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Al quedarse solo en su nueva habitación, Artemidoro comprendió hasta qué punto se había resistido a abandonar el sótano. Allí abajo reinaban el silencio y la sombra, una penumbra protectora que lo mantenía a salvo de las miradas.
Por encima de todo, lo preservaba de la luz.
Estaba convencido de que, si los rayos del sol caían sobre él, lo expondrían ante los demás como un enorme ojo acusador y desnudarían su deshonra, su impotencia. La vergüenza de no haber sido capaz de defender a Urania.
Pero cuando se asomó a la ventana abierta y escuchó a los mirlos prometidos por Cleandro, cuando respiró el aire fresco y cargado de aromas del jardín, se dio cuenta de que allí abajo, en la penumbra y el olor a moho y yeso bofado del sótano, se había estado consumiendo.
Parte de él no habría lamentado consumirse del todo. Sufrir el mismo destino que Eco, la desdichada ninfa que de puro desamor se marchitó hasta no dejar tras de sí más que el residuo de una voz.
Pero, aunque Artemidoro también había perdido a su amor —en su caso, porque se lo habían arrebatado, no porque Urania lo hubiese desdeñado como hizo el vanidoso Narciso con la pobre Eco—, todavía le quedaba un propósito claro que lo empujaba a seguir adelante con su existencia.
Cuando ese propósito se debilitaba y él volvía a acariciar ideas de olvido y consunción, el colgante le recordaba la empresa que debía acometer.
—Te lo devolveré —murmuró, jugueteando con el óvalo de ámbar a través de la túnica—. Te devolveré el colgante, Urania.
Casi a regañadientes, se apartó de la ventana para explorar su nueva morada. Fue una batida breve, incluso con muletas, ya que bastaba dar unos pasos para alcanzar sus fronteras exteriores.
Aparte de la cama, la mesilla, el escritorio y la silla, en la estancia había dos grandes baúles. En el primero de ellos encontró ropa limpia y apenas desgastada. Otro lujo que agradecer a la hospitalidad de Mario.
El segundo arcón era suyo. Se veía mucho más baqueteado, con cicatrices recibidas en los muchos viajes en que lo había acompañado.
Le dio la impresión, incluso, de que tenía algunos arañazos y desportilladuras nuevos.
¿Estaba ya antes esa marca curva que, debajo de otras dos más pequeñas, parecía una sonrisa con unos minúsculos ojos encima?
Los esclavos de Mario, al ver que el baúl era viejo, no debían de haberse tomado demasiados cuidados a la hora de transportarlo.
Artemidoro se encogió de hombros. No le preocupaba el aspecto exterior del arcón.
Lo valioso era lo que estaba dentro.
E incluso eso era relativo. A estas alturas, nada importaba demasiado.
Cuando levantó la tapa, las bisagras de cobre rechinaron. Convendría untarlas con aceite, se dijo. Podía usar el de alguna de las lamparillas que había en la habitación.
Había manifestado muchas veces esa misma intención delante de Urania, pero nunca llegó a hacerlo.
Aquella insignificante tarea procrastinada le provocó un extraño desasosiego, como si todo lo ocurrido se debiera a su negligencia.
Como si, en el caso de haberse detenido un instante para echar unas gotitas de aceite sobre los goznes, hubiera podido conjurar el mal que se había abatido sobre ellos.
Respiró hondo. Al menos, ya podía hacerlo sin que le dolieran las costillas.
En el baúl se hallaban las pocas posesiones que le quedaban, aparte de la paleta egipcia.
Sus libros.
Estaban tan apiñados como remeros en una nave de guerra. A los volúmenes que normalmente conservaba en el arcón se añadían los que los criados habían cogido de la estantería y unos cuantos más que, según se apreciaba por las manchas y las pisadas, debían de haber recogido del suelo.
Como en aquel momento no tenía nada mejor que hacer, los fue sacando y depositando sobre el escritorio y encima de la cama para contarlos.
