31
Un día antes
La víspera del día en que trasladaron a Artemidoro a otra habitación, Cleandro tuvo un encuentro peculiar.
Aprovechando que le sobraba tiempo después de un recado, decidió tomarse un descanso y un refrigerio en una cantina de la Subura.
En ello estaba, con la oreja puesta en los comentarios de un corrillo de albañiles que habían empezado preguntándose si la muerte de Gayo Graco afectaría o no a los repartos de trigo barato para los ciudadanos —obviamente, ellos debían de serlo, aunque de clase humilde— y ahora especulaban sobre las diversas teorías que corrían sobre la muerte del extribuno. ¿Suicidio, asesinato, ejecución?
Lo que todo el mundo sabía, porque para eso se pregonó en su momento por las calles, era que el cónsul Opimio había ofrecido el peso en oro de la cabeza de Graco a quien se la trajera convenientemente separada del cuerpo.
Al parecer, alguien cuyo nombre Cleandro no llegó a captar le llevó aquel siniestro trofeo, pero recurriendo a un ardid para sacar provecho de más.
—¿Pues no pretendió que le pagara a precio de oro el plomo que le había metido a Graco dentro de la cabeza?
—¡Hijo de puta!
—Si soy yo el cónsul y no ese cabrón que tenemos —intervino otro contertulio—, le meto el plomo fundido por el culo y le digo: «¡Hala, ahí tienes tu paga!».
En aquel momento, Cleandro vio entrar en el establecimiento a una niña. Una pequeña pordiosera que, por algún motivo, le llamó la atención.
Era flaca como un junco y no podía tener más de cinco o seis años, aunque se movía con un desparpajo impropio de su edad.
Llevaba un capote tan corto que los bordes deshilachados apenas le llegaban por debajo de las rodillas.
En las espinillas, finas como huesos de pollo, se le veían un par de mataduras y la piel erizada de frío.
Pese a lo escuálido del cuerpo, la chiquilla tenía los mofletes redondeados, con dos hoyuelos rodeados de churretes.
Junto a uno de ellos se advertía una pequeña cicatriz que, cuando sonreía, parecía convertirse en un tercer hoyuelo.
Su pelo, corto y rizado en pequeños bucles, estaba tan sucio como el resto de su persona, ropa incluida.
Bajo la mugre se adivinaba un tono cobrizo, sin llegar al rojo intenso de algunos celtas.
Cleandro pensó que con un buen baño o, al menos, frotándola a conciencia con una esponja, de debajo de la roña surgiría, a modo de pequeña Afrodita emergiendo de entre las olas, una preciosidad de niña.
La cría pasó entre los clientes con la mano tendida, pidiendo limosna. No lloriqueaba ni recitaba ninguna cantinela gimoteante, como solían hacer otros mendigos. Simplemente miraba a los ojos y sonreía.
Muchos de los parroquianos se limitaban a ignorarla, pero algunos le daban un humilde cuadrante o, si se sentían más generosos, incluso un as. Monedas que ella iba guardando en un bolsillito cosido con puntadas torpes en su minúsculo manto.
Cuando se plantó frente a Cleandro y lo miró con aquellos ojos enormes y oscuros —tan parecidos a los de él—, el joven no pudo evitar sentir lástima.
En vez de rebuscar en su escarcela para darle una moneda, partió un trozo del pan que tenía en el platillo, colocó encima un pedazo de salchicha y se lo ofreció.
La niña se lo agradeció con otra sonrisa aún más amplia. Le faltaba un diente de leche. Un detalle que, lejos de afearla, la volvía más enternecedora.
Al mismo tiempo que tomaba con una mano el pan y la salchicha, hizo un gesto extraño con la otra y rozó los dedos de Cleandro. Una maniobra rápida, casi imperceptible, como de prestidigitadora.
O de carterista.
Pero no le había robado nada, sino todo lo contrario. Al mirar en su propia mano, Cleandro descubrió que la niña acababa de dejarle allí un par de monedas.
Y no dos monedas cualesquiera. No eran cuadrantes ni ases como las que ella misma había recibido de otros clientes.
Eran denarios. Idénticos entre sí. En una cara, una cabeza cubierta con yelmo representaba a Roma personificada. En la otra, un diminuto Júpiter conducía un carro tirado por cuatro corceles.
Cuando alzó la vista de las monedas, la niña seguía allí, mirándolo. Lo que ya no estaba era el bocado que Cleandro le había preparado. La única prueba de que había existido era un hilillo de grasa de salchicha que le goteaba por la comisura de la boca, sumándose al resto de los churretes.
¡Qué hambre no tendría la criatura!
—¿Qué has hecho? —preguntó Cleandro, desconcertado—. No te he dado el pan para que me pagues.
Aunque así hubiera sido, aquel tentempié no valía ni la mitad de la mitad de un cuadrante, mucho menos dos denarios.
Aquello no tenía sentido.
La niña se acercó más a él, le agarró de la túnica y tiró de él para que se inclinara. Cuando Cleandro lo hizo, se acercó a su oído, tapándose la boca de modo que nadie más la oyera, y susurró, exagerando tanto el bisbiseo que le hizo cosquillas en la oreja:
—Me han dicho que te lo dé.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Me han dicho que te diga que me sigas. Que habrá más dinaros para ti.
