Sertorio, el elegido de la diosa blanca 27
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Nicómaco era, junto con el mayordomo Ando, el único que disponía de una habitación para él solo. Su estatus dentro de la casa era de los más elevados, si no el más alto. No respondía ante el mayordomo ni recibía órdenes de nadie más que no fuera el propio Cepión.

Esa independencia no suponía ningún inconveniente: resultaba difícil imaginar que pudiera haber un esclavo más meticuloso y disciplinado que el bueno de Nicómaco.

En realidad, lo único molesto del ecónomo era su empeño en tratar de contagiarle a su amo tanto su disciplina como su moderación. Al menos, en lo financiero.

Un empeño tan vano como plantar trigo en un pedregal.

Al entrar en la estancia, Cepión lo encontró inclinado sobre la mesa, trabajando con las tablillas.

Aquello bastó para que los recuerdos lo golpearan como una ráfaga repentina.

No eran imágenes agradables.

Su mujer sorprendiéndolo en la cama con Antiodemis.

El cónsul Opimio humillándolo delante de todo el Senado al ordenar que otro decenviro leyera los Libros Sibilinos cuando el encargado de hacerlo debería haber sido él.

Después, la frustración doble en casa de los Sertorio. Ni logró recuperar el contrato de su deuda con Tito, ni destruir posibles pruebas prendiendo fuego a la casa.

El maldito Mario lo había impedido.

Al menos, Cepión podría haber aprovechado la casualidad —inesperada para él— de haberse encontrado allí a Artemidoro.

Sabía, a través de un esclavo de Graco, que aquel griego flacucho y pálido conocía el emplazamiento de un gran tesoro en la Galia.

A él mismo le habían llegado rumores sobre esas riquezas escondidas a través de otras fuentes, por lo que estaba convencido de que su existencia era algo más que una leyenda.

Cuando Cepión se disponía a llevarse a Artemidoro con él para interrogarlo sobre aquel particular, Mario volvió a intervenir. ¿Quién iba a decir que bastaría con que aquel paleto de Arpino hiciera ademán de desenfundar la espada para acobardar al supuestamente invencible Nuntiusmortis?

Cepión había tenido que retirarse con el rabo entre las piernas.

Aparentemente.

Contaba con una segunda oportunidad para echarle las zarpas encima a Artemidoro.

Sabía perfectamente dónde vivía el griego. ¿Cómo no iba a saberlo, si residía en la Torre Mamilia, dos pisos por encima del apartamento que él mismo le pagaba a Antiodemis?

Pasada de largo la medianoche, Cepión se presentó allí con Nuntiusmortis, a sabiendas de que Artemidoro tendría que regresar tarde o temprano junto a su amante embarazada.

La hermosa Urania.

Una mujer a la que los dioses debían de haber cegado o, directamente, enloquecido para que se resignara a amancebarse con un individuo flaco, descolorido y encorvado, un supuesto intelectual que no tenía dónde caerse muerto.

Gracias al portero de la Torre Mamilia, que conocía bien a Cepión y era fácilmente sobornable, ni siquiera necesitaron forzar la puerta del apartamento para entrar.

Tal como había previsto Cepión, Urania todavía se encontraba sola.

Mientras Nuntiusmortis le tapaba la boca para que no gritara —con los truenos y el tableteo de la lluvia, difícilmente se habría oído nada—, Cepión se dedicó a registrar aquel cuchitril.

No es que hubiera gran cosa que encontrar.

Salvo libros.

Había tantos que aquel sórdido apartamento habría podido pasar por una sala de lectura de la biblioteca de Alejandría.

Dos de aquellos volúmenes se hallaban encima de la mesa. Los números de las etiquetas estaban en griego. El sistema de numeración de aquellos puñeteros helenos era un engorro al que Cepión no terminaba de acostumbrarse.

En una etiqueta se leía ΚΘ’ . En la otra, ΚΗ’ .

Eligió la segunda y abrió el volumen con impaciencia. ¿Encontraría allí algo de interés?

Artemidoro, por alguna razón, había enrollado el papiro al revés. Al desplegarlo, Cepión se encontró directamente con el último capítulo. Aquello le hizo colegir que el griego debía de haber estado trabajando en el final del libro antes de guardarlo.

