleandro.
Los esclavos podían ser muy sigilosos. Buena parte del tiempo, ya fuera por conveniencia propia o porque a sus amos no les apetecía acordarse de que existían, se las arreglaban para que no se reparara en su presencia.
Artemidoro soltó la pluma sobre la paleta y, de forma instintiva, inclinó el torso para ocultar lo que escribía. No quería enrollar el papiro aún para que no se corriera la tinta, todavía fresca.
—Perdona, Artemidoro. Debería haber llamado a la puerta, pero al verla entornada… —Tras una breve vacilación, el esclavo añadió—: ¿Has vuelto a escribir? ¿Es uno de tus libros de historia?
Artemidoro echó hacia atrás el asiento, se volvió hacia el joven y abrió los brazos, apoyando las palmas en el escritorio que ahora quedaba a su espalda.
A la vez que lo hacía, ya se estaba regañando a sí mismo por actuar con tan poca naturalidad.
No era la mejor forma de disimular que no quería que Cleandro leyera el texto que acababa de empezar.
Lo había escrito a vuelapluma, casi como si lo hiciera sobre cera.
La letra descuidada e impaciente que le salía en esos casos no resultaba sencilla de descifrar.
No obstante, ignoraba hasta qué punto podía llegar la habilidad de Cleandro, educado por un padre contable, para leer caligrafías difíciles.
—Tienes razón. En lo sucesivo, debes llamar a la puerta —respondió, haciendo caso omiso de las dos últimas preguntas del joven. Este se ruborizó y agachó la cabeza.
—Te pido perdón de nuevo, señor. ¿Tendrás la bondad de acompañarme para ver al amo?
Artemidoro decidió que, en cuanto se quedara solo de nuevo, giraría el escritorio noventa grados a la derecha. De ese modo, la luz de la ventana entraría por la izquierda, de modo que la sombra de su propia mano no le ocultaría el texto.
De paso, no se quedaría con la espalda vuelta hacia la puerta.
Nunca había sido un hombre desconfiado. Un error que pensaba subsanar en lo sucesivo. Aunque aquel joven tan guapo le resultara simpático, no pensaba fiarse de él ni de nadie.
Había aprendido esa lección a golpes, metafóricos y reales.
Girándose de nuevo, sopló encima del papiro para secar las últimas líneas, lo enrolló y ató el cordel. Pensó en guardarlo en el baúl, pero quizá eso estimularía más la curiosidad de Cleandro. Se limitó a dejarlo sobre la mesa.
—Llévame con Mario, sí —dijo, cogiendo las muletas.
Tras salir de la estancia y recorrer la galería que rodeaba el jardín, llegaron a la parte delantera de la mansión, donde se encontraba el tablino de Mario.
Bastaba trasponer el umbral para comprobar que ese despacho era mucho más amplio que el último que había visitado, el de Gayo Graco.
Este, en su segundo tribunado, después de pasar la vida entera en el Palatino, había decidido mudarse a una casa más pequeña para estar a poca distancia del Foro y ser más accesible a los ciudadanos.
Un intento de incrementar su popularidad que no le sirvió de nada. Sus rivales amañaron las elecciones, privándolo así de su tercer mandato y de la inmunidad que este le garantizaba.
¿Habrían respetado esa inmunidad sus enemigos? A juzgar por lo ocurrido años antes con su hermano Tiberio, a quien le abrieron la cabeza a estacazos cuando todavía era un sacrosanto tribuno de la plebe, Artemidoro lo dudaba mucho.
Mario era tan tribuno como Graco, pero había dejado claro que no iba a abandonar su domus de las Carinas.
Bastante lo criticaban por ser un advenedizo de Arpino como para mudarse a una vivienda más humilde que habría servido de excusa a aquellos que lo señalarían con el dedo.
«¿Veis? Un pobretón venido del campo al que le viene grande la toga de senador».
Para Graco, el tribunado era el cargo que siempre quiso desempeñar, convencido de que su misión era continuar con las reformas de su hermano y facilitarle la vida al pueblo llano de Roma.
Para Mario, solo suponía un escalón más en el ascenso a su verdadera meta.
El consulado.
Si ambicionaba ese cargo no era tanto por hacer política como por mandar ejércitos y superar o incluso empequeñecer la gloria militar de su mentor y modelo, Escipión Emiliano.
Era evidente que a Mario lo movía un poderoso designio, su propio Telos.
En cuanto Cleandro los dejó solos, cerrando la puerta al salir, Mario, en lugar de decirle a Artemidoro que se sentara —algo que habría agradecido—, se levantó de su propia silla y abordó sin preámbulos el motivo de su llamada.
—Te dije que después de batirme con Letondón obtuve una posesión muy valiosa.
—Así es.
—También dije que te la mostraría.
—«Todo a su tiempo» —respondió Artemidoro, citando al propio Mario—. ¿Eso quiere decir que ha llegado ya el momento?
—No me dejan de surgir obligaciones más importantes, pero he encontrado unos minutos para atenderte.