Trescientos.
No faltaba ninguno. Al parecer, los saqueadores no debieron de considerar que sus libros fueran un botín valioso. Nada sorprendente, teniendo en cuenta la catadura moral e intelectual de aquellos sujetos.
En la época en que Artemidoro vivía en el apartamento que ahora oc upaba Antiodemis, tenía muchos más volúmenes.
Después, cuando se vio obligado a mudarse debido a su situación económica —un ridículo eufemismo, por no decir que se hallaba en la ruina—, hizo una criba entre ellos y le vendió más de la mitad a Cornelio Higino, el liberto que regentaba la librería mejor surtida del Argileto.
En aquel momento, despedirse de todos aquellos libros le dolió tanto como amputarse una mano para evitar la gangrena.
Aun así, se había quedado con las obras que consideraba más necesarias para componer sus Historias , lo que suponía un número más que a preciable.
También se reservó algunos ejemplares por los que sentía más apego, como el libro 23.
º de la Riada , que narraba los juegos funerarios en honor de Patroclo.
En los márgenes se veían anotaciones de puño y letra de Aristóteles destinadas a su antiguo discípulo Alejandro.
Si no era una falsificación, aquel volumen había acompañado al rey macedonio durante toda su expedición de conquista, desde las llanuras de Mesopotamia a las arenas de Libia o las nieves del Paropamiso.
En total, sumaban trescientos libros. Tan valiosos para él como lo fueron para Leónidas sus trescientos espartanos.
En aquel momento, su Diógenes interior se lo había reprochado.
«Continúas apegado a las posesiones materiales. Si siguieras mi ejemplo, en vez de lloriquear por lo que has perdido, considerarías tu pobreza un don de los dioses y no una maldición».
Según contaban sus biógrafos, a lo largo de su vida Diógenes se había ido desprendiendo de todas sus pertenencias.
Un día, al encontrarse con un niño que bebía agua de la fuente haciendo cuenco con las manos, se dio cuenta de que podía prescindir incluso de la escudilla de barro que le servía al mismo tiempo de plato y de vaso, y la tiró.
Desde entonces, sus únicas propiedades eran un manto cada vez más raído y la tinaja o el barril donde dormía cuando hacía mal tiempo.
A Artemidoro, todo aquello le parecía muy pintoresco, pero poco práctico.
«Si siguiera tu ejemplo, llevaría los pies negros de roña todo el tiempo y levantaría la pata para mear delante de la gente, como los perros, por no hablar de cosas peores».
«Un perro soy, y a mucha honra», fue la réplica de Diógenes, como cabía esperar.
«Ya, el que muerde a los amigos y no a los enemigos. Pues deja de morderme un rato».
Mientras devolvía los libros al baúl, ya contados, se dio cuenta de que sentía un extraño desapego por aquello que durante tanto tiempo consideró su mayor tesoro.
No porque compartiera la doctrina de Diógenes.
Este se acabó separando de todas sus posesiones por voluntad propia, convencido de que la auténtica vida consistía en ajustarse a la naturaleza.
Una naturaleza que él entendía prácticamente como el estado elemental, casi animal del ser humano.
Una condición primigenia, sin contaminar por normas ni convenciones.
El desapego de Artemidoro era muy diferente.
Se parecía más a un embotamiento interior, como el de un pie que se queda dormido después de pasar mucho rato sentado, pero no llega a recuperar la circulación.
No era el resultado de haber tomado una elección libre ni de adoptar unos principios filosóficos, sino del azar, que lo había vapuleado con golpes tan brutales que lo habían dejado prácticamente insensible.
En algunos momentos del pasado, regodeándose en sus desgracias y sus pérdidas, su talante propenso a la metáfora y la alegoría había hecho que se viera a sí mismo como una roca al borde del océano, un peñasco azotado por la marea.
Cada golpe del oleaje lo iba desgastando, arrancándole algo más.
