Sertorio, el elegido de la diosa blanca 28
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Al día siguiente de los idus, Cepión le había entregado las tablillas a Nicómaco. Confiaba en que, al ser el griego su lengua materna y haberse pasado la vida entre legajos y documentos, quizá lograra extraer algo útil.

Después, durante sus negociaciones con Tercia para evitar el divorcio, se olvidó del asunto.

«Negociaciones» era un eufemismo.

Por muy harto que estuviera de su esposa, no le quedaba más remedio que reconciliarse con ella. A espaldas de Nicómaco —que, por supuesto, se lo reprochó al enterarse—, le había hincado el diente a la dote de Tercia más de lo razonable.

No todo, sin embargo, le había salido mal en los últimos días.

Le debía cinco millones de sestercios a Gayo Graco, pero Graco estaba muerto. Con el fin de asegurarse de que sus herederos no le reclamaran la devolución del préstamo, Cepión se había hecho con la única copia del contrato para, acto seguido, quemarla.

A Tito Sertorio le adeudaba otros cinco millones. Más los intereses. El muy codicioso no era más que un usurero, que prestaba el dinero fingiendo amistad cuando lo que le importaba era enriquecerse.

Ese contrato no logró destruirlo. Stígmata, tras apoderarse de las tablillas donde estaba escrito, se había largado de Roma.

No sin antes dejar una advertencia. Si Cepión o Septimuleyo se atrevían a tocarles un pelo a la esposa o al hijo recién nacido de Sertorio, regresaría para devolverles el daño multiplicado por diez.

Aun así, Cepión también daba por liquidada su deuda con Tito Sertorio. El documento había desaparecido, lo que, en la práctica, equivalía a que nunca hubiera existido. Mientras Stígmata no regresara con él —algo poco probable—, no había nada que demostrar.

Además, Tito Sertorio, amigo de Gayo Graco, tenía razones de sobra para no llamar la atención sobre su persona en los tiempos que corrían.

Y menos para exigirle nada a Cepión, que había hecho todo lo posible por alinearse de forma pública con la facción vencedora y contra Graco, su antiguo compañero de armas.

En cuanto a la amenaza de Stígmata —devolverle el daño decuplicado—, Cepión se habría reído de ella sin otorgarle ninguna importancia.

De no ser por los cuerpos que el gladiador había dejado tras de sí antes de desvanecerse en la noche.

Cuatro, nada menos.

Dos enormes perros molosos, decapitados. Entre las mandíbulas de uno de ellos se encontraron los genitales arrancados de un hombre.

De Mamerco, en concreto, sicario de confianza de Septimuleyo y luchador de pancracio que había hecho ganar algunas apuestas a Cepión. Más alto y corpulento que Stígmata.

El resto del cuerpo de Mamerco yacía no muy lejos de sus partes pudendas, acuchillado por la espalda y por debajo de la barbilla.

A su lado estaba el cadáver de otro hombre, casi tan grande como Mamerco. Cepión no recordaba su nombre, pero sabía que era galo.

Dos tipos duros que, por su parte, habían dejado unos cuantos cadáveres en callejones, en tugurios o en los cañizales a orillas del Tíber.

Sin embargo, Stígmata se las arregló para acabar con los dos.

Y, de propina, con los dos perros. No había que olvidarlo.

En cualquier caso, cuando lo asaltaba la inquietud, Cepión trataba de tranquilizarse diciéndose que Stígmata no iba a volver.

Antes de irse de casa de los Sertorio, el gladiador forzó la caja fuerte, y no solo se llevó de ella el contrato del préstamo, sino que arrambló con todo el dinero que podía cargar. Más que suficiente para que alguien de baja condición como él se buscara la vida lejos de Roma.

A ello se añadía que Septimuleyo había jurado que, en cuanto le pusiera la mano encima a Stígmata, lo crucificaría y después, cuando ya estuviera a punto de exhalar el último aliento, haría que lo descolgaran de la cruz para arrancarle la piel él mismo.

No solo de la cara, como tenía por costumbre, sino de todo el cuerpo.

«De los talones a la nuca», fueron sus palabras literales.

Si al hombre de las cicatrices le quedaba una pizca de sensatez, no regresaría jamás.

Pero…

A ratos a Cepión le rondaba un «pero» por la cabeza.

¿Y si, pese a todo, Stígmata decidía volver? ¿Y si se enteraba de que él había ordenado prender fuego a la casa con Rea y su mocoso recién nacido dentro?

«Os devolveré el daño multiplicado por diez».

Diez veces no podía quemarlo, claro. Pero podía hacer muchas otras cosas.

En todo caso, Cepión confiaba en Nuntiusmortis.

El único hombre que había derrotado a Stígmata en la arena del Foro Boario.

La mejor protección del mundo.

Salvo contra Gayo Mario.

—¿Cuáles son esas buenas noticias, Nicómaco?

El administrador levantó la mirada de las tablillas.

Aunque el sol entraba directamente por la ventana abierta, tenía dos velas a ambos lados del políptico para estudiarlo con más luz.

Estaba trabajando con la ayuda de un cristal de cuarzo pulido, del tamaño de una nuez y forma algo más aplanada.