Aunque adolecía de ciertas carencias culturales —más horas de juerga que de estudio en su juventud—, Cepión sabía defenderse con la prosa griega, siempre que las frases no fueran tan largas como las de un Tucídides. La caligrafía de Artemidoro era clara, y la koiné que empleaba, bastante asequible.

¡Por fin, los dioses parecían sonreírle! Casi al final se leían claramente las palabras τοῦ τῶν Δελφῶν χρυσοῦ , «del oro de Delfos». Pasando el dedo por el texto, leyó en voz alta:

—«En el libro 29.º narraremos qué destino corrió Brenno y cómo su muerte dio origen a la leyenda de la maldición del oro de Delfos.

También explicaremos las averiguaciones que hemos hecho sobre el paradero del inmenso tesoro expoliado de Delfos, que según los archivos del santuario ascendía a quince mil talentos de oro y diez mil de plata». ¡Mierda, aquí no está!

Así que K@' equivalía a vigesimonoveno. Ese era el rollo que tenía que haber consultado primero.

Lo abrió y comprobó que apenas estaba empezado. ¿Se hallaría en esas pocas líneas la revelación que buscaba?

—«Las mencionadas pesquisas nos han llevado a la convicción de que nadie recuerda ni conoce el paradero del oro de Delfos. Buscarlo, como dijo Eratóstenes»…

Cepión frunció el ceño.

—Pero ¿qué mierdas está contando aquí? ¿A cuenta de qué coño habla ahora de Eolo?

Aunque se temía lo peor, siguió leyendo hasta el final.

—«Localizar el tesoro de Delfos será tarea vana para todo aquel que lo intente, bla, bla, bla, mejor que esas riquezas arrebatadas con violencia al santuario del dios Apolo no vuelvan a ver la luz».

Cepión dio un puñetazo en la mesa. No conforme con ello, le propinó un manotazo a la paleta de escritura y la volcó. Un reguero de tinta manchó parte del texto.

¿Qué más daba, si allí no había nada que le sirviera?

—No me lo creo —masculló—. No me lo creo. Ese puto griego sabe dónde está ese tesoro. ¡Lo sabe!

Si se comparaban los fragmentos del final de un libro y el principio del siguiente —la jactancia de «explicaremos las averiguaciones que hemos hecho sobre el paradero del inmenso tesoro» se convertía después en la aparente resignación de «localizar el tesoro de Delfos será tarea vana»—, quedaba claro que Artemidoro se había arrepentido de lo que estaba a punto de escribir.

Si no supiera dónde estaba aquel dichoso tesoro, ¿por qué iba a anunciar sus averiguaciones con tanto orgullo?

—Volverá —concluyó Cepión—. Y cuando vuelva, se lo sacaremos como sea.

Cepión volvió la mirada hacia Urania. La manaza de Nuntiusmortis le cubría casi todo el rostro. Solo se le veían los ojos. Muy azules, muy abiertos.

—¿Tú has leído esto? —preguntó Cepión, clavando el dedo en el papiro manchado.

La joven trató de negar con la cabeza, aunque apenas podía moverla bajo los dedos de Nuntiusmortis.

—Qué vas a haberlo leído. Solo eres una prostituta —murmuró Cepión. Luego, en voz más alta volvió a interrogarla—: ¿Te ha dicho algo tu chulo sobre el tesoro de Delfos?

La misma negación.

Los ojos de la joven se posaron por un instante en una esquina de la mesa. Una mesa tan desproporcionada para la estancia que parecía un elefante encerrado en la jaula de un mono.

Allí había un políptico formado por varias tablillas cerradas con un simple lazo.

Cepión deshizo el nudo.

Dos de las caras estaban escritas con una caligrafía que le resultaba ilegible. Seguramente era la que usaba Artemidoro para los borradores. El resto había sido eliminado con prisas, aplanando la cera con una espátula. Apenas quedaban restos: líneas desiguales, garabatos inconexos.

Quizá hubiera ahí algo que mereciera la pena. Aunque lo dudaba, Cepión se guardó las tablillas.

Después llegó Artemidoro y…

Cepión no tenía más remedio que reconocerlo.

La situación se le había ido de las manos.