Sertorio, el elegido de la diosa blanca 30
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—Debe de ser reconfortante no tenerle miedo a nadie.

El comentario de Artemidoro dejó un tanto desconcertado a Mario.

No era de extrañar, ya que no podía haber seguido el proceso mental que lo había llevado de las muletas a la fuerza muscular, de esta a los matones que lo acobardaron por carecer de ella, de ahí a lo que Cepión y su bestia le habían hecho a Urania y, de regreso, a la gente que amedrentaba a los demás y abusaba de ellos.

—No entiendo a qué te refieres —respondió Mario.

—La cuestión no es a qué me refiero. Sino a quién.

Cansado de caminar de esa forma tan trabajosa, Artemidoro se acercó a la cama y se sentó en el borde.

Aunque trató de hacerlo con cuidado, el entablillado que le mantenía recta la pierna derecha le obligó a dejarse caer al final, cuando aún no había apoyado el trasero sobre el colchón.

Todo el cuerpo se le resintió, pero los dolores ya constituían para él una segunda naturaleza y ni siquiera gruñó.

Mario se acomodó frente a él, sentándose encima de un saco de grano, y apoyó las manos sobre los muslos en una postura relajada.

—Sigo sin comprenderte.

—Estoy hablando de ti. He visto que no solo no tienes miedo de otros, sino que son otros quienes te tienen miedo a ti.

Mario se acarició la barbilla y frunció el ceño. En esta ocasión, aquel gesto habitual, que sus hirsutas cejas volvían intimidante, no implicaba enojo ni censura.

—Nunca había pensado en ello.

«Eso no es verdad, claro que lo piensas. De hecho, lo sabes», se dijo Artemidoro.

—Por ejemplo, esa bestia infernal. Nun… Nun…

Artemidoro no era capaz de pronunciar el nombre de Nuntiusmortis. Le producía náuseas. Reales, no metafóricas.

—Te refieres al celtíbero, el guardaespaldas de Cepión.

—Vi cómo se amilanaba cuando le plantaste cara —respondió Artemidoro.

Aquello sucedió en casa de los Sertorio.

Septimuleyo y otros esbirros de Cepión habían prendido fuego en el dormitorio donde Rea acababa de dar a luz, con la intención de que ardiera toda la casa con ella y su bebé dentro.

Su plan, al parecer, era borrar así todo rastro de una deuda que Cepión tenía con Tito Sertorio, el esposo de Rea.

Mientras tanto, Nuntiusmortis agarró a Artemidoro para llevárselo.

En aquel momento —aunque, desgraciadamente, de forma provisional—, fue Mario quien lo salvó de sus zarpas.

Bastó con que hiciera asomar el pomo de su espada bajo el manto para que Nuntiusmortis, la bestia asesina que había vencido a todos los gladiadores con los que se había enfrentado, el mismísimo Stígmata inclusive, soltara el brazo de Artemidoro y reculara acobardado.

—Tiene una explicación —dijo Mario—. Puede que Letondón, que es su verdadero nombre, sea grande y fuerte como un elefante. Pero incluso los elefantes tienen memoria.

—Eso dicen —dijo Artemidoro—. ¿Qué ocurrió con ese elefante en concreto para que te tenga tanto respeto?

—Han pasado ya… ¡trece años nada menos, por la madre Juno!

Mario torció un poco el gesto y sus dedos velludos apretaron y arrugaron la túnica sobre los muslos. Artemidoro imaginó lo que estaba pensando.

Trece años y todavía no había conseguido el ambicionado imperium .

Fue solo un instante. Mario abrió los dedos y volvió a alisar la túnica pasando las palmas por encima.

—Ocurrió durante el sitio de Numancia. Letondón, que era mucho más joven entonces, como también lo era yo, claro, salió de la muralla para desafiar a duelo a quien quisiera enfrentarse a él.

Batirse en combate singular era una costumbre de muchas tribus en sus fases más primitivas, un estadio que Artemidoro denominaba en sus notas «la edad heroica» de cada pueblo. Los griegos la dejaron atrás en los tiempos de los guerreros homéricos, mientras que los celtas seguían en ella.

Roma poseía su propia tradición de combates singulares. En tiempos de su tercer rey, por ejemplo, los tres hermanos Horacios se batieron con los tres Curiacios de Alba Longa para decidir el destino de ambas ciudades.

Con el tiempo, los romanos también salieron de su edad heroica.

Aun así, mantenían intactos el orgullo y la agresividad.

Aunque no fuesen ellos quienes propusieran ese tipo de desafíos, no se negaban a aceptarlos cuando era otro quien los lanzaba.

De ese modo se ganó Tito Manlio el sobrenombre de Torcuato, matando a un guerrero galo y arrebatándole el torques, y así acrecentó también su reputación un joven Escipión Emiliano durante el asedio de Intercacia.

De este último, precisamente, estaba hablando Mario. Admirador suyo, siempre se refería a él como Escipión a secas. Quienes no sentían tanta devoción por él solían añadir la coletilla «Emiliano» para recordar que llevaba aquel apellido glorioso por adopción y no por sangre.