Se lo había comprado tiempo atrás a un joyero sirio en el pórtico Margarita.

Poseía la virtud de aumentar las imágenes, lo que lo ayudaba a trabajar con documentos casi ilegibles.

Ahora lo estaba deslizando sobre la superficie de la cera, buscando el ángulo exacto en que la luz se aliaba con la curvatura del cuarzo para revelar los surcos más antiguos.

Cepión se cruzó de brazos, impaciente.

—¿Y bien? ¿Has conseguido sacar algo en claro?

Nicómaco asintió.

—Como ya te dije, en las dos primeras caras está el mismo texto que leíste en aquel papiro.

—Sí, lo de que es imposible encontrar el tesoro porque es como la historia esa del puto talabartero que cosió el puto odre de los vientos del puto Eolo.

El esclavo torció la boca y arrugó los ojos como si estuviera estreñido. Siempre reaccionaba así cuando oía palabrotas o blasfemias.

—Las demás han sido alisadas…

—Eso ya lo sé.

—… pero, por prisas o negligencia, han quedado algunas marcas.

—Eso también lo sé.

—Lo que quiero decir es que gracias a esto —dijo Nicómaco, moviendo el cristal de roca con delicadeza—, he podido distinguir algo un poco más claro. No son palabras completas, pero se pueden leer.

Cepión se inclinó un poco hacia delante. A través del cuarzo se veían ampliados unos trazos que a él seguían sin decirle nada.

—¿Qué pone ahí?

—«… losa y Carcaso…». Por lo que me dijiste que habías leído en el libro de Artemidoro, entiendo que se refiere a Tolosa y Carcasona.

—¿Carcasona?

—Es una fortaleza de los volcas tectósages, entre Narbona y Tolosa.

Aquello tenía sentido, pero no añadía demasiada información.

Por lo que contaba Artemidoro en su texto, se suponía que aquellos galos, para huir de la maldición, habían escondido el tesoro en un lugar secreto.

Lo lógico era que dicho lugar no se encontrara demasiado lejos de la ciudad donde vivían, Tolosa.

¿Qué iba a hacer Cepión, coger un pico y una pala y recorrer todas las millas que pudiera haber entre Tolosa y Carcasona excavando a ver si encontraba oro?

De ser así, se dijo con una sonrisa cáustica, la tarea de destrozar la estatua de Antiodemis podría servirle como entrenamiento.

—Con eso no avanzamos nada. ¿Esas eran tus buenas noticias?

—Hay algo más, amo. Mira, aquí abajo.

De nuevo, unos trazos sueltos. Al menos, Cepión creyó distinguir una letra: aquel diminuto triángulo torcido y estrujado debía de ser una delta.

—Lo que leo aquí es «… ntré un daric…» —dijo Nicómaco.

—¿Y?

—Interpreto que significa «encontré un darico».

El nombre le resultaba familiar, pero le hizo un gesto a Nicómaco para que ampliara su exposición.

—Los daricos son monedas de oro acuñadas con la efigie de Darío, el rey persa. Por eso se llaman así.

—¿Cuánto vale un darico?

—Es de oro y pesa el doble que un denario, así que debe de andar por los cien sestercios o algo más.

Cepión alzó las cejas. Su memoria le trajo, como un fogonazo, la imagen del colgante que Artemidoro llevaba al cuello cuando lo interrogaron en casa de los Sertorio. Un cordel con una medalla dorada, algo a lo que en aquel momento no le había dado importancia.

¿Y si en lugar de una medalla se trataba de una moneda?

—Vale, Artemidoro encontró un darico. ¿Eso nos dice algo sobre el paradero del tesoro?

Nicómaco volvió a asentir.

—Si menciona la moneda en el mismo texto en el que habla del tesoro de Delfos, eso significa que el darico pertenece a ese mismo tesoro. Y el hecho de que la haya encontrado…

—… quiere decir que en su momento también encontró el tesoro.

Cepión dio una palmada en la mesa que hizo respingar en el asiento a Nicómaco.

—¡Eso es lo que pasó! ¡Por eso esta tablilla estaba borrada! ¡Cambió de opinión en el último momento y decidió no revelar a nadie el paradero del oro! ¿Y por qué?

—Parece evidente, amo.

—Porque es un secreto del que pretende aprovecharse solo él. Lo que significa que tenemos que localizar a Artemidoro. Y, una vez que lo hagamos, podremos encontrar ese puto tesoro.

—Que, perdona que te lo recuerde, señor, vendría de maravilla para recuperar tus…

Cepión apretó el hombro de su administrador.

—Calla, no seas aguafiestas. No pienses en míseras deudas, sino en proyectos grandiosos.

Tenían que empezar por la primera parte.

Encontrar a ese griego de aspecto pusilánime que, sin embargo, había tenido el valor de arrojarse por una ventana con la silla a la que estaba atado.

Dado el estado en que debía de hallarse, era más que dudoso que hubiera abandonado Roma.

El problema era cómo rastrear sus huellas.

Por desagradable que le resultara aquel individuo, no le quedaba otro remedio que recurrir de nuevo a Aulo Vitelio Septimuleyo.