Sertorio, el elegido de la diosa blanca 29
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Cuando Artemidoro llevaba un par de días caminando con las muletas, Mario bajó a visitarlo. Era la primera vez que lo hacía desde que llegó a su mansión.

—¿Te las arreglas bien con eso? —preguntó, señalando las muletas—. Eres más alto que yo.

—Me apaño.

—Haré que mi carpintero te fabrique otras adecuadas a tu estatura.

—Te lo agradezco, pero no es necesario. Has hecho por mí más que suficiente.

—No hay más que hablar.

Sin añadir palabra, se marchó.

Artemidoro se quedó pensando en lo reconfortante que debía de ser tener el poder de hablar de esa forma.

« Haré que mi carpintero te fabrique otras».

«No hay más que hablar».

Esa capacidad de imponer su voluntad sobre otros era una potestad en la que Mario seguramente no reparaba, un privilegio al que no concedía importancia y que daba por supuesto.

Los nobles romanos más ambiciosos, la élite de la élite, se afanaban durante décadas por conseguir un objetivo.

Una magistratura con imperium .

Es decir, con la autoridad de dar órdenes, sumada a la coerción, la capacidad de usar la fuerza para obligar a los demás a cumplir dichas órdenes.

Esa coerción inmaterial tenía un trasunto tangible en las fasces, el haz de varas de abedul atadas con correas rojas que los lictores usaban como símbolo externo del imperium y, al mismo tiempo, como instrumento de castigo.

Por el momento, Mario desempeñaba el cargo de tribuno de la plebe. Una magistratura importante, sin duda, gracias a que convertía en sacrilegio cualquier atentado contra su integridad personal y, sobre todo, a que le otorgaba una prerrogativa muy poderosa.

El veto con el que podía paralizar cualquier medida o ley decretada por otro magistrado.

Pero todavía no poseía el imperium . Ni como político en la ciudad ni como general en la guerra.

Mario tenía una excelente reputación como militar, que Artemidoro suponía merecida. Hasta el momento, sin embargo, siempre había estado subordinado al mando de otros. Algo que, era evidente, lo mortificaba bastante.

Cualquiera que tratase con él no tardaba en darse cuenta de que aquel hombre había nacido con un don, de que el imperium corría ya por sus venas.

Era una cualidad ingénita, propia de su misma naturaleza y no de su posición social.

Aunque muchos senadores lo consideraban un advenedizo y se burlaban de él llamándolo «el palurdo de Arpino», lo hacían a sus espaldas.

En su presencia, los más viejos se callaban sus críticas y los más jóvenes, sin darse cuenta, se ponían firmes como soldados de servicio en un retén.

¿Qué ocurriría si Mario, como era su intención, acababa convirtiéndose en cónsul y el imperium del cargo se sumase al que corría por sus venas?

¿Quién podría detener a un hombre así?

Al día siguiente, después de que Cleandro le trajera una bandeja con el almuerzo, Mario volvió a bajar con las muletas nuevas que había prometido.

Artemidoro comprobó que, efectivamente, con ellas no se veía obligado a encorvarse.

Al observar cómo recorría la bodega de un lado a otro, Mario le dijo:

—Tómatelo con calma. Te dolerán los brazos de hacer fuerza y las axilas de cargar con el peso.

—No me vendría mal fortalecer un poco los brazos —respondió Artemidoro.

«Y todo el cuerpo», añadió para sí.

Por su cabeza pasó un desfile de imágenes fugaces.

Cepión, Nuntiusmortis, el lictor Antilio, el centurión Lucio Balonio.

Todos aquellos que lo habían intimidado con su superioridad física en el pasado.

Un pasado muy reciente.

Lo malo era que esas imágenes se convertían rápidamente en otras.

El apartamento.

Cepión y Nuntiusmortis alternándose encima de Urania.

Sin soltar las muletas, se detuvo y se palpó el pecho, buscando el bulto del colgante de ámbar.