Primero la herencia de sus padres, después la mitad de sus libros, luego el apartamento espacioso, más tarde su propia reputación como intelectual, hundida por enamorarse de una prostituta.
Todo eso lo sobrellevó mientras tuvo a Urania. Hasta ese momento, pudo fantasear creyéndose duro y resistente como el granito.
Pero la última ola se lo había llevado todo dejándolo a la intemperie, una roca pelada sin una mísera brizna de musgo o un manojo de algas para cubrir su desnudez.
Y ni siquiera era una roca de granito, sino de frágil arenisca.
No le quedaba nada.
—Mentira —masculló.
Todavía le quedaba algo.
¡El designio!
«Lo llamas designio, cuando no es más que venganza», objetó Diógenes.
«Vuelve a tu barril, viejo bocazas».
Artemidoro devolvió su atención al escritorio. Allí había dejado seis volúmenes que no contaban entre sus trescientos elegidos.
No necesitaba desplegarlos para saber que seguían en blanco, ya que era muy meticuloso con las etiquetas.
Esos seis papiros eran el último regalo, y también el último recuerdo, de Gayo Sempronio Graco.
Graco estaba en su segundo mandato como tribuno de la plebe cuando ambos llegaron a un particular acuerdo.
Él le proporcionaba papiros nuevos y, a cambio, Artemidoro pasaba a limpio dos veces el texto de cada libro de las Historias : una para él y otra para que Graco se quedara con una copia de aquel texto que disfrutaba en primicia.
Artemidoro guardaba esos rollos vírgenes en una cesta de mimbre, al alcance de la mano.
(El apartamento era tan pequeño que allí todo estaba al alcance de la mano).
Al ver que la cesta había quedado reducida a astillas, los sirvientes de Mario la dejaron allí, pero habían recogido del suelo los papiros.
Pisoteados. Como la memoria de Graco.
«Como yo mismo».
«Ya estás lloriqueando».
«¿Los perros no duermen la siesta?».
«Es su ocupación favorita».
«Pues duerme y cállate ya».
Como aquellos papiros estaban enrollados y asegurados con cordeles, las manchas de agua y barro solo se advertían en la parte exterior de la primera plágula. Al abrir el que parecía estar en mejores condiciones, Artemidoro se quedó un momento en silencio, contemplándolo.
Se sentó, mojó en tinta la pluma y la sostuvo en alto.
El impulso de escribir lo había asaltado antes siquiera de preguntarse qué quería plasmar en aquella superficie virgen.
¿Debía continuar con sus Historias , el proyecto titánico y un punto soberbio al que él mismo se había condenado?
El libro 28 terminaba con el saqueo de Delfos y con los volcas tectósages transportando el tesoro maldito hasta Tolosa, en la Galia.
Hablando de ese tesoro con Graco, la víspera de los idus de enero, había visto cómo se le encendían las pupilas al escuchar a cuánto ascendía el montante de lo expoliado.
No era para menos.
¡Quince mil talentos de oro y diez mil de plata! El equivalente a cuatro mil quinientos millones de sestercios.
Artemidoro conocía el emplazamiento del tesoro. No por el relato de otros, sino porque él mismo había buceado en las aguas donde estaba sepultado, en un pequeño lago al pie de un monte que, a falta de otro nombre, bautizó como Criptolimne, «Laguna secreta».
Como desconfiaba de los guías que lo acompañaban y planeaba regresar más adelante —un propósito que las vicisitudes de la vida le impidieron cumplir—, solo había sacado del fondo una moneda de oro, un darico con la efigie del gran rey de los persas.
En la noche horrible, había perdido esa única prueba material de la existencia del tesoro.
Artemidoro imaginaba que, al igual que había ocurrido con la bolsa de sestercios que Rea le pagó por atenderla en el embarazo, se la habrían llevado o bien Cepión y su guardaespaldas o bien Septimuleyo y sus sicarios.
