31 #2
Se rumoreaba que Stígmata era uno de los cientos o miles de muertos en la sangrienta jornada de los idus de enero. ¿Sería verdad? ¿Habría perecido luchando sobre el puente contra el ejército del que hablaba la chiquilla con evidente exageración? En cualquier caso, ¿qué tenía ella que ver con él?
Antes de que pudiera preguntárselo, la niña se sorbió la nariz y se restregó los ojos, abortando las lágrimas antes de que brotaran, y tiró del manto de Cleandro para reanudar la marcha.
—¡Vamos, vamos, te esperan!
En lugar de dirigirse hacia el otro puente, siguieron caminando por la ribera oriental del Tíber.
Eso tranquilizó a Cleandro. En realidad, se dijo, no había pasado tanto tiempo desde que salieran de la taberna.
La niña andaba bastante rápido con aquellas piernecillas flacas.
Olvidado aquel momento de tristeza, a ratos daba saltitos y levantaba los brazos como si estuviera en mitad de un juego.
Dejaron atrás los muelles. Incluso en invierno, con la navegación marítima muy reducida, se veían concurridos.
Marinos, comerciantes, estibadores, curiosos.
Roma era una criatura enorme que exigía alimento sin cesar, tanto por el Tíber como por las diecisiete puertas que se abrían en sus murallas a modo de otras tantas bocas.
No tardaron en apartarse de la orilla para internarse entre los almacenes del Emporio, y llegaron ante un edificio de ladrillo rojo, grande y alargado. Apenas había ventanas en sus dos plantas, lo que le confería un aire severo, casi amenazante.
—¿Es aquí?
Asintiendo en silencio, la chiquilla lo condujo hacia una entrada lateral, aún más discreta que las demás en un almacén cuyo aspecto era, de por sí, tan austero e inexpresivo como un rostro al que le hubieran borrado las facciones.
O arrancado la piel, pensó Cleandro, acordándose de la faz despellejada que encontraron en el apartamento de Artemidoro.
El recuerdo le hizo estremecerse. ¿Por qué le había asaltado aquella imagen?
La niña cruzó la puerta y le hizo una seña para que lo siguiera. Cleandro empezó a preguntarse si no habría cometido una imprudencia. Que aquella criatura tuviera un rostro angelical no significaba que no lo hubiera conducido hasta una trampa.
Pero ¿qué trampa? ¿Qué podían robarle a un esclavo como él?
«Mi moneda», pensó, llevándose de nuevo la mano al cinturón.
Allí seguía, bien oculta.
En ningún caso iba a consentir que se la arrebataran.
A través del cuero, notó como la moneda se calentaba un poco más. Intuyó que no era una advertencia. Lo que estaba haciendo era transmitirle valor, decisión. Ella quería que él estuviera allí.
Una vez dentro del edificio, la niña lo guio por un pasillo hasta una puerta entreabierta. La empujó con las dos manos y le hizo una señal para que pasara.
Cleandro lo hizo y entró a una sala sin ventanas, que olía a cera de velas, a humo de brasero, a ropa mojada y a sudor rancio.
Allí lo esperaban cinco hombres. Uno de ellos estaba sentado en un viejo sillón de madera. Era feo y panzudo, y tenía los pies sobre un escabel para que no le colgaran. Si sus piernas eran cortas, sus brazos lo eran aún más, exageradamente pequeños incluso para alguien de su escasa estatura.
Flanqueaban el asiento dos tipos corpulentos y de aspecto inquietante que hacían parecer aún más diminuto al del sillón. La actitud de los dos matones, sin embargo, no dejaba lugar a dudas. El hombrecillo feo de mirada aviesa era el jefe al que protegían y obedecían.
—Muy bien hecho, Sierpe —dijo el hombrecillo del sillón, dirigiéndose a la cría—. Ya puedes irte.
Más que marcharse, la niña se escabulló y cerró la puerta tras de sí.
«Sierpe», pensó Cleandro. Qué nombre tan peculiar. No le pegaba nada a una niña de ojos tan inocentes.
Solo que el hecho de haberlo traído aquí, a la guarida de aquellos individuos, implicaba que de inocente no tenía nada. Que tal vez fuera tan traicionera y peligrosa como una serpiente.
Cleandro se olvidó de la niña. Al menos por el momento.
En la estancia había dos hombres más, y su presencia no calmaba precisamente la aprensión que despertaban los tres primeros.
Uno de ellos estaba pegado a la pared, en parte oculto por las sombras. Su cuerpo tapaba casi por completo unos frescos obscenos, pintados con un gusto espantoso.
Era alto y, sobre todo, ancho, con unos hombros tan macizos que el cuello desaparecía entre ellos.
Lo que más impresionaba, no obstante, no era su tamaño.
Era la sensación ominosa que emanaba de él.
En el caso de los dos guardaespaldas que rodeaban al hombrecillo del sillón —uno con físico de pugilista, el otro alto, musculoso y de piel negra como el carbón—, la amenaza que transmitían era puramente física.
El tipo de la pared, que no se movía y apenas parpadeaba, irradiaba algo distinto.
Era como si su corpachón fuera una envoltura, el caparazón de una criatura engendrada en algún abismo tenebroso e insondable.
No era extraño el nombre con que se lo conocía cuando era gladiador.
Nuntiusmortis. El mensajero de la muerte.
Cleandro lo había visto combatir. Y vencer. Siempre.
La gente lo aplaudía, pero con recelo.
Como si fuera una de esas bestias traídas de Libia a las que daban caza en el Circo Máximo. Como si en cualquier momento pudiera saltar por encima de las protecciones, abalanzarse entre el público y dedicarse a segar cabezas con su espada.
Todavía quedaba un último ocupante en la sala.
Un hombre alto y de buena planta, que estaba de pie, con el trasero apoyado en el borde de un triclinio. Llevaba puesto un manto pardo, discreto, que buscaba no llamar la atención. Por la abertura, sin embargo, se adivinaba que la túnica que vestía debajo era de excelente calidad.
Cleandro también conocía a aquel personaje.
Lo había visto más de una vez en el Foro, a menudo acompañado por Nuntiusmortis.
Era Quinto Servilio Cepión.
Magistrado y senador.
¿Qué quería un político tan poderoso de un simple esclavo como él? Volvió a tocarse el cinturón.
Aunque los cinco hombres lo atacaran a la vez, antes se desprendería de la vida que de su moneda de oro.