Aquello se había convertido en una reacción automática. Cada vez que le asaltaba la visión de lo que aquellos dos criminales le habían hecho a Urania, trataba de conjurarla con el amuleto.

En cierto modo, lo conseguía. Porque, en el recuerdo, algunos detalles se mantenían igual —ella tendida en la cama, con la cabeza vuelta hacia él—, pero otros no.

En cada nueva evocación, los ojos de Urania despedían una chispa más de brillo. Su cuello se veía algo menos flácido. Su tripa aplastada recuperaba poco a poco la forma abombada. Las sábanas manchadas absorbían la sangre hasta que desaparecía.

«Te estás engañando, y lo sabes —le decía su Diógenes interior—. La has visto muerta y muerta sigue».

«¿Y su cuerpo? ¿Dónde está entonces?».

«¿De verdad quieres que te lo diga?».

«No».

«Estará en el Tíber…».

«Te he dicho que no me lo digas».

«… junto con el cuerpo decapitado de Graco y cientos de cadáveres más, o en una fosa del Esquilmo bajo cal viva, o tirada en cualquier…».

«¡Oh, cállate ya!».

«Recuerda que no me calló ni Alejandro, no te creas más que él».

«Ya que hablas tanto, dime, ¿qué te parece lo del colgante? ¿Cómo explicas lo del amuleto de la mantis?».

Cuando salía a colación aquel objeto, Diógenes soltaba un bufido.

«¡Bah, si quisiera dar explicaciones a los demás, me habría hecho filósofo!».

Y, dicho esto, se escondía de nuevo en su tonel.

En realidad, era imposible que su Diógenes interior le ofreciera esos argumentos.

Podía ser un tábano que zumbaba y picaba a Artemidoro para recordarle todo aquello que quería olvidar o para llevarle la contraria.

Pero lo que no estaba a su alcance era comprender ni conocer nada de lo que quedara fuera del entendimiento del propio Artemidoro.

Al fin y al cabo, no era más que una ficción de su mente. Por tanto, no podía revelarle nada nuevo sobre la naturaleza del amuleto fuera de las hipótesis que él mismo manejaba.

Con respecto a esas hipótesis, había algo, al menos, que Artemidoro tenía claro dentro de su perplejidad.

Si había logrado traer al mundo de la vigilia un objeto recibido en el mundo de los sueños, eso significaba que la realidad era mucho más compleja de lo que él había imaginado hasta entonces.

Tal vez esa realidad, que siempre creyó sólida, compacta, coherente en su complejidad, no era más que la superficie exterior de algo más vasto e infinitamente más extraño.

Una especie de cáscara de apariencia pulida, pero en la que se abrían finas grietas, al modo del khasma de Delfos.

Resquicios por los que algunas mentes podían asomarse a niveles de existencia escondidos y que envolvían a su vez otros niveles, a modo de capas de una cebolla infinita.

Quizá las leyes de la naturaleza que Artemidoro se esforzaba por conocer no eran más que normas locales que únicamente se aplicaban a la capa en la que él vivía. Utiles para navegar en la superficie, pero inservibles en las profundidades más ignotas y secretas del universo.

Y tal vez los sueños, esas visiones que siempre había considerado residuos, desechos inútiles de la mente dormida, no fueran tales.

Tal vez eran túneles. Pasadizos secretos que atravesaban el tejido del tiempo —llevando al pasado, al futuro, o a ambos a la vez— y que permitían el contacto con realidades que, en teoría, no deberían poder tocarse entre sí.

Por ejemplo, la realidad de los vivos y la de los muertos.

Artemidoro tenía la prueba de que esos túneles existían. La llevaba alrededor del cuello.

En forma de colgante de ámbar.

Antes de entregárselo, Urania le había hablado de Yadhraselaz.

«El árbol que enlaza los mundos».

¿Y si eran las raíces de ese inmenso fresno las que excavaban los túneles que unían las realidades?

«Solo unos pocos lo han visto. Tú eres uno de ellos».