Fue precisamente el destello que captó en los ojos de Graco al oír el relato lo que convenció a Artemidoro de que lo mejor que podía hacer era ocultar el paradero del tesoro.
Roma ya era lo bastante poderosa sin necesidad de poner en sus manos aquel caudal inmenso, suficiente para pagar el mantenimiento de veinte legiones durante un siglo entero.
Así que mintió. Lo hizo al principio del libro 29.
º, donde afirmó que buscar el oro de Delfos era como «tratar de encontrar al talabartero que cosió el odre de los vientos de Eolo».
Una frase copiada de Eratóstenes, que la había utilizado para burlarse de quienes intentaban reconstruir el posible itinerario de Odiseo durante su accidentado regreso a Itaca.
¡Un historiador faltando a la verdad a propósito! ¿Qué habría pensado de él Tucídides? Heródoto, que no se resistía a introducir en su obra anécdotas increíbles con tal de que fueran entretenidas, habría sido más indulgente con él.
«Pero él lo hacía, como tú mismo has dicho, por entretener a sus lectores, no para engañarlos».
¡Ya estaba otra vez ese maldito chucho que se creía filósofo, mordiéndole el tobillo en cuanto se descuidaba!
Pero Diógenes llevaba razón.
Artemidoro se había invalidado a sí mismo como historiador.
Aun así, sentado ante aquel papiro sin estrenar, decidió que eso no le importaba. Volvió a mojar la pluma y escribió:
Ἀρτεμιδώρου Ἐφεσίου τῆς ἱστορίης τε καὶ τῶν ναυτιλιῶν τῶν μακρῶν ἀπόδειξις ἥδε, ἵνα τὰ ὑπ᾽ ἀνθρώπων ἐξεργασμένα ὑπὸ τοῦ χρόνου λήθης ἀφανισθῇ, καὶ τὰ Ῥωμαίων ἔργα δεινὰ τε καὶ μιαρὰ ἀκλεᾶ γένηται καὶ ἄμισθα, καὶ βάρβαροι καὶ Ῥωμαῖοι στρατεύσωνται ἐς πόλεμον, οὗ μηδείς ἔτι γνῴη τὴν αἰτίην.
Cuando terminó aquella larga frase, la leyó en voz alta.
—«Este es el relato de la investigación y los largos viajes de Artemidoro de Éfeso, para que las acciones de los hombres sean borradas por el olvido del tiempo, para que los terribles y abominables actos de los romanos queden sin gloria ni recompensa, y para que bárbaros y romanos marchen a una guerra cuya causa nadie conocerá jamás».
Era una extraña paráfrasis del principio de la obra de Heródoto, unas líneas que conocía de memoria y cuyo espíritu acababa de convertir en lo contrario [14] .
Olvido y destrucción, en lugar de recuerdo y gloria.
—¿Los largos viajes? —se preguntó en voz alta—. ¿Por qué he escrito esto?
Era verdad que, a lo largo de su vida, había viajado más que el común de los hombres. Pero ahora no estaba pensando en sus expediciones pasadas, sino en los miles de millas que tendría que recorrer en el futuro.
Era como si le hubiera dictado las frases una voz ajena. Sin timbre ni tono, sin un rostro detrás. Un susurro sin cuerpo, sin volumen. Artemidoro la percibía detrás de él como un hálito gélido, el vaho que podría exhalar una garganta inmaterial.
Sabía que, si giraba la cabeza, no vería a nadie.
Pero la voz existía.
—Telos —musitó, poniéndole nombre.
El designio, la causa final que iba a mover sus actos.
«Iba», porque todavía no había actuado más que en sueños.
Pero ya era hora de ponerse en marcha.
Volvió a escribir.
«Voy a ser el instrumento de Telos. Por ahora, solo soy su pluma. Pero esta vez no me conformaré con ser notario del pasado.
»Voy a ser autor del futuro».