30 #2
No hizo falta que apareciera el insolente Diógenes a recriminarle.
Él mismo chasqueó la lengua con desaprobación.
¿En qué se estaba convirtiendo? ¿En un supersticioso como aquel general, Nicias el ateniense, que llevó a su ejército a la ruina por retrasar la retirada para que no coincidiera con un eclipse de luna?
¿Él, Artemidoro de Éfeso, hijo de los médicos Apolonio y Zósima, el estudioso que se enorgullecía de haber condensado las doctrinas racionalistas de Epicuro en los cuatro principios del tetrafármaco?
Mario seguía hablando.
—Pese a que vencí delante de miles de testigos y los nuestros me aclamaron, después del combate no me sentí tan satisfecho como debería.
—Vaciló, como si no encontrara las palabras exactas, algo inusual en él—.
Era como si hubiera participado en algo…
impuro. —Volvió a sacudir la cabeza—. Al menos, conseguí una posesión muy valiosa gracias a aquel desafío.
—¿Letondón?
—¡No, por la porra de Hércules! En cuanto llegamos a Roma me desprendí de él vendiéndoselo a un lanista. No habría dormido tranquilo con ese individuo cobijado bajo mi mismo techo, ni tampoco aunque lo hubiera mandado a una de mis fincas a darle vueltas a una noria.
—Eso lo puedo comprender.
—Ni siquiera conservé sus armas como trofeo.
Durante un tiempo, las tuve expuestas en el tejadillo que hay sobre la entrada.
Mi difunta esposa, Cecilia, decía que cuando las veía al entrar y al salir de la casa le dolían las tripas, y los perros se paraban a veces delante de ellas y empezaban a ladrar.
Así que las quité de allí y las consagré en el templo de Belona.
—Si no eran ni él mismo ni sus armas, ¿cuál fue esa posesión que conseguiste? —preguntó Artemidoro, intrigado—. ¿Te refieres a algo material o inmaterial?
Mario se quedó callado un instante.
Al parecer, se le acababa de ocurrir algo.
—Volveré pronto a ver qué tal sigues —dijo, levantándose del saco donde estaba sentado y sacudiéndose el polvo del trasero. Un gesto por el que lo habrían criticado muchos aristócratas, acostumbrados a que hasta eso lo hicieran por ellos sus esclavos.
—¿Vas a dejarme con la curiosidad? ¿No me dirás qué más trajiste de Numancia?
Mario esbozó apenas una sonrisa en la que había una pizca de malicia.
—Todo a su tiempo, mi buen amigo. Todo a su tiempo.
Un día después de que Mario le relatara su combate con Nuntiusmortis, Cleandro bajó a la bodega con una sonrisa que le alumbraba el semblante.
—Te he preparado otro cuarto, señor. Con una ventana que da al jardín. ¡Podrás oír a los pájaros! Hay un mirlo que empezó a cantar ayer. Con el frío que hace todavía, debe de estar haciéndolo para ti, para que te animes.
La nueva habitación era sencilla para tratarse de la domus de un senador.
Lo cual significaba que se trataba de un alojamiento mucho más digno que el apartamento de Artemidoro.
Las paredes no mostraban figuras mitológicas ni escenarios florales, pero los paneles de estuco ofrecían una imitación convincente del mármol en tonos ocres y rosados que, con su calidez, atenuaban la frialdad de la piedra.
Tal como le prometió Cleandro, una ventana daba al peristilo. Estaba abierta. El sol ya asomaba por encima del tejado del otro lado del patio y el aire no era tan frío como para resultar molesto. Desde allí se veían los árboles del jardín.
Debajo de la ventana habían montado una mesa de campaña.
No era tan grande como el escritorio que Artemidoro tenía en la Torre Mamilia, pero tampoco devoraba tanto espacio.
Sobre ella lo aguardaba su paleta egipcia, con un par de plumas nuevas y los tinteros ya rellenos.
En cada esquina del escritorio improvisado había una vela de cera, no del maloliente sebo de los últimos meses.
También había dos grandes arcones, uno de ellos su viejo baúl, compañero de tantos viajes.
Que después de todo lo ocurrido alguien se preocupara por hacerle sentir que había llegado a algo parecido a un hogar…
Aquello lo desarmó. Se sentó en la cama, dejó las muletas a un lado y se cubrió el rostro con el embozo del manto, una prenda de campo que pertenecía al propio Mario.
Rompió a llorar.
Cleandro, sin decir palabra, se arrodilló ante él y apoyó la frente en los muslos de Artemidoro. No era un gesto de súplica, sino de consuelo, o de compañía.
Artemidoro se descubrió el rostro, sorbió ruidosamente y se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Lo siento. He perdido el dominio de mí mismo. Soy un griego, no un bárbaro ni una mujer.
—Pero, señor, ¿no dice Homero que Aquiles lloró sin parar cuando perdió a Patroclo?
—Y por eso mismo Platón quiso borrar de su República el pasaje donde Homero describe el llanto de Aquiles.
Las manos de Cleandro subieron lentamente por los lados de sus muslos. Había en ese gesto una insinuación de algo más que consuelo o ternura.
El cuerpo de Artemidoro no reaccionó. Mucho se temía que no lo habría hecho tampoco aunque esas manos hubieran sido las de la atractiva Rea o la hermosa Antiodemis.
Las de Urania lo habían acariciado hacía dos noches. Ese roce huidizo y frustrante de los sueños eróticos, que siempre interrumpe un despertar inoportuno. Bastó, con todo, para que él descubriera al abrir los ojos en la oscuridad que el semen ya se estaba enfriando sobre su piel.
Demasiados días reteniendo su semilla en su cuerpo. Había renunciado hacía tiempo a masturbarse. Si intentaba hacerlo pensando en ella, le invadía una tristeza tan honda que, por unos instantes, solo era capaz de murmurar: «Me quiero morir, me quiero morir».
Aquellas tres palabras no eran más que un desahogo para su pena, no una verdadera intención. La única que lo movía era el inexorable designio que el amuleto le recordaba.
Ahora acarició el colgante de ámbar con una mano y con la otra apartó suavemente a Cleandro.
—Gracias. No necesitaré nada más por ahora. Puedes irte.
El joven sostuvo su mirada un instante. Había en sus ojos un destello de decepción, tal vez incluso de dolor.
¿O algo más? ¿Una chispa de rabia contenida, como la de quien no obtiene lo que cree haber merecido?
Imposible. Era un siervo tratando de complacer a un hombre libre, no un dueño pretendiendo extraer placer de su esclavo.
Cuando Cleandro estaba a punto de cruzar el umbral, Artemidoro dijo:
—Eres un buen muchacho. Te convertirás en un buen hombre y harás que tu padre esté orgulloso de ti.
Cleandro se volvió un instante.
—Pero, señor, yo solo soy un esclavo, como mi padre.
El resto quedó flotando, sin ser pronunciado.
«Los esclavos no tenemos orgullo».