—En ese momento había un buen grupo de oficiales alrededor de Escipión, escuchando las órdenes del día. Estábamos Rutilio Rufo, yo, Gayo Graco, Servilio Cepión… —Al ver el rictus de Artemidoro, añadió enseguida—: Siento mencionar ese nombre. Pero es que lo tenía allí, a mi lado.

—¿Qué ocurrió entonces?

—Ese mostrenco seguía allí, paseándose por delante de nuestra empalizada y retándonos a gritos mientras se aporreaba el escudo con la espada. Incluso tuvo la desfachatez de ponerse a orinar mirando hacia nosotros, como un perro marcando su territorio.

»Los soldados estaban indignados. En uno de los parapetos teníamos una unidad de arqueros, que le dispararon una andanada de flechas mientras estaba meando. No hablo de dos ni tres, ni de diez. Aquellos cretenses eran ochenta. Y, cuando disparó el primero, todos lo imitaron.

»No le rozó ni una flecha. No es que se quedaran cortas, ni que, al contrario, se pasaran de distancia. Todas se clavaron en el suelo, rodeándolo en un círculo perfecto.

—Con él en el centro.

—Exacto.

—Imagino que no se debió a que los arqueros intentaran hacer una exhibición de puntería.

—Todos habían intentado acertarle. Ninguno lo consiguió.

—Increíble —dijo Artemidoro.

Al instante se llevó la mano al pecho y pasó los dedos sobre el amuleto a través de la túnica.

No había utilizado la palabra correcta. Cada vez descubría más cosas que parecían increíbles y que, sin embargo, no había otro remedio que creer.

«Inexplicable» habría sido más correcto.

—Escipión levantó la mano y dio la orden de no volver a lanzar ni tan siquiera un escupitajo contra el celtíbero. Cuando Servilio Cepión le preguntó por qué le perdonaba la vida a aquel individuo, Escipión respondió que matarlo a distancia era una acción indigna del honor de Roma.

Curiosamente, pensó Artemidoro, a Escipión no le había parecido indigno arrasar Cartago tras una guerra declarada con falsos pretextos contra una ciudad que estaba cumpliendo escrupulosamente todos los pactos firmados con Roma.

Tampoco se avergonzó de asediar Numancia con una proporción de diez sitiadores por cada uno de los defensores y obligarlos finalmente a recurrir al canibalismo.

El concepto de honor de los romanos nunca dejaba de llamarle la atención.

Mario prosiguió.

—Pero tampoco era digno que él, el general al mando del ejército, bajara a pelear con un simple guerrero. «Por menos que conseguir los spolia opima venciendo a un rey enemigo no voy a entrar en liza», nos dijo.

Mario hizo una pausa, como si quisiera reproducir el silencio que debió de seguir en aquel momento a las palabras de Escipión Emiliano.

—En vista de que nadie se decidía, bajé yo.

Artemidoro se puso por un instante en la piel de su interlocutor y se estremeció.

Mario tenía una presencia que imponía.

La de Nuntiusmortis aterrorizaba.

—Escipión me felicitó por mi valor y me dijo que me envidiaba. Para que, de alguna manera, el combate se librara en su nombre, desenvainó su propia espada y me la entregó.

Mario le siguió relatando el duelo, sin entrar en pormenores.

Después de una pelea en la que uno lucha por su vida, explicó, es imposible recordar todos los detalles.

La sangre parece hervir y las sensaciones se reducen a un túnel en el que el resto del mundo desaparece y únicamente existe el enemigo.

Aquella descripción hizo pensar a Artemidoro en la aristeía , el momento en que los héroes homéricos se veían poseídos por una furia lúcida —aunque pareciera un oxímoron—, gracias a la cual combatían por encima de sus propias fuerzas, como si se olvidaran de la muerte y la muerte se olvidara de ellos.

—Todo sucedió muy deprisa. Letondón asestaba unos golpes tremendos. Si me hubiera alcanzado tan solo con uno de ellos, me habría partido por la mitad. Pero no era rápido. De hecho, me asombra que después no perdiera ni un solo combate como gladiador.

»Conseguí alcanzarlo por encima de la rodilla.

No fue un golpe decisivo, la verdad. Le di con el filo y empezó a sangrar, pero no lo desjarreté ni le seccioné una arteria ni nada parecido.

Él retrocedió y se quedó mirándose la herida del muslo.

Entonces arrojó al suelo la espada, se puso de rodillas y se rindió.

Mario meneó la cabeza.

—Lo que no he olvidado es su gesto. No era miedo. No, miedo no. Era algo distinto. Estaba…

—¿Perplejo?

—Sí. Confuso. Parecía que le hubiera golpeado en la cabeza, y no en la pierna. También estaba furioso. Pero no conmigo. Era contra los dioses, como si no hubieran cumplido una promesa con él.

—Como si lo hubieran estafado.

—Algo así.

«Me asombra que después no perdiera un solo combate como gladiador», acababa de decir Mario. Sin embargo, de su narración se deducía que quien estaba verdaderamente asombrado por haber sido derrotado en esa única ocasión era Nuntiusmortis.

¿Estaría convencido de que lo protegía algún sortilegio y por eso salía a combatir confiado en que las armas de los enemigos no podían tan siquiera rozarlo?

Artemidoro volvió a llevarse la mano al colgante.

Magia, hechizos, objetos imposibles.