Hasta un extranjero como Artemidoro podía entender que un tribuno de la plebe tenía deberes y compromisos más apremiantes que satisfacer la curiosidad de un erudito griego caído en desgracia. Aun así, la falta de diplomacia de Mario le escoció un poco.
Incómodo por aquel comentario y sin saber muy bien cómo responder, musitó un agradecimiento y apartó sus ojos de los de Mario con la excusa de examinar la estancia.
Por otra parte, el lugar despertaba su curiosidad.
Los despachos donde los nobles romanos recibían a sus visitantes solían revelar cosas sobre ellos.
En el caso del tablino de Mario, las pinturas que decoraban las dos paredes laterales no tenían nada que ver con los paisajes bucólicos que se habían puesto de moda en tiempos recientes.
En la pared de la izquierda, unos cazadores alanceaban ciervos y jabalíes, mientras que en la de la derecha se libraba una batalla entre romanos y galos.
Sin duda, esas escenas en las que no faltaban pinceladas de sangre eran muy apropiadas para el carácter del dueño de la casa.
Ese carácter se veía incluso mejor retratado en la gran panoplia que ocupaba la pared frontera a la puerta, al otro lado de la mesa de campaña que hacía de escritorio. Las armas que se exhibían allí eran reales, no pintadas.
Artemidoro contó tres escudos, uno redondo de caballería y dos ovalados de infantería. Uno de estos se veía prácticamente reducido a astillas. Era evidente que aquel broquel destrozado poseía una historia y que Mario quería que sus visitantes, al menos, la intuyeran.
De la pared colgaban, asimismo, el frontal de una coraza de bronce musculada, un sencillo pectoral formado por tres discos de metal, una cota de malla y dos pares de grebas.
No faltaban los yelmos. Había tres, dos de los cuales parecían intactos, mientras que al tercero le faltaba una carrillera y mostraba una llamativa abolladura al lado del remate que, en su momento, debió de servir para enganchar un penacho de plumas o de crines de caballo.
Señalando con una muleta el casco dañado, Artemidoro preguntó:
—¿Lo llevabas puesto cuando…?
—Todas estas armas las he usado personalmente en alguna campaña. Si te refieres a ese yelmo, sí, lo llevaba cuando trepé por la escala para asaltar los muros de Contrebia.
El nombre le sonaba familiar a Artemidoro. Probablemente él mismo lo había mencionado en su Geografía .
—¿Fue durante la campaña de Numancia?
Mario asintió.
—Contrebia ya estaba sometida, pero volvió a rebelarse mientras asediábamos a los numantinos. Pensaron que Escipión estaría demasiado ocupado o distraído para hacerles caso. Se equivocaron.
Artemidoro nunca había tenido trato cercano con Escipión Emiliano, aunque sí había coincidido con él en un par de esas veladas entre artísticas y filosóficas a las que era tan aficionado.
Se preguntó cómo sería en realidad aquel hombre del que Mario hablaba con veneración, Gayo Graco con críticas no demasiado veladas y Cornelia —madre de los Graco e hija del auténtico Escipión— con abierto desprecio.
Acercándose un poco más para examinar el casco, Artemidoro preguntó:
—¿Fue una piedra?
—Del tamaño de dos puños juntos —respondió Mario, juntando los suyos.
—¿Llegaste a lo alto de la escala?
—No terminé de subirla. Ni siquiera recuerdo haber empezado a trepar por ella.
—Entonces, ¿cómo sabes qué ocurrió así?
—Me lo contaron después. —Mario meneó la cabeza—. Podría haber ganado una corona mural por plantarme el primero en el parapeto, pero lo único que conseguí fue un buen chichón y un mareo que durante varios días me hizo vomitar cada vez que giraba el cuello demasiado rápido.
—En el fondo, fuiste afortunado.
Mario se encogió de hombros.
—He tenido heridas peores.
El centro de la panoplia lo ocupaban dos espadas. Artemidoro intuyó que una de ellas era la valiosa posesión a la que se refería su anfitrión.
Acertó.
Mario le dio un momento la espalda para descolgar el arma situada a la derecha. Después rodeó el escritorio para aproximarse a Artemidoro y mostrársela con más detalle.
La espada estaba guardada en una funda de cuero. La piel, que debió de ser roja en su día, se veía desgastada por el roce y el sudor, y oscura por la grasa con que la untaban para protegerla. La contera y el brocal de bronce, sin embargo, brillaban como si les acabaran de sacar lustre.
El pomo tenía una forma peculiar. En lugar de terminar en un disco o una bola, se bifurcaba en dos prolongaciones curvas de marfil, que a Artemidoro le recordaron a los cuernecillos que les brotan a los ciervos jóvenes.
Mario desenvainó la espada y dejó la funda sobre la mesa. Todo lo hizo con la delicadeza casi religiosa de una vestal, chocante en un hombre cuyos movimientos bruscos y ademanes tajantes recordaban más a un leñador talando árboles.
Acercándose a la celosía que asomaba al patio, le hizo un gesto a Artemidoro para que se arrimara.