—¿Más denarios?
Cleandro se enderezó y echó un rápido vistazo a ambos lados. Algunas miradas se posaron fugazmente en él, pero la mayoría de los presentes seguía a lo suyo.
La niña asintió con la barbilla. Tenía unos ojos enormes, tan expresivos que casi parecían dos rostros dentro de su rostro.
(Cleandro era consciente de poseer unos ojos igualmente grandes y llamativos, que destacaban aún más por las espesas pestañas que los enmarcaban.
«Demasiado bonitos para ser ojos de hombre», le solía decir su difunta ama Cecilia.
Durante el embarazo lo había metido en su cama en más de una ocasión, y no solo para que le calentara los pies, como podían atestiguar tanto el pubis dolorido de Cleandro como su pecho surcado de arañazos cada vez que ella terminaba de cabalgarlo y de frotarse contra él hasta quedar satisfecha.
El joven no durmió tranquilo hasta la muerte del ama.
Si Gayo Mario se hubiera enterado de lo que ocurría con ella, poco habría importado que Cleandro no tuviera elección o que no encontrara placer alguno.
Habría acabado flagelado, crucificado y arrojado al Tíber o a las fosas comunes del Esquilino).
Como cada vez que se acordaba de aquella mujer, Cleandro no pudo reprimir un escalofrío, a medias de repulsión y a medias de pavor por cómo habría podido terminar aquella relación clandestina. Sacudiendo la cabeza para tratar de olvidarlo, preguntó a la niña:
—¿Cuántos denarios más?
Ella abrió y cerró las manos tres veces.
—¿Quince?
—Eso.
—¿Es muy lejos?
La cría se encogió de hombros bajo el capotillo.
—Yo no he tardado mucho.
Cleandro dudó. Le preocupaba ausentarse demasiado tiempo de la casa. Estacio, el mayordomo, no era hombre paciente y no necesitaba ayudantes para usar la vara.
Pero quince denarios… Sumados a los dos que acababa de recibir, hacían diecisiete. Una cantidad más que considerable.
Apuró el vino, el resto de la salchicha y las últimas aceitunas.
Luego salió a la calle detrás de la niña, embozándose con el manto.
Estaba casi seguro de que había algo turbio en todo aquello. Mejor que no se le viera la cara.
Al caminar, se llevó instintivamente la mano al cinturón. Allí, en el dobladillo oculto donde guardaba su tesoro secreto, notó el calor familiar a través del cuero.
Algo le dijo que aquel misterioso recado y la moneda del apartamento de Artemidoro estaban relacionados. Por eso decidió seguir a la niña.
«La moneda me protegerá —se dijo—. Seguro que me protegerá».
Dejaron atrás la Subura, pasaron por el lado sur del Foro sin atravesarlo, recorrieron el Foro Boario de un extremo a otro y llegaron al río.
«Espero que no me haga pasar al otro lado», pensó Cleandro, anticipando de nuevo las represalias del mayordomo.
Para atravesar el río, tendrían que haber retrocedido hasta el puente Emilio.
El puente Sublicio, el más antiguo de la ciudad, se había desplomado durante la gran crecida del Tíber de los idus de enero, derribado por una violenta coalición de aguas furibundas, cieno y todo tipo de despojos —árboles, maderos, embarcaciones arrancadas de sus amarraderos, cadáveres animales y humanos— arramblados por la corriente.
El puente se hallaba todavía a medio reconstruir.
Tal como exigía la tradición desde los tiempos de Anco Marcio, el tercer rey, todo debía hacerse en madera: estaba prohibido usar piedra, cemento y, sobre todo, metal.
Incluso un minúsculo clavo de hierro o un remache de bronce podían ofender a los dioses y espíritus del río.
Los nuevos pilotes de roble, cortados y tallados a medida durante una fase de luna menguante, ya estaban hincados en el lecho del Tíber.
Sobre ellos, los operarios se dedicaban a tender el primer tramo de pasarela desde la orilla izquierda, con largas vigas unidas con espigas de madera y aseguradas con sogas de esparto, previamente impregnadas en resina para que resistieran mejor la humedad.
Al observar la mirada de curiosidad de Cleandro, la niña señaló al centro del río con el índice —la suciedad de su uña dibujaba un creciente lunar casi perfecto en su negrura— y dijo:
—Stígmata venció allí a un ejército y luego rompió el puente.
—¿Stígmata? ¿El gladiador?
La niña asintió. Una sonrisa cruzó por su rostro. Fue apenas un instante. Enseguida se borró y sus grandes ojos brillaron como si estuvieran a punto de llenarse de lágrimas recordando algo triste.
Stígmata era el gladiador favorito del público.
Cleandro lo sabía de primera mano, porque lo había visto combatir en una ocasión —sin decírselo a su padre, que le habría regañado por gastar parte de su exiguo peculio en un espectáculo propio de bárbaros incultos— y lo había aplaudido como el que más, admirado de la elegancia con que manejaba las dos espadas y la aparente facilidad con que hacía morder el polvo a sus rivales.